Por Cristian Vitale
Un cincuentón con barba
obrera se para, emocionado, frente a otro hombre de 88 años y le
dispara una remembranza. Le dice que él era uno de esos jóvenes que
durante la década del sesenta recorría la avenida Corrientes
revolviendo estantes en librerías viejas buscando “eso” que
escuchaba en casas de viejos peronistas de base, pero que
difícilmente encontraba en libros. “Sentíamos al movimiento nacional
porque, como decía papá, era algo que los había dignificado... pero
mucho no lo entendíamos.” El hombre de 88 años lo escucha, atento, y
le da fuerzas para seguir. “Hasta que entré a trabajar en la Italo y
ese empleo me posibilitó poder tener una conciencia clara del
pensamiento nacional. A la vuelta, estaba su editorial y yo podía
llevarme cinco o seis libros a sola firma, y pagarlos cuando
pudiera. Esos libros, hoy, son los que leen mis hijos”, sigue. El
encuentro transcurre en el día de la militancia y termina con un
fuerte abrazo entre el hombre de 88 años, el infatigable editor
Arturo Peña Lillo, y el obrero que aprendió a armar el rompecabezas
de la patria grande leyendo libros que Don Arturo se jugó en editar
a contramano de la intelligentzia. Cuando la hegemonía de la
historia era –como casi siempre– mitrista y liberal.
El obrero podía estar hablando de La historia de la nación
latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, o de Baring Brothers y la
historia política argentina, de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo
Duhalde, o del libro de Alberto Belloni –Del anarquismo al
peronismo–. O de cualquiera de los inevitables de Arturo Jauretche
–El medio pelo en la sociedad argentina, el Manual de zonceras
argentinas, Los profetas del odio y la yapa–. Un combo de abordajes
revisionistas que hubiesen quedado relegados si no fuera por la
labor de Peña Lillo Editor. “Yo sentí la necesidad que tenía el país
de esclarecer la situación nacional de un momento –fines de la
década del ’50– en el que los medios de comunicación se burlaban de
los trabajadores, mientras la policía perseguía y encarcelaba. Y los
militares fusilaban. Buena parte de Argentina había sido silenciada,
mientras un grupo exquisito de formadores de opinión dividía al país
y callaba a los descamisados, que habían luchado contra el sistema
liberal burgués”, expresa Arturo revisitando su faena. “Nunca fui
afiliado a ningún partido y, sin embargo, siempre me sentí
militante. Expresaba mi militancia a través de la editorial, cuyo
objetivo fue el de sistematizar el pensamiento nacional y popular
disperso. Fue sencillamente lo que hice, y lo hice con mucho fervor.
Muy poco sé de administración de empresas... mi único objetivo era
sacar todos los días un libro, costara lo que costara. No me
importaba. Felizmente, estuve recogiendo durante los últimos 20 años
las expresiones que ustedes –el obrero y muchos más– me brindan. Es
el reconocimiento que me justifica seguir viviendo.”
Peña Lillo estuvo al frente de su editorial entre 1954 –cuando
debutó con La historia de Argentina de Ernesto Palacio– y 1982.
Editó unos 400 títulos y fue difusor insoslayable del pensamiento de
una generación que intentó enfrentar a las fuerzas opresoras del
establishment tecnocrático y extranjerizante. A la par, “gerenció”
algunas revistas que fueron tribuna y espacio libre para periodistas
y políticos, como Cuestionario y Quehacer Nacional. Puede decirse
que generó las condiciones materiales para dar vuelta la pedagogía
colonialista o que enfrentó las intenciones de las clases
dominantes. O que trocó con su labor paciente una dicotomía que,
pura, poco explica las realidades de los países del tercer mundo (izquierda-derecha)
por otra mucho más eficaz y relevante, en tiempo y forma:
civilización o barbarie. En este reverso del mundo, y Peña Lillo lo
tenía claro, “civilizar” equivale a desnacionalizar. Y por eso actuó
en consecuencia... por eso le quemaron parva de libros durante la
dictadura. “Cuando fue el golpe de 1976, los libreros me empezaron a
devolver muchísimos libros porque les volaban las librerías. Los
militares pensaban que el de José María Rosa –La guerra del Paraguay
y las Montoneras argentinas– aludía a los Montoneros de la época y
lo quemaban. Una vez volaron una librería porque en la vidriera
tenía el Medio pelo de Jauretche. Entonces yo aflojé y me fui
acobardando.”
–¿Y qué hizo?
–Le dejé la editorial a empleados que la terminaron fundiendo. Y no
pude disfrutar del dinero porque, la verdad, nunca tuve. Lo que
ganaba con los más vendidos lo usaba para editar otros que se
vendían menos. En 1982, cuando la dictadura estaba debilitada, saqué
mi última revista –Quehacer nacional– y desde sus páginas por
supuesto se criticaba a la dictadura, pero zafé porque en ese
momento ya era difícil desaparecer a un conocido.
–¿Cómo empezó su interés por los libros?
–De chico iba a librerías viejas y revolvía libros de Alejandro
Dumas, Víctor Hugo, Roberto Arlt, libros raros. Eran los años 30,
cuando la radio era una cosa experimental y el medio de mayor
influencia era el libro. A través de él se expresaban las grandes
teorías políticas. En esa época el mercado estaba saturado de libros
anarquista