Máximo Kirchner: EL ARQUITECTO ZEN

Por Nicolás Fiorentino ANFIBIA – Universidad Nacional de San Martín

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Es uno de los hombres más poderosos del país: está en la mesa chica del Gobierno y del Congreso, preside el PJ bonaerense, es fuente de consulta de los empresarios más refractarios al modelo K y referente de una organización que dirige municipios, administra cajas millonarias y hasta firma los DNI. Máximo Kirchner no es Néstor ni Cristina ni La Cámpora. El cuadro que nadie vio venir juega el juego de la política con actitud zen o frialdad quirúrgica, según las circunstancias. Su filosofía es saber gobernarse para gobernar. Por Nicolás Fiorentino.

Fotos: prensa Máximo Kirchner

Los diputados y diputadas de La Cámpora apenas habían asumido sus bancas cuando vieron llegar a Máximo Kirchner al Congreso, recién desembarcado en Buenos Aires tras casi una década de controlar la organización desde Río Gallegos. Esa generación, nacida y criada en el poder, alimentada a base de festejos y dueña de un derrotero invicto de frustraciones, esa tarde enfrentó por primera vez la aspereza de volverse oposición. Esperaban una arenga de resistencia pero recibieron una hoja de ruta sobre el camino de salida y cómo recorrerlo. Máximo les habló del futuro. 

—No vamos a reconstruir lo que fue; vamos a construir lo que viene— les dijo. 

Luana Volnovich, que no tenía trato personal con él, se escondió para llorar. Fernanda Raverta tomó esa frase y la hizo remera para su militancia en Mar del Plata. Faltaban pocos días para la Navidad de 2015, Mauricio Macri ya era presidente, Cambiemos se preparaba para gobernar 20 años y los analistas repetían que el kirchnerismo era una experiencia acabada y Cristina Fernández de Kirchner, un cadáver político. Pero el hijo de Néstor y Cristina veía un escenario distinto. “Si (Patricia) Bullrich volvió al Gobierno -agitó-, ¿cómo no vamos a volver nosotros?.”

Cinco años y medio después de esa reunión, aquella figura casi mitológica para sus seguidores y caricaturizada por sus detractores, es uno de los hombres más poderosos de la Argentina. Tiene silla propia en la mesa chica del Gobierno, es amo de llaves del Congreso, presidente del bloque oficialista en la Cámara de Diputados y del PJ bonaerense. Es el hombre de consulta de los empresarios más refractarios al modelo K y jefe de una agrupación que ya no solo tensiona en los territorios: gobierna municipios, administra la caja más suntuosa y sensible de la Argentina y hasta firma los DNI. Quienes durante años compraron la imagen del haragán heredero del poder, esa pintura de un mini Chávez adicto a los videojuegos al mando de un grupo de jóvenes urticantes dispuestos a cualquier cosa por un contrato y un carguito, hoy lo escuchan,  lo respetan y lo definen con dos palabras: un cuadro.

Máximo fue el arquitecto de la estrategia que devolvió el poder al peronismo. Convenció a su madre de ser candidata en 2017, para que las urnas revelen lo que, según el jefe de La Cámpora, era una negación sobre la potencia electoral de la hoy vicepresidenta. También forzó ese escenario para echar por tierra la idea de que el peronismo iba a renacer desde la “racionalidad” del massismo o alguna otra vertiente menos áspera. El título de las legislativas de ese año fue la derrota de Cristina contra Esteban Bullrich, pero el número que miró Máximo era el de esa encuesta a cielo abierto: Unidad Ciudadana más que duplicó la suma de los retadores, Sergio Massa y Florencio Randazzo, y, a su vez, esa disputa empujó a ambos a confrontar al gobierno de Cambiemos: para sumar votos había que combatir al macrismo, no justificarlo ni acompañarlo. El kirchnerismo se adueñaba de la oposición y Macri se quedaba sin socios “racionales”. Para Máximo, doble ganancia. El resto lo hizo la decisión de Cristina en 2019, que su hijo interpreta como un renunciamiento sin antecedentes en la historia. Está convencido de que si su mamá hubiese encabezado la fórmula también ganaba; muchos en el kirchnerismo piensan lo mismo. 

