UNA REBELIÓN PLEBEYA PARA EL PERONISMO
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Fuente: https://panamarevista.com/ Por Agustín Hoya & Agustín Vázquez 24 de mayo de 2025
Integrantes de la agrupación Generación para el Desarrollo.

1.
Esto es un alegato en favor de una rebelión plebeya dentro del peronismo contra una aristocracia partidaria incompetente e indolente.
El peronismo atraviesa una serie de crisis profundas que van mucho más allá de sus derrotas electorales: se trata del agotamiento de un ciclo histórico, político y cultural. Pese a su enorme legado, hoy se presenta como un campo arrasado, atrapado entre estructuras sin vitalidad, liderazgos mezquinos, una base social cada vez más difusa, y un universo simbólico devenido en mera pose estética. Todo ello, además, signado por una incomprensión radical de la época.
El mundo transita un cisma histórico, impulsado por una vertiginosa revolución tecnológica y digital que modifica las formas de producir, trabajar, relacionarse, comunicarse e incluso gobernar. Sin embargo, la aristocracia partidaria persiste obstinada con dogmas rígidos, narrativas simplistas y un marco epistemológico y cognitivo impermeable a esta realidad cambiante.
El peronismo fue adoptando, progresivamente, la forma de una repetición sin potencia, una liturgia vacía, desanclada de la complejidad social, tecnológica y cultural de la época, y profundamente desconectada de su pueblo. Extraviado en la discusión de intereses subalternos, se volvió impotente para identificar su misión histórica y definir una visión de Nación. Así, lo que alguna vez fue una fuerza de masas, policlasista y nacional, se vio arrastrada a un proceso espiralado de encogimiento y dispersión. Terminó por convertirse en un rompecabezas imposible, que lo confinó, por un lado, a un partido vecinal de la tercera sección electoral de la provincia de Buenos Aires y, por el otro, a un archipiélago inconexo de partidos provinciales subsumidos en dinámicas locales.
El justicialismo fue siempre un espacio de alcance nacional. Sin embargo, con el paso del tiempo, su proyección se ha ido reduciendo de manera sostenida: de pensar la Nación pasó a ser un partido principalmente bonaerense, para luego concentrarse sobre todo en el AMBA y, por último, en la tercera sección, en el sur del conurbano. A este ritmo, puede que pronto tan solo sea una fuerza local de Florencio Varela, Berazategui o Avellaneda.

El peronismo atraviesa una serie de crisis profundas que van mucho más allá de sus derrotas electorales: se trata del agotamiento de un ciclo histórico, político y cultural
Frente a este panorama, cabe preguntarse, ¿es esta aristocracia capaz de asumir el liderazgo ante los retos que enfrenta el justicialismo y -en un sentido más amplio- la Nación Argentina en este siglo XXI? El desafío político de la hora exige abandonar los viejos reflejos y atreverse a pensar una ruptura real con el status quo. A continuación -y sólo a continuación- es necesario reconstruir una verdadera mayoría social, capaz de darle vida a un nuevo avatar, que restituya al peronismo su vocación histórica de integrar Nación, comunidad y desarrollo.
En sus albores, el justicialismo surgió a mediados de los años ‘40 como una innovación política, mientras que hoy, sin embargo, el movimiento se caracteriza por muchas cosas menos por ser innovador.
La renovación del peronismo debe ser total. No hay otra forma de decirlo. No basta con arreglos cosméticos ni con un simple recambio de nombres. Tampoco alcanza con la incorporación -a destiempo y a regañadientes- de algunas consignas o demandas sociales sistemáticamente postergadas. Lo que está en juego es el alma de una tradición política que, si no se transforma de modo sustancial, quedará reducida, en el mejor de los casos, a una minoría intensa, y en el peor, a una reliquia arqueológica.
2.
Javier Milei no es solo un episodio disruptivo ni un accidente que se corregirá por algún giro del destino o un mecanismo autorregulatorio del sistema. No. Es el propio sistema el que ha mutado.
