El regreso del Eternauta
28/10/2023 | 5:26
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Regresar a Diario Mar de Ajó, el diarito – Prensa Popular – Prensa Alternativa Cuento corto escrito por CARLOS CLERI (carc1950@gmail.com) en homenaje a la mística militante. De libre reproducción y negado todo tipo de apropiación individual porque esta historia es de todos. OCT 2010A pesar de que ese día era feriado, Ramón se levantó temprano, había limpiado la casa adonde se había mudado con su mujer cuando se quedó sin trabajo. Estaba nervioso pues esperaba visita, cosa no común en su vida actual. Se la había anunciado el gordo Eugenio, un punterito de la villa, con el que había entablado una buena relación a pesar de la diferencia de edad y estilo. El gordo era un cuarentón, barra brava de Defensa y Justicia, medio matoncito, peronista, simplón pero curioso e indagador. A pesar de la niebla que lo cubría, el viejo estaba seguro de que era esencialmente un militante popular bien intencionado, que sobrevivía con alguna ayuda del club y del PJ, para quien juntaba y arreaba a los actos a los chicos del barrio para que le pegaran con todo a los bombos, por horas y horas. El septuagenario tenía suficiente amplitud como para aceptar la diversidad y su límite eran los traficantes, los chorros, los golpeadores, los violadores y, principalmente los asesinos. Se consideraba enemigo de todo aquel que con sus actos dañara al prójimo. Y a pesar de los desplantes y malas caras que ponía “el viejo” cuando se cruzaba en la villa con tipos de esa calaña, Eugenio se había asegurado de que nadie se animara a tocarle un pelo o sacarle guita. El gordo disfrutaba pasar por la casa de Ramón y sentarse a tomar mates y charlar. Casi siempre lo acompañaba alguno de los pibes despiertos que tenían posibilidad, como él, de organizar su vida alrededor de la política. Un muchachote vecino le había contado que el gordo animaba a los purretes invitándolos a tomar mate con “el viejo”, para ver lo que era un peronista de verdad, alguien que se había jugado, un pedazo de historia viva. También los instaba a sacar enseñanzas de las charlas. Cuando se juntaban, Ramón evocaba sus luchas cuando trabajaba en la Ford. Le venía bien recordar la época de resistencia, y lo hacía con orgullo y tristeza. Por entonces era delegado y llegó a tallar fuerte en el SMATA, peleando contra los burócratas y la patronal. Debido a su cargo tuvo oportunidad de viajar seguido a las reuniones donde se entrecruzó con los mejores cuadros. Reuniones con los muchachos de la lista marrón del SMATA y con los zurdos legendarios del SiTraC-SiTraM de Córdoba, los cumpas de la UOM de Villa Constitución, y los zafreros tucumanos. Contaba que conoció al gringo Tosco y al Atilio López. Cómo negar que admirara a Ongaro; ese obrero gráfico que dejó su carrera como profesor de música, compositor y director de orquesta que lo cautivó y enroló en la CGT de los Argentinos. Que en el ´68 estuvo en Huerta Grande con él, Benito Romano y Jorge Di Pascuale. A Jorge lo había conoció en el ´59 en la huelga del Frigorífico Lisandro de la Torre, y años después se movilizó cuando fue encarcelado junto a Alfredo Ferrarese durante la intervención de Onganía al Sindicato de Farmacia. Estuvo con Guillán, Amado Olmos y De Luca y hasta se cruzó con el gordo Cooke. Aunque más ligado al movimiento obrero, compartió momentos con los jóvenes combativos de la Plata: el “Pampa” Alvaro, Kunkel y hasta creía haber estado con el Lupin, apodo de época de Néstor Kirchner aludiendo al aviador de nariz aguileña de la historieta de Héctor Sídoli y Guillermo Guerrero. En Córdoba pasó horas con el “gringo” Alberioni y Alberto Molina de Lealtad y Lucha. Fue despedido por estar vinculado a la CGTA, y como desocupado se ligó a los curas del Tercer Mundo, quedándose con Carlos Mujica en la división sobre la licitud del uso de violencia. Con la desaparición sucesiva de compañeros y la causa perdida (o demorada como decía el Moncho) aceptó el consejo familiar y se fue con sus pocas pertenencias a la casa de unos parientes en el interior de Santiago del Estero. Siempre consideró que el exilio interior era peor que el de afuera; porque tuvo que cortar lazos, ver el saqueo y la prepotencia en directo y sin sacar la nariz. Lo que le quedó