JUSTICIA SOCIAL, DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA Y PERONISMO

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Fuente: «Peronismo para Consumidores» de Juan Escobar (extracto)

La lucha de una idea
(2016)

Sólo la idea vence al tiempo. Hagamos de ella
nuestro medio esencial para la lucha interna;
institucionalicemos la lucha por la idea y
usemos todo nuestro patriotismo para dar más
potencia a la institucionalización de este
proceso nacional.
JUAN DOMINGO PERÓN
Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

 

La justicia social fue durante mucho tiempo una idea y no mucho más que eso.
Porque se trataba de una idea que no describía algo existente, sino algo que
faltaba. Una ausencia, una necesidad, un anhelo. Y con todo, esa idea fue el
punto de partida para el desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia y la base
sobre la que se construyó el fenómeno político de masas más importante de la
historia americana: el Peronismo.

Hay noticias que pueden llamar la atención, no por el alcance de sus
repercusiones, sino extrañamente por el silencio que se genera en torno de ellas
a nivel de la comunicación masiva, y de manera consecuente, en la opinión
pública en general.

El 26 de noviembre de 2007, por resolución 62/10, la Organización de las
Naciones Unidas decidió establecer el 20 de febrero como Día Mundial de la
Justicia Social. Una noticia que pasó inadvertida entre nosotros y aún hoy es
desconocida para casi todos. Algo que resulta más llamativo por tratarse de una
idea que define nada menos que la identidad de los peronistas, particularmente
tratándose de un colectivo social tan afecto a las efemérides.

Sólo la idea vence al tiempo. El caso de la justicia social parece confirmarlo.
Las ideas tienen eso. Trascienden a sus creadores, pueden venir desde el fondo
de la historia y llegar hasta nuestro presente. Como si sobrevivieran, saltando de
cabeza en cabeza, en el afán de realizarse, de convertirse en una realidad
efectiva, como dice nuestra querida Marcha.

El recorrido de la idea de justicia social se inicia con un sacerdote jesuita,
hace poco más de siglo y medio. Para cobrar un renovado protagonismo en
nuestros días, de la mano de otro integrante de la Compañía de Jesús: Jorge
Mario Bergoglio, el primer jesuita en ser consagrado Papa y conocido
mundialmente con el nombre de Francisco.

Entre uno y el otro, hay un recorrido de la idea que pasó por el Papa León
XIII, los socialistas ingleses, Jean Jaurés, Alfredo Palacios, el
constitucionalismo social, Juan Domingo Perón, el Concilio Vaticano II, los
documentos de Medellín y Puebla, en una revisión que lejos de ser exhaustiva,
constituye apenas un pálido reflejo de esa trayectoria.

