Algunas
hablan con la resaca de un miedo viejo. Otras entienden que lo
mejor que pueden hacer es denunciar la situación de violencia,
falta de pago, despidos y desamparo. En los talleres de
costura, las mujeres en su mayoría trabajan en la cocina o de
ayudantes, sólo algunas van a la máquina porque el trabajo es
muy duro y no se resiste. Las ayudantes son las que trabajan
más horas y tienen mayor cantidad de tareas a cargo. “Sufren
más que el que está en la máquina. Les gritan, tienen que
ordenar las prendas, separar, entregar a cada máquina los
cortes, retirar, tienen que abastecer a 15 o 20 máquinas a la
vez, les gritan de cada máquina. Por eso nos empezamos a
organizar”, cuenta Olga, una costurera de 29 años.
Olga es una de las trabajadoras del microemprendimiento
textil de La Alameda. Era de Sucre, vino a los 20 años y
tiene marido y tres hijos, de 10, 9 y 3 años. “Nosotras
trabajamos por cooperativa, todas ganamos igual, nadie gana
más. En los clandestinos se trabaja por prenda: te entregan
el corte y tienes que entregar la prenda armada, tú tienes
que armarla toda. En cambio acá no, la misma prenda pasa por
todas. Esto es trabajo en cadena, es mejor por cadena porque
así avanzamos más, y tenemos todos la misma cantidad de
trabajo”, explica. “Las casas donde están los talleres
clandestinos son viejas, a algunas se les está cayendo la
pared, les ponen cartón sobre paredes húmedas que se caen,
muchas veces no tienen siquiera una ventana o un
respiradero. Por habitación, si son solteros los acumulan
hasta siete u ocho personas, en cuchetas o camarotes, y a
las personas casadas les dan un cuarto para que duerman con
sus hijos. Para trabajar, entran tantas personas como
máquinas quepan. No tienen la instalación de luz bien hecha
sino que están los cables por el piso, son enchufes,
alargues, todo por el piso, sin nada de seguridad. Muchas
veces viví en las casas donde hay talleres. Comida no dan,
pagan lo que quieren”. Olga es escéptica sobre los intentos
de rehabilitación de los talleres. “Ahora están queriendo
habilitarlos como emprendimientos familiares, pero tienen
escondidas las máquinas y las cuchetas. Cuando vaya la
inspección van a encontrar sólo tres a cuatro máquinas y las
van a habilitar con dos o tres trabajadores, pero cuando se
vayan van a aparecer todas las máquinas. A dos trabajadores
los van a blanquear, pero a la semana vuelven todos los
costureros y se vuelve a la normalidad. Los que no tienen
documentos siguen trabajando en el turno noche, desde las
seis de la tarde a la seis de la mañana, de día trabajan los
que tienen documentos, uno o dos. Se han avivado”.
Lola acaba de perder un hijo de 20 años a causa de la
tuberculosis, una de las enfermedades más comunes de
aquellos que sufren el hacinamiento y la falta de
alimentación. Vino hace siete años ya. Llegó a la Argentina
siguiendo a Fabiola, su hija, que en ese momento tenía 17
años. Es que un tallerista la trajo a Buenos Aires con
promesas de un futuro. “Pasaban los meses, y como no
llamaba, pensé que la podían estar esclavizando, o
prostituyendo. Estaba arrepentida de haberla mandado y por
eso he llegado aquí. Vine con el hermano del tallerista que
trajo a mi hija”, recuerda Lola. Cuando se encontró con su
Fabiola, Lola se enteró de la situación que estaban viviendo
acá sus paisanos. A su hija no la dejaban salir, llamar ni
enviar cartas. No era bueno que en Bolivia se enteraran cómo
era trabajar en la Argentina. “Ni siquiera la dejaban ir a
comprar la toalla higiénica que usamos cada mes las mujeres.
La esposa del tallerista iba a comprarlas y les cobraba el
triple del precio.”
“Te atemorizan... nos decían que como no teníamos documento
la policía no nos iba a hacer caso. Me decían ‘Andá a la
policía, sólo te van a arrestar a vos’. Lo que más me
molestó con ese tallerista es que la hizo amanecer
trabajando a mi hija. Nos fuimos peleando, discutiendo y
nunca pagó nada. Sólo te dan vales de dos o cinco pesos.
Cuando pedía salir no nos dejaban. Yo quería salir a comprar
y la dueña me decía que ella era la que compraba. Le dije
que ella había manejado a mi hija, pero que a mí ni me iba a
manejar”, se enoja Lola.
Los talleristas llaman “vales” al poco dinero que les van
entregando a los trabajadores en forma de adelanto, que se
supone que luego se los descontarán del sueldo. Sueldo que
nunca aparece.
“No tenía casa y estuve dando vueltas en piezas de alquiler.
