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LA NECESARIA REIVINDICACIÓN HISTÓRICA DE JOSÉ ARTIGAS

* Vicente Fidel López había escrito: “Los caudillos provinciales que surgieron como la espuma que fermentaba de la inmundicia artiguista, eran jefes de bandoleros que segregaban los territorios donde imperaban a la manera de tribus para mandar y dominar a su antojo, sin formas, sin articulaciones intermedias, sin dar cuenta a nadie de sus actos, y constituirse en dueños de vidas y haciendas”. Y dando rienda suelta a su odio antiamericano, López sostuvo: “Artigas fue un malvado, un caudillo nómade y sanguinario, señor de horca y cuchillo, de vidas y haciendas, aborrecido por los orientales que un día llegaron hasta resignarse con la dominación portuguesa antes que vivir bajo la ley del aduar de aquel bárbaro”.

* Bartolomé Mitre respondió a López en otra carta: “Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección por las grandes figuras y las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente”.

* Nuestra historia, al decir, justamente, del “argentino-oriental” Alberto Methol Ferré, es una “dialéctica de los destierros, de los que partían y los que quedaban, de vencedores y vencidos. Y todo ello agravado porque los hombres que encarnaron lo nacional fueron dos veces muertos, pues es sabido, la historia la escriben los vencedores. A unos los mataron enterrándolos en una presunta barbarie, a otros los tergiversaron y les admitieron una gloria falsa. Esto fue una obra conciente, sistemática, realizada por el coloniaje en especial a través de su más lúcido representante que fue Bartolomé Mitre”.

* “Las nuevas generaciones, saben que la liberación también supone emanciparse del tutelaje cultural que nos escamoteó a los verdaderos próceres y nos metió de contrabando a otros que no eran tales. La verdadera imagen de un Juan Manuel de Rosas, de un Facundo Quiroga, de un Artigas, ilumina los hechos que ellos vivieron, y que también vivieron otros cuyas estatuas y monumentos a veces sobran. La liberación presente se ha proyectado y se seguirá proyectando sobre nuestro pasado.” Juan Perón.

* “Parece que hubiera una contradicción entre este hoy y aquel ayer: pero no la hay. La Patria Chica es siempre lo mismo: la cabeza de puente de ultramar; el desembarco político, cultural y económico; la contrarrevolución de la Revolución de la Independencia, y nuestra tarea es la misma de los viejos hombres de la Patria Grande, San Martín, Bolívar, Artigas; sólo desde ella podemos construir una Política Nacional.” Arturo Jauretche.

* “A las cuatro de la tarde llegó el General, el Sr. D. José Artigas, acompañado de un Ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón; sombrero redondo con forro blanco, y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es un hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años. Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay quien le gane en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor, no obstante viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de nuestra misión.” Pbro. Dámaso Antonio Larrañaga

 

EL JEFE ORIENTAL 

José Gervasio Artigas

José Gervasio Artigas

José Gervasio Artigas descendía de los primeros pobladores de Montevideo. Pasó sus primeros años en la ciudad donde recibió educación; pero a los doce años se trasladó al campo, donde aprendió las artes gauchas y el manejo de

las armas y del caballo. Tocaba el acordeón y la guitarra, era buen cantor y bailarín. Pasó las primeras décadas de su vida trabajando en sus estancias y luego en el Cuerpo miliciano de Blandengues, en estrecho contacto con gauchos e indios, especialmente charrúas y guaraníes.

A pocos meses del 25 de mayo de 1810, cuando el pueblo de Buenos Aires depuso al virrey Cisneros y eligió una junta para reemplazarlo, Artigas desertó del servicio militar y se trasladó a Buenos Aires para ofrecerse al gobierno revolucionario. Recibió el grado de Teniente Coronel, 150 hombres y 200 pesos (una suma simbólica) para iniciar el levantamiento de la Banda Oriental contra el poder español.

Seguro no fue ajeno a esta decisión el conocimiento que de José Artigas ya tenían tanto Manuel Belgrano como Mariano Moreno, líderes del bando más inflexible de la revolución de mayo.