Hoy, que la globalización de los mercados multiplica la pobreza y la
marginación en cada lugar donde hace sentir su influencia, el Papa Francisco
constituye sin lugar a dudas el abanderado de la justicia social a nivel
planetario. Pero también es cierto que aquel otro jesuita con quien se inició la
historia de esta idea, no era cualquier jesuita. Porque Luigi Taparelli, que de él
se trata, aunque para nosotros sea un ilustre desconocido, fue uno de los
intelectuales católicos más importantes de su época, cuyo reconocimiento e
influencia trascendió –por mucho– el tiempo de su vida.
Nacido en Turín en 1793, desarrolló todo su trabajo teórico sobre la base de
la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino y fue el inspirador de la
restauración del estudio de esta obra como pilar de la formación sacerdotal en
toda la Iglesia.
Santo Tomás hacía la distinción entre la justicia conmutativa (que debe
gobernar las relaciones entre las personas y que depende de la igualdad básica
de las partes en un acuerdo) y la justicia distributiva (que gobierna la relación
entre la comunidad y cada uno de sus integrantes). A ese esquema, Taparelli
viene a incorporar una tercera categoría: la justicia social. Lo expone en su libro
“Ensayo teórico del derecho natural fundado sobre los hechos” publicado entre
1840 y 1843.
Lo que plantea básicamente es que todos los seres humanos son iguales en lo
esencial y distintos en los detalles. Que eso esencial que tenemos en común es la
humanidad, la pertenencia a una especie creada por Dios a su imagen y
semejanza. Que como vivimos en comunidad, el bien superior es el bien común.
Y dado que por las desigualdades existentes es inevitable la colisión de
intereses, debe prevalecer el interés que es más universal y que por esto mismo
está más cerca del bien común. Dicho en pocas palabras, debe prevalecer el
interés que refiere a la atención de las necesidades básicas y la dignidad de
todos y cada uno de los integrantes de la comunidad.
Lo más importante del caso es que decía esto en un contexto signado por las
consecuencias de la Revolución Industrial que cambió violentamente la
fisonomía de las ciudades más importantes de Europa y Estados Unidos. La
aparición de la fábrica con sus chimeneas y sus obreros, promovió la
superpoblación de las ciudades industriales. Chimeneas y desechos industriales
que fueron contaminando el aire y las aguas. El hacinamiento estuvo
acompañado de la aparición de una creciente pobreza urbana, integrado por los
excluidos del floreciente Orden Industrial. Por otra parte, el sistemático abuso
de posición dominante por parte de los empresarios industriales imponía a los
trabajadores penosas condiciones de trabajo que los mantenía siempre al borde
de la supervivencia. Eran tiempos en que el movimiento obrero se encontraba en
plena etapa de organización para la defensa de los derechos de los trabajadores.
El libro de Taparelli marcó un antes y un después en la visión de la Iglesia
sobre las cuestiones terrenales, por lo que puede considerarse el antecedente
inmediato más importante de lo que se dio en llamar posteriormente la Doctrina
Social de la Iglesia. Y no sólo porque fue uno de los textos de referencia para el
Papa León XIII al momento de redactar su encíclica Rerum Novarum. Sino
porque también era nada menos que el libro de cabecera del Papa Pío XI, que lo
caracterizaba como una “obra que supera toda alabanza”. Por eso no es casual
que haya sido en la Quadragesimo Anno de su autoría, donde la idea de justicia
social aparece por primera vez en una encíclica papal. Pero ya estamos en 1931
y hay un par de cuestiones previas que nos parece necesario comentar por ser
útiles a nuestros fines.
A fines del siglo 19, la idea de justicia social encuentra un campo fértil en el
movimiento socialista. Particularmente en el socialismo “fabiano” inglés y en el
socialismo francés.
Dentro del socialismo francés, el político reformista Jean Jaurés encontró en
la tarea legislativa un camino para que la justicia social dejara de ser solamente
una idea para empezar a concretarse a través del reconocimiento de derechos a
los trabajadores. “Nunca separé la República de las ideas de justicia social, sin
la que sólo es una palabra”. No era cuestión de esperar al triunfo de la
revolución socialista, sino que se trataba de avanzar en el sentido de la justicia
social, aún en el marco de lo que solía llamarse “el orden burgués”. Así fue que
impulsó las primeras leyes sociales que incluían la libertad sindical, la
protección de los delegados obreros y la jubilación para los trabajadores, entre
otras.
La acción de Jean Jaurés ejerció una influencia determinante sobre quien se
proclamó “el primer diputado socialista de América”, el por entonces joven
abogado Alfredo Palacios. Y en gran medida fue el modelo que siguió para su
acción política. Con él, la idea de justicia social desembarcaba en la política
argentina. Y no sólo eso. También a los claustros universitarios, donde Palacios
se constituyó en el gran promotor del derecho laboral en nuestro país, a partir de
la creación de la cátedra de Legislación del Trabajo y sintetizando su
pensamiento en el libro “El nuevo derecho” de 1920.
Un año antes, en 1919, se había creado la Organización Internacional del
Trabajo (OIT), cuyo primer considerando establecía que “la paz universal y
