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La travesía de La Sanmartiniana

El primer velero escuela popular del mundo pasó por Berisso rumbo al Mar Argentino. Hará escala en cada uno de los puertos del litoral atlántico. Su tripulación la integran navegantes veteranos y jóvenes militantes políticos y sociales. Sus objetivos: hacer acto de presencia pacífica en cada rincón de nuestras aguas, difundir la problemática marítima, concientizar a los jóvenes acerca de esta parte fundamental del territorio argentino y sus particularidades, promover los valores del trabajo colectivo.

Por Juan Bautista Duizeide, especial para La Pulseada

Juventud, mascarón:
por los mares imposibles, puede m
ás tu corazón.
“Juventud”, Joseph Conrad – Antonia García Castro – Juan Tata Cedrón

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La marea está baja, muy baja, por el Canal del Saladero, en Berisso. El barco blanco, robusto pero ágil, nunca visto antes por esas riberas, parece clavado al barro. Sus tripulantes van y vienen de una banda a la otra, se cuelgan, se estiran como en un número circense para ver si con el vaivén logran hacerlo zafar del fondo. Una y otra vez. Una y otra vez. Al fin, tanta agitación tiene su premio: flotan los casi veinte metros del barco blanco. Alguien arranca el motor, otros sueltan amarras, se zarpa.

Ya por Río Santiago, el barco suscita la atención de los isleños hace poco amanecidos, de los trabajadores de la draga que todavía matean, del par de pescadores que escépticos o resignados se embarcaron en día martes. No se ven muchos barcos de  esa estampa en la zona: casco de acero hecho para afrontar cualquier tormenta, dos palos aparejados como queche (el mayor a proa). Su historia no desmerece lo que su aspecto promete: diseñado por Germán Frers hijo para el Club Náutico San Isidro, ha llegado alguna vez a Ushuaia, incluso ha cruzado el Atlántico con rumbo a España y de allí lo ha cruzado de nuevo hasta el norte del continente  y vuelta a casa. lasanmartiniana

Cuando pasan navegando frente al destacamento Monte Santiago de la Prefectura, uno de los tripulantes se acerca a la radio V. H. F. y acciona el canal 16:

-Aquí velero La Sanmartiniana llama… Informo zarpada con rumbo a Mar del Plata…

Ese destino, más allá de una regata que convoca anualmente a la elite de la navegación a vela, no es usual. Los navegantes deportivos argentinos, cuando se alejan del Río de la Plata, suelen preferir, a las asperezas del Atlántico Sur, las playas de Uruguay o de Brasil. Pero La Sanmartiniana no anda de vacaciones ni salió a correr contra nadie: lleva un mensaje de soberanía, de paz, de respeto al medio ambiente. No pertenece más a un club de abolengo, sino a la Fundación Interactiva para Promover la Cultura del Agua. Además de la bandera argentina en su pico de popa, La Sanmartiniana va engalanada con la bandera de los pueblos originarios y con banderas más pequeñas de distintas organizaciones representadas a bordo al menos por un tripulante. Viene de recorrer el río Paraná desde Buenos Aires hasta Posadas ida y vuelta. En ese trayecto, se dieron charlas, se invitó a que conociera el barco quien quisiera acercarse a él, se invitó a hacer algunas navegaciones breves a centenares de chicos que nunca habían pisado un barco pese a vivir junto al río.

El mentor de esta idea es un retirado de la Armada. Pero no cualquiera: es el teniente de fragata de Infantería de Marina Julio Urien, reincorporado durante la presidencia de Néstor Kirchner. Su historia personal es parte de nuestra historia reciente. Cuando tenía sólo 22 años, sublevó nada menos que a la Escuela de Mecánica de la Armada para apoyar el regreso de Perón al país, amenazado por los sectores más recalcitrantes de la oligarquía y las Fuerzas Armadas. Luego vendría su encuadramiento en Montoneros, su captura, una sentencia de muerte no cumplida por muy poco, pero siempre pendiente como una guillotina durante los años de prisión en los sectores más temibles de la Unidad 9 de La Plata. Lejos de medrar con la leyenda, Urien prefiere que los demás cuenten sus historias y expliquen sus puntos de vista políticos. Se ocupará durante la travesía tanto de eso como de que todos timoneen, vayan aprendiendo con las velas, coman, descansen. Su historia -contada en el libro La voluntad de Martín Caparrós y en el documental Cazadores de utopías de Coco Blaustein- asomará, apenas, más adelante, en alguna guardia compartida, de noche, mecidos por las olas, impulsados por el viento. No es el único marino del pueblo, como se lo suele llamar. Imposible olvidar al guardiamarina Galli o al teniente Devoto. O a los más de veinte militantes caídos que habían pasado por el Liceo Naval Militar Almirante Brown. Pero quizás sea el más emblemático: compañero de Astiz en la Escuela Naval Militar, Urien eligió parecerse a el libertador Brown o a Luis Piedrabuena, pionero de nuestra soberanía en los mares patagónicos, y no a Massera.