de la época fue la solidaridad familiar y de su compañera de toda la vida, la Jose, maestra, hija de unos vecinos de sus tíos. Aunque no votó por falta de registro local, en los ochenta volvió la ilusión de la mano de un radical que decía cosas próximas a sus creencias se sintió más cerca de Alfonsín que de Luder, Herminio y otros conservadores y fachos que se decían peronistas. Gracias a la democracia pudo volver a Quilmes y consiguió trabajo, en tanto la Jose entró de maestra en un colegio de la Provincia. Después vinieron los noventa y de vuelta a la calle. El taller donde se había conchabado cerró y lo dejó sin un mango. Trabajó mucho en el club de trueque hasta que una catarata de papeles truchos minó la confianza y destruyó la iniciativa. Ramón siempre le adjudicó a Duhalde la maniobra. Eso era lo que le había contado Francisco Morales, un militante confiable que operaba en el “Club de Trueque Regional Costa Atlántica Bonaerense”. Así fue como comenzó a odiar al cabezón; y cuando lo vio mandar al muere a muchos compañeros para desestabilizar al patán de De la Rua no dudó en ponerlo en la vereda de enfrente. La gran crisis lo devastó. Unos amigos peronchos le abrieron un espacio en Villa Corina. A Josefina le costaba explicar a sus alumnos donde vivía. Pero juntando algunos laburitos ocasionales y el sueldo de la patrona, construyeron una casita digna de ladrillo. El peso de los años le fue socavando la posibilidad de trabajar. Luego vino la jubilación y la muerte de la compañera. Pobre Jose, no vivió para ver cuando los pingüinos le dieron aire. Ramón sabía que “la Cristina”, a pesar de las pilchas, como “la Eva” pensaba en los viejos, los niños y los cabecitas. En las reuniones de jubilados tuvo que extremar su dialéctica para explicar que los que ofrecían el 82% móvil eran los mismos que lo habían quitado. Que lo hacían para poner a la Presidenta en la obligación de vetar una ley para minar la devoción de un sector que le debía el beneficio y el notable esfuerzo de recomposición de ingresos. Que la contra carroñera no le importaba la gente, el país o la democracia; sólo debilitar al gobierno para tener oportunidad de reemplazarlo. El odio a Cristina y Néstor solo es equiparable al que le profesó la oligarquía, los milicos y la iglesia al “General” y a Evita. La derecha -con un agregado no menor, los medios de comunicación- habían lanzado una ofensiva para parar las reformas sociales, volver al pasado, y reinstalar el liberalismo. Para Ramón, la furiosa arremetida era suficiente signo de que los K estaban bien rumbeados. Pensaba eso cuando salió a la calle. Vio que el gordo se separaba de un grupo de gente donde se destacaban varios guardapolvos blancos y enfilaba hacia su casa con una mujer. El puntero le había dicho que su casa sería la primera en visitar para dar a la “señorita” la tranquilidad para entrevistar después a otros vecinos menos mostrables. Cuando estuvo cerca le dijo “le presento a Rosita, es toda suya ¨Monchito¨, pero cuidado, no vaya a ser que tengamos un disgusto y lo acusen de abuso sexual”. Ramón le contestó que sólo lo podían incriminar de intento, porque de hechos hacía mucho que nada. Entraron a la prolija casa donde estuvo veinte minutos contestando preguntas. Luego la acompañó a la puerta, donde la esperaba Eugenio que se había quedado fumando un faso y limpiándose los dientes con un palito de escoba que nadie sabía de donde los sacaba. El compañero tomó a la mujer del brazo y enfiló a la casilla del tano Falletto donde le esperaba una tarea difícil pues además de la pareja vivían un nono y una nona cruzados, una tía vieja, dos de los hijos con sus mujeres que cargaban, entre ambas, siete purretes, otros dos varones y tres mujeres más que el barrio desconocía los lazos familiares. Le dejó el problema a la censista para dedicarse a sentirse pleno, ciudadano, incluido. Sacó la silla de metal, le puso el almohadón que tenía incrustado la forma de su culo y se sentó con el mate y uno de los dos paquetes de bizcochitos que había comprado en honor al censo y la encuestadora ni los tocó porque dijo que ya había desayunado; eso sí, le consintió varios mates y eso lo hacía sentir integrado; “tomar del mismo mate es una forma de confianza y pone a la gente a la misma altura”, caviló. El “Moncho” creía