Regresé a un taller, de la avenida Alberdi, para que mis
hijos tengan techo y comida, ¿qué voy a hacer? Le rogué al
tallerista para que me deje tener a mis hijos adentro del
taller aunque me pague menos. Tenía que cocinar para 25
personas, pero a causa del reumatismo mi hijo de 13 años me
tenía que ayudar. Pero a los dos días me echaron porque el
tallerista me dijo que estaba prohibido enfermarse. Allí se
duerme, se come, no se sale. La mayoría es gente del campo.
Como yo llevaba a mi hijo al colegio, tenía que entrar y
salir, eso incomodó al tallerista y me dijo ‘mi gente no
sale, te ven a vos y van a querer salir’”, recuerda.
A pesar de todo, ni Lola ni Fabiola quieren volverse: “En
Bolivia el pobre es más pobre y el rico es más rico,
entonces mi hija no se quería volver, se quería quedar acá.
Ahora ya se casó, tiene tres hijos y trabaja con su esposo
que tiene máquinas. El resto de mis hijos están acá”.
María advierte: “La mía es la historia más triste de todas”.
Hace dos años que está viviendo en Buenos Aires. Llegó
siguiendo a su esposo. “Allá le prometieron que era un
trabajo bueno. Le decían que le iban a pagar 100 dólares por
mes. Pero cuando podía llamar me decía que estaba sufriendo,
que lo hacían trabajar todos los días sin domingo desde las
siete hasta la una. La dueña del taller le pedía los 100
dólares que había gastado para hacerlo venir. No le pagaban.
Una vez le dieron 50 pesos y no volvió más al trabajo. Había
empezado a andar por la calle. Iba a pedir a las iglesias.
Decidí venir a buscarlo con mi hijo menor, el resto se los
dejé a mi suegra. Vendí la garrafa y llegué hasta Villazón
(en la frontera boliviana con Argentina). Pero cuando tuve
que empezar a manejar la plata argentina no entendía nada.
Trabajé dos semanas cargando manzanas. A mi hijo de ocho
años lo dejaba sentadito esperando. Lloraba porque no sabía
a dónde ir ni dónde dormir. Había juntado 130 pesos ya.
Además ya iba gastando porque compraba desayunitos para mi
hijo. Yo iba sin comer. La señora que me contrató me vio y
me dijo: ‘¿por qué no me contaste?’ y me regaló manzanas.
Allá en Bolivia son muy caras las manzanas. Yo pensé ‘qué
lindo que sea así la Argentina’. Una vez que pasé hasta
Salta, una señora me hizo trabajar de vendedora de frutas
con la promesa de que me iba a llevar a Buenos Aires. Estuve
un mes, pero no me pagaba, me daba arroz y unas papitas pero
no me alcanzaba para mí y para mi hijo. Me engañaba con que
no había venta y por eso no me pagaba. Mi hijo iba donde las
vecinas para pedir y lloraba. Se quería escapar para venir a
buscar a su papá. “Cuando por fin llegué a Buenos Aires, a
mi marido lo buscaba por todos lados, por la calle.
Sabía que andaba por Liniers,
cerca de los trenes. Con mi hijo dormíamos en la calle, o en
el parque. Caminando y caminando lo encontré cerca de la
estación, estaba sentado comiendo una naranja de una bolsa
de basura. Mi hijo lo reconoció, su sueño era encontrar a su
papá. Yo no creía que era él. Estaba sucio, con la cara
quemada por el sol, pero mi hijo lo levantó y se abrazaron.”
María y su familia fueron a trabajar a un taller. “Yo entré
de cocinera y él de ayudante. Había muchas rejas, como tres,
hasta llegar al taller. Empezábamos a las siete de la mañana
y salía a las diez, después de servir la cena, pero mi
marido salía más tarde. No nos pagaban, pero yo le pedía 5 o
10 pesos para comprar cosas. Me dejaban salir acompañada de
un familiar del dueño porque me decían que no podía ir sola
porque la policía me iba a agarrar por la calle o me iban a
quitar a mi hijo. Me molestaba porque nos decían que nos
pagaban a un peso por pantalón, pero no nos pagaban.
Trabajamos y trabajamos por tres meses, pero no nos pagaron.
No conozco las marcas pero se venden en la calle Avellaneda.
Cuando nos fuimos hice que me diera 40 pesos. Nos ponía
excusas de que a él el fabricante no le paga o que estaban
mal cosidos. Sin plata y sin pieza ni trabajo, nos fuimos a
caminar por la calle. Ahora cuido a los hijos de las señoras
que trabajan acá, en La Alameda, desde las 2 hasta las 8.
Estoy bien, si queremos podemos comer acá o si no podemos
retirar. Ya no quiero trabajar en otro lado”, asiente.
Fue recién después del incendio de Caballito cuando las
autoridades les empezaron a creer a las costureras y las
denuncias comenzaron a tener consecuencias concretas como el
cierre de algunos talleres de los tantos que hay diseminados
en la ciudad de Buenos Aires, sobre todo en los barrios de
Bajo Flores, Floresta, Parque Avellaneda y Lugano. Pero esas
clausuras vinieron acompañadas por amenazas de muerte. “Los
talleristas nos tienen atemorizados. Nos dicen que nos van
pegar, a matar, a hacer desaparecer a los hijos. Saben lo
que hacemos, por donde caminamos. ‘Espérate, ya te vamos a
agarrar’, nos dicen. Pero no nos vamos a callar, si estamos
diciendo la verdad”, dice Lola.