Ya en abril de 1811, en los albores del proceso emancipatorio, la palabra encendida de la Proclama de Artigas ante los hombres que combatirían en la primera batalla del frente oriental de las guerras por la independencia suramericana, reunidos en el Cuartel General de Mercedes, expresa desde su vocación de héroe continental: “¡A la empresa compatriotas! Que el triunfo es nuestro: vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del Sur están dispuestos a defender su patria y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio”.

Con ese espíritu los “leales y esforzados” compatriotas de la Banda Oriental

emprenden la ofensiva contra el despotismo borbónico que culminará en la victoria revolucionaria del 18 de mayo en la Batalla de Las Piedras, y con la primera muestra de su ética política del Jefe: “Clemencia para los vencidos”.

La derrota de los españoles peninsulares, equivalente en el frente del Este a la reciente victoria de Suipacha en el Alto Perú, es igualmente política y militarmente total: prisioneros sus jefes las fuerzas realistas son desarmadas y deshechos sus cuadros. Desde los Andes a las llanuras atlánticas, el territorio de las provincias sublevadas queda en poder de los revolucionarios. En las provincias y en Buenos Aires el objetivo final es aplastar cualquier emergencia despótica, sea ésta española o criolla, porque el enemigo no es sólo la Corona sino todos los intereses (económicos o sociales) vinculados a la opresión política y la explotación económica de las clases desposeídas; principalmente en la ciudad-puerto del Río de la Plata, pero también presentes en cada provincia suramericana.

La guerra recién comenzaba. Alegrías y desventuras iban a jalonar el camino de la victoria o de la derrota rebelde. Y la figura del caudillo oriental se agigantaría en los duros enfrentamientos contra cuatro potencias que pretendían el poder y el comercio en estas latitudes: la España colonial del despotismo borbónico, el Imperio esclavista luso-brasilero, las pretensiones hegemónicas de Buenos Aires y la a veces nada diplomática política británica

en plena expansión. Y, porqué no nombrarlo, un quinto enemigo: la clase comerciante y terrateniente de Montevideo.

El 12 de enero de 1811 había llegado a la ciudad-puerto oriental Francisco Javier de Elío, nuevo Virrey del Río de la Plata. Elío declara rebelde y revolucionario al gobierno de Buenos Aires y traidores a quienes lo componían, aprestándose en seguida para abrir las hostilidades.

La Junta Provisional Gubernativa de Buenos Aires envía órdenes a Belgrano (que regresaba derrotado de su expedición al Paraguay), para que dirija su diezmado contingente a la Banda Oriental, y le envía 867 hombres de refuerzo. El objetivo revolucionario era impedir la consolidación de un centro del poder realista en el este y anticiparse a una intervención de los portugueses, cuyas intenciones de avanzar hacia el Plata eran manifiestas.

El 2 de mayo, el general Rondeau asume el mando del ejército en la Banda Oriental. El enemigo se refugia en Montevideo y las tropas porteñas más las fuerzas del flamante Teniente Coronel Artigas, someten la ciudad a un riguroso sitio.

Pero el gobierno de los comerciantes, contrabandistas y agiotistas de Buenos Aires había capitalizado a su favor el asesinato de Mariano Moreno y desplazado a sus sucesores, desde el sagaz Bernardo de Monteagudo al montevideano Joaquín Campana. Controlado ahora por los rivadavianos, el gobierno no sólo niega los recursos demandados por la campaña sanmartiniana, sino que dicta al ejército del occidente, al mando de Castelli, la orden de detener la persecución y aniquilamiento de los vencidos en Suipacha (dando así ocasión para que los destacamentos realistas se rearmaran y luego volvieran a combatir los 15 años más que duraron las guerras de la independencia americana). Y, en el frente oriental, el mezquino interés porteño negocia con el virrey Francisco Javier de Elío el levantamiento del sitio de Montevideo, dejando la ciudad inerme ante los imperialistas lusitanos.