tener el don de predecir con sueños. No se había animado a contarlo porque el recuerdo era nebuloso y se manifestaba como sensación de malestar o alegría, que duraban hasta que ocurrían situaciones simétricamente malas o buenas y de intensidad paralela a la resaca. Miró el banderín y pensó, “me siento como cuando Boca perdió la final de la Libertadores con el Once Caldas en el 2004”. Hacía varios días que venía durmiendo mal y se levantaba con la impresión de que algo importante iba a pasar. Lo raro era que la percepción mostraba alucinaciones lindas mezcladas con profunda tristeza y dolor, todo envuelto en una atmósfera de potencia transformadora. Miró al firmamento. Ramón acostumbraba a hacerlo en búsqueda de señales. La casita daba al Sur y hacia allí dirigió su mirada perdida. Era un día hermoso pero había algo en el ambiente que lo hacía solemne. Miró la hora, era poco más de los nueve de la mañana. Unos minutos después sintió como que un manto oscuro avanzaba sobre la villa. Era muy raro, inexplicable, porque el sol seguía refulgiendo pero el ambiente se agrisaba. Duró un tiempo así y luego, a lo lejos, muy a lo lejos, hacia el Sur, una luz comenzó a subir y en lo alto estalló en millones de lucecitas doradas. Vio que las llamitas saltaban hacia todas las direcciones, pero la mayoría pasaban por encima suyo rumbo al Norte; caminó a la esquina para ver que luego caían como intensa nevisca sobre el área Metropolitana de Buenos Aires. El gordo se dirigía hacia lo del Orejón Fernández que lo esperaba en la puerta con esa sonrisa falsa que le había visto tantas veces y con que le respondía cuando Ramón le rogaba que dejara de vender paco a los pibes. Fue entonces que vio que sobre la villa caían copos de nieve luminosos. Uno dio en “la señorita” y el contacto la hizo brillar; igual le sucedió al gordo; pero nada pasó con el orejudo que siguió opaco con su sonrisa boluda. Mientras pensaba eso, un grumo lo alcanzó y un regocijo lo inundó, se sintió pleno, feliz, joven, militante. Reconoció la misma emoción que tenía cuando se la jugaba con los compañeros y una fuerza interior le hacía vencer el miedo y actuar. Notó que los copos entraban por los techos a las viviendas. Se quedó un rato en trance, cavilando, observando cómo seguían pasando partículas luminosas y doradas. Tenía una profunda conmoción que juntaba tristeza y alegría, impotencia y fuerza. Se metió en la casa y encendió la radio. Puso Continental y escuchó la voz de Víctor Hugo diciendo que el expresidente Néstor Kirchner había muerto en el Calafate. El viejo sintió que se le aflojaban las piernas; primero se le llenaron los ojos de lágrimas, quiso contenerlas y no pudo; al rato estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las piernas y llorando a moco tendido. Por un rato no pudo componerse. Agarró la toalla y con ella se cubrió la cara. Oyó que el pingüino no hizo caso a las recomendaciones de sus amigos y exigió en demasía a su cuerpo. El “viejo” no pudo separarse de la radio y quedó hecho un bollo en su cama. Cuando terminó el programa de Morales se pasó a la Radio Pública. Omitió el almuerzo y la merienda; sólo se levantó a calentar agua y siguió a puro mate y bizcochitos hasta que se terminaron. Tenía miedo de distraerse, de perder algún comentario que hacían los políticos, artistas, deportistas y, especialmente la gente de la calle. Lo conmovió la conciencia de quienes creía extraviados por las lobotomías mediáticas. A la tarde tomó el ómnibus y se dirigió a la Plaza de las Madres. Dejó pasar el primero cuando vio que el chofer no irradiaba luz, comprendió que era uno de “ellos”; miró a la gente dorada que iba en el bondi y sintió escalofrío. El siguiente conductor le hizo un gesto solidario mientras sus auras doradas se unían. Le pareció escuchar un sollozo pero no supo si era de él o de otro. El colectivo estaba lleno de gente iluminada con caras sombrías que iban al mismo lugar. En pocos segundos las auras se entrelazaron e incorporaban la de cada pasajero que subía. Bajaron todos del bus y la luminosidad de los pasajeros se mezcló con la de quienes cantaban y lloraban entre banderas. Y ahí se dio cuenta que todos juntos generaban una luz más bruñida, desconocida, potente. Balbuceó atónito las palabras fuerza, energía, sinergia.