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Completan la tripulación estable el Contramaestre Cacho, un militante fogueado que anduvo por todas partes y como nadie conoce a este barco, portuario retirado de espalda ancha y mano pesada; Pacho, el más joven, experto en comunicaciones; Carlos, videasta y fotógrafo de esta aventura que ya anduvo filmando por el Estrecho Lemaire, la Isla de los Estados, la Antártida; Oscar Vigo, un retirado de la marina mercante que supo  llegar hasta el Estrecho de Ormuz, “apicultor nacional y popular” según su propia definición. Oscar, a la pasada de La Sanmartiniana por su isla, se enamoró del proyecto y aquí está, timoneando con finura de orfebre el barco entre las piedras de los malecones, sin perder el rumbo pese a la marejada y la corriente que se cruzan.

Vienen también a bordo el Case, ex combatiente de Malvinas que fue arquero de la selección argentina de kayak polo y es hoy osado regatista a vela; Pili Sánchez, kayakista, navegante a vela y arreglatodo; el Tío Enrique, profesor de educación física, guardavidas, instructor de vela en el Náutico Berisso; Oscar Fernández, periodista de 83 años que por la década del ´50 bajó el Paraná en una balsa. Y jóvenes sub veinte o menos, militantes que irán rotando en cada puerto para ir conociendo el trabajo en equipo a bordo y la problemática del Mar Argentino. Como Vanessa, una casi geóloga, que ahora mismo rinde tributo a Neptuno a causa de los movimientos bruscos que el oleaje corto y escarpado del Infierno de los Navegantes imprime a la Sanmartiniana…

El canal de acceso al puerto La Plata -cavado a pala a fines del siglo XIX por presos, por inmigrantes, por indígenas- se termina. Ante la Sanmartiniana se abre el río como una promesa de horizontes. Se izan las velas, mayor, genoa, mesana, se apaga el motor, se cae a estribor. Comienza la primera etapa, navegación paralela al canal que lleva desde la boca del Rio de la Plata hacia los distintos puertos, y más arriba, hacia el Paraná. El viento es favorable. La velocidad supera los siete nudos (poco menos de catorce kilómetros por hora). Se arman los equipos de guardia, se consultan las cartas náuticas, los derroteros, las tablas de marea, se cocina, se come, se reconoce la costa: el lado norte de la isla Paulino, Magdalena, Atalaya van pasando hacia atrás como la estela. Aparece el faro Punta Piedras que marca el extremo norte de la Bahía Samborombón. Se vuelve a cambiar el rumbo. Se va perdiendo de vista toda costa. Ahora el mundo se reduce al agua, el cielo y el barco. La tripulación discute de política. Qué hacer con el campo, con los problemas de vivienda, con el petróleo. Qué hacer con los puertos. Urge reestatizarlos, coinciden. Como urge volver a tener una marina mercante propia. Luego, a medida que va anocheciendo, prosperan los relatos. Porque un barco, entre otras cosas, navega a fuerza de relatos.

Ya es de día cuando se vuelve a avistar costa: es Punta Rasa, tan llena de pájaros que parece a punto de emprender vuelo. Y sobre ella el faro San Clemente. Se termina la bahía. Se va entrando al mar. Ya no es marrón con celajes el agua, sino de un azul verdoso que no existe en otra parte que no sea el mar. A toda vela, La Sanmartiniana va atravesando la línea imaginaria que une Punta Rasa con Punta del Este, divisoria del Río de la Plata y el océano Atlántico. La tripulación, excepto quien timonea (cuándo no, es Oscar Vigo) se reúne al pie del palo mayor. Se canta el himno.

