El evismo: lo nacional-popular en acción (Evo Morales)

por Álvaro García Linera

CLACSO – Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales – 2006

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A partir del triunfo electoral del MAS el 18 de diciembre de 2005, la izquierda latinoamericana se ha potenciado con la presencia de un nuevo actor que emerge desde el corazón de Sudamérica: el evismo.
A dos meses de gestión, resulta tentador ensayar una exposición de las matrices del movimiento de renovación de la política que encabeza Evo Morales en su doble rol de presidente y de líder de lo que en un primer momento hemos llamado la “nueva izquierda indígena”.
El evismo es fundamentalmente una estrategia de poder que ha transitado, principalmente, por tres etapas: la resistencia local, en sus inicios, entre 1987 y 1995; la expansión en la búsqueda de alianzas, entre 1995 y 2001; la etapa de consolidación en el poder y de iniciativa ofensiva por llegar al poder, en el período 2001-2006.
Pero aunque en su núcleo fuerte parta de una persona, el evismo es un hecho colectivo revelado como una práctica política que para avanzar en estas tres etapas que señalamos fue incorporando una serie de componentes.
El primer componente central del evismo es una estrategia de lucha por el poder fundada en los movimientos sociales. Esto marca una ruptura con las estrategias previas observables en nuestra historia política y en buena parte de la historia política continental y mundial. Anteriormente, las estrategias de los subalternos estaban construidas a la manera de una vanguardia política cohesionada que lograba construir movimientos que eran su base social. Ese fue el caso de muchos países de Centroamérica, de Chile y, en parte, de Brasil. En otros casos se trató de una vanguardia política democrática legal o armada que lograba arrastrar a, o empalmarse con, movimientos sociales que la catapultaban, como ocurrió en distintos momentos en Perú o Colombia. El evismo modifica este debate al plantearse la posibilidad de que el acceso a niveles de decisión del Estado lo puedan hacer los propios movimientos sociales.


El evismo ya no hace una lectura de la representación de lo político a través de la delegación de poderes. Es una proyección que busca de manera casi absoluta la auto-representación de los propios movimientos sociales. Hablamos del evismo como una praxis porque este horizonte en el que los sindicatos campesinos optan por la auto-representación, rompiendo todos sus vínculos con los viejos partidos, no nace de una propuesta teórica definida, sino que se va implementando en la práctica, desde mediados de la década del noventa, con la fundación del Instrumento Por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) en 1995, sigla con la cual Evo Morales y el movimiento campesino entran a la vida política, ya con perspectivas emancipadoras.

La Lucha por la auto-representación


A partir de la fundación del IPSP, los sindicatos campesinos empiezan a pugnar por llegar a controlar las estructuras estatales gubernamentales. De la negociación desde la resistencia, los movimientos sociales pasan a ocupar alcaldías e incrementan su trabajo por tener presencia en el parlamento. Como movimientos sociales son ellos quienes luchan por acceder al gobierno. A partir de la fundación del IPSP, los movimientos sociales (especialmente los campesinos) nunca más van a entregar la responsabilidad de lo político a un representante o a una vanguardia.
El evismo es pues una forma de auto-representación político-estatal de la sociedad plebeya. De aquí se puede derivar una veta importantísima para el debate neomarxista: estamos hablando de los movimientos sociales ya no como base, sino como actores directos que avanzan de la resistencia hacia la expansión y el control de puestos en el Estado.