El único y excluyente objetivo de los especuladores instalados en el Cabildo porteño era preservar la pequeña plaza comercial de Buenos Aires y la riqueza del litoral ganadero, y evitar a toda costa el desarrollo de un nuevo puerto -que con ventaja podía ser el de Montevideo- y de cualquiera otra forma de actividad económica, industria o manufactura que compitiera con la agroexportadora, reducida, en rigor, a los cueros para Europa y el tasajo para los esclavos negros del Brasil. Sobre todas las cosas, esa recurrente oligarquía sólo podía concebir a las nacientes provincias en tanto eslabones del mercado mundial, tan dependientes como habían sido durante los provechosos años del monopolio comercial con la metrópoli española. La nueva clase porteña dominante, aun contra sus propios intereses, nunca pudo imaginar un mercado interno ni perspectivas de un desarrollo económico autónomo y autocentrado, que implicaba redistribución de la mayor riqueza generada. Y, mucho menos, que en algún momento iba ser necesario invertir los tesoros en divisas ya acumulados en beneficio de la nueva nación, que sería de todos (también de los pueblos oprimidos y explotados que la estaban construyendo con su sangre en los campos de batalla). Llegaron a conformarse con el control y usufructo de

una aduana muy fructífera por la que había transitado la riqueza del virreynato, y que ahora concentraba toda exportación e importación de las nuevas provincias insurrectas al poder peninsular. El resto del territorio, si no causaba bienes transables al mundo, era un gravamen, un sobreprecio, un gasto, una carga; en fin, un paraje ignoto y bárbaro habitado por congregaciones étnicas indeseables, sin más derechos que los de sujetos consumidores de la rapiña mercantil.

El Tratado entre el Cabildo bonaerense y Elío establecía: los españoles se harían cargo de retirar las tropas brasilero-portuguesas que se encontraban en la Banda Oriental; a cambio, los revolucionarios criollos se comprometían a replegar sus fuerzas. A Artigas y Rondeau les bastaba el poderío bélico que detentaban para someter a portugueses y realistas juntos. Pero tal cuestión no estaba en consideración, porque era autorizar la posible generación de un polo de poder potencialmente capaz de competir con la naciente metrópoli subcolonial: Buenos Aires.

Obedecer verticalmente a esa orden de entregar nuevamente la Banda Oriental a los realistas, a quienes ya habían vencido con su sangre y su sacrificio en La Piedras, era inaceptable para el pueblo en armas que lideraba democráticamente Artigas. No obstante, disciplinado ante Buenos Aires, el Protector la acata y, para preservar sus leales, se retira dejando “tierra arrasada” a los antiguos conquistadores, abandonando patrimonio y futuro, herramientas, sembrado, mieses, ganado, casas y tierras de pastoreo y cultivo. Una estrategia de guerra: la del pueblo en armas. Fue aplicada repetidas veces en suramérica y destaca entre ellas el llamado “éxodo jujeño”. Los métodos ofensivos y defensivos de los revolucionarios plebeyos eran los mismos al Noroeste y al Oriente: la guerrilla, la guerra popular o, más técnicamente llamada, “de recursos”.

Esa multitud anónima e indomable se detuvo y acomodó a orillas del Ayuí, arroyo que corre a la vera de la actual ciudad de Concordia, en Entre Ríos. Entre los saltos del Uruguay, allí dónde el “río de los pájaros” transita mansamente sobre el pedregal, atravesaron 846 carretas y 4000 exiliados (cuatro mil, decimos, ¡en aquellas épocas!). Eran la gleba, los hijos de la tierra. No habrá acontecimiento más conmovedor ni más revolucionario, pero sobre todo más ilustrativo del ascendiente de Artigas sobre sus paisanos que “El Éxodo”; la “Redota”, como le llamaron los paisanos. “Porque quienes arrostraron las penurias de esta épica marcha, fueron los indios y los gauchos alzados, los matreros y los hacendados, los negros y los mestizos, los criollos y junto a ellos, padeciendo las necesidades más extraordinarias, las inclemencias del tiempo, las fatigas y las miserias, iban las mujeres y los niños, desposeídos de bienes, haciendas y pertenencias,…”. Lo pinta con todo su dramatismo este párrafo de una carta de Artigas a Mariano Vera: “…todos, voluntariamente, deben empeñarse en su libertad; quien no lo quiera, deseará permanecer esclavo”.

El “vecindario en armas”, en las asambleas populares realizadas en 1811 y 1812, escucha la opinión de “hombres notables y de consejo” para hacer frente al abandono al que Buenos Aires somete a las Provincias Orientales. Las

territorios que iban a integrar la Liga de los Pueblos Libres eran, además de los del pago natal de Artigas, las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, y las Misiones Orientales; y se proyectaban hacia Santa Fe y Córdoba y el territorio de las comarcas en ciernes pobladas por indígenas aliados del Chaco y Formosa, y el antiguo y siempre arisco Paraguay: ¡Más de la mitad del declinante virreynato!