Milei es el umbral de una nueva era. Ciertamente, se encuadra dentro de movimientos tectónicos mucho más vastos, relacionados con el ocaso del bloque histórico de la globalización. Su irrupción no sólo desplazó a las fuerzas tradicionales del centro del sistema político; directamente desarmó el sistema. Lo que emergió en su lugar es un nuevo régimen, aún incipiente, que por ahora tiene un único actor real: el propio Milei. Frente a eso, no hay oposición, sino apenas los restos fósiles de un orden que ya no existe. Quienes creen ocupar el lugar de oposición no tienen la potencia ni la imaginación necesarias para construir una nueva mayoría social. Ni siquiera podrían lograrlo ensayando la tristísima fantasía de una nueva Unión Democrática.
Sin embargo, la ruina del viejo orden no garantiza, por sí sola, el surgimiento de algo mejor. Lo que venga después no es necesariamente superador: puede ser el desierto o la repetición degradada y caricaturesca de lo existente. En un escenario en el que Milei ocupa en soledad el centro del sistema, pensar una alternativa requiere algo más que una denuncia sin sujeto, sin propuesta y sin destino. La responsabilidad histórica es construir algo radicalmente nuevo, no por capricho estético, sino porque el mundo ha cambiado y exige categorías, lenguajes y formas políticas a la altura.
En este contexto de mutación sistémica, la fatiga de la aristocracia peronista se adivina en la impotencia de sus interpelaciones. Así, la dirigencia oscila entre el llamado a “una heroica resistencia” desde alguna trinchera estatal; la indignación o victimización ante un supuesto “fascismo” autóctono; y la defensa inercial y aburrida de cosas que a todas luces funcionan mal.
Incapaz de ofrecer un programa alternativo, esa aristocracia sólo parece apostar a que el gobierno libertario fracase por colapso. Su horizonte es el derrumbe: la fantasía de que, ante el naufragio que estiman inevitable, el pueblo volverá a buscar en sus manos algún auxilio. Por eso asisten con ansiedad a cada traspié oficialista, como quien espera en cada signo de desgaste la confirmación de que aún existen políticamente, y de que la historia -tarde o temprano- les dará la razón.

La aristocracia partidaria opera con una lógica de repliegue: es defensiva, nostálgica, autorreferencial y disciplinadora
Si el peronismo tiene algo que ofrecer al siglo XXI no es su archivo, sino su capacidad de mutar en nuevos avatares. No se trata de volver a un pasado idealizado, sino de interpretar con creatividad una nueva forma de sí mismo. Una verdadera alternativa epocal debe ser capaz de encarnar un deseo colectivo, una afirmación vital, histórica y popular. Esa alternativa debe reconciliar lo que la política disoció: la justicia social, con el desarrollo productivo; la soberanía nacional, con una inserción inteligente en el mundo; las expectativas de crecimiento personal, con una ética comunitaria. Debe ser una síntesis nueva, deseante, plebeya, que no se limite a custodiar la memoria de lo que fue, sino que imagine lo que puede ser. Una propuesta que sepa escuchar la interpelación de los de abajo, que lea los signos de esta época extraña y rota, y que retome, con hondura, ese llamado moral desde los márgenes que también expresa el Evangelio de Francisco. Esa alternativa todavía no existe. Y, por eso mismo, hay que parirla, no esperarla.
Que quede claro: ese vacío no se llena con gestos testimoniales ni con candidaturas decorativas, sino con una praxis enraizada en la realidad, que entienda que no hay manuales escritos y que la transformación no vendrá desde el centro del tablero, sino desde los contornos. El peronismo que venga -si es que viene- tendrá que volver a caminar el país sin intermediarios, sin atajos, y dialogar con su pueblo en el idioma de los argentinos, no en el de una élite supuestamente iluminada.
3.
La renovación es un imperativo necesario para dar respuesta a las múltiples crisis que atraviesan a la Argentina y, en particular, al peronismo.
Esta transformación debe tener estructura, una arquitectura política con pretensiones duraderas que se apoye en bases firmes. Esa arquitectura puede pensarse como una pirámide. Existen -al menos- cuatro dimensiones de la renovación: cada nivel sostiene al siguiente, y en la cúspide se define el sentido. Cada una de sus partes responde a una crisis clave del presente.