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El domingo 27 de octubre de 2019, cerca de las 22, Máximo apagó las luces de su oficina en el Instituto Patria y pasó a buscar a su madre y jefa política por su departamento de Juncal y Uruguay. Cuando Cristina subió al auto su semblante no era el mejor. Los boca de urna que manejaba le mostraban una elección muy pareja entre Macri y Alberto Fernández. Su hijo tenía los números de las mesas testigo de La Cámpora, en las que confiaba ciegamente: ocho puntos de diferencia. 

— Ya está -la tranquilizó—. Se acabó. 

Ella lo miró a los ojos y sonrió. Mientras el auto avanzaba hacia el búnker del Frente de Todos, en Chacarita, Máximo pensó en los mensajes incendiarios que recibió el sábado 18 de mayo de ese año, cuando se confirmó la fórmula Fernández-Fernández. Para el camporismo, la decisión de la jefa fue un baldazo de hielo. Pensó también en Alfonso Prat Gay hablando de “grasa militante”;  en los sindicalistas que marcaron militantes de La Cámpora en el Estado para que se quedasen sin trabajo. Casi llegando a destino giró su cabeza hacia la ventana y miró hacia arriba. Ese día se cumplían nueve años de la muerte de su padre.

Hoy Máximo es también, junto con la vicepresidenta, el encargado de mantenimiento del Frente de Todos. No define por dónde va la gestión del Gobierno, pero sí le muestra los límites al Presidente y su gabinete. Si Cristina utiliza los discursos públicos para trazar su línea, el diputado usa la banca, la gimnasia parlamentaria y sus relaciones para determinar hasta dónde se estira la alianza. Lo hizo con la política tarifaria y también en la negociación con el Fondo Monetario (la comparó con la compra de vacunas para plantar bandera, luego de que el Ejecutivo modificara por DNU una ley para acceder a las demandas de Pfizer y otros gigantes de la farmacéutica norteamericana, como Johnson y Johnson). Ante la atenta mirada del jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, el presidente del bloque oficialista se preguntó en el recinto de Diputados: “Si un laboratorio nos obligó a cambiar todo el andamiaje legal, ¿qué vamos a hacer con el FMI?”. En ese momento, Martín Guzmán participaba de una reunión de ministros del G20 en Venecia, en la que coincidía con la titular del Fondo, Kristalina Georgieva. Máximo no lo sabía, se enteró por un chat de Juan Grabois. El ministro de Economía recibió el mensaje al instante. A Máximo lo obsesiona la deuda y está convencido de que es imposible pagarla en diez años, como barajan en Economía. Se lo hace saber al ministro, a veces con más delicadeza, a veces con menos. También lo habla con el Presidente.

Delimitarle la cancha a Alberto Fernández es un ejercicio que hizo por primera vez en 2004. El por entonces jefe de Gabinete había trazado un paralelismo entre la cumbia villera y la delincuencia, y al hijo del presidente Kirchner le cayó pésimo. En un almuerzo en Olivos, Máximo le sugirió a su papá que un gobierno peronista no debía chocar con una expresión musical de arraigo popular. Néstor lo miró y no dijo nada. Al día siguiente, Kirchner padre convocó a Casa Rosada a Daniel “la Tota” Santillán, conductor del boom televisivo Pasión de Sábado. Se sacaron la foto de rigor y de repente el gobierno de Kirchner era el más cumbiero de la historia. Alberto no volvió a hablar del tema. Lo que hoy lamenta Máximo es que, a partir de eso, se lo identificó como un fanático de la cumbia cuando en realidad lo que le gusta es el rock. Daños colaterales.

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A Máximo Kirchner no le preocupa una posible vuelta de Macri al gobierno. Según su lectura, no hay lugar para el desarrollo de un plan económico recargado y más profundo que el expulsado por las urnas en 2019. Mira lo que pasa en Chile, registra la revuelta de Cali, toma la temperatura de Brasil y ve que la calle se llevó puesto a ese modelo. Encuestas en mano, tiene claro que es difícil que Juntos por el Cambio tenga en algún momento un mejor escenario que el actual: economía en números rojos, salarios destrozados, inflación descontrolada, una caja pisada por el FMI y el Ministerio de Economía que demora la reactivación del consumo. Una gestión a la que le cuesta dar señales de vida, tras un primer año en shock sanitario y una previa electoral cruzada por la foto de un festejo de cumpleaños en Olivos cuando la cuarentena atravesaba la fase más dura.