Reconoció a gente del barrio, a algunos militantes con los que se había topado en actos y marchas a lo largo de tantos años de lucha. Conversó con algunos. Los más comprometidos hacían mención reiterada al resplandor de la gente o a que Néstor se había apagado para encender e iluminar al pueblo. Por pudor no se atrevió a preguntar si veían lo mismo que él. Caminó y caminó entre la gente. Entre solitarios y solitarias, parejas, familias enteras, viejos, maduros, niños que brillaban en los luminosos brazos y hombros de sus padres y muchos pero muchos jóvenes. Lo regocijó la excitación de desechar una vieja angustia. Se podía morir sabiendo que serían muchos los que levantarían las banderas de las luchas populares de Perón, la Eva, el Che, de los miles de desaparecidos y de los sobrevivientes que seguían creyendo que otro mundo es posible. Pasó la noche en la Plaza, por momentos tuvo frío, se acurrucó al lado de una columna y se quedó extasiado viendo la luz que emanaba la gente. Se durmió por momentos, cantó varias veces la “marcha”, gritó los cánticos que surgían espontáneos, compró un sándwich y cuando empezó a clarear se encaminó a la parada y volvió al nido. En la casucha se volvió a acostar y encendió la radio. A las cuatro de la tarde se bañó, se puso la mejor pilcha y volvió a la Plaza. Lo bajaron lejos pero no sintió cansancio. Pensó que era un milagro, que en una situación diferente no hubiera podido hacer semejante caminata ni estar parado tanto tiempo. Y sí, era el milagro de ese flaco contemporáneo. Se ubicó en una cola de seres dorados a las 18.30 horas y se mantuvo con la frente alta. Sentía y veía mucho llanto, profusa luz, cuantiosa fuerza, inmensa militancia, inconmensurable esperanza. Hacía más frío, el viento empezó a soplar fuerte, pero estaba mejor preparado; llevaba el camperón que la Jose le había regalado en la última navidad que pasaron juntos; y al sentirse confortable y acariciarla sintió que estaba con ella. Pensó en lo que hubiera sido vivir juntos ese momento. La imaginó con una luminosidad especial, grandiosa, porque la patrona siempre vivió para los demás. Volvió a mirar a los jóvenes que lo rodeaban. No tuvieron hijos pero la Jose les había dedicado toda la vida a los pibes de otros; en la escuela y ayudando al padre Omar en el comedero de la villa. Levantó la mirada al cielo y murmuró “todos estos son hijos nuestros, son iguales a nosotros, quieren lo mismo que quisimos nosotros”. El pibe que estaba atrás de él le puso una mano en el hombro, Ramón se dio vuelta y se encontró con una luminosa mirada triste, “Cumpa, el compañero Néstor se murió pero no se fue al cielo, sigue entre nosotros; ahora tenemos que redoblar nuestro esfuerzo para no perder lo que nos dio y conseguir lo que queda”. Ramón le devolvió la sonrisa y lo abrazó, sintió el sollozo del pibe, se cortó otra vez y lo acompañó en el llanto, acompasadamente. Siguió avanzando y de a poco se fue acercando; entró por primera vez a la Rosada, y siguió una especie de laberinto iluminado que lo iba empujando hacia el Salón de los Patriotas. Y allí la vio; sobre ella había una luz más fuerte, más profunda, más poderosa, que se unía a la refulgencia que salía del ataúd y se enlazaba a la de cada uno de los radiantes que estaban en la sala. Sintió que esa fluorescencia enmarañada se juntaba con la suya y una nueva oleada de fuerza lo conmovió. Vio alrededor de Cristina a gente sin la luz. Por la ubicación pensó que eran importantes y por eso, muy peligrosos. Conocía a algunos por fotos, miró al más influyente y le gritó a la Presidenta, tenga cuidado Señora, ése no es nuestro. El tipo al verse señalado levantó la mano y lo saludó con una sonrisa forzada. Al principio tuvo miedo de los opacos mezclados y de los que festejaron con champagne, pero luego se dio cuenta que los luminosos no sólo eran más sino que Néstor los había vuelto poderosos. Pegó la vuelta, sabía que al día siguiente iría de nuevo a la Plaza para ver salir el féretro luminoso del Lupo. Allí se mezclaría con los luminosos para constituir una comunidad que debería unirse, organizarse y estar movilizada permanentemente, porque “ellos” sólo cuentan con que el tiempo vaya apagando la luz que nos dejó Néstor. Juntos deberemos avanzar hacia el arco iris dorado donde nos espera el flaco para tirarse y abrazarnos como en tantos actos populares.
