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Jauretche: peronismo e izquierdismo

Mientras son claras y precisas las líneas que marcan el enfren­tamiento entre los conservadores y todas las demás fuerzas reac­cionarias que, bajo la enunciación genérica del liberalismo, se adscriben a la división internacional del trabajo y al manteni­miento de la situación colonial del país, no dando otras posibilidades de salida que las que resultan de la profundización de la colonización por la inversión extranjera y el permanente drenaje de las riquezas a través de esa inversión realmente supuesta, son más confusas las líneas que separan al proceso nacional argenti­no, iniciado por el Justicialismo, de la izquierda, aunque gran parte de la izquierda ha rectificado los errores de la generación interior que la llevaron a militar en la misma línea del liberalis­mo por oposición al Movimiento Nacional. Me estoy refiriendo a la época de la Unión Democrática.

Arturo Jauretche Pensador Nacional y Popular

Arturo Jauretche Pensador Nacional y Popular

En realidad, la configuración ideológica de la Unión Demo­crática frente al movimiento de masas que representó el pero­nismo, era simplemente una síntesis de un hecho histórico permanente en nuestro país. El enfrentamiento entre las bases pro­pias de realización de la nación y sus posibilidades de creación cultural propia con la imposición, por encima de ellos, de una transferencia de los enunciados teóricos de todas las doctrinas colonizadoras. No interesa si estuvieron ellas a favor o en contra de la colonización o generadas en condiciones históricas que no eran las nuestras. No es el propósito de este trabajo profundizar en el tema, que ya está agotado.
Como ocurrió en la época del federalismo, como ocurrió con el irigoyenismo, como ocurrió con el peronismo en los momen­tos decisivos en que el país quiere expresar sus puntos de vista y realizaciones propias y no las elaboradas por la inteligencia europea, la intelligentzia argentina se alinea contra el país. La Unión Democrática es una reiteración de la actitud de la intelli­gentzia frente a Irigoyen, reiteración de la intelligentzia de los directorales que, en el fondo, no hacen más que repetir el es­quema simplista de Civilización y Barbarie, partiendo del su­puesto que lo autóctono es bárbaro y no tiene sentido construc­tivo ni representa una cultura, mientras la única posibilidad está en la transculturación, es decir, en la transferencia del pensa­miento elaborado en las metrópolis. Y esto es común a la dere­cha y a la izquierda, común a todas las ideologías de transferencia.
En cambio, los movimientos populares generan un modo de pensar derivado de la praxis empírica, resultado de sus comprobaciones empíricas de duro aprendizaje, pero comprobaciones que le van construyendo sus posibilidades de realización. Única posibilidad, por otra parte, de obtener, junto con la liberación económica, la soberanía política y una justicia social auténtica.

Después de 1955 se ha producido una profunda transformación, y donde parecía producirse una profunda transformación en la comprensión de estos movimientos populares, era en la intelligentzia.
Una cosa característica de la juventud del 45 fue el fubismo. Se ha llamado fubismo esa actitud intelectual por la cual la iz­quierda asume posiciones tremendistas frente a la aparición del hecho nacional y popular. En vez de tratar de interpretarlo y comprenderlo lo niega básicamente en defensa de un esquema de cultura opuesto a la”barbarie”. Es decir, repite lo de Civili­zación y Barbarie y se alía entonces con la derecha. Es la alianza de la intelligentzia contra la ”barbarie”. Porque se parte del supuesto sarmientino de que todo lo que no tiene el sello de lo europeo es bárbaro, y porque la intelligentzia no forma su pensamiento en función de la realidad contingente e inmediata, sino en función de teorías elaboradas en otros medios y en otras cir­cunstancias que no hacen más que aplicar por encima de la reali­dad y tratando de desechar todo lo raigal.
Me interesa, refiriéndome a esa izquierda, señalar un proceso que se cumplió en algunos de sus sectores referente a la com­prensión histórica del fenómeno peronista.

Prácticamente la izquierda comprendió, a los pocos años de la revolución del 55 y después de haber sido instrumento de la reacción liberal, que había sido eso, un juguete, y no había tenido capacidad para adecuarse a la realidad que había creado el Movimiento Justicialista. Con esto ha hecho una revisión histórica de su posición, tomando de nuevo la posición nacional. Pero no hay que enga­ñarse ni creer que esto es muy profundo, porque lo único que hace la nueva izquierda, siempre alimentada por la formación cultural externa, por los maestros y los libros, es subestimar las realizaciones nacionales. Y su comprensión histórica llega nada más que a transferir el error a la generación de izquierda que la precedió, pero prosigue elaborando su pensamiento con los mis­mos métodos que la llevaron al desencuentro con el camino na­cional. Transfiere a un partido, al Partido Comunista, lo que es una característica de toda la izquierda, característica que tam­poco es exclusiva de una época, porque la misma actitud tuvo frente a Yrigoyen cuando las izquierdas actuaban en conniven­cia con las derechas.