Sí analiza con más preocupación lo que pasa en las grandes ciudades. Cuando la segunda vuelta en Perú marcó un abrumador 65% de Keiko Fujimori en Lima –pese a la ajustada derrota a nivel nacional frente a Pedro Castillo-, el jefe camporista les mandó un mensaje con ese resultado a sus referentes porteños: “No se sientan tan especiales”.

Está convencido de que el Frente de Todos puede transformarse en una fuerza con hegemonía electoral, como fue en su momento el Frente para la Victoria, pero que primero necesita generar otra hegemonía, la política. Para eso, las medidas del Gobierno tienen que contar con un apoyo popular que hasta ahora le resulta esquivo. Ahí se abren varios interrogantes. El primero es cómo enamorar. Testigo del efectismo de su padre, que adornaba de carga simbólica muchos hitos de su gestión –el pago cash al FMI, la bajada de cuadros de genocidas-, siente que al gobierno albertista le falta eso, mística, épica. Reconoce las dificultades que representan la pandemia y la catástrofe económica heredada, pero entiende que no siempre se necesita plata y que, al revés, tampoco alcanza solo con plata. Tras la sanción del impuesto a las grandes fortunas, que militó casi en soledad, con la presión de las organizaciones sociales de un lado y de los empresarios que lo frecuentan por el otro, en su imaginario el remate era un acto de promulgación que abriera un portal hacia otro lado, hacia la profundización: había que aprovechar el contexto para avanzar hacia un modelo impositivo que recaude menos en el sector productivo y más en el financiero, menos en las empresas y más en las riquezas. Lejos de eso, el proceso se cerró con un decreto reglamentario publicado sin pompas y con el cobro en cómodas cuotas. Pudo ser bandera, pero se perdió la oportunidad. Pudo ser símbolo y terminó como un hecho aislado.

Lo agota ver al Frente de Todos a los manotazos en el ring que le ofrece el macrismo. Le pasó con Vicentín: vio cómo la presión mediática y la tensión con los propios -como la bronca del gobernador de Santa Fe, Omar Perotti-, volteaban en cuestión de horas un plan de carácter estratégico. Lo mismo con las idas y vueltas en torno a las aperturas durante el aislamiento por la pandemia, corriendo siempre al ritmo que le imponía la Ciudad de Buenos Aires. Con más años en el poder que en el llano, para Máximo Kirchner un gobierno debe sobrevolar por encima de eso. Identifica además una diferencia sustancial: el Frente de Todos tiene una masa crítica grande y ruidosa a la que debe escuchar; la masa crítica de Juntos por el Cambio, para él, se reduce a la pantalla ultra de La Nación Más. 

Hoy, el jefe de La Cámpora y el Presidente mantienen una relación amena y con altibajos. Fernández tiene sobre Máximo un afecto paternalista y dos vías de llegada. Una por encima de él, Cristina, y otra por debajo, el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, “Wadito” para el jefe de Estado. Mientras esos puentes funcionen, la casa estará en orden. Hablaron la noche anterior al acto de Olavarría en el que el Presidente pidió disculpas por la celebración del cumpleaños de su pareja, Fabiola Yáñez, en plena cuarentena. Máximo le llevó tranquilidad y apoyo, que luego se materializó en las redes sociales de La Cámpora, pese a tener razones personales para ser parte de la ola de indignación: ese 14 de julio de 2020, mientras se brindaba en la residencia presidencial, Máximo celebró el cumpleaños número ocho de su hijo Néstor Iván por videollamada.

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Para el dirigente social Juan Grabois, alguien de trato cotidiano con Cristina y con Máximo, “conceptualmente, él tiene planteos más radicales que Cristina; pero estratégicamente, tiene una visión más gradualista”. Quienes lo acompañan en la militancia desde hace más de una década no coinciden con esto, aunque sí le adjudican un nivel de reflexión y análisis incluso superior al de Cristina, algo que jamás reconocerían públicamente. Lo describen así: “Tiene una cabeza distinta”.

Desde niño se sentó en una mesa familiar en la que se desayunaban cuestiones de Estado y se cenaban cierres de listas. Por eso Máximo no trae en su bagaje un manual de la nueva política, no vocifera propuestas de modernización y eficiencia, ni intenta graficar su pensamiento en archivos PDF o Power Point. No reivindica la rosca, sí la política: lo obsesiona despersonalizarla y reconstruir el ecosistema de partidos políticos. Busca retomar un peronismo clásico y transversal, con una burguesía nacional activa y con la clase media dentro, la misma que engordó con el kirchnerismo y luego le dio la espalda. 

