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Pedro
Casaldáliga, obispo y poeta, es una de las figuras más destacadas de la
Teología de la Liberación. Desde su prelacía de São Felix de Araguaia
(Mato Grosso, Brasil), se ha convertido, por su compromiso cristiano con
los más pobres y excluidos, en un símbolo para todos los que creen que
sigue teniendo sentido luchar por hacer este mundo algo más humano.
P.- ¿Qué es para usted la esperanza?
R.- Es algo fundado en la confianza en el Amor de Dios, en la convicción
de que todos los seres humanos somos Hijos de Dios. Eso implica, lógicamente,
que somos hermanos. Las personas tenemos genética divina. Esa confianza
en Dios le lleva a uno a confiar en uno mismo y en la Humanidad. Por
supuesto, la vida tiene sus problemas, pero uno tiene confianza en que
existe un respaldo último que nos permitirá hacerles frente.
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“Somos soldados derrotados de una causa invencible, la
causa de los derechos humanos, que son derechos
divinos”
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P.- En su vida de obispo se ha visto abocado a
situaciones difíciles: amenazas, presión de una dictadura militar,
incluso la muerte de colaboradores cercanos. ¿Cómo se mantiene la
esperanza en esos momentos?
R.- Como le decía, estos grupos han tomado conciencia de sus derechos,
han asumido su identidad con dignidad e incluso con altivez. Pero al
principio no era así. Tú les hablabas de sus derechos, de la lucha y no
existía eco, no había respuesta. Fue un proceso muy lento. Pero en estos
35 años han pasado muchas cosas. No sólo en Brasil. No sólo en América
Latina. En todo el mundo. Hoy hay más hambre y más violencia, pero también
hay más conciencia. Por ejemplo, Estados Unidos declaró la guerra en
Irak, pero millones de personas declararon la paz en todo el mundo. Yo
creo que la fuerza de esa conciencia es invencible, y acabará imponiéndose.
P.- Usted contribuyó decisivamente a la creación
de la Comisión Pastoral de la Tierra y el Consejo Indigenista Misionero,
dos organismos de la Conferencia Episcopal Brasileña dedicados,
respectivamente, a la defensa de los derechos de los campesinos y de los
indígenas. Imagino que esa tarea habría sido imposible sin esperanza.
R.- En primer lugar creo que lo más necesario es reflexionar sobre el
sufrimiento del ser humano, sentir y ofrecer una respuesta solidaria. Lógicamente,
ello debe acompañarse de las máximas competencias posibles para lo que
consideramos una tarea de alta responsabilidad. Existen déficits muy
importantes de formación en este campo y esta es una de las
preocupaciones de la SECPAL. Creemos que sería necesario diseñar un plan
formativo que garantizase una alta competencia de los profesionales y
acreditar esta capacitación.
P.- La esperanza, ¿sólo es posible para el creyente, para la persona
de fe?
R.- Hay muchos tipos de fe. Está la fe religiosa, pero también existe la
fe en la vida. Yo he caminado junto a muchos no creyentes cuya esperanza
era tan válida como la mía. Hay gente que no cree en la religión, pero
cree en la vida que, en última instancia, es el sueño y el proyecto de
Dios. Yo creo que en el mundo hay cada vez menos ateos, aunque hay muchos
agnósticos. Pero aquí, en la Teología de la Liberación, afirmamos que
lo contrario de la fe no es la duda. La fe siempre tiene algo de oscuridad
de misterio. Para nosotros, lo contrario de la fe es el miedo y la cerrazón.
P.- Usted acaba de nombrar la Teología de la
Liberación. Usted y varios de sus compañeros de esa
corriente teológica, han tenido que sufrir en varias ocasiones,
encontronazos con el Vaticano y sus representantes, pero siempre ha
manifestado su fidelidad a la Iglesia Católica. ¿Cree posible que esta
se transforme en una casa con las puertas más abiertas a la realidad,
como propugnan sus sectores más progresistas?
R.- Buena parte de esos problemas que hemos sufrido obispos, sacerdotes y
comunidades arrancan precisamente de una distinta proximidad a la
realidad. Yo creo firmemente, y no soy el único, que la Iglesia debe
inculturarse. Es decir, acercarse a las distintas realidades que se viven
en el mundo. Para eso, debe descentralizarse. El punto de vista de Roma es
un único punto de vista. Lo digo con todo el respeto que merece el
Ministerio de Pedro. Pero creo que ese Ministerio debe ser un Ministerio
de acogida, de fraternidad. Creo que la Iglesia debe ser una comunión de
Iglesias. En el Nuevo Testamento se refleja esa idea. Se habla siempre de
la Iglesia que está en Corintio, de la Iglesia que está en Roma. Ahora
habría que hablar también, por ejemplo, de la Iglesia que está en São
Félix. La Iglesia debe estar abierta a los problemas, sueños y
aspiraciones de las personas. Y, en ella, unidad no tiene que ser sinónimo
de unicidad.
P.- De Brasil siempre se ha dicho que es el país del futuro. Hay quien
piensa que ese futuro acaba de empezar con la llegada de Lula a la
presidencia. ¿Cómo ve la esperanza que para muchos supone este hecho, y
no sólo para Brasil?
R.- Realmente, es un hecho insólito que un obrero metalúrgico que de
pequeño hubo de inmigrar y que pasó hambre, haya llegado a ser
presidente de un país como Brasil. Es también increíble que haya hecho
de acallar el hambre el objetivo principal de su mandato. Pero Brasil
sufre de una herencia de injusticia que no se despacha de la noche a la mañana.
