El regreso del Eternauta

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Cuento corto escrito por CARLOS CLERI (carc1950@gmail.com) en homenaje a la mística militante. De libre 
reproducción y negado todo tipo de apropiación individual porque esta historia es de todos. OCT 2010 


A pesar de que ese día era feriado, Ramón se levantó temprano, había limpiado la casa adonde se había 
mudado con su mujer cuando se quedó sin trabajo. 
Estaba nervioso pues esperaba visita, cosa no común en su vida actual. Se la había anunciado el gordo Eugenio, 
un punterito de la villa, con el que había entablado una buena relación a pesar de la diferencia de edad y estilo. 
El gordo era un cuarentón, barra brava de Defensa y Justicia, medio matoncito, peronista, simplón pero curioso 
e indagador. A pesar de la niebla que lo cubría, el viejo estaba seguro de que era esencialmente un militante 
popular bien intencionado, que sobrevivía con alguna ayuda del club y del PJ, para quien juntaba y arreaba a 
los actos a los chicos del barrio para que le pegaran con todo a los bombos, por horas y horas. 
El septuagenario tenía suficiente amplitud como para aceptar la diversidad y su límite eran los traficantes, los 
chorros, los golpeadores, los violadores y, principalmente los asesinos. Se consideraba enemigo de todo aquel 
que con sus actos dañara al prójimo. Y a pesar de los desplantes y malas caras que ponía “el viejo” cuando se 
cruzaba en la villa con tipos de esa calaña, Eugenio se había asegurado de que nadie se animara a tocarle un 
pelo o sacarle guita. 
El gordo disfrutaba pasar por la casa de Ramón y sentarse a tomar mates y charlar. Casi siempre lo 
acompañaba alguno de los pibes despiertos que tenían posibilidad, como él, de organizar su vida alrededor de 
la política. Un muchachote vecino le había contado que el gordo animaba a los purretes invitándolos a tomar 
mate con “el viejo”, para ver lo que era un peronista de verdad, alguien que se había jugado, un pedazo de 
historia viva. También los instaba a sacar enseñanzas de las charlas. 
Cuando se juntaban, Ramón evocaba sus luchas cuando trabajaba en la Ford. Le venía bien recordar la época 
de resistencia, y lo hacía con orgullo y tristeza. Por entonces era delegado y llegó a tallar fuerte en el SMATA, 
peleando contra los burócratas y la patronal. Debido a su cargo tuvo oportunidad de viajar seguido a las 
reuniones donde se entrecruzó con los mejores cuadros. Reuniones con los muchachos de la lista marrón del 
SMATA y con los zurdos legendarios del SiTraC-SiTraM de Córdoba, los cumpas de la UOM de Villa 
Constitución, y los zafreros tucumanos. Contaba que conoció al gringo Tosco y al Atilio López. Cómo negar que 
admirara a Ongaro; ese obrero gráfico que dejó su carrera como profesor de música, compositor y director de 
orquesta que lo cautivó y enroló en la CGT de los Argentinos. Que en el ´68 estuvo en Huerta Grande con él, 
Benito Romano y Jorge Di Pascuale. A Jorge lo había conoció en el ´59 en la huelga del Frigorífico Lisandro de 
la Torre, y años después se movilizó cuando fue encarcelado junto a Alfredo Ferrarese durante la intervención 
de Onganía al Sindicato de Farmacia. Estuvo con Guillán, Amado Olmos y De Luca y hasta se cruzó con el gordo 
Cooke. Aunque más ligado al movimiento obrero, compartió momentos con los jóvenes combativos de la
Plata: el “Pampa” Alvaro, Kunkel y hasta creía haber estado con el Lupin, apodo de época de Néstor Kirchner 
aludiendo al aviador de nariz aguileña de la historieta de Héctor Sídoli y Guillermo Guerrero. En Córdoba pasó 
horas con el “gringo” Alberioni y Alberto Molina de Lealtad y Lucha. Fue despedido por estar vinculado a la 
CGTA, y como desocupado se ligó a los curas del Tercer Mundo, quedándose con Carlos Mujica en la división 
sobre la licitud del uso de violencia. 
Con la desaparición sucesiva de compañeros y la causa perdida (o demorada como decía el Moncho) aceptó 
el consejo familiar y se fue con sus pocas pertenencias a la casa de unos parientes en el interior de Santiago 
del Estero. Siempre consideró que el exilio interior era peor que el de afuera; porque tuvo que cortar lazos, 
ver el saqueo y la prepotencia en directo y sin sacar la nariz. Lo que le quedó de la época fue la solidaridad 
familiar y de su compañera de toda la vida, la Jose, maestra, hija de unos vecinos de sus tíos. 