Máximo pagó el impuesto a las grandes fortunas que él mismo impulsó, aunque vive de forma austera, viste sencillo y viajó al extranjero como turista hace veinte años. No es vocación franciscana, entiende que ni a él lo define su desprecio por el lujo ni a su madre su debilidad por las carteras o los zapatos, pero sabe que eso juega en el imaginario colectivo. Lo mismo ocurre con su imagen: tiene clarísimo que lo empezaron a tratar distinto cuando bajó de peso. Primero los medios, después la política. Lo hizo por salud, sí, pero también para que lo noten. Adelgazó cuando sintió que querían verlo “hecho mierda”. Hoy corre entre cinco y seis kilómetros todos los días en una cinta. Su punto débil es el cigarrillo: fuma dos atados de Marlboro en un mal día.

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Máximo trabaja para reconstruir un teatro donde los actores centrales sean los partidos en lugar de la dirigencia, y también para construir un organigrama de relaciones más racionales. Entiende que la disputa por gobernar no debería ser un desfile de dirigentes por Comodoro Py ni debería terminar con la hija de una expresidenta enferma y exiliada en Cuba. Por eso se acerca subterráneamente a las caras visibles del círculo rojo y, también, a quienes proyecta como rivales en los próximos diez o veinte años. Así llegó al mano a mano con María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, siempre con el mismo anfitrión: una vez en la casa de Massa en Tigre; la otra en las oficinas del presidente de la Cámara de Diputados en avenida Libertador. Los encuentros fueron entre la elección que consagró presidente a Fernández y el inicio de la cuarentena. En las mesas también estuvieron  Wado de Pedro y Cristian Ritondo. El presidente de la bancada PRO en Diputados y Máximo chatean por Telegram: hay rosca parlamentaria y chicanas futboleras con epicentro en Avellaneda. El objetivo es aislar, marginar a las vertientes radicalizadas. Las primeras definiciones en la interna de Juntos por el Cambio para las legislativas de este año mostraron atisbos de un giro en este sentido: el jefe de Gobierno porteño definió las cabezas de las listas más importantes en la alianza opositora, con Macri viendo languidecer su liderazgo desde Europa y Patricia Bullrich, jefa de los halcones macristas, afuera de todo. Con Vidal mantuvo algún que otro contacto más; Larreta consiguió otros interlocutores.

De la misma forma jugó hacia adentro. Quiso una boleta con nombres pesados, taquilleros y con todas las tribus en la vitrina: Cafiero, Volnovich, Carlos “Carli” Bianco y Malena Galmarini. Un jugador de cada socio de la alianza (el Presidente, La Cámpora, Axel Kicillof y Massa) que caminen la provincia defendiendo al modelo y al Gobierno. Le entusiasmaba pensar en los carteles con esas cuatro figuras potentes, jóvenes y estéticamente hegemónicas. Pero  Alberto no quiso y Máximo y Cristina dejaron que el Presidente ponga al frente de las boletas oficialistas a dirigentes que expresan moderación y un nivel bajo de kirchnerismo en sangre. Otra vez el contraste entre Máximo y Alberto: uno quiere ruido, el otro quiere calma; Fernández se conforma con mover fichas y Kirchner prefiere patear el tablero. Estima que entre su plan y el que se cerró en la Casa Rosada hay de tres a cuatro puntos de diferencia. 

Ordenar el mapa hasta transformarlo en un terreno menos hostil y más racional lo lleva a mantener un contacto permanente con aquellos a los que Cristina llamaría los dueños de la Argentina. A mediados del año pasado Máximo se reunió en la mansión del banquero fallecido Jorge Brito, íntimo amigo de Massa, con el anfitrión y su hijo Jorge (heredero del imperio) y otros CEOs importantes de la Argentina, como Marcos Bulgheroni (Pan American Energy), Marcelo Mindlin (Pampa Energía) o Hugo Dragonetti (de la constructora Panedile). Hubo varias reuniones más, con los mismos u otros comensales, cuya filtración contiene el cerrado aparato de comunicación que rodea a Máximo. El jefe de La Cámpora es obsesivo con la privacidad de esos encuentros. Quiere que quienes se reúnen con él tengan la tranquilidad de que nada de lo dicho llegue a oídos inconvenientes. Lo que la prensa llama hermetismo, Máximo lo convirtió en capital político, tal vez el más importante: nadie sabe con quiénes se ve y qué cosas se dicen. Lo mismo que hace Cristina. Sin ese cuidado hoy no habría Frente de Todos. Si las reuniones trascienden, intervienen los medios y se afectan las vanidades. Y eso busca evitar: que entre en juego la vanidad.