Por la banda de estribor, hacia el pasado, va corriendo cada una de las ciudades o pueblos del municipio de la costa. Pinamar luego, Cariló, Gesell. Entre cambios de guardia, mates, cafés y confidencias cae la noche. Una noche como no existe en la tierra: la noche del mar. Sin una sola hebra de luna. Como otro mar, de estrellas. Se avista Faro Querandí. Destellos blancos en lo oscuro. Mañana por la mañana se verá ya Mar del Plata. Pero las aguas siempre guardan un recurso más. El viento, que soplaba del noreste, entre moderado y fuerte, salta al sur, suave. Un viento sur extrañamente cálido. En la oscuridad, contra las velas, contra las caras de quienes cumplen guardia, golpea algo, como si lloviera. Pero no llueve. Son insectos arrastrados por ese viento que da para sospechar. Miles y miles. Quien está a cargo de la guardia manda arriar la vela de proa y aferrar mayor y mesana. Prende el motor. Baja a la cabina a contar lo que sucede. Propone apagar el motor, izar de nuevo las velas, poner proa mar adentro, alejarse del peligro de las rompientes, y ya con luz de día, rumbear hacia Mar del Plata. Pero allá esperan reuniones y actos, por ejemplo la recibida a la fragata Libertad -puesta a nuevo cuando Julio Urien se desempeñó como director de Astilleros Río Santiago-, o celebrar otro aniversario de aquel momento histórico en que el ALCA naufragó en Mar del Plata. Aquella semana inolvidable en la que Hugo Chavez provocó e hizo reír y emocionarse con su frase: “ALCA ALCA… ¡Al carajo!”.

Se sigue entonces navegando a motor. Que termina recalentándose… Algo que podía pasar. Porque además de las emociones del encuentro festivo con otros compañeros, en Mar del Plata espera a La Sanmartiniana una serie de arreglos: revisión completa de su casco, su motor, su eje, su hélice. Pero ahora el viento arrecia. Más y más. Está oscuro afuera y la costa cerca como un cuchillo. Se apaga el motor, vuelven a izarse velas. Momento estelar del Pili Sánchez, que en medio de tremendos bandazos, a eso de las tres de la madrugada, logra cambiar el rotor de la bomba de agua que refrigera al motor. Y lo hace, incluso, ¡dos veces! Porque alguien, y no es cuestión delatarlo en estas líneas, le alcanza en principio una pieza que no es la nueva, sino una usada… Se prueba el motor. No recalienta. Se decide preservarlo para la entrada a puerto.

Por ahora, en medio de la oscuridad, se avanza con lo justo, ceñido al viento, más y más y más cerca de la costa. Cabeceando a través de olas cada vez más grandes. Si no fuera tan de noche cerrada, se notaría el color verde que van tomando varios. Si quien escribe fuera un poeta del Siglo de Oro español, cuyo mundo se vio sacudido por los viajes de ultramar y los relatos de quienes volvían volver de allá donde el mundo terminaba, escribiría que la mar enriquecen a porfia. Pero como es un argentino de este siglo, escribe que lanzan a lo pavote.

Sólo quedan arriba los de guardia. El viento amaina. La costa hace una torsión favorable al rumbo que se pretende llevar. Llueve. Para de llover. Se colorea el este. El mar se vuelve nacar. El Case, que va al timón, dice:

-Aunque fuera solamente por este amanecer, hubiera valido la pena…

Ahora el mar se pone de color esmeralda jaspeado de blanco. Se levantan compañeros que ya no están verdes. Corren el mate, el café, las bromas. Agarra el timón uno que nació y aprendió a caminar y a hablar en esa ciudad que comienza a aparecer debajo del horizonte. Primero como un relumbrón, luego más nítida, al fin ya inconfundible. Apunta de memoria adonde presume que está el puerto. Ya no le hacen falta cartas náuticas, ni marcaciones ni GPS.

Los edificios del Casino y el Hotel Comercial se precisan allá por proa. La charla en cubierta se aviva. Un par de pesqueritos amarillos navegan de vuelta encontrada. El puerto se dibuja. Confirma el ojo y el pulso de timonel. Pacho llama a Prefectura Mar del Plata, anuncia la entrada. Varios lobos marinos se asoman del verde a curiosear lo que hace ese barco blanco, robusto pero ágil. Se arrían las velas. Se enciende el motor. Julio Urien se acerca al timonel y en voz baja le dice:

-¿No me dejarías timonear a mí? No sabés lo importante que es para mí..

Ni falta hace que explique nada.

Ahora va el al timón. La Sanmartiniana pasa entre las escolleras desde donde le sacan fotos. Se cruza a una lancha cargada de turistas y algunos gritan con desdén. Tomando sol sobre un submarino, un lobo inmenso da la bienvenida con bufidos. La gente que esta trabajando en los pesqueros de media altura, para y se asoma de sus cascos rojos para vivar:

-¡Vamos muchachos, fuerza!

Se navega ahora rumbo a la base naval ahora, la base que fue centro de detención durante la dictadura y albergará por unos días a este barco, a sus tripulantes, a la militancia.

Timonea Julio Urien y no le cabe la sonrisa en la cara. Sonrién también los tripulantes. Preparan los cabos de amarra algunos. Sacan fotos otros.

El viaje seguirá.

Más allá en el tiempo y en la geografía, espera el mar nuestro, de todos.

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