permanente sólo puede basarse en la justicia social”.
Como parte de su trabajo legislativo, Alfredo Palacios fue el autor de las dos
primeras leyes laborales sancionadas en nuestro país: la Ley de Descanso
Dominical y la Reglamentación y Protección del Trabajo de Mujeres y Niños.
Impulsó entre otras tantas la ley que estableció la Jornada Laboral de 8 horas y
la primera Ley de Accidentes de Trabajo. Pero sucedía que aun cuando sus
proyectos llegaban a ser leyes, éstas no se traducían en transformaciones
concretas dentro del ámbito laboral. Porque no contaban con la decisión política
del gobierno para aplicarlas y los sindicatos no se encontraban legitimados para
exigirlo. Dos cuestiones que cambiarían recién con el advenimiento del
peronismo, que reforzó los cimientos esbozados por Palacios y continuó
construyendo sobre ellos.
A las leyes y los derechos, el peronismo llegó para incorporar la importancia
de la organización. Pero no cualquiera, sino la organización social autónoma
para la defensa de los intereses comunes. Primero de los trabajadores y luego de
cada segmento de la sociedad. Una concepción que se sintetizó en la idea de
Comunidad Organizada.
La acción del entonces Coronel Perón al frente de la Secretaría de Trabajo y
Previsión es lo suficientemente conocida. La justicia social, por primera vez en
nuestro país era asumida como una política de Estado desde el gobierno. Su
llegada a la presidencia la convertiría también por primera vez en el eje de toda
la acción gubernamental. Hasta llegar a consagrarse en la reforma constitucional
de 1949, máxima expresión del constitucionalismo social argentino.
Los sindicatos fueron institucionalizados como sujetos legítimos de derecho
colectivo para defender los intereses de los trabajadores. Y como derivación
lógica, para participar en paritarias arbitradas por el Estado para definir las
condiciones del contrato laboral.
Esta conjunción del derecho individual y el derecho colectivo, así como la
participación en negociaciones colectivas, configuran posiblemente la mayor
innovación del peronismo histórico. Y su legado más perdurable, que explica en
parte su proyección hasta nuestros días. Al punto de que la Comunidad
Organizada puede entenderse como el ámbito de la negociación colectiva entre
los diversos segmentos sociales organizados de manera autónoma y con el
Estado como árbitro de las partes y los intereses en pugna.
Perón demostró que la justicia social había dejado de ser sólo una idea y que
su realización –además de deseable– era posible y esto se expresaba en las
proporciones en que se distribuía la riqueza, por partes prácticamente iguales
entre el capital y el trabajo. Un esquema de distribución que sobrevivió dos
décadas tras el derrocamiento del primer peronismo.
Hasta que en 1976 cayó sobre nosotros la Globalización, con la dictadura
más sangrienta de la historia argentina y su ministro de economía José Alfredo
Martínez de Hoz. La Globalización ya había aterrizado en el Chile de 1973 con
Pinochet y Milton Friedman, por lo que ambos países trasandinos tuvieron el
cruel privilegio de ser elegidos como el laboratorio de un modelo de sociedad
que luego se aplicaría a la Inglaterra de Margaret Thatcher y los Estados Unidos
de Ronald Reagan. Y que a partir de allí regaría su lluvia ácida a prácticamente
todos los pueblos del mundo.
En el medio, la idea de justicia social seguía creciendo en el marco de la
Doctrina Social de la Iglesia. Recibió un fuerte impulso con el Concilio
Vaticano II, convocado en 1959 por el Papa Juan XXIII. Con sus derivaciones
en nuestras tierras, fundamentalmente los encuentros organizados por el
Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), que agrupa a los obispos de la
Iglesia Católica de Latinoamérica y el Caribe. En particular, el que tuvo lugar en
Medellín (Colombia) en 1968 y el que se realizó en Puebla (México) en 1979,
que significaron un verdadero punto de inflexión para la Iglesia
Latinoamericana con una decidida opción por los pobres y el compromiso social
activo en cada comunidad.
Una mención aparte merece el quinto encuentro realizado en São Paulo,
Brasil en 2007, de cuyo “Documento de Aparecida”, (según dicen) el entonces
Cardenal argentino Jorge Bergoglio fue uno de sus principales redactores.
Hoy sin dudas la Justicia Social cuenta con un portavoz de estatura mundial.
El Papa Francisco es ante todo un hombre que ha llevado la Doctrina Social de
la Iglesia nuevamente a un primer plano excluyente en la medida que está
presente en cada uno de sus mensajes, de sus gestos y de sus actos. Para orientar
a las comunidades humanas hacia un mundo mejor, que es decir un mundo con
menos sufrimiento. Con una calidad de vida satisfactoria, que no solamente
incluya la atención de las necesidades materiales, sino con un sentido más
pleno, que incorpore a su vez las necesidades espirituales y culturales de los
Pueblos. En otras palabras, para que las mayorías populares vivan mejor.
Planteando límites morales a la dinámica de un capitalismo cegado por un
insaciable afán de lucro para el que la vida de las personas no es una cuestión a
tener en cuenta.
Publicado en la revista “Aportes para la militancia” de UPCN (Unión Del
Personal Civil De La Nación) de diciembre de 2016

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