Cuando el linaje reemplaza al liderazgo: La crisis de legitimación en el peronismo contemporáneo

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Fuente: https://revistamestiza.unaj.edu.ar/ por  Bruno Carpinetti 

1955, inicio de la Crísis del Peronismo

En el corazón del peronismo contemporáneo se ha instalado, casi sin debate explícito, un problema clásico de la teoría política y de la antropología del poder: qué ocurre cuando un liderazgo intenta transmitirse como herencia, pero sin atravesar los rituales que lo vuelven legítimo. El kirchnerismo, que supo presentarse como una fuerza de ruptura y refundación, convive hoy con una escena paradojal: la centralidad creciente de un heredero político cuya autoridad no se apoya en un recorrido de pruebas, sino en la administración de un legado. El caso de Máximo Kirchner no es solo un dato biográfico ni un episodio familiar; funciona como síntoma de una mutación más profunda en la lógica de producción del liderazgo dentro del movimiento.

Arnold van Gennep enseñó hace más de un siglo que ninguna sociedad —por moderna que se proclame— admite el acceso directo a una posición de autoridad sin atravesar rituales de transformación. En Los ritos de paso, el antropólogo mostró que el pasaje de un estatus a otro no es nunca automático: exige separación, prueba y reintegración. No se nace jefe, cazador, guerrero o profeta; se llega a serlo tras atravesar una experiencia que desarma la identidad previa y habilita una nueva.

La política no es una excepción. Aunque las democracias contemporáneas se narren a sí mismas como espacios racionales, meritocráticos o institucionales, siguen funcionando —de modo más o menos explícito— con rituales de legitimación. La historia de las élites lo confirma: incluso allí donde el poder se hereda, la autoridad no se transfiere sin pruebas. El apellido puede abrir la puerta, pero el rito de paso resulta ineludible.

Las sociedades modernas suelen hablar de la aristocracia como si se tratara de un residuo arcaico: linajes ociosos, privilegios heredados, poder sin mérito. Sin embargo, la experiencia histórica es menos ingenua. Las élites —monárquicas, revolucionarias o republicanas— desconfiaron sistemáticamente de sus propios herederos. No por vocación igualitaria, sino por instinto de supervivencia. Sabían que el peor enemigo de un orden político no es el adversario externo, sino el heredero no legitimado.

Por eso desarrollaron mecanismos de prueba. La herencia debía ser validada mediante disciplina, formación y exposición al riesgo. Cuando ese filtro desaparece, el problema ya no es solo el heredero, es la organización entera la que comienza a degradarse.

Formar príncipes para defender el trono

Incluso los regímenes más cerrados comprendieron este dilema. Corea del Norte, uno de los sistemas políticos más herméticos del planeta, ofrece un ejemplo tan incómodo como revelador. Kim Jong-un, heredero de una dinastía comunista fundada sobre el culto al líder y la épica revolucionaria, no fue educado en el encierro ideológico que predica su régimen. Fue enviado a Suiza, a instituciones educativas occidentales de elite, para formarse lejos del mito y cerca del mundo real.

Desde una mirada antropológica, ese desplazamiento funciona como una fase clásica de separación: el heredero es arrancado del entorno protector, despojado momentáneamente de su identidad simbólica y expuesto a un espacio extraño. No por admiración a Occidente, sino por cálculo. Gobernar —incluso un hermetico enclave comunista— exige comprensión del entorno, manejo de códigos globales y entrenamiento intelectual. La sangre no alcanza.

Algo similar ocurrió históricamente en las monarquías europeas. Felipe VI de España, antes de acceder al trono, atravesó una formación completa en las tres armas, alcanzó el grado de oficial, cursó estudios universitarios y desempeñó durante décadas funciones públicas de representación y conducción. Ese recorrido no fue decorativo: operó como un proceso de prueba prolongado, destinado a producir una transformación subjetiva entre el heredero y el jefe de Estado.

En la misma lógica se inscribe la trayectoria de Guillermo, príncipe de Gales, quien realizó carrera en las fuerzas armadas británicas y trabajó como piloto de búsqueda y rescate, exponiéndose a misiones operativas reales antes de concentrarse plenamente en sus funciones institucionales. La intención es transparente: que el heredero conozca el riesgo, la disciplina y la responsabilidad antes de encarnar la jefatura simbólica.