La izquierda ha aceptado, por ejemplo, el revisionismo histó­rico, pero es un revisionismo muy particular porque supone que los acontecimientos históricos que se desarrollaron durante la época federal debieron desarrollarse según un esquema de país que ellos no reconstruyen. Por ejemplo, un libro graciosísimo de Milcíades Peña está destinado a demostrar que federales y unitarios eran propietarios de la tierra, es decir, destinado a demostrar que el mate tiene agujero. ¿Qué otra cosa que propietarios de la tierra podían ser los hombres de mando de esa época? A no ser que fuera posible la lucha de clases como ellos la esquematizan en este siglo; y una organización de las clases en un sistema de la propiedad de la tierra como ellos mismos seña­lan y en el que el proletariado estaba muy lejos de existir como tal.
Todas estas incomprensiones históricas son hijas del hecho de que no se abocan al estudio de la historia en función de lo ar­gentino sino en función de esquemas que ya tienen, y la clave da la asimilación de nuestra realidad económica -con respecto a la tierra en el siglo pasado- con el feudalismo europeo.
He considerado conveniente esta previa introducción para explicar algo que he dicho en un artículo periodístico reciente: que estoy harto y estamos hartos los peronistas, y en general todos los nacionales, de todos estos izquierdistas que vienen a descubrir ahora que nosotros tuvimos razón y que ellos o sus antecesores no la tuvieron. Pero enseguida nos vienen a dar con­sejos y orientación como si no se hubieran equivocado nunca. Yo no encuentro ninguna diferencia entre fugarse de la realidad argentina a Rusia, como fugarse a la realidad China o a la de Cuba, y proponer seriamente a los que están construyendo una Argentina real las realizaciones hechas en otros países y en otras circunstancias históricas y, además, las teorizaciones que ya han fracasado totalmente.
Lógicamente, contra una política nacional actúa en los países periféricos, en los países colonizados, el prestigio colonizador de las doctrinas. Se nos presenta al mundo actual como sometido a una alternativa sin otro término de solución: o el socialis­mo o el capitalismo. El socialismo es un modo implícito de eli­minar al justicialismo como solución.
Yo vengo aquí precisamente a sostener que nosotros hemos inventado con nuestro Movimiento soluciones argentinas que no están en las doctrinas exteriores. Más aún: que el Justicialis­mo ha sido maestro de una forma de realización que yo no sé si vale para otros países, pero vale para nosotros. (Ya me parece ver la sonrisa del sabihondo profesional del marxismo, sin que ello sea un juicio sobre Marx, sino un juicio sobre los marxistas). Decirse marxista es una coquetería que le permite al ignorante cubrirse con una reputación de inteligente. Este individuo que hace ese juicio despectivo es el que habla del Tercer Mundo y habla del tercerismo. Yo tendría que recordarle en este momen­to que la expresión Tercer Mundo tiene un origen peronista. La Tercera Posición en materia internacional nació en la Argentina y fue enunciada por el general Perón antes que nadie hubiera usado la expresión Tercer Mundo. Y la expreso porque la Argen­tina de Perón estuvo bloqueada por el capitalismo y por el socia­lismo, es decir, por las dos técnicas, por las dos doctrinas y por las dos políticas, y marchó y fue creando su pensamiento precisamente porque supo ser tercera posición y porque esa tercera posición la obligó a liberarse de las coyundas del pensamiento ajeno e ir creando el propio por interpretación de la realidad, con el arbitrio de soluciones concretas para los hechos concretos que se le iban presentando.