Ni estos territorios y mucho menos sus habitantes le importaban a los porteños encandilados con la revolución industrial británica y su comercio, población urbana algo o muy pudiente, de piel blanca, de la clase de los propietarios y “hombres de bien” descendientes de negreros y contrabandistas de las ciudades. Jorge Abelardo Ramos recordó que en tiempos de la colonia, “estos señores, entre quienes había un Martínez de Hoz, antepasado del célebre Joe, se intercambiaban señales desde las alturas del Parque Lezama con los buques ingleses para eludir el control de la Aduana”. Los ingleses los llamaban “la pandilla del barranco”. Los hombres y mujeres del interior eran “la barbarie”, “la plebe” que, sobre todo, no ofrecían ventajas adquisitivas para ser consideradas parte del mercado. El término “civilización”, que aquí empieza a acuñarse, insinúa una condición económica mucho más que una cuestión cultural o racial.

Es en esos tiempos cuando Artigas es distinguido por los pueblos del litoral y el centro del futuro país como el “Jefe de los Orientales”.

Su signo distintivo fue su fortaleza ética y su intransigencia moral: “Es claro de mi grandeza. Sabré llevarla a cabo conducido siempre de mi justicia y razón. Un lance funesto podrá arrancarme la vida, pero no envilecerme. Es más fácil que ceda Artigas al imperio de la razón, que al poder de las circunstancias”.

EL REDENTOR

Si en un principio, cuando recién llegado de sus entrevistas con la Junta de Mayo, la iniciativa de Artigas le permite arraigar tanto en la campaña como en las ciudades y lidera a propietarios terratenientes y a comerciantes de Montevideo, en poco tiempo se revela su preferencia por la representación del pueblo llano, donde junto a gauchos, negros e indios había desarrollado en su juventud las artes tupamaras.

En estos orígenes se hallará el descollante progresismo de Artigas. Su vocación redentora de los desposeídos y la repugnancia al sistema monárquico imperante en la cultura de la época lo realzará ampliamente por sobre sus contemporáneos. Entre todos los líderes revolucionarios, dominados por el pensamiento único de la época, fue el que levantó con más lucidez el credo republicano; pero, sobre todo, le añadió el principio de la justicia social. Ambas condiciones señalan el carácter singular de sus ideas y de sus luchas.

“No hay que invertir el orden de la justicia. Mirar por los infelices y no desampararlos, sin más delito que su miseria. Es preciso borrar esos excesos de despotismo. Todo hombre es igual en presencia de la ley. Sus virtudes o

delitos los hacen amigables u odiosos. Olvidemos esa maldita costumbre que los engrandecimientos nacen de la cuna”.

El artiguismo fue, en la primera década revolucionaria, el sueño plebeyo que más profundamente cuestionó tanto la herencia colonial como el proyecto de las clases dominantes rioplatenses: se proponía una rebelión de las conciencias contra la postergación y marginalidad a que se habían “amoldado” los pueblos suramericanos bajo el yugo de los conquistadores.

Manifestaba su particular aprecio por los “naturales” de la campaña: “…los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de su provincia… Serán igualmente agraciadas las viudas pobres si tuvieren hijos. Serán preferidos los casados a los americanos solteros, y éstos a cualquier extranjero”.

La colonización había naturalizado una desigualdad en la que sólo los poderosos accedieran a las “mercedes reales” o “repartimientos” que otorgaba el virreinato. La revolución se hacía –justamente- para pagar esa deuda social. Era necesario y urgente suprimir el imperio de las Leyes de Indias, que erigía en América la lógica imperial que tiene como objeto principal el usufructo físico del territorio, la explotación de los pueblos primitivos convertidos en fuerza de trabajo y la realización de la renta en la metrópoli. Artigas no se dejaba engañar con los frecuentes debates inconsistentes de los intelectuales de la época; tenía claro un concepto complejo: el origen de nuestras desgracias no proviene de las formas sino de la sustancia; se trata de combatir al sistema que condena a los pueblos a la explotación y a la miseria mientras el valor de su trabajo se consuma en Europa: “Yo deseo que los indios, sus pueblos, se gobiernen por sí, para que cuiden sus intereses como nosotros de los nuestros. Así experimentarán la felicidad práctica y saldrán de aquel estado de aniquilamiento a que los sujeta la desgracia. Recordemos que ellos tienen el principal derecho y que sería una degradación vergonzosa mantenerlos en aquella exclusión que hasta hoy han padecido por ser indianos”.