La primera dimensión es la coalición social. Todo proyecto político serio comienza por el sujeto al que busca representar. Resulta paradójico que el peronismo enfrente una crisis tan severa de representación, si se tiene en cuenta que uno de sus principios doctrinarios más elementales sostiene que “no existe más que una sola clase de hombres: los que trabajan”. Sin embargo, los cambios en el mundo del trabajo y en los patrones tecno-productivos han dejado al movimiento sin un sujeto claro. La estructura clásica del peronismo fue gradualmente erosionada a lo largo de las últimas cinco décadas por transformaciones profundas en la economía y la sociedad. Mientras algunos sectores se aferran a una mirada nostálgica del mercado de trabajo del siglo XX, otros pretenden reemplazarlo por el asistencialismo territorial. Ambos caminos son insuficientes. Lo que está en juego es mucho más: se trata de reorganizar políticamente al bloque de los que trabajan. Eso incluye a asalariados formales e informales, trabajadores de plataforma, emprendedores, empresarios, productores rurales, profesionales independientes, y a todo aquel que haga del trabajo su fuente material y espiritual de vida.

El justicialismo necesita una nueva conducción, y eso exige un acto de valentía por parte de cuadros medios con la capacidad y el coraje para asumir los costos de la insubordinación
La segunda dimensión de la renovación es el programa, que debe dar respuesta a la crisis de acumulación. Desde hace cinco décadas, la Argentina no logra encontrar un patrón de desarrollo social y fiscalmente sostenible, capaz de traducir el potencial de esta tierra y de su gente en trabajo digno, estabilidad macroeconómica y desarrollo productivo. Sobre la base de una nueva coalición social debe asentarse ese programa nacional que fije la hoja de ruta hacia una Argentina grande y que coloque en el centro la construcción de capacidades nacionales: productivas, científicas, tecnológicas, empresariales, humanas y estatales.
Es en esta dimensión en la se observan algunos avances: distintos colectivos militantes comienzan a pensar con audacia y rigurosidad los vectores capaces de dar forma al desarrollo nacional en el escenario global actual, a través de la articulación de principios de realismo económico con una concepción ambiciosa de grandeza nacional. Aunque todavía falta mucho para alcanzar una masa crítica dentro del movimiento justicialista, espacios como Generación para el Desarrollo, Vino por el Desarrollo, Misión Productiva, Ideas Argentinas o Futuros Mejores están trazando los contornos de un verdadero capitalismo argentino.
La tercera dimensión es la instrumentación política, que remite directamente a la crisis dirigencial. Las figuras que hoy lideran el peronismo son, sin excepción, las mismas que lo condujeron a su derrota más humillante. Nada de lo que se proponga para el futuro puede construirse sobre liderazgos agotados e incapaces de convocar nuevas mayorías, tal como ya lo decidió la sociedad en las urnas.
La cultura política que se consolidó en los últimos años -cerrada, endogámica, extorsiva- funciona como un verdadero tapón. Pero no cabe aquí lamentarse por la persistencia en el error ni tampoco esperar que alguien ceda sus lugares.
El justicialismo necesita una nueva conducción, y eso exige un acto de valentía por parte de cuadros medios con la capacidad y el coraje para asumir los costos de la insubordinación. No se trata sólo de desplazar nombres: hace falta una dirigencia con verdadera aptitud de conducción, capaz de concentrar la potencia de una coalición social y la densidad de un programa. Sin eso, todo esfuerzo previo -independientemente de cuan lúcido o ambicioso sea- queda suspendido en el aire, sin traducción efectiva en el plano político y electoral.
Esa nueva conducción debe ser legítima, pero no por su linaje ni por los acuerdos de cúpula. Su legitimidad debe nacer del reconocimiento popular y de su capacidad para leer el presente y el futuro con mirada estratégica.