Es curiosa la actitud de la izquierda: en cuanto intelligentzia reitera las actitudes de la izquierda para todos los gobiernos po­pulares. Los izquierdistas sonríen mefistofélicamente como due­ños de toda la sabiduría. Uno los oye hablar de países sumergi­dos y países emergidos, pero se alarmarían si uno les dijera que la expresión también fue lanzada a la sociología y a la economía por el general Perón. Algunos comentan ya una nueva escuela, la de Grenoble -otro tipo de mentalidad colonial-. La escuela de Grenoble habla para eludir la alternativa socialismo-capitalis­mo, habla de desarrollo autónomo no capitalista, con lo cual incurre en el error de remitir ese desarrollo a una de las formas de la supuesta alternativa.
¿Tiene el mundo necesariamente como alternativa una de las dos fórmulas, capitalismo o socialismo?
Voy a hacer algunas afirmaciones que son adelantes, pero que deben ser juzgadas a posteriori de lo que voy a decir cuando me refiera al hecho de la realización argentina.
Las doctrinas económicas que todavía se debaten: el socialis­mo en sus diversas formas, y el capitalismo o, mejor dicho, el liberalismo como doctrina del capitalismo, son hijas de la econo­mía de escasez. En cuanto se refirieran al hecho social se encon­traban con la solución, en el sentido que la demanda crecía con relación a la producción a pesar de la incorporación del vapor a la producción, a pesar del maquinismo. Todas las crisis del siglo XIX son crisis de escasez. Es lógico que, en el fondo, esas doc­trinas no expresen sino más que modos de enfrentar el dramá­tico pronóstico del malthusianismo. Las necesidades crecen en proporción geométrica y los recursos en proporción aritmética. El socialismo tiende a solucionar los males que surgen de la esca­sez por una mejor distribución de los bienes; el capitalismo, por la dura ley del más fuerte, es decir, por la supervivencia de los más aptos. A su vez, el catolicismo social tiende a realizar los propósitos distributivos del socialismo, pero no fundados en la mecánica de la lucha de clases sino en gracia divina basada en la caridad.
Pero el siglo XX tiene una característica muy particular que se acelera día por día y que por otra parte se puede ejemplificar prácticamente con el acceso de una nación al primer plano del mundo: el acceso de los Estados Unidos. Es la incorporación y la producción de la energía eléctrica y de las formas de producción en serie cuya figura cumbre ha sido Henry Ford. La producción en serie y la multiplicación de las fuentes producto­ra de energía transformó aquella ley que determinaba que las crisis eran de escasez. Desde principios de siglo, casi podría decirse desde 1912, se produce aceleradamente un proceso de producción por la transformación de la técnica que ahora llega a una automación a límites insospechados, en función de la cual as crisis del siglo XIX han sido motivadas porque los estantes estaban vacíos, ahora las crisis se producen porque los estantes están llenos y no hay capacidad de compra en las masas.
Es decir que esta opción capitalismo-socialismo está un poco atrasada con relación a la transformación técnica del mundo, cayos efectos se notan en los aspectos sociales internacionales. Es en función de esto que Estados Unidos ha pasado al primer plano mundial, y es en función de esto que la URSS y China le disputan la dirección. Que uno haya llegado a eso por los caminos del socialismo, que el otro por los caminos del capitalismo, no quita que la nueva sociedad va a ser hija, no del capitalismo o socialismo, sino del hecho de la producción multiplicada y de las posibilidades de poner la capacidad de adquisición de las nasas en relación con esa producción multiplicada.
Están, pues, abiertas todas las hipótesis de solución. Pero yo prefiero remitirme a lo que aquí se ha hecho, y que es la cons­trucción de un desarrollo autónomo que no es capitalista ni es socialista. Esta política se realiza durante el gobierno del general Perón y bajo la dirección de Miguel Miranda.

Los peronistas ni siquiera tienen idea bien clara de las profundas innovaciones y transformaciones que se hicieron. Hablan más de los efectos que de las causas. Más aún: ese fenómeno que ya he mencionado de la intelligentzia y su soberbia y desprecio por lo nacional y la íntima conciencia de los peronistas en el sentido de que, en el fondo, ellos representan el proceso de barbarie frente a los intelectuales “civilizados”, los ha llevado a subestimarse y a no estimar sus propias realizaciones.
Teníamos una Argentina bloqueada por los dos imperios más grandes del mundo, aislada, y en ese momento estaba realizando su transformación de país agropecuario, destinado a producir materias primas baratas para la exportación, a país fundado en el mecanismo de su producción y su consumo interno y en el que empieza su primer desarrollo industrial.
¿Cuáles son las soluciones que va arbitrando el gobierno de Perón? La primera y fundamental es la nacionalización de la banca. Nacionalizar la banca supone ponerla al servicio de la po­lítica orientada por el Estado. Es decir, la banca no es un instru­mento, el ahorro sí. El ahorro ha sido utilizado hasta ese mo­mento para la colonización, como ha ocurrido después del 55. Con la nacionalización del Banco Central, la nacionalización de los depósitos y la dirección impresa por el Banco peronista, los bancos se convierten en instrumento promotor del desarrollo.
Con la promoción del desarrollo va implícita otra cosa: las prioridades, es decir, qué es lo primero que se debe establecer, en qué sentido debemos desarrollarnos.

Arturo Jauretche

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