Los empresarios más ricos e influyentes de la Argentina tomaron nota de algo: el kirchnerismo no termina en Cristina. Si el proceso que tiene a Alberto Fernández al mando es, como dice Mariana Verón, el último baile de la vicepresidenta, la continuidad es el empoderamiento de su hijo y de la militancia que crece y se ramifica bajo su mando. Por eso los CEOs buscan extraerle sus pensamientos, le preguntan sobre la economía, el escenario local, la geopolítica, y hacen intentos por inocularle sus propias preocupaciones y necesidades. Quieren saber de primera mano si hay planes que puedan afectar sus negocios. Llegan a Máximo con una carga de prejuicios y subjetividades tan grande que piensan, de verdad, que el kirchnerismo tiene como fin la expropiación de los medios de producción. Piensan en clave marxista, incluso sin tener muy claro qué es el marxismo.

Máximo no es ni Néstor ni Cristina. Ni siquiera es La Cámpora. No desarrolló el magnetismo de su madre, ni tiene una mirada dualista del mundo. Tampoco es un pragmático. Puede ser dialoguista, negociador, hasta apelar a gestos de compinche para aceitar un vínculo, pero rehúye de las operaciones, desconfía de los medios de comunicación y lleva sus convicciones hasta las últimas consecuencias, sin ceder en el camino. Puede ser un tacticista, pero no un pícaro en busca de un resquicio para sacar una ventaja. A Máximo no lo atrae el poder, no tiene esa ambición: está acostumbrado al él. Tiene un recuerdo al que recurre para verlo, comprobarlo, quitarle lo abstracto. En un almuerzo, el 11 de diciembre de 2007, en la Quinta de Olivos, miró a su padre y su madre y notó que algo era distinto. Los cuatro, junto a Florencia, respetaron sus lugares en la mesa. El que había cambiado de silla era el peso del poder: se había mudado de la de Néstor, con facciones relajadas y humor renovado, a la de Cristina. Máximo sabe que sin poder las cosas no se pueden cambiar pero no es un objetivo, es un vehículo. “Entiende que la Argentina necesita reformas muy grandes, no una buena administración”, dice Grabois.

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Máximo discutió con Cristina cuando se negó a iniciarle juicio al Grupo Clarín después de una serie de notas, en 2015, en las que le adjudicaban ser cotitular de cuentas bancarias en los Estados Unidos e Irán junto a Nilda Garré. Kirchner y Garré fueron sobreseídos tres años después: no había ni cuentas, ni dólares, ni nada. Prefiere la política sin venganzas ni personalismos. Ni la persecución judicial a su madre y el acoso a su hermana, que terminó con la primera desfilando por tribunales y la segunda exiliada en Cuba, lo corrieron del eje. Entiende la política sin caras. Por eso cuando recibió una carta de Telecom exigiendo que las empresas de telecomunicaciones no sean excluidas de la moratoria aprobada en julio 2020 el reclamo le pareció razonable e hizo corregir un dictamen que había cerrado su propia bancada. Tenía una pequeña revancha a mano y la dejó pasar. 