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A pesar de que ese día era feriado, Ramón se levantó temprano, había limpiado la casa adonde se había
mudado con su mujer cuando se quedó sin trabajo.
Estaba nervioso pues esperaba visita, cosa no común en su vida actual. Se la había anunciado el gordo Eugenio,
un punterito de la villa, con el que había entablado una buena relación a pesar de la diferencia de edad y estilo.
El gordo era un cuarentón, barra brava de Defensa y Justicia, medio matoncito, peronista, simplón pero curioso
e indagador. A pesar de la niebla que lo cubría, el viejo estaba seguro de que era esencialmente un militante
popular bien intencionado, que sobrevivía con alguna ayuda del club y del PJ, para quien juntaba y arreaba a
los actos a los chicos del barrio para que le pegaran con todo a los bombos, por horas y horas.
El septuagenario tenía suficiente amplitud como para aceptar la diversidad y su límite eran los traficantes, los
chorros, los golpeadores, los violadores y, principalmente los asesinos. Se consideraba enemigo de todo aquel
que con sus actos dañara al prójimo. Y a pesar de los desplantes y malas caras que ponía “el viejo” cuando se
cruzaba en la villa con tipos de esa calaña, Eugenio se había asegurado de que nadie se animara a tocarle un
pelo o sacarle guita.
El gordo disfrutaba pasar por la casa de Ramón y sentarse a tomar mates y charlar. Casi siempre lo
acompañaba alguno de los pibes despiertos que tenían posibilidad, como él, de organizar su vida alrededor de
la política. Un muchachote vecino le había contado que el gordo animaba a los purretes invitándolos a tomar
mate con “el viejo”, para ver lo que era un peronista de verdad, alguien que se había jugado, un pedazo de
historia viva. También los instaba a sacar enseñanzas de las charlas.
Cuando se juntaban, Ramón evocaba sus luchas cuando trabajaba en la Ford. Le venía bien recordar la época
de resistencia, y lo hacía con orgullo y tristeza. Por entonces era delegado y llegó a tallar fuerte en el SMATA,
peleando contra los burócratas y la patronal. Debido a su cargo tuvo oportunidad de viajar seguido a las
reuniones donde se entrecruzó con los mejores cuadros. Reuniones con los muchachos de la lista marrón del
SMATA y con los zurdos legendarios del SiTraC-SiTraM de Córdoba, los cumpas de la UOM de Villa
Constitución, y los zafreros tucumanos. Contaba que conoció al gringo Tosco y al Atilio López. Cómo negar que
admirara a Ongaro; ese obrero gráfico que dejó su carrera como profesor de música, compositor y director de
orquesta que lo cautivó y enroló en la CGT de los Argentinos. Que en el ´68 estuvo en Huerta Grande con él,
Benito Romano y Jorge Di Pascuale. A Jorge lo había conoció en el ´59 en la huelga del Frigorífico Lisandro de
la Torre, y años después se movilizó cuando fue encarcelado junto a Alfredo Ferrarese durante la intervención
de Onganía al Sindicato de Farmacia. Estuvo con Guillán, Amado Olmos y De Luca y hasta se cruzó con el gordo
Cooke. Aunque más ligado al movimiento obrero, compartió momentos con los jóvenes combativos de la
Plata: el “Pampa” Alvaro, Kunkel y hasta creía haber estado con el Lupin, apodo de época de Néstor Kirchner
aludiendo al aviador de nariz aguileña de la historieta de Héctor Sídoli y Guillermo Guerrero. En Córdoba pasó
horas con el “gringo” Alberioni y Alberto Molina de Lealtad y Lucha. Fue despedido por estar vinculado a la
CGTA, y como desocupado se ligó a los curas del Tercer Mundo, quedándose con Carlos Mujica en la división
sobre la licitud del uso de violencia.
Con la desaparición sucesiva de compañeros y la causa perdida (o demorada como decía el Moncho) aceptó
el consejo familiar y se fue con sus pocas pertenencias a la casa de unos parientes en el interior de Santiago
del Estero. Siempre consideró que el exilio interior era peor que el de afuera; porque tuvo que cortar lazos,
ver el saqueo y la prepotencia en directo y sin sacar la nariz. Lo que le quedó de la época fue la solidaridad
familiar y de su compañera de toda la vida, la Jose, maestra, hija de unos vecinos de sus tíos.