Aunque no votó por falta de registro local, en los ochenta volvió la ilusión de la mano de un radical que decía 
cosas próximas a sus creencias se sintió más cerca de Alfonsín que de Luder, Herminio y otros conservadores 
y fachos que se decían peronistas. Gracias a la democracia pudo volver a Quilmes y consiguió trabajo, en tanto 
la Jose entró de maestra en un colegio de la Provincia. Después vinieron los noventa y de vuelta a la calle. El 
taller donde se había conchabado cerró y lo dejó sin un mango. Trabajó mucho en el club de trueque hasta 
que una catarata de papeles truchos minó la confianza y destruyó la iniciativa. Ramón siempre le adjudicó a 
Duhalde la maniobra. Eso era lo que le había contado Francisco Morales, un militante confiable que operaba 
en el “Club de Trueque Regional Costa Atlántica Bonaerense”. Así fue como comenzó a odiar al cabezón; y 
cuando lo vio mandar al muere a muchos compañeros para desestabilizar al patán de De la Rua no dudó en 
ponerlo en la vereda de enfrente. 
La gran crisis lo devastó. Unos amigos peronchos le abrieron un espacio en Villa Corina. A Josefina le costaba 
explicar a sus alumnos donde vivía. Pero juntando algunos laburitos ocasionales y el sueldo de la patrona, 
construyeron una casita digna de ladrillo. El peso de los años le fue socavando la posibilidad de trabajar. Luego 
vino la jubilación y la muerte de la compañera. Pobre Jose, no vivió para ver cuando los pingüinos le dieron 
aire. Ramón sabía que “la Cristina”, a pesar de las pilchas, como “la Eva” pensaba en los viejos, los niños y los 
cabecitas. En las reuniones de jubilados tuvo que extremar su dialéctica para explicar que los que ofrecían el 
82% móvil eran los mismos que lo habían quitado. Que lo hacían para poner a la Presidenta en la obligación 
de vetar una ley para minar la devoción de un sector que le debía el beneficio y el notable esfuerzo de 
recomposición de ingresos. Que la contra carroñera no le importaba la gente, el país o la democracia; sólo 
debilitar al gobierno para tener oportunidad de reemplazarlo. El odio a Cristina y Néstor solo es equiparable 
al que le profesó la oligarquía, los milicos y la iglesia al “General” y a Evita. La derecha -con un agregado no 
menor, los medios de comunicación- habían lanzado una ofensiva para parar las reformas sociales, volver al 
pasado, y reinstalar el liberalismo. Para Ramón, la furiosa arremetida era suficiente signo de que los K estaban 
bien rumbeados. 
Pensaba eso cuando salió a la calle. Vio que el gordo se separaba de un grupo de gente donde se destacaban 
varios guardapolvos blancos y enfilaba hacia su casa con una mujer. El puntero le había dicho que su casa sería 
la primera en visitar para dar a la “señorita” la tranquilidad para entrevistar después a otros vecinos menos 
mostrables. Cuando estuvo cerca le dijo “le presento a Rosita, es toda suya ¨Monchito¨, pero cuidado, no vaya 
a ser que tengamos un disgusto y lo acusen de abuso sexual”. Ramón le contestó que sólo lo podían incriminar 
de intento, porque de hechos hacía mucho que nada. Entraron a la prolija casa donde estuvo veinte minutos 
contestando preguntas. Luego la acompañó a la puerta, donde la esperaba Eugenio que se había quedado 
fumando un faso y limpiándose los dientes con un palito de escoba que nadie sabía de donde los sacaba. El 
compañero tomó a la mujer del brazo y enfiló a la casilla del tano Falletto donde le esperaba una tarea difícil 
pues además de la pareja vivían un nono y una nona cruzados, una tía vieja, dos de los hijos con sus mujeres
que cargaban, entre ambas, siete purretes, otros dos varones y tres mujeres más que el barrio desconocía los 
lazos familiares. 
Le dejó el problema a la censista para dedicarse a sentirse pleno, ciudadano, incluido. Sacó la silla de metal, le 
puso el almohadón que tenía incrustado la forma de su culo y se sentó con el mate y uno de los dos paquetes 
de bizcochitos que había comprado en honor al censo y la encuestadora ni los tocó porque dijo que ya había 
desayunado; eso sí, le consintió varios mates y eso lo hacía sentir integrado; “tomar del mismo mate es una 
forma de confianza y pone a la gente a la misma altura”, caviló. 
