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LA NECESARIA REIVINDICACIÓN HISTÓRICA DE JOSÉ ARTIGAS

* Vicente Fidel López había escrito: “Los caudillos provinciales que surgieron como la espuma que fermentaba de la inmundicia artiguista, eran jefes de bandoleros que segregaban los territorios donde imperaban a la manera de tribus para mandar y dominar a su antojo, sin formas, sin articulaciones intermedias, sin dar cuenta a nadie de sus actos, y constituirse en dueños de vidas y haciendas”. Y dando rienda suelta a su odio antiamericano, López sostuvo: “Artigas fue un malvado, un caudillo nómade y sanguinario, señor de horca y cuchillo, de vidas y haciendas, aborrecido por los orientales que un día llegaron hasta resignarse con la dominación portuguesa antes que vivir bajo la ley del aduar de aquel bárbaro”.

* Bartolomé Mitre respondió a López en otra carta: “Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección por las grandes figuras y las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente”.

* Nuestra historia, al decir, justamente, del “argentino-oriental” Alberto Methol Ferré, es una “dialéctica de los destierros, de los que partían y los que quedaban, de vencedores y vencidos. Y todo ello agravado porque los hombres que encarnaron lo nacional fueron dos veces muertos, pues es sabido, la historia la escriben los vencedores. A unos los mataron enterrándolos en una presunta barbarie, a otros los tergiversaron y les admitieron una gloria falsa. Esto fue una obra conciente, sistemática, realizada por el coloniaje en especial a través de su más lúcido representante que fue Bartolomé Mitre”.

* “Las nuevas generaciones, saben que la liberación también supone emanciparse del tutelaje cultural que nos escamoteó a los verdaderos próceres y nos metió de contrabando a otros que no eran tales. La verdadera imagen de un Juan Manuel de Rosas, de un Facundo Quiroga, de un Artigas, ilumina los hechos que ellos vivieron, y que también vivieron otros cuyas estatuas y monumentos a veces sobran. La liberación presente se ha proyectado y se seguirá proyectando sobre nuestro pasado.” Juan Perón.

* “Parece que hubiera una contradicción entre este hoy y aquel ayer: pero no la hay. La Patria Chica es siempre lo mismo: la cabeza de puente de ultramar; el desembarco político, cultural y económico; la contrarrevolución de la Revolución de la Independencia, y nuestra tarea es la misma de los viejos hombres de la Patria Grande, San Martín, Bolívar, Artigas; sólo desde ella podemos construir una Política Nacional.” Arturo Jauretche.

* “A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr. D. José Artigas, acompañado de un Ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es un hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años. Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay quien le gane en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor, no obstante viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de nuestra misión.” Pbro. Dámaso Antonio Larrañaga

 

EL JEFE ORIENTAL 

José Gervasio Artigas

José Gervasio Artigas

José Gervasio Artigas descendía de los primeros pobladores de Montevideo. Pasó sus primeros años en la ciudad donde recibió educación; pero a los doce años se trasladó al campo, donde aprendió las artes gauchas y el manejo de

las armas y del caballo. Tocaba el acordeón y la guitarra, era buen cantor y bailarín. Pasó las primeras décadas de su vida trabajando en sus estancias y luego en el Cuerpo miliciano de Blandengues, en estrecho contacto con gauchos e indios, especialmente charrúas y guaraníes.

A pocos meses del 25 de mayo de 1810, cuando el pueblo de Buenos Aires depuso al virrey Cisneros y eligió una junta para reemplazarlo, Artigas desertó del servicio militar y se trasladó a Buenos Aires para ofrecerse al gobierno revolucionario. Recibió el grado de Teniente Coronel, 150 hombres y 200 pesos (una suma simbólica) para iniciar el levantamiento de la Banda Oriental contra el poder español.

Seguro no fue ajeno a esta decisión el conocimiento que de José Artigas ya tenían tanto Manuel Belgrano como Mariano Moreno, líderes del bando más inflexible de la revolución de mayo.