Cada etapa crítica del país demandó coraje político para romper con lo establecido. El caso de la salida de la convertibilidad en 2002 es ilustrativo: implicó costos altos, decisiones impopulares y enfrentamientos abiertos con sectores de poder
La última dimensión es la visión, que responde a la más grave de las crisis: la del futuro. Hace tiempo que el peronismo dejó de ser una fuerza capaz de imaginar y proponer un porvenir que valga la pena. Se refugia en sus -valiosísimas- gestas pasadas, repite sus símbolos como un conjuro sin alma y celebra aniversarios como si fueran proyectos. Pero perdió lo esencial: el deseo. Y sin deseo, no hay política posible. La dimensión libidinal de la política es el núcleo del vínculo entre el movimiento y el pueblo. Renovar el peronismo es también reconstruir una idea que organice las pasiones sociales en torno a un horizonte común y que inflame el sentido colectivo y nacional de nuestro pueblo.
Pensar una visión para el futuro implica, también, desandar el camino de la hiperfragmentación que domina hoy la agenda pública. El peronismo, en lugar de combatir ese síntoma de época, lo ha reproducido incansablemente. Encerrado en consignas parciales, construyó una posición ideológica estrecha. Así, abrazó hasta el hartazgo la dicotomía izquierda/derecha y, por lo tanto, dejó atrás su vocación original por superar ese binomio.
El clivaje que debe volver a ordenar la discusión no es ese, sino lo que separa lo nacional de lo antinacional. Lo nacional, como proyecto de integración, de desarrollo y de dignidad para las mayorías puede alojar lo mejor de distintas tradiciones políticas si están puestas al servicio de una Argentina grande. Esa debe ser la obsesión: armonizar voluntades heterogéneas en torno a un horizonte común que le devuelva sentido a la política y pertenencia a quienes hoy se sienten fuera de todo.
Se equivocan aquellos que creen que la alternativa epocal tiene que ser gris, pulcra, centrista y equidistante de los extremos, hija sana del cálculo y de la corrección biempensante. Tiene que surgir desde abajo, como una afirmación avasallante, vital y deseante; que no se defina por lo que rechaza, sino por lo que propone. Y lo que debe proponerse es una nueva mirada de capitalismo argentino y popular, fundada moralmente en los principios de comunidad y solidaridad, y anclada en una estrategia de desarrollo que ponga en el centro la construcción de capacidades nacionales.
4.
La política requiere volver a pensar en clave de grandeza. Gobernar no es administrar la anécdota diaria ni perseguir una buena noticia fugaz. Es, antes que nada, interpretar el momento histórico y trazar un rumbo. Cada etapa crítica del país demandó coraje político para romper con lo establecido. El caso de la salida de la convertibilidad en 2002 es ilustrativo: implicó costos altos, decisiones impopulares y enfrentamientos abiertos con sectores de poder. Pero también abrió un ciclo virtuoso de producción y empleo. La lección histórica no es técnica, es política: sin audacia reformista, no hay Nación posible.

Es imperioso que nazca algo nuevo, y esa nueva construcción deberá representar a muchos compatriotas que han votado por La libertad Avanza
El justicialismo no puede darse el lujo de correr detrás de la agenda libertaria ni de encerrarse en un museo de consignas. Hay que salir del laberinto mileísta sin reafirmar su marco. Hace falta oponerse sin rendición y sin nostalgia. Para eso, no alcanza con resistir: hay que construir una nueva mayoría, una coalición social enraizada en el mundo del trabajo, un programa que promueva capacidades nacionales, y una nueva dirigencia vital y creíble. La rebelión plebeya que proponemos no es una consigna, es la condición.
Milei fue el instrumento al alcance de los enojados con toda la dirigencia política. Falta, entonces, el instrumento de los peronistas que no se sienten representados por la dirigencia oficial del PJ. Es imperioso que nazca algo nuevo, y esa nueva construcción deberá representar a muchos compatriotas que han votado por La libertad Avanza.
Frente a una polarización inorgánica y pulsiones disgregantes de la unidad nacional, hay lugar para una fuerza que no sea tributaria ni del pasado reciente ni de la reacción actual. Un espacio que represente un nuevo mapa político y social, y que encarne una nueva idea de país. Esto exige construir un sujeto político con voluntad nacional, raíces federales y vocación de mayoría. No será un camino breve ni cómodo, pero sí indispensable. Es el camino de la renovación peronista.
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