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Una negra y un indio dakota

Al norte del continente, el líder indígena Leonard Peltier, preso político en cárceles de los Estados Unidos, exigió su libertad en una carta pública señalando que día con día los pueblos indígenas vivían “con recordatorios” del exterminio, en los continuos intentos de apropiarse de su cultura y de su tierra, a la que además envenenaban. leonardpeltiermilagrosala

Al sur del continente, una líder social, Milagro Sala, cuya organización barrial adoptó la denominación indígena de Tupac Amaru (el nombre que tomaría en su lucha emancipadora el inca José Gabriel Condorcanqui), señaló hace unos días ante el tribunal que la juzga: “No tengo vergüenza de decirlo, estoy orgullosa de ser negra, coya”.

Aún a la distancia, ambas personas detenidas resumen la voracidad del nuevo conquistador; un fundamentalismo de mercado que no duda en estigmatizar al distinto para moldear un individuo seriado, alentado apenas por el consumismo y políticamente indiferente. La satanización, sea la caza de brujas de hace siglos ejercida boca a boca, o la actual que amplifica agravios a través de los medios hegemónicos de comunicación, no deja de ser una maniobra medieval producto de una ideología retrógrada.

Peltier, líder del Movimiento Indio Americano, condenado por asesinato a dos cadenas perpetuas en un juicio fraudulento, no ha cejado en los cuarenta años que lleva preso de declarar su inocencia, denunciar los atropellos policiales, y la mortandad          infantil y el desempleo en las reservaciones de Dakota del Sur.

El ensañamiento sobre este dirigente político, pintor y poeta, detenido desde 1976, ha sido denunciado por décadas en manifiestos firmados por millones de ciudadanos de diversas latitudes; también personalidades mundiales como el Dalai Lama y Nelson Mandela intercedieron por su libertad; incluso el cineasta norteamericano Robert Redford tras visitar al prisionero, produjo el documental Incidente en Oglala, film que revela las irregularidades del proceso.

Milagro Sala, quien acaba de enrostrarle a los magistrados que “la justicia de Jujuy no es independiente”: “vienen apretando para que esta coya negra y mal hablada esté en la cárcel”, se ha ido convirtiendo también en un símbolo frente al recorte de libertades, que recibe día con día la solidaridad de distintos sectores sociales, que piden sean respetados sus derechos.

La diputada del Parlasur no ha titubeado en desglosar los motivos que motivaron su detención y persecución contra otros miembros de la Tupac Amaru: “es que los negros decidimos organizarnos y que inculcamos a los compañeros que tenían que estudiar y prepararse y que no teníamos que bajar la cabeza por nada del mundo”.

Sin dejar de lado las diferencias entre los personajes citados, ni la dimensión de sus particularidades, ni sus marcas identitarias, ambos hablan desde el lugar al que los relegó una “democracia” que se llena la boca hablando de “primer mundo” (categoría abstracta y discutible, si las hay), pero que en detrimento del diálogo reactualiza desde la cúpula del poder central a los gobiernos subalternos, la política del Big Stick.

El gran Garrote es un cíclope que donde no ve sumisión, patio trasero, reverencia, asimilación, ve únicamente enemigos. De ahí a la difamación hay un paso. Su ojo ciego empobrece la vida, incluso la de los diccionarios, ya que puede meter en la misma bolsa de una palabra como “peligroso” un sinfín de términos más: salvaje, terrorista, negro, marginado, indio, indeseable, etc.

Otras veces sus discursos dejan daños colaterales en el sentido común, esos eufemismos y fe de erratas que suelen deslizar con la máscara del acto fallido algunos funcionarios de Cambiemos. Para ejemplo, esta perla del ministro de Educación Esteban Bullrich, durante un ejercicio de oratoria en la Universidad Nacional de Río Negro: “Esta es la nueva Campaña del Desierto, pero no con la espada, sino con educación”.

Pero la nueva Campaña tiene mañas viejas, al acuñar sus propias leyes haciendo oídos sordos a los argumentos de la defensa de Milagro Sala, y al pedido de excarcelación de parte de la ONU, la OEA y, entre otros organismos, la Comisión Internacional de Derechos Humanos.

Las palabras de la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú sobre Leonard Peltier: “su delito es ser líder de su pueblo”, valen para muchos dirigentes que no han bajado las banderas frente a estos castigos ejemplificadores que tiñen la historia de América, se llamen Ramona (la comandanta Tzotzil) o la machi Francisca Liconao (dirigente mapuche), sea un jefe anónimo del pueblo toba o un dirigente conocido como el presidente aimara Evo Morales.

También el delito de Milagro es un liderazgo que el mismo gobierno jujeño se ha encargado de poner en primer plano, endilgándole un tendal delirante de culpas y afirmando –lo hizo el funcionario radical, Miguel Ángel Giubergia, del círculo del gobernador Geraldo Morales– que las agresiones contra el gobernador “tienen la matriz de Milagros Sala”.

A la ideología opresora le responde desde la otra punta del continente Peltier con uno de sus poemas, “La voz india”: “soy un preso del odio, el egoísmo y la mentira”. La mordaza no ha podido acallar una conciencia. El escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, escribió hace años que el silencio de los indios estaba hecho de canciones “que no les dejamos cantar”.

Para “cantar” un pueblo necesita libertad plena y no cacareos de felicidad con música de los CEO, ni atisbos de territorios militarizados con la excusa dela inseguridad y el narcotráfico.

Gran parte de las sociedades de América bregan por un fin de año sin detenidos políticos; esos que se llaman Leonard Peltier –hoy gravemente enfermo y cuya vida pende de un hilo: que el presidente Obama le otorgue la libertad antes de dejar el gobierno el 20 de enero– o se llaman Milagro Sala, esa negra coya que se atrevió a levantar la cabeza.

Por Jorge Boccanera* – Pagina 12 – 27 Dic 2016 (* Poeta y periodista. Premio Casa de las Américas.)

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