Estanflación en Occidente y disputa por las materias primas en un mundo en guerra

Fuente: https://www.agenciapacourondo.com.ar/  13 Septiembre 2022   POR GABRIEL MERINO

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En California, Estados Unidos, el litro de gasoil llegó a pagarse la exorbitante cifra de 2 dólares por litro, en un mercado que tradicionalmente tiene precios por debajo de la media mundial. Por su parte, la gasolina llegó a aumentar 60% en un año, aunque ahora esté retrocediendo junto con la caída de la demanda. Del otro lado del Atlántico la situación es más preocupante. Los precios del gas al mayoreo en Europa se acercan en promedio ya a los 200 euros por megavatio hora, frente a los 25 euros antes de la crisis. La inflación en Estados Unidos se situó en junio en 9,1% anual (cuarto mes consecutivo por encima del 8%) y en Europa 8,6%.

En ambos casos se trata de número que no se conocían en por lo menos tres o cuatro décadas. A ello se le agrega los dos trimestres de caída económica en EEUU (el primero de 1,6% y el segundo de 0,9%) y pronósticos recesivos en Europa para la segunda mitad del año, cuya tasa de interés negativa no sirvió para revertir el estancamiento estructural que se inició luego de la crisis de 2008.

Es decir, el Occidente geopolítico se encuentra, prácticamente, a las puertas de una estanflación, que expresa elementos coyunturales pero también cuestiones más de largo plazo.

En este escenario, Europa y EEUU se enfrentan a un conjunto de dilemas económicos y geopolíticos complejos. Entre otros, atacar la inflación subiendo las tasas de interés contribuye a un escenario recesivo, a la vez que puede hacer explotar la burbuja financiera (especialmente en bonos y tecnológicas) que se expandió en la última década de forma exorbitante, al calor de las tasas de interés por el suelo para evitar, justamente, una recesión mediante la financiarización de la economía.

Por otro lado, acordar con Moscú, desescalar la guerra económica a través de sanciones y frenar el proceso de desconexión económica con Rusia que golpea particularmente en el sector energético significaría tener que asumir una derrota estratégica en Ucrania, aceptando algunos de los objetivos fundamentales de Rusia, lo que incluye, entre otros, la integración del Donbás a su Federación, pero también las provincias de Jerson y Zaporiyia. Sería otro retroceso más en Eurasia que se sumaría a los de Afganistán, Irak y Siria.

La alta inflación es un fenómeno global, pero también tiene sus particularidades: mientras en América Latina los números tienden a ser más altos que en Occidente (con la gran excepción de Bolivia), en China, en cambio, la inflación de junio anualizada dio sólo el 2,5%.

Además, en relación a la inflación está el tema de la escasez, lo cual constituye un gran problema para los países periféricos y semiperiféricos con poca capacidad estatal para enfrentar estas situaciones, particularmente de productos básicos, que puede fácilmente convertirse en hambre. Lo más “triste” es que se trata de los países que en general producen dichos productos básicos, una muestra más de la dinámica desigual y combinada del capitalismo mundial, y de las relaciones de dependencia. Es el caso de Argentina y Brasil, potencias en la exportación mundial alimentos, pero que según la FAO se encuentran entre los países que tienen entre un 25 y 39% de la población con inseguridad alimentaria moderada o severa.

¿Cuáles son las causas?

Los medios “occidentales” dominantes parecieran afirmar a coro que la causa de todos los problemas es Putin. Sin embargo, el propio presidente de la Reserva Federal de EEUU observó que el problema de la inflación era anterior de la intervención de Rusia en Ucrania. De hecho, antes de la “operación militar especial” Estados Unidos ya tenía la inflación más alta en 40 años. También la propia BBC reconoce que “Incluso antes de que Vladimir Putin ordenara la ofensiva, a finales de febrero, la demanda mundial de gasoil ya excedía la oferta.” (15/06/2022)

La primer causa clave fue la Pandemia. El abrupto cierre de buena parte de la economía por el confinamiento produjo un desplome de la demanda —recordemos que el petróleo llegó a tener precios negativos (US$ -37)—, con una consecuente caída en producción e inversión. Eso luego se sentiría. Volver a poner en marcha “de golpe” la producción y logística mundial resultó complicado.

Este problema de lado de la oferta se dio junto a un enorme impulso estatal para sostener la demanda, provocando un fuerte desequilibrio. En este sentido, los bancos centrales de EEUU, UE y Japón emitieron casi US$ 5 billones, que a diferencia de la hiper-expansión financiera post-2008 no fue sólo a sostener y engrosar las burbujas para beneficio del poder financiero, sino también al bolsillo de los trabajadores.

En el caso del petróleo, una vez que tocó el piso de mayo de 2020, no ha dejado de tener una tendencia creciente, hasta alcanzar casi los 95 dólares por barril el 14 de febrero de 2022. A ello se le agrega que existe una nueva relación de fuerzas a nivel mundial, un avance de la multiplicad relativa, que se traduce en una mayor capacidad de la OPEP + Rusia para administrar la producción mundial e influir de forma decisiva en los precios. Ello se vio en la última semana cuando esta entidad sorprendió con un inesperado recorte de 100.000 barriles diarios, provocando una suba del precio del 4%.

La otra causa es la guerra en Ucrania, que es parte de un conflicto mundial, que articula elementos regionales y locales. Desde 2014 se desarrolla una Guerra mundial híbrida y por “pedacitos”. De hecho desde entonces la guerra económica contra Rusia se expresó en 2754 sanciones, que en marzo de este año, a raíz de la intervención militar de Moscú, ya se habían duplicado. Vivimos una nueva escalada de un conflicto mundial. La Pandemia aceleró las tendencias de la transición geopolítica: el declive relativo de EEUU y el Norte Global y el ascenso relativo de China y potencias emergentes con centro en Eurasia. Con ello la Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada (GMHyF) también cambió de fase e intensidad.

En otras palabras, el conflicto en Ucrania de Rusia vs la OTAN, que articula una guerra civil (desde 2014) y una guerra interestatal (desde 2022) es expresión de esta escalada de la GMHyF de baja intensidad a media. Y en toda guerra es crucial asegurar abastecimiento/reserva de materias primas. Es decir, hay una correlación histórica entre la guerra -particularmente aquellas guerras que son sistémicas, inherentes a las grandes transiciones histórico-espaciales de poder- y los precios de las materias primas.

Sin embargo, esto no es lineal y puede haber contratendencias coyunturales, como los períodos recesivos o los “alto el fuego. Además, hay que tener en cuenta que en la actualidad, aunque se trate de un conflicto sistémico que no va resolverse en el corto plazo -propia de la crisis de hegemonía y transición- la dinámica de esta GMHyF es distinta: resulta más volátil y fluctuante, aunque no pierde rasgos estructurales.

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