Artigas ostentó el título de Protector de los Pueblos Libres en el período de la Liga Federal. Pero era para los indígenas Karai Guasú, en guaraní, “el más grande señor, término culturalmente comparable a Profeta”; también era denominado como el Gran Cacique, el Hombre que resplandece, el Padre de los indios y el Padre de los pobres en sus últimos días en Paraguay. Para valorarlo en su justa medida, es preciso comprender esas distinciones.

EL GEOPOLITICO SUDAMERICANO

En la lectura de la época, Banda Oriental se refería los inmensos territorios al Este del río Paraná. El río Uruguay era considerado un curso de agua menor que recorría las llanuras pampeanas, idénticas del centro-oeste al Atlántico, desde las misiones al norte (hoy Río Grande do Sul) al Río de la Plata en el sur.

Entonces, Artigas, ¿héroe oriental? Sí, pero no sólo “uruguayo”. Desde su “patria chica”, él tomó la iniciativa de liberar tanto política como socialmente el oriente del virreynato, para sumarlo a la gran apetencia de construir una nación-continente sobre las bases de la igualdad y la libertad. Ese “oriente”, su comarca estratégica, su tierra y su pueblo, era el que habitaba al este del río Paraná, con una zona de influencia al centro-oeste compuesta por Santa Fe y Córdoba y los montes vírgenes hasta el río Bermejo habitados por sus fieles combatientes mocovíes y abipones. En su concepción geopolítica, el resto del virreynato ya estaba siendo recuperado para la revolución continental por San Martín, Castelli, Belgrano, Güemes y demás combatientes de Cuyo, Chile y el Alto Perú, que sumarían luego sus territorios liberados a los de la Colombia de Simón Bolívar.

Artigas fue el precursor y el más intransigente partidario de la independencia nacional, frente a gobiernos vacilantes o en trámite de adoptar nuevas sumisiones. En oriente Artigas y en el noroeste y Cuyo, Güemes, Belgrano y San Martín, exigiendo la declaración de la independencia. La idea de independencia, latente en el grito de Asencio, encuentra su primera exteriorización escrita el 13 de abril de 1813 en las famosas instrucciones a los diputados orientales a la Asamblea Constituyente de 1813: “Primeramente pedirán la declaración de la independencia absoluta de estas colonias, que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona de España, y familia de los Borbones, y que toda conexión política entre ellas y el estado de España, es y debe ser totalmente disuelta”.

En junio de 1815 Artigas estaba respondiendo, según sus propias convicciones y necesidades, a las demandas que San Martín y Belgrano sometían a Buenos Aires, en cuyo fuerte aun flameaba la insignia española: declarar la independencia. La insurrección social, antimonárquica y democrática, ya era una guerra nacional, y no una simple rebelión enfrentada a una represión policial desde el Imperio. Era hora de dejar de ser tratados como “subversivos”.

Era impostergable la declaración de la independencia: la semilla de la soberanía de un nuevo pueblo que estaba naciendo en la América del Sur. Artigas lo entendió, y lo proclamó antes que nadie. Desde abril de 1813, como reflejo de la notable visión de futuro del Artigas estadista, los funcionarios de la provincia Oriental se ponían en funciones con un juramento que expresaba:

¿Juráis que esta Provincia por derecho debe ser un estado libre, soberano e independiente y que debe ser reprobada toda adección, sujección y obediencia al Rey, Reyna, Príncipe, Princesa, Emperador y Gobierno Español y a todo otro poder Extranjero cualquiera que sea y que ningún príncipe Extranjero persona Prelado, Estado potentado tienen ni deberá tener Jurisdicción alguna superioridad preeminencia autoridad no otro poder en qualquiera materia Sibil Eclesiástica dentro de esta Provincia esepto la autoridad que es o puede ser conferida por el Congreso General de las Provincias unidas?

