EN ‘EL TEXTO DE LAS PIRÁMIDES’: Cómo los egipcios descubrieron que existían los meteoritos

Fuente: https://www.elconfidencial.com/   Por    E. Zamorano

Una egiptóloga onubense descubre a través de la lectura de los jeroglíficos la profunda relación que tenía el hierro meteórico con la cultura funeraria del Antiguo Egipto

Templo de Horus en Egipto

Cada año en la Tierra caen una media de 17.000 meteoritos. Así, a simple vista, parecen demasiados. Ahora bien: ¿Te has encontrado alguna vez con alguno? Probablemente no. Otro dato curioso: se calcula que nuestro planeta atrae unas 40.000 toneladas al año de material extraterrestre por acción de la gravedad. ¿Flipante, no es así? Teniendo en cuenta que la masa terrestre es casi 6 cuatrillones de kilos, unas poquitas toneladas de material estelar cada 365 días no parecen demasiadas. Estas cantidades mayúsculas solo se explican si atendemos a otro dato importante: la mayoría de los meteoritos que caen no son apenas visibles, ya que tienen un tamaño inferior a 50 gramos cuando chocan contra la corteza. Nada más que un poco de polvo.

 

Los meteoritos, en realidad, son un descubrimiento relativamente reciente. No fue hasta finales del siglo XVIII cuando se empezó a proponer la posibilidad de que determinados tipos de hierro pudieran venir del espacio exterior. Al fin y al cabo, la probabilidad de que presencies la caída de uno es bastante remota, pero no desdeñable. Imagina ahora por un momento todas las civilizaciones antiguas que pudieron presenciar semejante fenómeno en el cielo. Imagina, por ejemplo, qué pensarían civilizaciones como los egipcios, quienes veneraban los astros como ninguna otra.

 

«Las piezas más antiguas del mundo aparecen en pequeños abalorios de un entierro en Gerzeh, una aldea remota de 5.300 años de antigüedad «

 

Nunca podremos saber si uno de ellos se cruzó alguna vez con un meteorito, pero lo que sí que es cierto es que existen una serie de coincidencias culturales a la luz de los jeroglíficos que ofrecen pistas suficientes como para pensar que eran conscientes, al menos, de que el hierro alojado en el núcleo de estos cuerpos celestes no tenía un origen terrestre. Así lo cree Victoria Almansa-Villatoro, egiptóloga onubense y experta en la interpretación y traducción de jeroglíficos del Antiguo Egipto, quien ha publicado un nuevo artículo en la revista Sapiens.

Los Textos de las Pirámides

Los egipcios no eran especialmente duchos a la hora de leer los profundos secretos del espacio. Al menos no tanto como los babilonios o los griegos, como repasa la egiptóloga. No tenían tanta idea de geometría ni de los movimientos espaciales, pero sí que manifestaban un ferviente culto a los astros, que en este sentido les sirvió de catapulta para adivinar, aunque fuera de casualidad, que algunas rocas no provenían de la corteza terrestre, sino del exterior cósmico.

«Casi al mismo tiempo que los sumerios, compusieron canciones y rituales sobre el cielo y el hierro que había en él»

«Muchos eruditos dirían que la Edad del Hierro comenzó hace unos 3.300 años en Anatolia, donde los hititas inventaron un método para extraer hierro metálico de minerales terrestres como la hematita», explica Almansa-Villatoro. «Sin embargo, el hierro apareció mucho antes en Egipto. De hecho, las piezas más antiguas del mundo aparecen en pequeños abalorios que provienen de un entierro en Gerzeh, una aldea remota de aproximadamente 5.300 años de antigüedad situada en el norte de Egipto». Entonces, ¿de dónde vino el metal? Efectivamente: de los meteoritos.

«En comparación con el hierro fundido, el hierro meteorítico tiene cristales minerales más grandes y niveles más altos de otros compuestos, como el níquel y el cobalto», prosigue la egiptóloga española. «Los estudios realizados en la última década confirmaron que los antiguos egipcios probablemente usaron este hierro caído del cielo para fabricar los abalorios de Gerzeh, la daga de Tutankamón y otros objetos funerarios». Vale, puede que lo utilizaran tras encontrarlo en el interior de los meteoritos, pero eso no prueba que pensaran que el hierro venía caído del cielo. Pero Almansa-Villatoro sospechó que sí, sobre todo tras sumergirse en los jeroglíficos antiguos.

«Al investigar más a fondo, descubrí que los egipcios debieron haber dado con el hierro celestial de forma independiente», relata la egiptóloga. «Casi al mismo tiempo que los sumerios, compusieron canciones y rituales sobre el cielo y el hierro que había en él». Una de las primeras referencias con las que se topó la investigadora fue los Textos de las Pirámides, una colección de estilos orales y escritos que los sacerdotes pronunciaban para ayudar a los difuntos a ascender a los cielos. «Las inscripciones presentan la bóveda celeste como un cuenco de hierro que contiene agua y cuyos fragmentos pueden caer a la Tierra en forma de lluvia o de meteoritos». Todo ello «resumido en metáforas y distribuido en pasajes inconexos».

Gracias a la religión, y no a la ciencia

Así, Almansa-Villatoro explica que la palabra hierro en dicho documento aparece representada con un jeroglífico que ilustra un recipiente hemisférico de agua, es decir, tal y como percibían los egipcios el cielo. «Las palabras ‘hierro’ y ‘cielo’ aparecen intercambiadas en los textos, razón por la cual los pasajes describen a los muertos navegando con el hierro y al rey necesitando romper una barrera de hierro para alcanzar el cielo. En Egipto, hace 4.400 años, la palabra ‘hierro’ podía significar simplemente ‘cielo’, ya que este mineral lo consideraban parte del cielo».

«Al investigar más a fondo, descubrí que los egipcios debieron haber dado con el hierro celestial de forma independiente», relata la egiptóloga. «Casi al mismo tiempo que los sumerios, compusieron canciones y rituales sobre el cielo y el hierro que había en él». Una de las primeras referencias con las que se topó la investigadora fue los Textos de las Pirámides, una colección de estilos orales y escritos que los sacerdotes pronunciaban para ayudar a los difuntos a ascender a los cielos. «Las inscripciones presentan la bóveda celeste como un cuenco de hierro que contiene agua y cuyos fragmentos pueden caer a la Tierra en forma de lluvia o de meteoritos». Todo ello «resumido en metáforas y distribuido en pasajes inconexos».

Gracias a la religión, y no a la ciencia

Así, Almansa-Villatoro explica que la palabra hierro en dicho documento aparece representada con un jeroglífico que ilustra un recipiente hemisférico de agua, es decir, tal y como percibían los egipcios el cielo. «Las palabras ‘hierro’ y ‘cielo’ aparecen intercambiadas en los textos, razón por la cual los pasajes describen a los muertos navegando con el hierro y al rey necesitando romper una barrera de hierro para alcanzar el cielo. En Egipto, hace 4.400 años, la palabra ‘hierro’ podía significar simplemente ‘cielo’, ya que este mineral lo consideraban parte del cielo».

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