Tardecitas de otra dimensión

por Eduardo González

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de Eduardo González

Hay tardecitas que matan. Volvés del tiopa, te sentás en el banquito, prendés el fuelle y te quedás sudando como un yobaca mirando el cielo por ese agujero donde alguna vez hubo un vidrio escarchado.
Y en vez de cachar el diario o un Skorpio te quedás embobado como un logi junando ese cielo despejado que, la verdá, no ves. Porque lo que reflejan tus ojos hacia adentro es una playa repleta de minas en tanga idénticas a las que aparecen en el Radiolandia.
Es un rato nomás hasta que la pava silba y apagás el fuelle. Te hmedecés un poco el cuero, te refrescás y te ponés cómodo, como quien dice. Entonces te dedicás a una actividad más productiva: lees un broli, un diario o, como en mi caso, a desenredar la madeja tejida por el troesma Oesterheld en el eternauta III. Santo remedio. El verano, las tangas y el cielo ya están en la dimensión desconocida, del otro lado del muro, aunque el calor te acompañe pegajoso y aumente en cada chupada de verde.

Pero si esas tardecitas te matan ¡qué decir de las otras! Esas del engome tristón y entretenidas goteras.
Porque la lluvia medio como que te identifican con los de la otra dimensión. Porque la gente común, la de afuera, también mira tras los cristales, los vidrios, bah, aunque esos no sean escarchados y aunque cada cual tenga piloto, paraguas y puertas con picaporte, también se siente encerrado. Además cuando llueve cundo un estado de ánimo que nos iguala, medio pariente de la tristeza, de la nostalgia, qué sé yo…
A lo mejor suena como una excusa para justificar el transporte al pasado en agotadoras y memoriosas jornadas pluviales. Pero, fíjate que no. Hay una pila de poesías y canciones que corroboran lo dicho. Y no falta exigir mucho las neuronas para recordar títulos que vos conocés bien: Tiempo de lluvia, Balada de otoño “Es tiempo de lluvia, tiempo de amarse a media voz” o “Viento dile a la lluvia, que quiero volar y volar…” ¿Junaste? ¡Qué tiempos aquellos!

Te acordás cuando de purretes con la ñata contra el vidrio como se formaban poco a poco primero lagos, luego ríos y hasta fabulosos mares de vereda a vereda que pedían a gritos un barquito de papel, un chapoteo infantil, mientras uno rogaba que la Vieja necesitara urgente algo del almacén o, aunque más no fuera, de la casa vecina. Nunca tan buena disposición para hacer los denigrantes mandados como en esos días de lluvia. Anotá. Ahí tenés una buena razón para esos días de engome mirando nacer ríos en el tiopa.
“Ay querido no me irías a lo de don Tito a comprar…” Cualquier cosa Viejita del alma, pensaba uno. “Pero cubrite bien. No te vayas a enfriar”
Y allí se iba el purrete con las botas del Viejo, una capa enorme y, si era lejos, el paraguas. “El de Papá” porque el floreado de Mamá era para los maricones. En el bolsillo un par de barquitos preparados de antemano y en los ojos la alegría del mundo.
Y ahí se iba el tipo, cruzando pantanos, luchando contra los más fieros piratas o con los recios corsarios de Su Majestad. Arribaría a la Isla Tortuga para reclamar la mercadería robada por el temible Don Tito Pata de Palo y de paso rescataría un valioso tesoro de golosinas y chicles globo como auto premio. Aun cuando a su retorno deba soportar los reproches de su Despótica Majestad por haber tardado tanto y traer hectolitros de agua en sus “7 leguas”

Es que las tardecitas de lluvia fueron inventadas para el inevitable trajinar por la otra dimensión. No aquella, igualada por la misma circunstancia sino la otra, esa en la que el Can Cerbero se llama Tiempo. Y ése usa candados sin llave.

La Plata. Febrero 10 1982

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