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El Pensamiento Nacional : Jubilaciones y Pensiones

La Historia previsional Argentina comienza en 1877, con la creación de un sistema de jubilaciones para los jueces federales de acuerdo a la ley 870. Sin embargo, no se encuentra disponible ningún archivo que indique el uso este beneficio. Más tarde, en 1884, con la ley 1420 De Educación Común, se establece una jubilación para maestros preceptores. Los recursos para ambos regímenes eran provistos por el Estado. Es en 1904 cuando se promulga la ley 4349 que creaba la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones Civiles, donde se reconocía el beneficio a los funcionarios, empleados y agentes civiles del Estado; a los del Consejo Nacional de Educación y de los Bancos Nación e Hipotecario; a los magistrados judiciales, ministros del Poder Ejecutivo, a quienes ocupaban cargos electivos; y al personal de los Ferrocarriles de la Nación, que se crea el primer sistema contributivo argentino. Es decir que cada uno de los trabajadores contribuía con una parte de su sueldo a solventar el sistema de jubilación.
JubilacionesYPensiones

Dijo el General J.D. Perón, lo siguiente al respecto:

“…en 1943, cuando comenzamos a trabajar en todos los aspectos de la previsión social, el país carecía totalmente de ella. Hace treinta años, por primera vez en la República, se habló de previsión social. Esto sucedía, por primera vez, en un país donde había un Ministerio de Agricultura para cuidar a los animales y a los vegetales y no había uno de Salud Pública para cuidar a los hombres. Eso hacía cierto aquello de que teníamos toros gordos y peones flacos.Ya entonces había muchos que eran partidarios del seguro; pero el seguro, precisamente, es la consecuencia de la imprevisión social. La previsión social hace inútil el seguro, ya que ella es un seguro colectivo, que el país tiene la necesidad y la obligación de dar a la comunidad para satisfacer los riesgos que ningún seguro va a cubrir en forma completa.

Recuerdo que en aquella época los obreros, especialmente en la campaña, atravesaban una situación verdaderamente dolorosa. El salario mensual era, término medio, de treinta pesos por mes, y había una gran cantidad de peones del campo argentino que ganaban diez pesos por mes. O sea, peor que en la época de la esclavitud, porque por lo menos en esos tiempos el amo tenía la obligación de mantener y cuidar al esclavo cuando envejecía. En cambio, a los peones del campo, cuando se ponían viejos, los largaban como caballos, para que se murieran en el campo.

No exagero nada si digo que era tal la incuria en este aspecto, que no había sino dos o tres cajas que se sostenían mediante el esfuerzo de sus propios componentes: las de la Policía y de algunos sectores estatales. Los demás quedaban librados a la suerte o a la desgracia de su propio futuro. Nosotros comenzamos a estudiar estos problemas cuando todos nuestros viejos estaban abandonados. Fuimos, poco a poco, organizando las distintas cajas, que se fueron escalonando desde las de los industriales y los comerciantes, que también necesitan cajas, porque no todos ellos se hacen ricos, algunos se funden, y quedan más pobres que nadie. Se trataba de que existiera una cobertura de los riesgos de la vejez, de la invalidez y de las enfermedades, tanto para unos como para otros. Es decir que en la comunidad nadie debiera quedar abandonado a su propia suerte y que un sentido de solidaridad social permitiera que todos los hombres que trabajaban para la grandeza del país pudieran, en un momento de infortunio, hallarse a cubierto de la miseria, para poder seguir viviendo dentro de un margen de felicidad y tranquilidad, que es consustancial a la vida humana.

La tarea no fue fácil. Se trabajó durante diez años duramente para organizar todo esto. No quisimos hacer un sistema previsional estatal, porque yo sabía -lo he visto ya en muchas partes- que estos servicios no suelen ser ni eficaces ni seguros. Preferimos institutos administrados y manejados por las propias fuerzas que habrían de utilizarlos, dejando al Estado libre de una obligación que siempre cumple mal. Esta es la experiencia que tengo en este sentido, porque estos sistemas los he visto en varias partes. De manera que organizamos cajas que se manejaban, se dirigían, se financiaban y se mantenían por sí mismas. Llegamos a crear el Instituto de Reaseguros para esas cajas, a fin de que mediante un fondo común se auxiliaran mutuamente. Jamás tuvimos el menor inconveniente. Las cajas se capitalizaron de una manera extraordinaria, y ningún jubilado tuvo jamás que quejarse porque le liquidaron mal, tarde o nunca, como suele suceder. Algunos riesgos que no se cubrían con la previsión social se cubrieron con la ayuda social, cuestión de la que se encargó la Fundación Eva Perón. Se concedieron todas las pensiones a la vejez, y muchas a la invalidez, para aquellos que, de acuerdo con la ley, no pudieran cumplir con los requisitos exigidos. Pero había que pensar que, cumpliéndose los requisitos o no, los pobres tenían necesidades que cubrir.

Fue así posible llegar a un sistema previsional perfecto, del que nada escapó. Desaparecieron los niños y viejos que pedían limosna; las sociedades se fortalecieron y la asistencia social se montó sobre una buena cantidad de policlínicas, fueran sindicales, de la Fundación o del Estado, que proporcionaron la asistencia social indispensable a todos esos sectores. ¿Qué pasó después? En 1956, el Estado, acuciado quizá por las necesidades, echó mano de los capitales acumulados por las cajas. Es decir, se apropió de ellos. Para mí, eso es simplemente un robo, porque el dinero no era del Estado, sino de la gente que había formado esas organizaciones. Claro que las descapitalizaron. He visto un decreto secreto en virtud del cual se les sacaron sesenta y cinco mil millones de pesos para auxiliar a quienes no tenían nada que ver con las cajas de jubilaciones y pensiones que habíamos creado. Es decir, se las asaltó; porque fue un asalto. Y naturalmente que, después de ese asalto, los pobres jubilados comenzaron a sufrir las consecuencias de una inflación que no podía paliar ningún salario ni ninguna jubilación.

Cuando nosotros dejamos el Gobierno, en 1955, el dólar en el mercado libre estaba a catorce con cincuenta; luego estos pobres debieron cobrar a razón de un dólar a mil cuatrocientos pesos. Entonces era lógico que, cualquiera hubiera sido el arreglo que hicieron esto no tenía arreglo. Las sirvió mal, tarde y, en fin, con déficit en perjuicio de los pobres jubilados….”

Silvio Bageneta

Mar de Ajó, 24 de Octubre de 2018

 

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