La lógica es clara: el linaje no exime del riesgo. La autoridad simbólica requiere ser puesta a prueba en escenarios reales. Sin esa experiencia, el poder queda incompleto.

Las élites tradicionales sabían algo esencial que Van Gennep habría reconocido sin dificultad: sin rito de pasaje, el heredero no se transforma; y sin transformación, no hay autoridad legítima.

El daño invisible: cuando la herencia organiza la mediocridad

El problema más profundo del liderazgo hereditario no reside únicamente en la figura del heredero no legitimado, sino en el efecto corrosivo que produce sobre la organización que lo rodea. Allí donde el liderazgo no se define por capacidad sino por proximidad al linaje, la selección deja de ser positiva y se vuelve negativa.

Desde una perspectiva antropológica, el grupo actúa como un sistema de protección del iniciado fallido. Al no haberse completado el rito, la comunidad no puede reintegrarlo plenamente como líder, pero tampoco puede cuestionarlo. La solución es degradar el entorno.

Las organizaciones dominadas por herederos tienden a promover perfiles funcionales a una lógica defensiva. privilegiando leales antes que capaces, obedientes antes que creativos, previsibles antes que inteligentes. No se asciende por talento, sino por compatibilidad con la fragilidad del heredero. La mediocridad deja de ser un defecto y se convierte en una virtud estratégica.

En estos contextos, los cuadros más competentes enfrentan una disyuntiva clásica: o se subordinan simbólicamente al heredero, renunciando a toda autonomía, o son progresivamente marginados. El liderazgo genuino se vuelve una amenaza estructural. No se lo enfrenta políticamente, sino que se lo neutraliza, se lo desgasta o se lo expulsa.

Este mecanismo no es accidental. El heredero sin autoridad propia necesita un entorno que no lo opaque. Por eso, las organizaciones bajo su influencia desarrollan un comportamiento defensivo: expulsan talento, desalientan iniciativa y castigan la autonomía. El conflicto no se procesa; se evita. La competencia no se regula; se bloquea.

Van Gennep advertía que los ritos fallidos generan estados liminales permanentes: sujetos que ocupan un lugar, pero no lo encarnan plenamente. En política, esa liminalidad se paga caro. Cuanto más débil es el heredero, más débil debe volverse la organización para sostenerlo. La institución deja de ser una usina de liderazgo y se convierte en un dispositivo de contención. El pasado funciona como sustituto de la capacidad presente.

Máximo Kirchner o la herencia sin rito de paso

El caso de Máximo Kirchner condensa este problema con una claridad casi pedagógica. Heredero del capital político más importante de la Argentina democrática reciente, su trayectoria no estuvo marcada por la separación, la prueba ni la exposición al riesgo. Hubo, en cambio, administración del legado.

A diferencia de los herederos que las élites tradicionales enviaban al ejército, a la diplomacia o a gobiernos locales para templarlos, Máximo Kirchner fue preservado. Ingresó a la política desde una posición simbólica elevada, sin haber atravesado el proceso de desposesión y reconstrucción que vuelve tolerable —y creíble— el liderazgo.

Su centralidad no produjo nuevos liderazgos, sino que los inhibió. La organización que lo rodea no se caracteriza por la generación de cuadros con autonomía política, capacidad de gestión o densidad intelectual, sino por una homogeneidad disciplinada. No se compite con el heredero: se lo protege.

Del peronismo “darwinista” al peronismo “fijista”

El contraste con el peronismo de los años 80 y 90 resulta inevitable. Aquel peronismo era un ecosistema hostil. Inestable. Competitivo. Un ambiente donde nada estaba garantizado y casi todo debía ganarse. Funcionaba, en términos políticos, como un sistema darwinista: generaba variación, exponía a los actores al conflicto y seleccionaba, de manera imperfecta pero efectiva, a quienes lograban adaptarse.

Internas feroces, derrotas, traiciones, rupturas, recomposiciones. Nada de eso era una anomalía: era el mecanismo mismo de producción de liderazgo. El movimiento no protegía trayectorias; las ponía a prueba. Nadie heredaba sin pagar costos. Nadie accedía a posiciones centrales sin atravesar algún tipo de intemperie.