Ya en abril de 1811, en los albores del proceso emancipatorio, la palabra encendida de la Proclama de Artigas ante los hombres que combatirían en la primera batalla del frente oriental de las guerras por la independencia suramericana, reunidos en el Cuartel General de Mercedes, expresa desde su vocación de héroe continental: “¡A la empresa compatriotas! Que el triunfo es nuestro: vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del Sur están dispuestos a defender su patria y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio”.

Con ese espíritu los “leales y esforzados” compatriotas de la Banda Oriental

emprenden la ofensiva contra el despotismo borbónico que culminará en la victoria revolucionaria del 18 de mayo en la Batalla de Las Piedras, y con la primera muestra de su ética política del Jefe: “Clemencia para los vencidos”.

La derrota de los españoles peninsulares, equivalente en el frente del Este a la reciente victoria de Suipacha en el Alto Perú, es igualmente política y militarmente total: prisioneros sus jefes las fuerzas realistas son desarmadas y deshechos sus cuadros. Desde los Andes a las llanuras atlánticas, el territorio de las provincias sublevadas queda en poder de los revolucionarios. En las provincias y en Buenos Aires el objetivo final es aplastar cualquier emergencia despótica, sea ésta española o criolla, porque el enemigo no es sólo la Corona sino todos los intereses (económicos o sociales) vinculados a la opresión política y la explotación económica de las clases desposeídas; principalmente en la ciudad-puerto del Río de la Plata, pero también presentes en cada provincia suramericana.

La guerra recién comenzaba. Alegrías y desventuras iban a jalonar el camino de la victoria o de la derrota rebelde. Y la figura del caudillo oriental se agigantaría en los duros enfrentamientos contra cuatro potencias que pretendían el poder y el comercio en estas latitudes: la España colonial del despotismo borbónico, el Imperio esclavista luso-brasilero, las pretensiones hegemónicas de Buenos Aires y la a veces nada diplomática política británica

en plena expansión. Y, porqué no nombrarlo, un quinto enemigo: la clase comerciante y terrateniente de Montevideo.

El 12 de enero de 1811 había llegado a la ciudad-puerto oriental Francisco Javier de Elío, nuevo Virrey del Río de la Plata. Elío declara rebelde y revolucionario al gobierno de Buenos Aires y traidores a quienes lo componían, aprestándose en seguida para abrir las hostilidades.

La Junta Provisional Gubernativa de Buenos Aires envía órdenes a Belgrano (que regresaba derrotado de su expedición al Paraguay), para que dirija su diezmado contingente a la Banda Oriental, y le envía 867 hombres de refuerzo. El objetivo revolucionario era impedir la consolidación de un centro del poder realista en el este y anticiparse a una intervención de los portugueses, cuyas intenciones de avanzar hacia el Plata eran manifiestas.

El 2 de mayo, el general Rondeau asume el mando del ejército en la Banda Oriental. El enemigo se refugia en Montevideo y las tropas porteñas más las fuerzas del flamante Teniente Coronel Artigas, someten la ciudad a un riguroso sitio.

Pero el gobierno de los comerciantes, contrabandistas y agiotistas de Buenos Aires había capitalizado a su favor el asesinato de Mariano Moreno y desplazado a sus sucesores, desde el sagaz Bernardo de Monteagudo al montevideano Joaquín Campana. Controlado ahora por los rivadavianos, el gobierno no sólo niega los recursos demandados por la campaña sanmartiniana, sino que dicta al ejército del occidente, al mando de Castelli, la orden de detener la persecución y aniquilamiento de los vencidos en Suipacha (dando así ocasión para que los destacamentos realistas se rearmaran y luego volvieran a combatir los 15 años más que duraron las guerras de la independencia americana). Y, en el frente oriental, el mezquino interés porteño negocia con el virrey Francisco Javier de Elío el levantamiento del sitio de Montevideo, dejando la ciudad inerme ante los imperialistas lusitanos.

