Entrevista al legendario editor Arturo Peña Lillo

“Nuestra historia debe leerse al revés para ser entendida”

Es uno de esos editores de raza que ya no abundan. Durante toda su larga vida se dedicó, al frente de la editorial que lleva su apellido, a publicar textos que juzgaba esenciales para comprender la historia argentina. Arturo Jauretche, Rodolfo Ortega Peña, Jorge Abelardo Ramos, J.J. Hernández Arregui o Ernesto Palacio fueron algunos de los autores que encontraron en Arturo Peña Lillo el eco necesario para difundir sus pensamientos.

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Peña Lillo Editor publicó más de cuatrocientos títulosEditor
 
Por Cristian Vitale
Un cincuentón con barba obrera se para, emocionado, frente a otro hombre de 88 años y le dispara una remembranza. Le dice que él era uno de esos jóvenes que durante la década del sesenta recorría la avenida Corrientes revolviendo estantes en librerías viejas buscando “eso” que escuchaba en casas de viejos peronistas de base, pero que difícilmente encontraba en libros. “Sentíamos al movimiento nacional porque, como decía papá, era algo que los había dignificado... pero mucho no lo entendíamos.” El hombre de 88 años lo escucha, atento, y le da fuerzas para seguir. “Hasta que entré a trabajar en la Italo y ese empleo me posibilitó poder tener una conciencia clara del pensamiento nacional. A la vuelta, estaba su editorial y yo podía llevarme cinco o seis libros a sola firma, y pagarlos cuando pudiera. Esos libros, hoy, son los que leen mis hijos”, sigue. El encuentro transcurre en el día de la militancia y termina con un fuerte abrazo entre el hombre de 88 años, el infatigable editor Arturo Peña Lillo, y el obrero que aprendió a armar el rompecabezas de la patria grande leyendo libros que Don Arturo se jugó en editar a contramano de la intelligentzia. Cuando la hegemonía de la historia era –como casi siempre– mitrista y liberal.
El obrero podía estar hablando de La historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, o de Baring Brothers y la historia política argentina, de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde, o del libro de Alberto Belloni –Del anarquismo al peronismo–. O de cualquiera de los inevitables de Arturo Jauretche –El medio pelo en la sociedad argentina, el Manual de zonceras argentinas, Los profetas del odio y la yapa–. Un combo de abordajes revisionistas que hubiesen quedado relegados si no fuera por la labor de Peña Lillo Editor. “Yo sentí la necesidad que tenía el país de esclarecer la situación nacional de un momento –fines de la década del ’50– en el que los medios de comunicación se burlaban de los trabajadores, mientras la policía perseguía y encarcelaba. Y los militares fusilaban. Buena parte de Argentina había sido silenciada, mientras un grupo exquisito de formadores de opinión dividía al país y callaba a los descamisados, que habían luchado contra el sistema liberal burgués”, expresa Arturo revisitando su faena. “Nunca fui afiliado a ningún partido y, sin embargo, siempre me sentí militante. Expresaba mi militancia a través de la editorial, cuyo objetivo fue el de sistematizar el pensamiento nacional y popular disperso. Fue sencillamente lo que hice, y lo hice con mucho fervor. Muy poco sé de administración de empresas... mi único objetivo era sacar todos los días un libro, costara lo que costara. No me importaba. Felizmente, estuve recogiendo durante los últimos 20 años las expresiones que ustedes –el obrero y muchos más– me brindan. Es el reconocimiento que me justifica seguir viviendo.”
Peña Lillo estuvo al frente de su editorial entre 1954 –cuando debutó con La historia de Argentina de Ernesto Palacio– y 1982. Editó unos 400 títulos y fue difusor insoslayable del pensamiento de una generación que intentó enfrentar a las fuerzas opresoras del establishment tecnocrático y extranjerizante. A la par, “gerenció” algunas revistas que fueron tribuna y espacio libre para periodistas y políticos, como Cuestionario y Quehacer Nacional. Puede decirse que generó las condiciones materiales para dar vuelta la pedagogía colonialista o que enfrentó las intenciones de las clases dominantes. O que trocó con su labor paciente una dicotomía que, pura, poco explica las realidades de los países del tercer mundo (izquierda-derecha) por otra mucho más eficaz y relevante, en tiempo y forma: civilización o barbarie. En este reverso del mundo, y Peña Lillo lo tenía claro, “civilizar” equivale a desnacionalizar. Y por eso actuó en consecuencia... por eso le quemaron parva de libros durante la dictadura. “Cuando fue el golpe de 1976, los libreros me empezaron a devolver muchísimos libros porque les volaban las librerías. Los militares pensaban que el de José María Rosa –La guerra del Paraguay y las Montoneras argentinas– aludía a los Montoneros de la época y lo quemaban. Una vez volaron una librería porque en la vidriera tenía el Medio pelo de Jauretche. Entonces yo aflojé y me fui acobardando.”
–¿Y qué hizo?
–Le dejé la editorial a empleados que la terminaron fundiendo. Y no pude disfrutar del dinero porque, la verdad, nunca tuve. Lo que ganaba con los más vendidos lo usaba para editar otros que se vendían menos. En 1982, cuando la dictadura estaba debilitada, saqué mi última revista –Quehacer nacional– y desde sus páginas por supuesto se criticaba a la dictadura, pero zafé porque en ese momento ya era difícil desaparecer a un conocido.
–¿Cómo empezó su interés por los libros?
–De chico iba a librerías viejas y revolvía libros de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Roberto Arlt, libros raros. Eran los años 30, cuando la radio era una cosa experimental y el medio de mayor influencia era el libro. A través de él se expresaban las grandes teorías políticas. En esa época el mercado estaba saturado de libros anarquista