Hiroshima
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Por Héctor Pitluk (Docente del CEPT 31 de Pablo Acosta. Escritor, periodista y pequeño productor agropecuario, de Azul BA)

Se quedó sola y sus manos ya no eran sus manos.
El vacío, en sus oídos, hacía retumbar los sonidos, asfixiándolos, deslizándolos hacia su interior con suavidad, aterciopelándolos en un eco sordo y la tibieza en sus manos ya no era suya aunque la sangre sí lo fuera. El humo no importaba, ni el fuego, la soledad era lo que crecía, la sensación interminable de que estaba sola y que la luz quema y la certeza de que no volvería a ver a sus nietos, que la vida incomprensible le arrebataba, en ese instante, eterno en sí mismo, la posibilidad de ver crecer a su Hiroko y la escritora lloraba mientras escribía y las lágrimas no la dejaban ver el papel y escribía de memoria viendo nublado, desesperada porque no sabía el nombre de la abuela de Hiroko y temía no aprenderlo nunca y escuchaba el ruido del lápiz sobre la textura de la hoja y no le importaba que sus manos ya no fueran suyas, la pena era que sabía, aunque no pudiera entender qué pasaba, que estaba perdiendo a su familia, sus chiquitas no iban a correr más por el patio, adormeciéndola a la hora de la siesta con sus pasitos en las baldosas bajo la parra, manteniendo la tradición, como su propia abuela había hecho adormeciendo a su vez a la suya y ya nunca más sucedería, no en ese patio, con esa parra muerta de repente y ella sin sus manos ni su esperanza de que los suyos crecieran, no en esa vida.

La única solución es la música, pensó la escritora y se sumergió en Beethoven y era peor, el Gran Luís la guiaba, él mismo, por ese camino del dolor majestuoso donde los acordes estrujan el alma y no se detienen hasta extraer el llanto y las lágrimas siguen corriendo, mojando la hoja, mojando el papel, pero no alcanzan a extinguir la pasión que brota y obliga a renacer, a recrear la propia vida y cambiar el rumbo si es necesario, tantas veces como fuera, en esa aventura constante que es sobrevivir, llevando la responsabilidad de evocar a los muertos en los actos cotidianos que nos honran al honrarlos e Hiroko se pierde buscando el lugar donde colocar la flor amarilla que le gustaba a su abuela con la pretensión de que el olor, aunque no le llegue, perfume su memoria.

La escritora siente que debe subir un escalón macizo con un bloque de piedra en sus espaldas y luego otro y la escalera es oscura y brutal, pero está obligada a hacerlo, no hay retroceso y se seca las lágrimas y ve a Hiroko en un laberinto de hierros retorcidos y quemados, si es que el hierro y el acero pueden quemarse, con su flor amarilla caminando sin un rumbo preciso pues se sabe perdida y lo único que le importa es la flor.
Cada sonido tiene un significado, pero el laberinto es sordo y ella está muda y la luz que ve, al fondo y lejos, parece quemar y ella no quiere, pero los recuerdos tienen más fuerza y la obligan a seguir, rumbo a la luz, aunque la queme.
Nota del Editor: Hiroshima fue la primera ciudad de la historia que sufrió un bombardeo nuclear. El 6 de agosto de 1945, el ejército de los Estados Unidos de América lanzó sobre la ciudad una bomba atómica, destruyéndola totalmente.
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