El “Moncho” creía tener el don de predecir con sueños. No se había animado a contarlo porque el recuerdo 
era nebuloso y se manifestaba como sensación de malestar o alegría, que duraban hasta que ocurrían 
situaciones simétricamente malas o buenas y de intensidad paralela a la resaca. Miró el banderín y pensó, “me 
siento como cuando Boca perdió la final de la Libertadores con el Once Caldas en el 2004”. Hacía varios días 
que venía durmiendo mal y se levantaba con la impresión de que algo importante iba a pasar. Lo raro era que 
la percepción mostraba alucinaciones lindas mezcladas con profunda tristeza y dolor, todo envuelto en una 
atmósfera de potencia transformadora. 
Miró al firmamento. Ramón acostumbraba a hacerlo en búsqueda de señales. La casita daba al Sur y hacia allí 
dirigió su mirada perdida. Era un día hermoso pero había algo en el ambiente que lo hacía solemne. Miró la 
hora, era poco más de los nueve de la mañana. Unos minutos después sintió como que un manto oscuro 
avanzaba sobre la villa. Era muy raro, inexplicable, porque el sol seguía refulgiendo pero el ambiente se 
agrisaba. Duró un tiempo así y luego, a lo lejos, muy a lo lejos, hacia el Sur, una luz comenzó a subir y en lo 
alto estalló en millones de lucecitas doradas. Vio que las llamitas saltaban hacia todas las direcciones, pero la 
mayoría pasaban por encima suyo rumbo al Norte; caminó a la esquina para ver que luego caían como intensa 
nevisca sobre el área Metropolitana de Buenos Aires. 
El gordo se dirigía hacia lo del Orejón Fernández que lo esperaba en la puerta con esa sonrisa falsa que le había 
visto tantas veces y con que le respondía cuando Ramón le rogaba que dejara de vender paco a los pibes. Fue 
entonces que vio que sobre la villa caían copos de nieve luminosos. Uno dio en “la señorita” y el contacto la 
hizo brillar; igual le sucedió al gordo; pero nada pasó con el orejudo que siguió opaco con su sonrisa boluda. 
Mientras pensaba eso, un grumo lo alcanzó y un regocijo lo inundó, se sintió pleno, feliz, joven, militante. 
Reconoció la misma emoción que tenía cuando se la jugaba con los compañeros y una fuerza interior le hacía 
vencer el miedo y actuar. Notó que los copos entraban por los techos a las viviendas. 
Se quedó un rato en trance, cavilando, observando cómo seguían pasando partículas luminosas y doradas. 
Tenía una profunda conmoción que juntaba tristeza y alegría, impotencia y fuerza. Se metió en la casa y 
encendió la radio. Puso Continental y escuchó la voz de Víctor Hugo diciendo que el expresidente Néstor 
Kirchner había muerto en el Calafate. El viejo sintió que se le aflojaban las piernas; primero se le llenaron los 
ojos de lágrimas, quiso contenerlas y no pudo; al rato estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las 
piernas y llorando a moco tendido. Por un rato no pudo componerse. Agarró la toalla y con ella se cubrió la 
cara. Oyó que el pingüino no hizo caso a las recomendaciones de sus amigos y exigió en demasía a su cuerpo. 
El “viejo” no pudo separarse de la radio y quedó hecho un bollo en su cama. Cuando terminó el programa de 
Morales se pasó a la Radio Pública. Omitió el almuerzo y la merienda; sólo se levantó a calentar agua y siguió 
a puro mate y bizcochitos hasta que se terminaron. Tenía miedo de distraerse, de perder algún comentario 
que hacían los políticos, artistas, deportistas y, especialmente la gente de la calle. Lo conmovió la conciencia 
de quienes creía extraviados por las lobotomías mediáticas. 
A la tarde tomó el ómnibus y se dirigió a la Plaza de las Madres. Dejó pasar el primero cuando vio que el chofer 
no irradiaba luz, comprendió que era uno de “ellos”; miró a la gente dorada que iba en el bondi y sintió 
escalofrío. El siguiente conductor le hizo un gesto solidario mientras sus auras doradas se unían. Le pareció 
escuchar un sollozo pero no supo si era de él o de otro. El colectivo estaba lleno de gente iluminada con caras 
sombrías que iban al mismo lugar. En pocos segundos las auras se entrelazaron e incorporaban la de cada 
pasajero que subía. Bajaron todos del bus y la luminosidad de los pasajeros se mezcló con la de quienes 
cantaban y lloraban entre banderas. Y ahí se dio cuenta que todos juntos generaban una luz más bruñida, 
desconocida, potente. Balbuceó atónito las palabras fuerza, energía, sinergia. 