Bromea con un pequeño muñequito de plástico de Mike Wazowski, el personaje de la película Monster Inc., que circula por su despacho. Lo llama “el Perón de Pixar”. Cuando le preguntan por qué, responde que ese personaje fue el primero en darse cuenta de que a la gente la moviliza más la felicidad que el miedo. De su padre aprendió que los rencores bloquean desarrollos. Bajo esa premisa convocó a Massa al campo de la familia De Pedro, en Mercedes, a mediados de 2016, cuando el deporte nacional era convertir al kirchnerismo en una bolsa de boxeo y veía cómo su caudal se iba achicando (una puerta de escape que inauguró Diego Bossio y que atravesaron algunos más). En esa charla y en las posteriores no hubo reproches ni cuestionamientos, sino más bien camaradería y algunos recuerdos de cuando un joven Massa iba a los partidos en Olivos, como jefe de Gabinete, y se quedaban charlando. Sí hubo repaso por las divisiones y las diferencias que llevaron al quiebre en 2013, para que no vuelva a suceder. Nunca habían tenido encontronazos, más allá de alguna discusión cuando Kirchner padre le pidió a Massa que ordenara el plan Fútbol para Todos y Kirchner hijo ya jugaba la interna de Racing, pero nada más. Un hombre cercano al jefe de La Cámpora describe esa cumbre como “un encuentro de ex novios”. Fue el punto de partida para el acuerdo de 2019. 

Lo mismo ocurrió con el Movimiento Evita, convocado al Frente de Todos después de abandonar el bloque K en su peor momento, a mediados de 2016, para convertirse en la base de sustentación de la candidatura de Randazzo, en 2017. Máximo no dejó pasar mucho tiempo antes de levantar un puente con el diputado Leo Grosso, víctima de ataques personales y violentos originados tras ese quiebre, que el mismo Kirchner se encargó de aplacar. También le puso músculo parlamentario a algunas iniciativas de los movimientos sociales, como las leyes que decretaron dos emergencias: la social y la alimentaria. Y  se convirtió así en impulsor de la agenda de un sector que, a muchos ojos camporistas, los había traicionado y les habían pegado cuando estaban en el piso. Ese lento camino de restitución de la confianza se terminó de sellar en 2019, en una reunión gestionada por Alberto Fernández en el Instituto Patria. Cristina recibió a los jefes del Evita Emilio Pérsico, Fernando “Chino” Navarro y el propio Grosso. A la salida del encuentro los esperaba Máximo para el abrazo de reconciliación. En las listas debutantes del Frente de Todos en la provincia de Buenos Aires al Evita se le reservó el tercer lugar (para Grosso), una sorpresa de último momento. 

Hubo una persona con la que sí tuvo que cicatrizar heridas: Malena Galmarini. En las charlas con Massa para la reunificación del peronismo, Máximo detectó que surgía con mucha frecuencia la situación intrahogareña del jefe del Frente Renovador. Todavía seguía latente la intrusión de un prefecto armado en su casa, que Galmarini siempre interpretó como un mensaje mafioso de algún sector del kirchnerismo. Máximo entendió que para cerrar el Frente de Todos con costuras sólidas debía acordar primero con Malena. El día de la producción de fotos para las boletas del Frente de Todos, en el Instituto Patria, Máximo bajó de su oficina para saludarla. Le pidió que antes de irse pasara unos minutos a compartir un mate. Galmarini lo pensó y fue con Eduardo Cergnul, apoderado del sello massista e íntimo amigo. Máximo le hizo entender que quería una charla privada y ella aceptó. 

— Venimos hablando con Sergio, pero quería saber cómo estabas vos— arrancó Kirchner.

— Máximo, entraron a mi casa y yo eso no me lo voy a olvidar— respondió Galmarini.

— Mi viejo me enseñó que en la política, con la familia nunca. Siempre de la cintura para arriba— citó Máximo.

— Yo voy a dejar que avance la investigación.

— Male, Cristina no fue.

La paz sellada ese día terminó enturbiándose por la designación de Sergio Berni como ministro de Seguridad bonaerense, a quien Galmarini identifica como el autor de una operación para encubrir el ingreso a su casa. Por eso rechazó ser ministra de Axel Kicillof y, en 2021, también descartó acompañar a Máximo como vice en el PJ bonaerense e integrar la lista del Frente de Todos en la provincia, propuestas que siempre le llegaron vía su marido, algo que para la feminista Galmarini no es un detalle.

A contramano de la efervescencia de algunas espadas muy visibles de La Cámpora y en contraposición manifiesta con la verba de Cristina, Máximo puede llegar a ser exasperantemente tranquilo. Cuesta encontrarle momentos de enojo, aunque sí sufre momentos de frustración y bronca. Uno de ellos, cuando la Cámara de Diputados discutió la legalización del aborto en 2018 y los votos no aparecían. Una compañera de bancada lo describe esa madrugada: “Estaba chinchudo”. La ley se cayó en el Senado y hubo que esperar dos años y el impulso de la Casa Rosada.