Un segundo componente central del evismo –que lo caracteriza notoriamente– es que el núcleo articulador de esa estrategia es el discurso de la identidad y la presencia indígena. Para ser estrictos, la identidad es algo construido: no es una condición natural ni perpetua. Y el evismo es una forma de reconstrucción contemporánea de la identidad. Ello se puede ver claramente en el movimiento cocalero, que pasa del discurso plenamente campesinista de la década del ochenta a otro claramente indígena en la década del noventa. Y ese proceso se extendió en todos los sindicatos campesinos en diversos momentos. Por ejemplo, Omasuyos pasó de un discurso campesinista a un discurso indianista en las décadas del setenta y el ochenta.
Lo interesante es que la reconstrucción de la identidad indianista en la que participa el MAS coincide con un develamiento general que también se da en la sociedad boliviana en estos últimos veinte años. Y este proceso lo promueve el MAS aprovechando notablemente las luchas que le antecedieron: el katarismo de las décadas del setenta y el ochenta, el indianismo radical de Felipe Quispe en la década del noventa, e incluso el katarismo moderado de Víctor Hugo Cárdenas. La identidad indianista que Evo Morales y los sindicatos cocaleros logran reconstruir es flexible. Heredan la producción discursiva de los sindicatos indígenas y de los ayllus del altiplano, y la matizan con el indianismo más negociador de las comunidades indígenas de tierras bajas. Más concretamente, el indianismo radical aymara termina proponiéndose como excluyente respecto de cualquier otra forma de entender la indianitud, y su horizonte es centralmente político. El indianismo que propone Evo Morales, en cambio, es ante todo cultural, y por ello puede convocar a sectores más amplios de la nación para incluirlos en un proyecto renovador.
Pero lo central en la estrategia evista es que, partiendo de ese su indianismo flexible, núcleo unificador de su lectura política, puede abrirse a los mestizos, a los blancos o a quien fuera, pero bajo la premisa de organizar un nuevo proyecto que tenga como base otra vez a la nación, aunque ya de un modo distinto respecto de la idea de nación que proponía el nacionalismo revolucionario de 1952. El núcleo unificador de lo social y promovedor de la idea de nación es el indio.
El evismo se diferencia del nacionalismo revolucionario porque ahí el núcleo unificador y promovedor de la idea de la nación eran las clases medias letradas, y aquí la idea de la nación recae en los indios que vienen de los sindicatos agrarios y campesinos.
En términos didácticos, podríamos decir que la revolución del ‘52 despierta el inicio a la ciudadanía, pero trata de diluirlo en un mestizaje marcado por la hegemonía de la blanquitud de las elites oligarcas, y no le da más posibilidades de desarrollo político. En esta nueva etapa, cincuenta años después, el indio es ya un sujeto político autónomo que propone un nuevo modelo de nacionalismo expansivo, una nación multicultural que resalta la “unidad en la diversidad”, como lo ha repetido tantas veces Evo Morales en sus campañas electorales.
En la práctica, las bases económicas de este nuevo proyecto parten de la recuperación de los recursos naturales, la nacionalización, y la atención especial que pone el programa del MAS en la pequeña producción, los microempresarios, los artesanos, las comunidades, los campesinos. La base material del evismo es la priorización de la pequeña producción, individual, familiar, comunitaria. Es la pequeña producción la que se ha rebelado durante este tiempo: los cooperativistas, los cocaleros, los microempresarios, las fejuves. Es claro que el MAS expresa esta rebelión pero de un modo inclusivo, incorporando la gran producción extranjera, tratando de dialogar con el mundo globalizado, pero girando todo en torno a un núcleo indígena en términos políticos y a la pequeña producción familiar y comunal en términos económicos. El evismo es también la visibilización de más de un modo de producción y de múltiples modernidades: esa es una de sus virtudes. Esto implica que tenga también como característica importante una multitemporalidad. Por eso puede entusiasmar a las clases medias urbanas, cosa que le fue negada al indianismo de Felipe Quispe, por ejemplo.


Composición Ideológica del Evismo
Hemos dicho que el MAS representa el despertar de los sujetos subalternos hacia un nuevo nacionalismo revolucionario, pero eso no quiere decir que el movimiento de Evo Morales pretenda resucitar la vieja ideología del nacionalismo revolucionario. El evismo transita más bien la vertiente de lo nacional popular, cuyo filo es todavía más revolucionario, y cuyas raíces en Bolivia pueden rastrearse en el despertar de las masas promovido por Belzu en el siglo XIX, incorporando fácilmente otras experiencias emancipatorias