Reconoció a gente del barrio, a algunos militantes con los que se había topado en actos y marchas a lo largo 
de tantos años de lucha. Conversó con algunos. Los más comprometidos hacían mención reiterada al 
resplandor de la gente o a que Néstor se había apagado para encender e iluminar al pueblo. Por pudor no se 
atrevió a preguntar si veían lo mismo que él. Caminó y caminó entre la gente. Entre solitarios y solitarias, 
parejas, familias enteras, viejos, maduros, niños que brillaban en los luminosos brazos y hombros de sus padres 
y muchos pero muchos jóvenes. Lo regocijó la excitación de desechar una vieja angustia. Se podía morir 
sabiendo que serían muchos los que levantarían las banderas de las luchas populares de Perón, la Eva, el Che, 
de los miles de desaparecidos y de los sobrevivientes que seguían creyendo que otro mundo es posible. Pasó 
la noche en la Plaza, por momentos tuvo frío, se acurrucó al lado de una columna y se quedó extasiado viendo 
la luz que emanaba la gente. Se durmió por momentos, cantó varias veces la “marcha”, gritó los cánticos que 
surgían espontáneos, compró un sándwich y cuando empezó a clarear se encaminó a la parada y volvió al nido. 
En la casucha se volvió a acostar y encendió la radio. 
A las cuatro de la tarde se bañó, se puso la mejor pilcha y volvió a la Plaza. Lo bajaron lejos pero no sintió 
cansancio. Pensó que era un milagro, que en una situación diferente no hubiera podido hacer semejante 
caminata ni estar parado tanto tiempo. Y sí, era el milagro de ese flaco contemporáneo. Se ubicó en una cola 
de seres dorados a las 18.30 horas y se mantuvo con la frente alta. Sentía y veía mucho llanto, profusa luz, 
cuantiosa fuerza, inmensa militancia, inconmensurable esperanza. Hacía más frío, el viento empezó a soplar 
fuerte, pero estaba mejor preparado; llevaba el camperón que la Jose le había regalado en la última navidad 
que pasaron juntos; y al sentirse confortable y acariciarla sintió que estaba con ella. Pensó en lo que hubiera 
sido vivir juntos ese momento. La imaginó con una luminosidad especial, grandiosa, porque la patrona siempre 
vivió para los demás. Volvió a mirar a los jóvenes que lo rodeaban. No tuvieron hijos pero la Jose les había 
dedicado toda la vida a los pibes de otros; en la escuela y ayudando al padre Omar en el comedero de la villa. 
Levantó la mirada al cielo y murmuró “todos estos son hijos nuestros, son iguales a nosotros, quieren lo mismo 
que quisimos nosotros”. El pibe que estaba atrás de él le puso una mano en el hombro, Ramón se dio vuelta y 
se encontró con una luminosa mirada triste, “Cumpa, el compañero Néstor se murió pero no se fue al cielo, 
sigue entre nosotros; ahora tenemos que redoblar nuestro esfuerzo para no perder lo que nos dio y conseguir 
lo que queda”. Ramón le devolvió la sonrisa y lo abrazó, sintió el sollozo del pibe, se cortó otra vez y lo 
acompañó en el llanto, acompasadamente. 
Siguió avanzando y de a poco se fue acercando; entró por primera vez a la Rosada, y siguió una especie de 
laberinto iluminado que lo iba empujando hacia el Salón de los Patriotas. Y allí la vio; sobre ella había una luz 
más fuerte, más profunda, más poderosa, que se unía a la refulgencia que salía del ataúd y se enlazaba a la de 
cada uno de los radiantes que estaban en la sala. Sintió que esa fluorescencia enmarañada se juntaba con la 
suya y una nueva oleada de fuerza lo conmovió. Vio alrededor de Cristina a gente sin la luz. Por la ubicación 
pensó que eran importantes y por eso, muy peligrosos. Conocía a algunos por fotos, miró al más influyente y 
le gritó a la Presidenta, tenga cuidado Señora, ése no es nuestro. El tipo al verse señalado levantó la mano y 
lo saludó con una sonrisa forzada. Al principio tuvo miedo de los opacos mezclados y de los que festejaron con 
champagne, pero luego se dio cuenta que los luminosos no sólo eran más sino que Néstor los había vuelto 
poderosos. 
Pegó la vuelta, sabía que al día siguiente iría de nuevo a la Plaza para ver salir el féretro luminoso del Lupo. Allí 
se mezclaría con los luminosos para constituir una comunidad que debería unirse, organizarse y estar 
movilizada permanentemente, porque “ellos” sólo cuentan con que el tiempo vaya apagando la luz que nos 
dejó Néstor. Juntos deberemos avanzar hacia el arco iris dorado donde nos espera el flaco para tirarse y 
abrazarnos como en tantos actos populares.

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