EL PROTECTOR

Se estaba estableciendo, quizás no demasiado consciente pero sí libremente, un régimen poscolonial. El “nuevo orden” ¿confirmaría la preeminencia de Buenos Aires sobre el interior o intentaría una articulación más igualitaria entre las provincias? Miles de pobres de todas las “castas” eran convocados a la guerra de la Independencia; ¿alcanzarían por ese camino su emancipación individual? Estaba en juego si las multitudes tendrían alguna participación real en las decisiones políticas, o sólo serían “carne de cañón” de los ejércitos de línea y fuerza de trabajo sin derechos sociales ni participación en los negocios de los nuevos ricos.

En esta época la sociedad se dividía en estamentos bien delimitados: la clase “principal” (compuesta por los ricos, básicamente, o portadores de linaje, de apellido principal) y la “inferior” o las “castas” (criollos, gauchos, indios, negros, mestizos, mulatos, zambos, chinos, prietos, etc.) y los esclavos. Esta clase “inferior” fue la que nutrió las filas de los caudillos de la emancipación americana. Los siguió porque contemplaron sus necesidades de reconocimiento de su dignidad como personas y también tras la promesa de soluciones concretas a sus padecimientos; en cambio fueron ignorados y despreciados por la oligarquía intelectual unitaria.

Saldías explica cómo los hombres “ilustrados” en el poder, postergaban la atención de los sectores populares, principales artífices de la independencia. “En la indolencia con que se miró las necesidades de sus habitantes (de la campaña), y en la ninguna participación que se les dio a éstas en las evoluciones que se sucedieron hasta 1820, si no era para formar con ellos los batallones con que se engrosaban los ejércitos que guerreaban por la Independencia”.

EL FEDERAL

Por ser un pensador original (paisano, puro pueblo pobre y trabajador), fue libre de los vicios simiescos (liberales, afrancesados, iluministas, jacobinos) de muchos de sus revolucionarios contemporáneos encandilados por el constitucionalismo norteamericano, al que adherían acríticamente. Artigas, en cambio, aunque comprobadamente conocedor de Rousseau y Montesquieu, tuvo el acierto de encontrar al auténtico federalismo en la doctrina de los viejos cabildos indianos; y lo hizo doctrina en la conducción política de la revolución hispanoamericana. Afirma José María Rosa: “Nuestro federalismo es municipal esencialmente. Comunas que se consideran iguales en derechos y resisten la imposición de aquella gran comuna sin sentido nacional que es Buenos Aires. De allí que la voz de Artigas hablando de independencia absoluta se extendiera más allá del Uruguay. Era la suya la verdadera patria aflorando en el litoral”. Por peso propio de la tradición y antecedente jurídico, la “Liga de los Pueblos Libres” es la semilla de la Confederación Argentina.

Su condición de “Protector de los Pueblos Libres” emana sencillamente de su ideario federal, expreso en las Instrucciones a los diputados de la Provincia Oriental a la Asamblea del año XIII: “No admitirá otro sistema que el de la

confederación para el pacto recíproco con las provincias que formen nuestro estado… Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable… Como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y de los pueblos, cada provincia formará su gobierno bajo estas bases, a más del gobierno supremo de la nación… Esta provincia entra separadamente en una firme liga de amistad con cada una de las otras, para la defensa común, seguridad de su libertad, y su mutua y general felicidad, obligándose a asistir a cada una de las otras contra toda violencia, ataques hechos sobre ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico, o algún otro pretexto cualquiera sea… esta provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la confederación a las Provincias Unidas juntas en congreso… que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del gobierno de las Provincias Unidas”.

Por la acción política de Artigas, el humilde campamento de Purificación, a orillas del Río Uruguay, se convierte en la capital del federalismo suramericano. Desde allí planifica el “Congreso de los Pueblos Libres” –el Congreso de Oriente- que el 29 de junio de 1815 reunió en la entrerriana Concepción del Uruguay a las provincias de Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Santa Fe y la Provincia Oriental, desde donde se cursaron invitaciones a las demás provincias Unidas del Río de la Plata a hermanarse en el sistema federal.