Aunque no votó por falta de registro local, en los ochenta volvió la ilusión de la mano de un radical que decía
cosas próximas a sus creencias se sintió más cerca de Alfonsín que de Luder, Herminio y otros conservadores
y fachos que se decían peronistas. Gracias a la democracia pudo volver a Quilmes y consiguió trabajo, en tanto
la Jose entró de maestra en un colegio de la Provincia. Después vinieron los noventa y de vuelta a la calle. El
taller donde se había conchabado cerró y lo dejó sin un mango. Trabajó mucho en el club de trueque hasta
que una catarata de papeles truchos minó la confianza y destruyó la iniciativa. Ramón siempre le adjudicó a
Duhalde la maniobra. Eso era lo que le había contado Francisco Morales, un militante confiable que operaba
en el “Club de Trueque Regional Costa Atlántica Bonaerense”. Así fue como comenzó a odiar al cabezón; y
cuando lo vio mandar al muere a muchos compañeros para desestabilizar al patán de De la Rua no dudó en
ponerlo en la vereda de enfrente.
La gran crisis lo devastó. Unos amigos peronchos le abrieron un espacio en Villa Corina. A Josefina le costaba
explicar a sus alumnos donde vivía. Pero juntando algunos laburitos ocasionales y el sueldo de la patrona,
construyeron una casita digna de ladrillo. El peso de los años le fue socavando la posibilidad de trabajar. Luego
vino la jubilación y la muerte de la compañera. Pobre Jose, no vivió para ver cuando los pingüinos le dieron
aire. Ramón sabía que “la Cristina”, a pesar de las pilchas, como “la Eva” pensaba en los viejos, los niños y los
cabecitas. En las reuniones de jubilados tuvo que extremar su dialéctica para explicar que los que ofrecían el
82% móvil eran los mismos que lo habían quitado. Que lo hacían para poner a la Presidenta en la obligación
de vetar una ley para minar la devoción de un sector que le debía el beneficio y el notable esfuerzo de
recomposición de ingresos. Que la contra carroñera no le importaba la gente, el país o la democracia; sólo
debilitar al gobierno para tener oportunidad de reemplazarlo. El odio a Cristina y Néstor solo es equiparable
al que le profesó la oligarquía, los milicos y la iglesia al “General” y a Evita. La derecha -con un agregado no
menor, los medios de comunicación- habían lanzado una ofensiva para parar las reformas sociales, volver al
pasado, y reinstalar el liberalismo. Para Ramón, la furiosa arremetida era suficiente signo de que los K estaban
bien rumbeados.
Pensaba eso cuando salió a la calle. Vio que el gordo se separaba de un grupo de gente donde se destacaban
varios guardapolvos blancos y enfilaba hacia su casa con una mujer. El puntero le había dicho que su casa sería
la primera en visitar para dar a la “señorita” la tranquilidad para entrevistar después a otros vecinos menos
mostrables. Cuando estuvo cerca le dijo “le presento a Rosita, es toda suya ¨Monchito¨, pero cuidado, no vaya
a ser que tengamos un disgusto y lo acusen de abuso sexual”. Ramón le contestó que sólo lo podían incriminar
de intento, porque de hechos hacía mucho que nada. Entraron a la prolija casa donde estuvo veinte minutos
contestando preguntas. Luego la acompañó a la puerta, donde la esperaba Eugenio que se había quedado
fumando un faso y limpiándose los dientes con un palito de escoba que nadie sabía de donde los sacaba. El
compañero tomó a la mujer del brazo y enfiló a la casilla del tano Falletto donde le esperaba una tarea difícil
pues además de la pareja vivían un nono y una nona cruzados, una tía vieja, dos de los hijos con sus mujeres
que cargaban, entre ambas, siete purretes, otros dos varones y tres mujeres más que el barrio desconocía los
lazos familiares.
Le dejó el problema a la censista para dedicarse a sentirse pleno, ciudadano, incluido. Sacó la silla de metal, le
puso el almohadón que tenía incrustado la forma de su culo y se sentó con el mate y uno de los dos paquetes
de bizcochitos que había comprado en honor al censo y la encuestadora ni los tocó porque dijo que ya había
desayunado; eso sí, le consintió varios mates y eso lo hacía sentir integrado; “tomar del mismo mate es una
forma de confianza y pone a la gente a la misma altura”, caviló.