Tras la derrota de 1983, el peronismo no se refugió en la custodia de un linaje, por cierto inexistente. Se fragmentó, discutió y, en ese caos, generó dirigentes. Cafiero, Menem, Duhalde y decenas de figuras territoriales emergieron como producto de una suerte de “selección natural”. No eran hijos de nadie, eran productos del conflicto.

El peronismo de los 90 llevó esa lógica al extremo. Menem no fue un heredero: fue un sobreviviente. Llegó desde la periferia, enfrentó al aparato y gobernó. El mérito no era moral, pero era político. El rito era brutal, pero existía.

El peronismo actual ha invertido esa lógica. Donde antes había una máquina imperfecta de selección, hoy hay un sistema inmunológico contra el talento. Detecta a quienes pueden crecer demasiado y los neutraliza antes de que incomoden al heredero.

La nostalgia como coartada

Este desplazamiento ayuda a explicar la centralidad creciente de la nostalgia. Cuando un movimiento deja de producir futuro, sacraliza su pasado. Cuando deja de seleccionar dirigentes, canoniza apellidos. La épica sustituye a la prueba; la memoria, al proyecto.

La nostalgia no es aquí un sentimiento espontáneo, sino un recurso político. Opera como una coartada: permite explicar la ausencia de novedad sin asumirla como fracaso. Donde ya no hay pasajes, se multiplica el recuerdo. Donde ya no hay transformación, se intensifica el homenaje.

El pasado se convierte así en un territorio seguro. No exige riesgo, no impone conflictos, no obliga a atravesar pruebas. Es un espacio cerrado, ordenado, estable. A diferencia del futuro —siempre incierto, siempre disputado—, la memoria puede administrarse.

Desde esta perspectiva, la nostalgia cumple una función estructural: reemplaza la dinámica de producción por una lógica de conservación. Ya no se trata de generar dirigentes, sino de custodiar un patrimonio simbólico. Ya no se trata de abrir caminos, sino de sostener un relato.

El kirchnerismo tardío se inscribe plenamente en esta lógica. Conserva símbolos, fechas, consignas, liturgias. Conserva jerarquías y nombres propios. Pero ha debilitado su capacidad de producir conducción. La política deja de ser una experiencia de transformación y se convierte en una experiencia de pertenencia.

En ese marco, la lealtad desplaza al mérito porque es el único criterio que no pone en riesgo la herencia. El mérito supone comparación. La comparación habilita competencia. Y la competencia introduce incertidumbre. La lealtad, en cambio, estabiliza. Ordena. Garantiza que nada esencial cambie.

La nostalgia, entonces, no es simplemente una mirada melancólica hacia atrás. Es una tecnología de clausura. Congela el tiempo político. Convierte al pasado en modelo y al presente en simple administración.

Desde una clave antropológica, podría decirse que allí donde el rito de pasaje desaparece, el mito ocupa su lugar. La narración de los orígenes reemplaza a la experiencia de transformación. El relato sustituye al recorrido.

El resultado es una política que gira sobre sí misma. Repite símbolos, reitera consignas, actualiza aniversarios. Pero ya no produce trayectorias que conmuevan, que desplacen, que obliguen a reorganizar el mapa interno.

Cuando la nostalgia se vuelve principio organizador, el movimiento deja de pensarse como proyecto y comienza a pensarse como patrimonio.

La coartada nostálgica, en ese sentido, es eficaz pero costosa. Permite sostener una identidad incluso en ausencia de futuro. Pero el precio es alto: una política que deja de transformarse empieza, lentamente, a vaciarse de contenido. Y lo que queda no es una comunidad en movimiento, sino una memoria organizada.

Una tesis incómoda

La tesis es incómoda, pero difícil de eludir: el peronismo dejó de parecerse a sí mismo. Abandonó la lógica plebeya del pasaje conflictivo y adoptó una lógica patrimonial, más cercana a una corte que a un movimiento.

Las élites tradicionales entendieron que, sin ritos de paso, el linaje destruye el orden que pretende preservar. El peronismo histórico también lo sabía. El peronismo actual parece haberlo olvidado.

Y la historia política no castiga por traicionar principios, sino por algo más simple y más cruel: por impedir la transformación. Cuando no hay rito, no hay liderazgo. Solo herencia. Y la herencia, sin pasaje, no se proyecta, se agota.

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