Fin de época y democracia

Carlos Gabetta   Carlos Gabetta    *Periodista y escritor

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Todo “fin de época” de la historia humana estuvo determinado por avances científicos y tecnológicos y por los cambios estructurales que estos generaron en los sistemas productivos y modelos económicos. A su vez, esos cambios provocaron verdaderas revoluciones en las relaciones culturales, sociales y políticas. La Revolución Industrial, iniciada a finales del siglo XVII, condujo al ocaso de las monarquías, a la Revolución Francesa de 1789 y las democracias republicanas. Al régimen feudal le había ocurrido algo similar y así fue, con las variantes del caso, en todos los tiempos. Lo que determina el fin de época actual es su carácter planetario y su prodigiosa velocidad. La informática, internet, conquistas del desarrollo científico y tecnológico de estos tiempos, ponen ante los ojos y en la mente de todos los habitantes del planeta los problemas y dilemas del mundo actual, determinados por la “tecnificación” del trabajo. La robótica y la automatización harán desaparecer no solo a los obreros industriales, sino también del sector servicios y el comercio. Ya no serán necesarios choferes ni pilotos de avión; los drones nos traerán la comida y otras compras a casa, si no es que ya nos alimentamos de productos de laboratorio y nos vestimos con un aura termoluminosa que dibuja pantalones y polleras y les altera el look según las necesidades puntuales del usuario, que llevará todo su vestuario… en un chip. El teléfono celular no tardará en devenir un chip en el cerebro, o por ahí. Ídem con la computadora, la tableta… Cualquiera podría hoy hacer estas proyecciones hasta lo que podría considerarse un delirio; pero Leonardo Da Vinci también fue un delirante del siglo XV, cuando diseñó un helicóptero, materializado recién 500 años después. Pero internet apareció hace solo cuarenta años e imaginar esos cambios ya no es un delirio, porque se constatan día a día. Todo esto también hace posible imaginar, sin delirio alguno, un planeta pacífico, republicano, igualitario y semiocioso, ya que los bienes materiales podrían estar al alcance de todos, gracias a la prodigiosa revolución productiva. Así, la consigna “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”, la propuesta de Karl Marx de hace casi dos siglos, entonces ilusoria, hoy sería realizable. Pero no es ese el caso ni la tendencia, al menos por ahora. Los humanos de hoy nos adentramos en la fase de crisis cultural, social y política, característica de toda transformación histórica profunda. Las desigualdades y los problemas estallan en todos los países, con múltiples variantes, pero en todos. No hay más que observar la crisis migratoria y de inseguridad planetarias, el crimen organizado, la corrupción, los conflictos territoriales, civiles y militares y, sobre todo, la decadencia político-cultural, que está en la base de las crisis que atraviesan las democracias republicanas. ¿Qué otra explicación tiene que Donald Trump, Jair Bolsonaro, Marine Le Pen y Cristina Fernández, por citar solo a algunos, sean líderes en países de histórico y profundo desarrollo cultural? Los excluidos del sistema podrán no comer ni ir a la escuela, pero tienen celular y acceso a internet, donde podrían educarse e informarse correctamente, pero donde hoy no absorben más que fakes, consignas, propaganda político-comercial y tonterías, algo que también afecta a las clases media y alta, sobre todo a los jóvenes. Por último, todo fin de época concluyó en guerras: feudales, monárquicas, republicanas. ¿Alguien puede imaginar hoy las consecuencias de un conflicto planetario nuclear, quimio-bacteriológico, informático? Es posible que la humanidad, o al menos algunos, se adaptase a un cambio climático, otro problema de hoy, pero de una guerra semejante no quedaría ni el agua. De las generaciones actuales depende empezar a torcer el rumbo hacia algún tipo de socio-republicanismo mundial, o resignarse a una crisis planetaria tal vez definitiva.

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