El “Moncho” creía tener el don de predecir con sueños. No se había animado a contarlo porque el recuerdo
era nebuloso y se manifestaba como sensación de malestar o alegría, que duraban hasta que ocurrían
situaciones simétricamente malas o buenas y de intensidad paralela a la resaca. Miró el banderín y pensó, “me
siento como cuando Boca perdió la final de la Libertadores con el Once Caldas en el 2004”. Hacía varios días
que venía durmiendo mal y se levantaba con la impresión de que algo importante iba a pasar. Lo raro era que
la percepción mostraba alucinaciones lindas mezcladas con profunda tristeza y dolor, todo envuelto en una
atmósfera de potencia transformadora.
Miró al firmamento. Ramón acostumbraba a hacerlo en búsqueda de señales. La casita daba al Sur y hacia allí
dirigió su mirada perdida. Era un día hermoso pero había algo en el ambiente que lo hacía solemne. Miró la
hora, era poco más de los nueve de la mañana. Unos minutos después sintió como que un manto oscuro
avanzaba sobre la villa. Era muy raro, inexplicable, porque el sol seguía refulgiendo pero el ambiente se
agrisaba. Duró un tiempo así y luego, a lo lejos, muy a lo lejos, hacia el Sur, una luz comenzó a subir y en lo
alto estalló en millones de lucecitas doradas. Vio que las llamitas saltaban hacia todas las direcciones, pero la
mayoría pasaban por encima suyo rumbo al Norte; caminó a la esquina para ver que luego caían como intensa
nevisca sobre el área Metropolitana de Buenos Aires.
El gordo se dirigía hacia lo del Orejón Fernández que lo esperaba en la puerta con esa sonrisa falsa que le había
visto tantas veces y con que le respondía cuando Ramón le rogaba que dejara de vender paco a los pibes. Fue
entonces que vio que sobre la villa caían copos de nieve luminosos. Uno dio en “la señorita” y el contacto la
hizo brillar; igual le sucedió al gordo; pero nada pasó con el orejudo que siguió opaco con su sonrisa boluda.
Mientras pensaba eso, un grumo lo alcanzó y un regocijo lo inundó, se sintió pleno, feliz, joven, militante.
Reconoció la misma emoción que tenía cuando se la jugaba con los compañeros y una fuerza interior le hacía
vencer el miedo y actuar. Notó que los copos entraban por los techos a las viviendas.
Se quedó un rato en trance, cavilando, observando cómo seguían pasando partículas luminosas y doradas.
Tenía una profunda conmoción que juntaba tristeza y alegría, impotencia y fuerza. Se metió en la casa y
encendió la radio. Puso Continental y escuchó la voz de Víctor Hugo diciendo que el expresidente Néstor
Kirchner había muerto en el Calafate. El viejo sintió que se le aflojaban las piernas; primero se le llenaron los
ojos de lágrimas, quiso contenerlas y no pudo; al rato estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las
piernas y llorando a moco tendido. Por un rato no pudo componerse. Agarró la toalla y con ella se cubrió la
cara. Oyó que el pingüino no hizo caso a las recomendaciones de sus amigos y exigió en demasía a su cuerpo.
El “viejo” no pudo separarse de la radio y quedó hecho un bollo en su cama. Cuando terminó el programa de
Morales se pasó a la Radio Pública. Omitió el almuerzo y la merienda; sólo se levantó a calentar agua y siguió
a puro mate y bizcochitos hasta que se terminaron. Tenía miedo de distraerse, de perder algún comentario
que hacían los políticos, artistas, deportistas y, especialmente la gente de la calle. Lo conmovió la conciencia
de quienes creía extraviados por las lobotomías mediáticas.
A la tarde tomó el ómnibus y se dirigió a la Plaza de las Madres. Dejó pasar el primero cuando vio que el chofer
no irradiaba luz, comprendió que era uno de “ellos”; miró a la gente dorada que iba en el bondi y sintió
escalofrío. El siguiente conductor le hizo un gesto solidario mientras sus auras doradas se unían. Le pareció
escuchar un sollozo pero no supo si era de él o de otro. El colectivo estaba lleno de gente iluminada con caras
sombrías que iban al mismo lugar. En pocos segundos las auras se entrelazaron e incorporaban la de cada
pasajero que subía. Bajaron todos del bus y la luminosidad de los pasajeros se mezcló con la de quienes
cantaban y lloraban entre banderas. Y ahí se dio cuenta que todos juntos generaban una luz más bruñida,
desconocida, potente. Balbuceó atónito las palabras fuerza, energía, sinergia.