Al instalarse en Buenos Aires, Máximo Kirchner no sólo cambió de domicilio sino su lugar en el tablero. Desde ahí trabajó para tener en su joystick mucho más que La Cámpora. El lugar en el bloque del Frente de Todos y la designación en el PJ bonaerense son globos de ensayo para extender su radio de construcción. Juega al juego de la política con la paz interior de un monje tibetano o con la frialdad de un negociador de rehenes, depende de las circunstancias. Para eso acuñó un concepto que lo rige: hay que saber gobernarse para gobernar. Y para eso se prepara, para gobernar.

***

Sólo Néstor y Máximo Kirchner saben si la construcción de una organización joven, con desarrollo territorial en todo el país y productora de cuadros políticos fue un pedido directo de padre a hijo, una directiva verbalizada o algo tácito, no dicho. El trasvasamiento generacional, pieza angular del discurso del expresidente, hoy tiene un nombre, La Cámpora, y un líder, Máximo Kirchner.

Durante años, el expresidente esperó ver pruebas de lo que su hijo gestionaba desde Río Gallegos. Néstor sabía que un grupo que se reunía en la casa de Santa Cruz, a metros de la Rosada: recogía quejas de intendentes y algunos gobernadores sobre esos pibes y pibas que empezaban a construir militancia en un terreno que consideraban propio, pero su esfuerzo y dedicación estaban puestos en otro lado. Cada tanto se permitía una chicana a su primogénito. 

— ¿Y? ¿Cuántos son esos que decís que tenés? 

En un viaje a España, en 2010, la misma chicana se la deslizó a Wado de Pedro, parte de la comitiva oficial. El entonces vicepresidente de Aerolíneas Argentinas no se lo aguantó. De vuelta en Buenos Aires, cruzó los pocos metros que separan la torre Bouchard, donde tiene sus oficinas Aerolíneas, del Luna Park. Lo reservó para el 14 de septiembre y organizó el acto “Néstor le habla a la juventud”, con un Néstor a medias: tenía el alta médica hacía algunas horas, después de una angioplastia de urgencia. La oradora fue, entonces, Cristina. Tras bambalinas hubo una fuerte pelea del matrimonio Kirchner porque Néstor, pese a su convalecencia, quería hablar. Enojado, decía que su esposa quería adueñarse de un acto que era para él. Las imágenes muestran a un Kirchner emocionado de una forma hasta entonces desconocida. En el escenario estaban Wado, José Ottavis y Juan Cabandié. Máximo no subió, se quedó a un lado. Una testigo ocular de ese backstage no duda: “Ese día Máximo le dijo a Néstor: ‘¿querías ver lo que armé? Acá lo tenés’”. Un mes y medio después, Néstor Kirchner murió en Santa Cruz.

Esa amenaza que la dirigencia política veía en La Cámpora se gestó con un grupo de pioneros y pioneras que viajaban por el país a reunirse con organizaciones juveniles. “No íbamos a hablar con la política, no íbamos a convertirnos en la pata joven del gobernador o el intendente de turno”, recuerda Mayra Mendoza, parte de esa vanguardia. “Nos juntábamos con lo que llamábamos las ‘juventudes silvestres’”, agrega. Iban, establecían vínculos y volvían a Río Gallegos a transmitirle el parte a su jefe. Máximo nunca participó de esos viajes, se mantuvo al margen y muy pocas veces marcaba presencia, con su voz, en los plenarios. Lo tiene claro: de cuna privilegiada para los parámetros de la política, hijo de un presidente y una presidenta, si hubiese puesto el cuerpo en esa construcción no se llamaría La Cámpora, sino “La Máximo”. Mendoza lo explica así: “Wado, el Cuervo (Andrés Larroque), yo, todos existimos por los años que Máximo pensó la organización, pero desde Santa Cruz”.

Máximo puso en valor esa tarea en septiembre de 2014, cuando La Cámpora reunió a su militancia en Argentinos Juniors para escuchar por primera vez un discurso de su líder, pálido y muy nervioso por el debut. Hasta la noche anterior, en una cena en Olivos, Kirchner hijo no había mostrado voluntad de usar el micrófono. Durante el almuerzo en la casa de Juan Cabandié, tampoco. Finalmente lo hizo. La primera frase fue “me gustaría no estar acá hablando”. Ese día talló otra definición que marcó a La Cámpora: “Mis compañeros son mejores que yo”. Reconocía así los privilegios de pertenecer a la familia Kirchner. Pero, a la vez, les mostraba a sus compañeros y compañeras que sabía todo lo que habían tenido que atravesar.