El único y excluyente objetivo de los especuladores instalados en el Cabildo porteño era preservar la pequeña plaza comercial de Buenos Aires y la riqueza del litoral ganadero, y evitar a toda costa el desarrollo de un nuevo puerto -que con ventaja podía ser el de Montevideo- y de cualquiera otra forma de actividad económica, industria o manufactura que compitiera con la agroexportadora, reducida, en rigor, a los cueros para Europa y el tasajo para los esclavos negros del Brasil. Sobre todas las cosas, esa recurrente oligarquía sólo podía concebir a las nacientes provincias en tanto eslabones del mercado mundial, tan dependientes como habían sido durante los provechosos años del monopolio comercial con la metrópoli española. La nueva clase porteña dominante, aun contra sus propios intereses, nunca pudo imaginar un mercado interno ni perspectivas de un desarrollo económico autónomo y autocentrado, que implicaba redistribución de la mayor riqueza generada. Y, mucho menos, que en algún momento iba ser necesario invertir los tesoros en divisas ya acumulados en beneficio de la nueva nación, que sería de todos (también de los pueblos oprimidos y explotados que la estaban construyendo con su sangre en los campos de batalla). Llegaron a conformarse con el control y usufructo de

una aduana muy fructífera por la que había transitado la riqueza del virreynato, y que ahora concentraba toda exportación e importación de las nuevas provincias insurrectas al poder peninsular. El resto del territorio, si no causaba bienes transables al mundo, era un gravamen, un sobreprecio, un gasto, una carga; en fin, un paraje ignoto y bárbaro habitado por congregaciones étnicas indeseables, sin más derechos que los de sujetos consumidores de la rapiña mercantil.

El Tratado entre el Cabildo bonaerense y Elío establecía: los españoles se harían cargo de retirar las tropas brasilero-portuguesas que se encontraban en la Banda Oriental; a cambio, los revolucionarios criollos se comprometían a replegar sus fuerzas. A Artigas y Rondeau les bastaba el poderío bélico que detentaban para someter a portugueses y realistas juntos. Pero tal cuestión no estaba en consideración, porque era autorizar la posible generación de un polo de poder potencialmente capaz de competir con la naciente metrópoli subcolonial: Buenos Aires.

Obedecer verticalmente a esa orden de entregar nuevamente la Banda Oriental a los realistas, a quienes ya habían vencido con su sangre y su sacrificio en La Piedras, era inaceptable para el pueblo en armas que lideraba democráticamente Artigas. No obstante, disciplinado ante Buenos Aires, el Protector la acata y, para preservar sus leales, se retira dejando “tierra arrasada” a los antiguos conquistadores, abandonando patrimonio y futuro, herramientas, sembrado, mieses, ganado, casas y tierras de pastoreo y cultivo. Una estrategia de guerra: la del pueblo en armas. Fue aplicada repetidas veces en suramérica y destaca entre ellas el llamado “éxodo jujeño”. Los métodos ofensivos y defensivos de los revolucionarios plebeyos eran los mismos al Noroeste y al Oriente: la guerrilla, la guerra popular o, más técnicamente llamada, “de recursos”.

Esa multitud anónima e indomable se detuvo y acomodó a orillas del Ayuí, arroyo que corre a la vera de la actual ciudad de Concordia, en Entre Ríos. Entre los saltos del Uruguay, allí dónde el “río de los pájaros” transita mansamente sobre el pedregal, atravesaron 846 carretas y 4000 exiliados (cuatro mil, decimos, ¡en aquellas épocas!). Eran la gleba, los hijos de la tierra. No habrá acontecimiento más conmovedor ni más revolucionario, pero sobre todo más ilustrativo del ascendiente de Artigas sobre sus paisanos que “El Éxodo”; la “Redota”, como le llamaron los paisanos. “Porque quienes arrostraron las penurias de esta épica marcha, fueron los indios y los gauchos alzados, los matreros y los hacendados, los negros y los mestizos, los criollos y junto a ellos, padeciendo las necesidades más extraordinarias, las inclemencias del tiempo, las fatigas y las miserias, iban las mujeres y los niños, desposeídos de bienes, haciendas y pertenencias,…”. Lo pinta con todo su dramatismo este párrafo de una carta de Artigas a Mariano Vera: “…todos, voluntariamente, deben empeñarse en su libertad; quien no lo quiera, deseará permanecer esclavo”.