Reconoció a gente del barrio, a algunos militantes con los que se había topado en actos y marchas a lo largo
de tantos años de lucha. Conversó con algunos. Los más comprometidos hacían mención reiterada al
resplandor de la gente o a que Néstor se había apagado para encender e iluminar al pueblo. Por pudor no se
atrevió a preguntar si veían lo mismo que él. Caminó y caminó entre la gente. Entre solitarios y solitarias,
parejas, familias enteras, viejos, maduros, niños que brillaban en los luminosos brazos y hombros de sus padres
y muchos pero muchos jóvenes. Lo regocijó la excitación de desechar una vieja angustia. Se podía morir
sabiendo que serían muchos los que levantarían las banderas de las luchas populares de Perón, la Eva, el Che,
de los miles de desaparecidos y de los sobrevivientes que seguían creyendo que otro mundo es posible. Pasó
la noche en la Plaza, por momentos tuvo frío, se acurrucó al lado de una columna y se quedó extasiado viendo
la luz que emanaba la gente. Se durmió por momentos, cantó varias veces la “marcha”, gritó los cánticos que
surgían espontáneos, compró un sándwich y cuando empezó a clarear se encaminó a la parada y volvió al nido.
En la casucha se volvió a acostar y encendió la radio.
A las cuatro de la tarde se bañó, se puso la mejor pilcha y volvió a la Plaza. Lo bajaron lejos pero no sintió
cansancio. Pensó que era un milagro, que en una situación diferente no hubiera podido hacer semejante
caminata ni estar parado tanto tiempo. Y sí, era el milagro de ese flaco contemporáneo. Se ubicó en una cola
de seres dorados a las 18.30 horas y se mantuvo con la frente alta. Sentía y veía mucho llanto, profusa luz,
cuantiosa fuerza, inmensa militancia, inconmensurable esperanza. Hacía más frío, el viento empezó a soplar
fuerte, pero estaba mejor preparado; llevaba el camperón que la Jose le había regalado en la última navidad
que pasaron juntos; y al sentirse confortable y acariciarla sintió que estaba con ella. Pensó en lo que hubiera
sido vivir juntos ese momento. La imaginó con una luminosidad especial, grandiosa, porque la patrona siempre
vivió para los demás. Volvió a mirar a los jóvenes que lo rodeaban. No tuvieron hijos pero la Jose les había
dedicado toda la vida a los pibes de otros; en la escuela y ayudando al padre Omar en el comedero de la villa.
Levantó la mirada al cielo y murmuró “todos estos son hijos nuestros, son iguales a nosotros, quieren lo mismo
que quisimos nosotros”. El pibe que estaba atrás de él le puso una mano en el hombro, Ramón se dio vuelta y
se encontró con una luminosa mirada triste, “Cumpa, el compañero Néstor se murió pero no se fue al cielo,
sigue entre nosotros; ahora tenemos que redoblar nuestro esfuerzo para no perder lo que nos dio y conseguir
lo que queda”. Ramón le devolvió la sonrisa y lo abrazó, sintió el sollozo del pibe, se cortó otra vez y lo
acompañó en el llanto, acompasadamente.
Siguió avanzando y de a poco se fue acercando; entró por primera vez a la Rosada, y siguió una especie de
laberinto iluminado que lo iba empujando hacia el Salón de los Patriotas. Y allí la vio; sobre ella había una luz
más fuerte, más profunda, más poderosa, que se unía a la refulgencia que salía del ataúd y se enlazaba a la de
cada uno de los radiantes que estaban en la sala. Sintió que esa fluorescencia enmarañada se juntaba con la
suya y una nueva oleada de fuerza lo conmovió. Vio alrededor de Cristina a gente sin la luz. Por la ubicación
pensó que eran importantes y por eso, muy peligrosos. Conocía a algunos por fotos, miró al más influyente y
le gritó a la Presidenta, tenga cuidado Señora, ése no es nuestro. El tipo al verse señalado levantó la mano y
lo saludó con una sonrisa forzada. Al principio tuvo miedo de los opacos mezclados y de los que festejaron con
champagne, pero luego se dio cuenta que los luminosos no sólo eran más sino que Néstor los había vuelto
poderosos.
Pegó la vuelta, sabía que al día siguiente iría de nuevo a la Plaza para ver salir el féretro luminoso del Lupo. Allí
se mezclaría con los luminosos para constituir una comunidad que debería unirse, organizarse y estar
movilizada permanentemente, porque “ellos” sólo cuentan con que el tiempo vaya apagando la luz que nos
dejó Néstor. Juntos deberemos avanzar hacia el arco iris dorado donde nos espera el flaco para tirarse y
abrazarnos como en tantos actos populares.