La Cámpora es una agrupación edificada sobre diseños clásicos: estructura verticalista, organicidad soviética para el control de la comunicación y construcción de relaciones y captación de militancia de base con formación en lo que llaman “encuadramiento”. Cada tuerca y tornillo en esa estructura tiene una razón y una función. Todo lo que pasa por las manos de Máximo tiene una forma, una razón, un por qué. “Para todo, para absolutamente todo, tenemos un método”, explica un camporista. El método siempre lo define el líder.

El desarrollo de La Cámpora no fue en armonía con el poder político establecido. Un peronismo confortablemente restituido, pero envejecido y con algo de modorra empezó a registrar lo que se le venía: los intendentes de todo el país vieron cómo un grupo de jóvenes controlados en forma remota desde Río Gallegos gestaban sus propios comandos y se preparaban para la batalla territorial. Ninguno había tocado el timbre para avisar, mucho menos para pedir permiso. Esta tendencia fue más potente en la provincia de Buenos Aires, el reino que, entendió el kirchnerismo, había que conquistar para dominar al resto del peronismo. La Cámpora fue para los intendentes ese vecino que, sin consentimiento, levantar una columna, después una pared y, antes de reaccionar, ya bloqueó la entrada de luz en la ventana. 

El ingreso de Máximo y La Cámpora en territorio bonaerense no fue con alfombra roja, sino como el de un elefante con patines en una cristalería. Sin Néstor Kirchner para contener quejas, la disputa se hizo cuerpo a cuerpo en el conurbano. Esa guerra tuvo un punto de inflexión en febrero de 2017, en un Congreso del PJ bonaerense en San Vicente, al que Máximo asistió y en el que la mayoría no lo esperaba. Empezó una etapa mixta de disputa y acuerdos, según las posibilidades en cada distrito. Hoy Kirchner es presidente de un PJ que para afuera lo realza, pero para adentro lo sigue mirando con desconfianza. Uno de esos dirigentes lo resume en una frase: “Está todo bien con él, pero no conozco ningún intendente que tenga en su despacho un cuadro con la cara de Máximo Kirchner”.

Máximo suele usar una escena de la película El campo de los sueños para romantizar a La Cámpora, pero también para explicar su mecánica de reclutamiento. La escena: Kevin Costner camina en medio de la noche por su plantación de maíz y una voz lo incita a construir un campo de béisbol en su granja con una frase magnética: “Constrúyelo y ellos vendrán”.

***

A Máximo no lo vieron venir. 

La frase se repite entre quienes militan con el hijo de Néstor y Cristina desde el principio. “Cuando creían que Máximo estaba jugando a la Play Station, estaba construyendo una organización que iba a disputar poder en todo el país”, dice una dirigente camporista, y amplía su lectura a otro espectro: “Es lo mismo que lo que pasó con las mujeres. Dijeron que era novio de Luana (Volnovich), de Fernanda (Raverta) y hasta de Mayra (Mendoza). Mientras algunos pensaban que estaba buscando novia, lo que estaba haciendo era transformar mujeres militantes en cuadros políticos”.

Tal vez el ámbito empresarial sea donde mejor se representa la sorpresa con Máximo. Tuvieron que pasar años y algunas reuniones secretas con él para que algunos empresarios pesados se dieran cuenta que la representación del hijo del matrimonio Kirchner que habían comprado era un espejismo. Una figura de eso que se conoce como círculo rojo reconoce que Máximo pasó de ser “el boludito que nos mostraba Clarín a alguien con quien había que entablar una relación, sí o sí”. 

Al conocerlo, al tratarlo y al darse cuenta de que las ambiciones del heredero no terminan en algunas bancas legislativas para sus militantes y “fierros” para que su militancia territorial fastidie intendentes, el empresariado entendió algo que lo hizo cambiar de postura: el kirchnerismo al que tanto le temen ya no vive solo en Cristina. Si Cristina es la referencia, Máximo Kirchner es algo todavía más peligroso para sus intereses y sus negocios: el brazo ejecutor y el jefe de una generación entrenada para llegar al poder.



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