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Carta de Rodolfo Walsh A mis amigos, narrando la muerte de Vicki, su hija

“Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros el despellejamiento en vida, la mutilación de los miembros, la tortura sin límites en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral y la delación. VickiWalsh

Sabía perfectamente en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro – la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo – con la que tantos otros habían obtenido una victoria sobre la barbarie.

El 28 de septiembre cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.

A las 7 del 29 la despertaron los altavoces de Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el Secretario Político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos la terraza sobre las casas bajas el cielo amaneciendo,, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque.

Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: ‘El combate duro mas de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban de arriba. Nos llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía’.

He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella qunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza contenido por el fuego. “De pronto”, dice el soldado, “hubo un silencio. La muchacha dejo la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta per muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase; en realidad no me deja dormir: Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron frente a todos nosotros”.

(Extraída del  libro: El Perro, de Hernán López Echagüe)

 

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