Vivir con lo nuestro
Por Aldo Ferrer
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de Ajó (el diarito) Prensa Popular
Los
gobiernos posteriores a 1955 no lograron consolidar un pensamiento crítico
alternativo que sustentara a largo plazo procesos acumulativos en sentido
amplio. Ni era posible, dada la inestabilidad del marco institucional y político.
Los intentos más notorios fueron el desarrollismo durante la presidencia de
Frondizi, el de inspiración keynesiana durante la presidencia de Illia y,
brevemente, durante mi propia gestión al frente del ministerio de Economía.
En otros momentos, la política económica volvió a anclarse en las visiones
ortodoxas.
De todos modos, la etapa de la industrialización inconclusa (1930- 1975) fue
muy rica en el debate teórico sobre el desarrollo económico argentino y el
estilo de inserción internacional conveniente. Se debatían entonces
cuestiones cruciales como las siguientes:
I) La orientación de la industrialización y su
centro de gravedad: las industrias livianas o un perfil más integrado,
sustentado en las industrias de base y la producción de bienes de capital.
II) El desarrollo de la ciencia y la técnica y
las políticas para desatar los paquetes tecnológicos. El objetivo era
incorporar el conocimiento importado en el propio acervo e integrar la oferta
con la demanda de conocimientos.
III) El papel de la inversión extranjera y de
las empresas de capital nacional, y si el ahorro interno era o no suficiente
para sostener una elevada tasa de acumulación de capital.
IV) La presencia del Estado y sus límites en una
economía de mercado.
Mientras el país se debatía en sus tribulaciones y en la crisis de su
densidad nacional, el mundo cambiaba y se profundizaban las tendencias de la
globalización, particularmente en la esfera financiera. Al mismo tiempo, como
hemos visto en notas anteriores, se instalaba en los centros de poder mundial
la visión neoliberal. Los países vulnerables, como la Argentina, quedaron
sujetos entonces a las condicionalidades del FMI y a los programas de ajuste
estructural. Atrapada en la violencia y la inestabilidad de la década de
1970, la política económica argentina se adhirió a la onda neoliberal.
Fue una verdadera catástrofe teórica sólo superada por las consecuencias
reales de las políticas neoliberales en la economía y la sociedad. Desde la
segunda mitad de la década de 1970 en adelante, el pensamiento único
sustituyó al abordaje científico de la realidad y al ejercicio de la economía
como una ciencia social. Predominó entonces la pretenciosa sofisticación técnica
de análisis matemáticos intrascendentes, la teoría de las expectativas
racionales, el enfoque monetario del balance de pagos, y otros criterios
elaborados en centros académicos del mundo desarrollado, particularmente de
los Estados Unidos y, especialmente, de la Escuela de Economía de la
Universidad de Chicago. Se implantó así en la Argentina la visión
fundamentalista de la globalización.
El país fue observado y conducido desde perspectivas excéntricas, fundadas
en el supuesto que los mercados son los depositarios de la racionalidad económica,
que el crédito y la inversión extranjeros son la fuente insustituible de la
formación de capital y que la Argentina es un país periférico e,
inevitablemente, un satélite de los centros de poder mundial. Desde esa
perspectiva, la política económica consiste en transmitir señales amistosas
a los mercados y dejar que el tipo de cambio fijo y la renuncia a la moneda
nacional, conduzcan los acontecimientos en un régimen de piloto automático.
El problema no fue que ese tipo de enfoque se promoviera desde los centros
sino que se asumiera como lo fue en la Argentina. El pensamiento único fue
funcional a los intereses dominantes construidos, en parte, durante la etapa
de la industrialización inconclusa, pero, principalmente, a partir del golpe
de Estado de 1976. Los grupos económicos locales que adquirieron peso
importante en algunos sectores, las filiales de empresas extranjeras en
ausencia de un marco de referencia nacional que las contuviera y,
fundamentalmente, la especulación financiera asociada a la gestación de
desequilibrios y el aumento del endeudamiento externo, sustentaron una visión
alineada en las antípodas del pensamiento crítico. Es decir, del paradigma
que, en los países exitosos, sustentó los procesos de acumulación en
sentido amplio, o sea, el desarrollo.
No faltaron en el período visiones distintas fundadas en la observación lúcida
de la realidad y en enfoques abarcativos del conjunto de la situación social
y, dentro de ella, del proceso económico. Pero se trató de voces aisladas
hasta que, hacia el final del periodo neoliberal, la profundidad de la crisis
comenzó a abrir espacios al pensamiento alternativo. Uno de los ejemplos es
la repercusión alcanzada por los trabajos del llamado Grupo Fénix, formado
por investigadores y docentes de la Universidad de Buenos Aires y otros medios
académicos. En mi propia experiencia, observo que el título de uno de mis
libros, cuya primera edición es de 1983, Vivir con lo nuestro, se
convirtió en un mensaje de alguna repercusión acerca de los contenidos endógenos
del desarrollo.
De este modo, actualmente, confrontamos el desafío de construir un nuevo
paradigma fundado en la apreciación realista de las tendencias de la
globalización y de la naturaleza misma del proceso de desarrollo. Este es un
requisito esencial, a su vez, de la construcción de la densidad nacional.
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