Su primer año de Gobierno ha sido excesivamente economicista. Tal vez era
necesario. Ahora, sus amigos le exigimos al presidente un cambio de
orientación hacia lo social: el empleo, la salud, la educación, las
comunicaciones, los indios, la Reforma Agraria. Hay que olvidarse un poco
del Fondo Monetario Internacional y mirar hacia el pueblo.
P.- No sé como lo ve usted desde Brasil, pero, desde España, parece
que en Occidente hemos perdido la esperanza, que la hemos cambiado por
bienestar material.
R.- Le vuelvo a citar a Marcuse: “La esperanza sólo se la merecen los
que caminan”. Desde el punto de vista cristiano, no podemos olvidarnos
de que la esperanza es una esperanza Pascual. Y la Pascua quiere decir
también Pasión, aunque sea sobre todo Resurrección. Los cristianos
somos el pueblo de las Pascua, que equivale al pueblo de la esperanza. En
última instancia, la pregunta definitiva es la de la muerte y lo que se
esconde detrás de ella. Si esa pregunta se responde, se responden todas
las demás. Y los cristianos tenemos esa pregunta respondida. Por eso, la
esperanza cristiana es una fe confiada. Pero también es posible una
esperanza no cristiana. Una esperanza que se basa en la idea de que la
vida siempre acaba venciendo a la muerte.
P.- En ese sentido de que la esperanza es para los que caminan, tal vez
tengamos que aprender en Europa de los movimientos populares de países
como Brasil, que son el ejemplo vivo de que otro mundo es posible.
R.- Otro mundo es posible cuando cada uno lucha desde el sitio que ocupa
en la vida. A mí me gusta el concepto de glocalización. Es decir, la
idea de que hay que conjugar lo local y lo global. Es preciso pensar y
actuar localmente y pensar y actuar globalmente. Las personas están cada
vez más conectadas entre sí, conocen más sus problemas, sus costumbres,
sus realidades. La Humanidad, cada vez más, es y se siente una. Todos nos
debemos a todos. Y, desde la perspectiva cristiana, no puede estar más
claro que todos somos Hijos de Dios y, por mismo, hermanos.
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“La confianza en el amor de Dios le lleva a uno a
confiar en el hombre y en la humanidad”
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P.- Cambiando un poco de tercio, y mirando hacia
el dolor y la enfermedad, me gustaría que me dijese qué relación piensa
que puede haber entre la esperanza y la enfermedad y si aquella puede
ayudarnos a vivir ésta.
R.- Lo que está claro es que no hay respuesta científica para el dolor.
Especialmente, para el dolor de los inocentes, y que tenemos que echar
mano de otras cosas para poder comprenderlo, integrarlo y aceptarlo en
nuestra vida. El cristiano tiene la fortuna de que puede confiar no sólo
en la Palabra de Dios, sino también en los hechos de Dios. Dios no es sólo
una luz que ilumina, es también compañía en el dolor, porque su Hijo se
hizo solidario de nuestros dolores. Cristo sufrió, acabó muy mal,
totalmente fracasado. Sin embargo, derrotó al pecado y la muerte. Pero,
claro, ante el dolor, también debemos actuar. Sabiendo que la última
palabra sobre las cosas no la tenemos nosotros, sino Dios y la vida. Yo
siempre digo que el cielo corre por cuenta de Dios, está seguro, no hay
que preocuparse por él. Nosotros debemos aplicarnos a mejorar todo lo
posible la tierra. Se trata de hacer todo lo posible, como si todo
dependiese de nosotros, sabiendo que no es así. La causa de Dios es el
ser humano, el universo, la vida. La creación es su problema, porque es
donde Él se vuelca, donde expande su Amor. Y Él está más preocupado
por ella que nosotros. No olvidemos la frase del Evangelio que asegura que
Dios sabe hasta de cada cabello que cae de nuestra cabeza. Ni esa del
Salmo que dice que todas nuestras lágrimas se contienen en su odre.
P.- Usted tiene 76 años y ha presentado su
renuncia como obispo al Papa. Está esperando que le nombren un sucesor
que se haga cargo de la diócesis. ¿Cómo ve su futuro?
R.- Estoy en la parada de autobús esperando que éste pase. No sé cuándo
llegará ni a donde me llevará. Espero que quien venga detrás de mí
continúe con una línea de acción que, pese a todos los pecados, creo
que es la correcta. Por otra parte, estoy convencido de que la Iglesia no
es sólo un obispo. Por lo que se refiere a mí exclusivamente, no sé
bien qué haré después. Dependerá en parte del obispo que me suceda. Si
quedarme no es un inconveniente, me quedaré. En cualquier caso, no volveré
al Primer Mundo. No es por desprecio de nada. Es que, simplemente, me
acostumbré a vivir en el Tercero.
P.- ¿Cuándo uno se hace mayor, no se va perdiendo la esperanza de que
uno mismo y las cosas cambien?
R.- Yo creo que, si miramos por ejemplo a la Iglesia, las cosas han
cambiado mucho, aunque no sea todavía la que queremos. Hemos cambiando y
seguimos cambiando a mejor, aunque haya mucho retraso y desconfianza.
P.- Por otra parte, usted nunca ha dejado de cultivar la poesía que,
de alguna manera, se puede considerar una forma radical de esperanza.
R.- Bueno, la poesía es una forma de contar penas y alegrías. Hay cosas
que no se pueden decir en prosa, pero se dicen en verso. La poesía es un
desahogo emocionado en la que se vierte lo que se vive, se ve y se sueña.
Hay una poetisa brasileña que dice: “No soy alegre ni triste, soy
poeta”. Un poeta colombiano aseguraba que el poeta, si no comprende
todo, al menos lo compadece todo. Sin duda, la poesía lleva aparejada un
tipo de sensibilidad que nos permite establecer una conexión especial con
el mundo.
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