como el zapatismo –“mandaré obedeciendo”, prometió Evo en su discurso de asunción– o las luchas de líderes influidos por las ideas marxistas como el Che Guevara o Marcelo Quiroga Santa Cruz.
Evo también dialoga con la antigua izquierda en la dimensión nacional-popular. Se hace cargo de los múltiples marxismos que todavía existen en el espacio político nacional, pero los subordina completamente al proyecto indianista.
El componente antiimperialista del discurso de Evo Morales y del MAS deviene de la praxis de la resistencia que tuvieron los sindicatos cocaleros desde fines de la década del ochenta y durante la década del noventa. El Chapare fue el epicentro de una gran lucha en torno al cultivo de la coca. Eso potenció un discurso radicalmente antiimperialista, pues los distintos gobiernos neoliberales actuaban contra los cocaleros presionados –y apoyados militarmente– por EE.UU.
Otra vertiente importante que debemos destacar en este punto es el sindicalismo, lo cual nos retrotrae nuevamente a la fundación del IPSP, momento en que el sindicalismo cobista recibe quizás el primer revés histórico: los campesinos, cansados del sindicalismo clientelar y pactista que representaba la COB, organizan una nueva coordinadora de sindicatos –eso ha sido y es el IPSP– con fines emancipatorios. El IPSP, y luego el MAS, asimilan la disciplina sindical y un sinnúmero de simbolismos de la vieja COB, pero para emplearlos en un proyecto de auto-representación política. No es que aquí consideremos que el sindicalismo sea una ideología, sino que el MAS la recupera como disciplina de organización y movilización efectiva en su lucha por asumir el control de los espacios estatales.
Lo interesante de esto es ver cómo a partir de los jirones del indianismo, lo nacional-popular, el sindicalismo y el marxismo, Evo Morales ha podido convertir al MAS en una maquinaria de poder que en esos años llegó a controlar el Estado para, desde ahí, atreverse a emprender la construcción de un modelo postneoliberal, quizás el único serio en Latinoamérica.
Eso hace del evismo un proyecto de potencial irradiación continental y mundial. La experiencia que hoy vivimos en Bolivia replantea todo el debate en torno a la lucha por el poder que hasta hoy estuvo en manos del marxismo y el neomarxismo. La disyuntiva irresoluble –si formamos partido de cuadros o partido de masas, si el poder se toma o se construye desde abajo– es planteada por el evismo de forma teórica en sus estrategias de lucha, pero a la vez va siendo resuelta. En sentido estricto, este es el único ejemplo en todo el mundo en que los movimientos sociales han llegado a tomar el Estado.
El debate socialista de principios de siglo XX fue: ¿creamos sindicatos, o partidos? Al final, se crearon sindicatos que fueron negociados por los partidos. De manera parecida, los autonomistas –con Toni Negri a la cabeza– siguen hoy debatiendo desde la resistencia sobre si el poder se construye o se toma, cuando ese debate esta siendo enfrentado de forma práctica por el gobierno de Evo Morales. El evismo es una propuesta que tiene muchas cosas que decir a nivel mundial –dialoga con el zapatismo a su manera, dialoga con el autonomismo, dialoga con todos los movimientos mundiales y planetarios– y va más allá de ellos, porque lo hace desde el punto de vista de quien ha llegado a las estructuras de poder y está tratando de dominarlas.

¿El Evismo es la Revolución?

Los movimientos sociales radicales, que cuentan con una representación política mínima o nula, quieren entender al MAS como un movimiento plenamente reformista y no revolucionario. Pero hay que considerar por lo menos dos formas de revolución: la social, que combina estructuras y modos de producción, y la política, que abre espacios de representación. Ambas tienen efectos económicos concretos. En el caso del evismo, estaríamos ante una revolución política que tiene su impacto en el ámbito económico, pero no de manera estrictamente radical. El propio Evo Morales ha conceptualizado al proceso que encabeza como una revolución democrática cultural o revolución democrática descolonizadora, que modifica las estructuras de poder, modifica la composición de las elites del poder y los derechos, y con eso las instituciones del Estado, y eso tiene un efecto en la propia estructura económica, porque toda ampliación de derechos significa la redistribución de la riqueza.

El Futuro del Evismo

Comenzamos este artículo mencionando que el evismo es una estrategia de poder en plena construcción. Valdría la pena precisar también que propuestas como estas han estado presentes en diferentes momentos de la vida política de la nación. El movimiento indígena se ha abierto varias veces al “diálogo” con los otros sectores y cuerpos sociales que constituían una posible nación: Katari y la propuesta de ayllu de blancos, Zárate Willka al luchar contra los conservadores junto a los federales… Pero estas estrategias de apertura de diálogo duran poco tiempo, esa es la estrategia de la historia, porque viene la traición de los mestizos, la traición de las clases medias, que rompen esas estrategias de diálogo y obligan a una confrontación brutal a muerte entre indios y blancos.
En el fondo, el evismo –no precisamente Evo– es el tercer gran intento histórico de los pueblos indígenas por establecer una lucha por el poder que lo redistribuya, compartiendo el acceso al mismo con los sectores no indígenas.
Su duración habrá de depender en gran medida de las clases medias. En la época de Katari, hay un período de dos meses de diálogo y luego rompen los mestizos, se pasan al bando de los españoles y entonces ahí se declara la guerra a muerte. Lo mismo sucedió con Wilka, que después de servir a los fines de las oligarquías paceñas es traicionado y asesinado.

Y aunque este evismo se construye hoy con otras virtualidades y en un escenario en el que las elites blancas –a excepción del Oriente– han aceptado anticipadamente su derrota, habría que trabajar arduamente para evitar que asistamos a una repetición trágica de la historia.

Nota

Este artículo fue publicado por primera vez en El Juguete Rabioso
2006 (La Paz: EJR) Año V, Nº 150, abril. Agradecemos especialmente al autor por permitirnos su reproducción, así como a Lourdes Montero por habernos facilitado su inclusión en el presente número del OSAL

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