El “vecindario en armas”, en las asambleas populares realizadas en 1811 y 1812, escucha la opinión de “hombres notables y de consejo” para hacer frente al abandono al que Buenos Aires somete a las Provincias Orientales. Las

territorios que iban a integrar la Liga de los Pueblos Libres eran, además de los del pago natal de Artigas, las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, y las Misiones Orientales; y se proyectaban hacia Santa Fe y Córdoba y el territorio de las comarcas en ciernes pobladas por indígenas aliados del Chaco y Formosa, y el antiguo y siempre arisco Paraguay: ¡Más de la mitad del declinante virreynato!

Ni estos territorios y mucho menos sus habitantes le importaban a los porteños encandilados con la revolución industrial británica y su comercio, población urbana algo o muy pudiente, de piel blanca, de la clase de los propietarios y “hombres de bien” descendientes de negreros y contrabandistas de las ciudades. Jorge Abelardo Ramos recordó que en tiempos de la colonia, “estos señores, entre quienes había un Martínez de Hoz, antepasado del célebre Joe, se intercambiaban señales desde las alturas del Parque Lezama con los buques ingleses para eludir el control de la Aduana”. Los ingleses los llamaban “la pandilla del barranco”. Los hombres y mujeres del interior eran “la barbarie”, “la plebe” que, sobre todo, no ofrecían ventajas adquisitivas para ser consideradas parte del mercado. El término “civilización”, que aquí empieza a acuñarse, insinúa una condición económica mucho más que una cuestión cultural o racial.

Es en esos tiempos cuando Artigas es distinguido por los pueblos del litoral y el centro del futuro país como el “Jefe de los Orientales”.

Su signo distintivo fue su fortaleza ética y su intransigencia moral: “Es claro de mi grandeza. Sabré llevarla a cabo conducido siempre de mi justicia y razón. Un lance funesto podrá arrancarme la vida, pero no envilecerme. Es más fácil que ceda Artigas al imperio de la razón, que al poder de las circunstancias”.

EL REDENTOR

Si en un principio, cuando recién llegado de sus entrevistas con la Junta de Mayo, la iniciativa de Artigas le permite arraigar tanto en la campaña como en las ciudades y lidera a propietarios terratenientes y a comerciantes de Montevideo, en poco tiempo se revela su preferencia por la representación del pueblo llano, donde junto a gauchos, negros e indios había desarrollado en su juventud las artes tupamaras.

En estos orígenes se hallará el descollante progresismo de Artigas. Su vocación redentora de los desposeídos y la repugnancia al sistema monárquico imperante en la cultura de la época lo realzará ampliamente por sobre sus contemporáneos. Entre todos los líderes revolucionarios, dominados por el pensamiento único de la época, fue el que levantó con más lucidez el credo republicano; pero, sobre todo, le añadió el principio de la justicia social. Ambas condiciones señalan el carácter singular de sus ideas y de sus luchas.

“No hay que invertir el orden de la justicia. Mirar por los infelices y no desampararlos, sin más delito que su miseria. Es preciso borrar esos excesos de despotismo. Todo hombre es igual en presencia de la ley. Sus virtudes o

delitos los hacen amigables u odiosos. Olvidemos esa maldita costumbre que los engrandecimientos nacen de la cuna”.

El artiguismo fue, en la primera década revolucionaria, el sueño plebeyo que más profundamente cuestionó tanto la herencia colonial como el proyecto de las clases dominantes rioplatenses: se proponía una rebelión de las conciencias contra la postergación y marginalidad a que se habían “amoldado” los pueblos suramericanos bajo el yugo de los conquistadores.

Manifestaba su particular aprecio por los “naturales” de la campaña: “…los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de su provincia… Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvieren hijos. Serán preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero”.

La colonización había naturalizado una desigualdad en la que sólo los poderosos accedieran a las “mercedes reales” o “repartimientos” que otorgaba el virreinato. La revolución se hacía –justamente- para pagar esa deuda social. Era necesario y urgente suprimir el imperio de las Leyes de Indias, que erigía en América la lógica imperial que tiene como objeto principal el usufructo físico del territorio, la explotación de los pueblos primitivos convertidos en fuerza de trabajo y la realización de la renta e