El mundo después del 11-S

Telma Luzzani – Caras y Caretas
Domingo 12 de Septiembre 2021

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Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono marcaron el comienzo de la “guerra contra el terrorismo”, una estrategia militar y de seguridad que desde hace veinte años usan los Estados Unidos para reprimir, perseguir y encarcelar, sistemáticamente y sin mediar garantías, a personas y organizaciones “sospechosas”, y para iniciar y sostener conflictos bélicos con el mundo islámico.

11 de Septiembre de 2001

Parecía un martes cualquiera.

La Argentina neoliberal caminaba por una cornisa político-económica que nadie sabía dónde terminaba. Ahora lo sabemos: explotó dos meses después con una multitud en la calle, un presidente que huyó en helicóptero después de pronunciar la frase “estado de sitio” y la precipitación de cinco mandatarios en una semana.

Si ese martes 11 de septiembre de 2001 hubiera sido un día cualquiera, la multitudinaria columna piquetera que venía marchando, hacía una semana, desde Jujuy y había llegado finalmente a Buenos Aires habría podido protestar su indignación ante al Congreso.

Pero ese martes, desde muy temprano, hubo una sola noticia en todo el planeta: cuatro atentados suicidas golpearon Nueva York y Washington, las capitales económica y política de Estados Unidos. Por primera vez en su historia, la superpotencia (era la única en el mundo tras la caída de la Unión Soviética, hacía ya diez años) había sido atacada en su propio territorio.

Con un plan muy rigurosamente concebido, los atacantes de la red yihadista Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas, en el corazón financiero de Wall Street. Otro impactó en el Pentágono y un cuarto, que al parecer tenía como objetivo el Capitolio, cayó en un campo de Pensilvania.

Aquel 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos no estaba en su mejor momento. Políticamente, tenía un presidente republicano sin legitimidad: George W. Bush. La elección de noviembre de 2000 estuvo sospechada de fraude (sobre todo en el estado de Florida, gobernado por su hermano Jeb Bush) y no fue el voto popular sino la Corte Suprema de Justicia de EE.UU. (con mayoría de jueces republicanos) la que le dio el triunfo sobre el demócrata Al Gore.

Desde el punto de vista económico, todos los datos confirmaban que, tras siete años de expansión facilitados por la caída de la URSS (1992-1999), había comenzado un ciclo económicamente recesivo.

Y desde la perspectiva de la supremacía global, los estrategas de la Casa Blanca empezaron a incluir en sus informes escenarios preocupantes donde se sugería la “declinación del liderazgo norteamericano” y la “crisis del unilateralismo”.

LA ERA DE LA LUCHA CONTRA EL “TERRORISMO”

Todos estos indicadores señalaban claramente la necesidad de acelerar y profundizar el reordenamiento global que EE.UU. había puesto en marcha en forma gradual, a partir del fin de la Guerra Fría y la bipolaridad.

El presidente George W. Bush supo aprovechar muy hábilmente los atentados terroristas. En primer lugar, con la construcción de un nuevo enemigo planetario como factor de cohesión interna y externa, lo que le permitió ganar una legitimidad que no tenía.

Por otra parte, desde los años 70 ningún presidente lograba que el oficialismo y la oposición aprobaran, ampliamente, en las dos cámaras del Congreso, sus políticas. Bush II lo logró. Con el pueblo en estado de pánico (como explicó Noami Klein en La doctrina del shock), se votaron duros recortes a las libertades y los derechos individuales (Patriot Act) y la ampliación casi obscena de programas y agencias de control y vigilancia interna y externa.

Años después, Dana Priest y William Arkin publicaron su investigación en The Washington Post: “Después del 11 de septiembre de 2001, la Casa Blanca ideó un sistema de espionaje y operaciones clandestinas tan complejo y secreto que en realidad nadie sabe bien cómo funciona. Se crearon 1.271 agencias del gobierno y 1.931 empresas privadas que trabajan en programas antiterroristas, de seguridad nacional e inteligencia en unos 10.000 sitios en EE.UU. Hay 33 complejos edilicios nuevos para trabajos de máximo secreto y cerca de 854.000 personas autorizadas para acceder a materiales de espionaje”.

Desde la perspectiva mundial, el 11-S también fue un antes y un después. La Casa Blanca sustituyó la “Doctrina Clinton” (Compromiso y Expansión de 1994) por la “Doctrina de la Guerra Preventiva”, a contramano de los acuerdos internacionales firmados hasta la fecha. Esta doctrina, que se conoció popularmente como “la Guerra contra el Terror”, facultaba al Pentágono a atacar militarmente sin motivo comprobado y sin aviso.

Sin ningún rival que –por aquel entonces– pudiera ponerle un límite, EE.UU., el país que se presentaba como modelo de democracia mundial, ahora instalaba un nuevo sentido común que lo habilitaba a actuar fuera de la ley. Esto no sólo se comprobó con las criminales violaciones de los derechos humanos en la cárcel de Guantánamo, sino también con la proliferación de operaciones paramilitares secretas. Entre las más escandalosas se encuentran los llamados “vuelos secretos de la CIA”. Según consigna el periodista español Pascual Serrano en su libro Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, “entre 2001 y 2005 los aviones de la CIA hicieron al menos 1.245 escalas en aeropuertos europeos llevando con frecuencia a bordo a sospechosos víctimas de ‘desapariciones forzadas’, conducidos ilegalmente hacia la cárcel de Guantánamo o hacia prisiones clandestinas de países cómplices (Egipto, Marruecos), en las que la tortura es una práctica habitual”. Dentro de estas acciones puede incluirse la ordenada por el ex presidente Donald Trump el 3 de enero de 2020: el asesinato de un importante general iraní, Qasem Soleimani, que se encontraba de visita en Irak.

EN BUSCA DE LA HEGEMONÍA PERDIDA

A 20 años de los atentados en Washington y Nueva York, mucho ha cambiado en el mundo. La democracia liberal y la economía de mercado presentadas, en los años 90 por Bill Clinton, como la promesa de una vida mejor, resultaron ser –salvo para el 1 por ciento hipermultimillonario– un fracaso. Hoy nadie pone en duda eso. Por algo el presidente Joe Biden ha implementado algunas medidas keynesianas, como la de otorgar un subsidio mensual a familias con hijos.

Desde la perspectiva geoestratégica global, el unilateralismo ya es un recuerdo. La irreversible declinación del liderazgo estadounidense está dando paso a un orden internacional tripolar, aún por coagular, con nuevos valores y reglas de juego.

Sólo el diseño bélico nacido de 11-S sigue vigente. El derecho a las guerras preventivas, la ilimitada expansión de tropas y bases militares estadounidenses por el mundo y, más preocupante aun, las nuevas formas que han adoptado los conflictos, como la llamada “guerra híbrida”, donde el uso de medios no convencionales, que van desde provocar el odio o la polarización de las sociedades hasta el uso de tecnologías sofisticadas para mentir a la población, está legitimado.

Ese diseño post 11-S hoy no abarca sólo a supuestos enemigos terroristas. Se debe estar alerta y evitar que la población civil sea el objetivo y el arma, la desinformación.

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