Los talleristas suelen ser los mismos que alquilan las
piezas a los costureros. Es por eso que además hubo muchos
desalojos después de las denuncias. “Estamos en una piecita
pero como salí en la tele y en los diarios la dueña quiere
que la desocupe. Ya no salgo sola”, dice María.
Olga no teme dar a conocer su nombre y su cara. “Ya salí en
todos lados –dice resignada–, el dueño de la pieza era
tallerista y después de hacer las denuncias me echaron.
Ahora no podemos caminar más por la calle, si me encuentran
me van a matar. Fueron a buscarme donde vivía antes, pero no
me encontraron.” Las denuncias sobre las amenazas ya están
en la Fiscalía Federal Nº 14 en lo Correccional. Hay
registradas ocho amenazas directas a costureros y otras
tantas al centro comunitario.
La Unión de Trabajadores Costureros se constituyó como una
organización sindical y de derechos humanos en noviembre de
2005. Los trabajadores comenzaron a juntarse los domingos a
la tarde, el único rato que tenían libre. La UTC tiene entre
sus reivindicaciones principales la agilización de los
trámites de la residencia precaria, que permite trabajar en
blanco con cuil mientras se realiza la permanente; derechos
a abogados gratuitos para iniciar juicios laborales; seguro
de desempleo; facilidades para viviendas dignas;
confiscación de máquinas secuestradas, para que sean
entregadas a los trabajadores para que armen cooperativas;
respeto de la jornada de ocho horas; y salario por convenio
que es de 1000 pesos como mínimo. También están trabajando
en la identificación de los talleres clandestinos, cosa que
no es muy difícil de llevar a cabo. “Te das cuenta por la
basura que sacan, las mujeres que van a buscar a los chicos
del colegio desesperadas por el tiempo, los retazos de tela
en las veredas, la cantidad de pan que compran”.
Olga es una de las más activas de la UTC. Cuando se incendió
el taller de Caballito, llegó a la puerta y vomitó todo lo
que sabía ante los periodistas que le preguntaban azorados.
“Cuando fue el incendio, todos los medios me preguntaban y
dije lo que sentía, tenía la bronca contenida, se sabía que
iba a pasar eso, las autoridades de Bolivia no hacen nada.
Ese día entramos tres personas al taller. No nos dejaban, ya
habían retirado a todos los trabajadores para que no
hablaran. Vi que tenían miedo. Si la puerta hubiera estado
abierta habrían podido escapar, uno de los chicos que murió
tenía 15 años, podía salir fácilmente. La costumbre es
encerrar a los chicos en las piezas para que no molesten, y
por eso creemos que perdieron la vida.” El enojo de Olga no
se suaviza: “No hicieron allanamientos a los fabricantes.
Allanaron a talleres chicos, de 10 a 30 máquinas. Los dos
tienen la culpa. Ni un fabricante calló. Cuando salió todo a
la luz los fabricantes de marcas conocidas que hacían coser
en estos talleres vinieron y se llevaron todo a medio hacer,
retiraron sus mercaderías para tapar. Por eso pedimos que
también allanen a los fabricantes”, argumenta. Las marcas
que hasta ahora lograron identificar son Montagne, Lacar y
Rusti. Al enojo, Olga suma la satisfacción de los triunfos
de la lucha. “Muchas veces cuando nos presentamos como UTC
logramos cobrar el sueldo de muchas personas. Y esta semana
empezamos con la radicación precaria acá en el centro
comunitario ¡y está lleno de personas! Queremos que se
regularice todo, que los paisanos aprendan a trabajar bajo
las leyes. No nos pueden traer como animales. Las cosas allá
cuestan muy caras, pero acá estás peor que allá.
En las provincias de Bolivia uno
tiene su casa de adobe, pero tiene patio, tiene libertad
para los chicos, comes tranquilo por más que la comida no
sea buena. Acá no tenés derecho a nada, ni a que los chicos
salgan, ni a poner una escoba en el patio, todo tiene que
estar dentro de la pieza. No te dejan usar agua caliente, ni
el horno, tienen todo asegurado con alambres o cadenas para
que no se gaste nada de gas. En cinco minutos tienes que
bañarte con agua caliente, si no sales el dueño está parado
en la cocina al lado del calefón para apagarte el gas. La
luz te la cobran por persona. Una pieza de 2 x 2 se paga 200
a 400, como un departamento. Con chicos te cobran mucho más
caro.”
Olga recuerda su vida en Sucre. “A veces nos quisiéramos ir,
pero los chicos ya están acostumbrados acá”, suspira con
nostalgia. Lola finalizó el funeral de su hijo, que duró una
semana, y ya volvió a trabajar. “Ya tengo mi vida acá”, dice
serena.
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