Al igual que Bolívar, Artigas propuso la formación de una Federación de Provincias o Estados Americanos. En todo su decir y hacer no caben dudas de que Artigas miró a la independencia de las colonias españolas como un proceso unitario y de alcance continental. Orientado hacia la formación de una gran Confederación Hispanoamericana, pudo decir: “Los pueblos de América del Sur están íntimamente unidos por vínculos de naturaleza e intereses recíprocos”.

EL DEMÓCRATA

Pero también el federalismo era una consecuencia de la doctrina revolucionaria que se imponía: la soberanía de los pueblos, originada en la caducidad de la autoridad del Rey. De esta manera, los que hasta ayer eran poder despótico por realeza, casta o linaje, por imperio revolucionario se convertían en idénticos sujetos libres y soberanos a los de cualquier otro origen. Ahora no había ni rey por “la gracia de Dios” ni súbditos que lo representaran: todos los hombres eran iguales entre sí, no sólo ante Dios sino ante la ley. ¿Frente a esta realidad histórica, qué entendía Buenos Aires?

Apenas despuntaba en año 1813 cuando desde Buenos Aires llegó al cuartel artiguista en el segundo sitio de Montevideo la orden de concurrir a una Asamblea General Constituyente. Artigas contestó que no se negaba a concurrir, pero que necesitaba un breve aplazamiento para que el pueblo oriental enviase los diputados que debían representarlos. Para Artigas era necesario que el pueblo se reuniera y “designara diputados encargados de prestar o no prestar juramento a lo que se exigía”.

El 4 de abril de 1813 se reunió el Congreso de Tres Cruces donde Artigas, en su discurso inaugural, pronuncia estas excelsas palabras: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana”. Esta noble frase del caudillo destaca el respeto que sentía por la potestad que caracteriza a los pueblos de las instituciones republicanas. En Artigas, la soberanía radicaba indiscutiblemente en el pueblo y el jefe de los orientales se sometía a la voluntad general, expresando una aptitud democrática excepcional en las clases dirigentes de aquellos tiempos. Artigas agrega además un concepto que lo caracteriza: “la libertad del pueblo es el principal objetivo de la revolución”, y también habla hacia el futuro sobre del dictado de una constitución como garantía del derecho popular y freno al autoritarismo: “El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos”.

EL LIBERAL

En la América española en revolución el liberalismo era lo que hoy denominaríamos el “pensamiento único”. Entre otras múltiples versiones –como hoy-, se desdoblaba centralmente en dos extremos: la idea de la inevitable y necesaria adaptación a las nuevas nociones económicas y sociales modernas y progresistas (“lo nacional es lo universal visto desde nosotros”), por una parte; y, por la otra, creencia en el sometimiento acrítico al modelo impuesto desde el poder imperial, y hasta la procura de su protectorado (las “relaciones carnales”).

Una vertiente busca integrar esa ideología a la realidad local y ponerla al servicio de un proyecto de crecimiento autónomo y autocentrado, hacia adentro; otra, propia de los sectores remanentes del esquema colonial, incapaces de pensarse sino como meros segmentos del mercado mundial, pretende replicar los modelos de la Europa industrializada, contraponiendo los modelos ideológicos a la realidad social y económica de la región. Los primeros pensaron en adaptar el sombrero a la cabeza, diría Arturo Jauretche; los otros, en cambio, pretendieron adaptar la cabeza al sombrero: “Hacer Europa en América, suprimiendo la realidad mediante la importación de un patrón cultural ajeno al que llamaron ´civilización”. Uno intentaba un proyecto soberano y otro apenas una nueva forma de colonialismo donde las metrópolis portuarias americanas –a su vez cautivas- ocuparan el lugar de la caduca administración virreynal.

El artiguismo se inscribe claramente en la primera de estas opciones; pero además, con origen en sus propias fuerzas constitutivas, se constituye en el primer movimiento nacional con contenido social del ámbito rioplatense.

Artigas pronuncia por primera vez en estas playas expresiones que evocan la “justicia social”, como principio básico e irremplazable del proyecto de construcción de una nación. Claro que tanto su pragmatismo programático como sus modos políticos alternativos fueron estigmatizados como “anarquía” y “caudillismo” por parte de las oligarquías criollas, del mismo modo que a la hora

de la organización nacional se los llamaría “barbarie” (y hoy se los define peyorativamente con el término “populismo”). No pocos miembros de la elite porteña y de las otras grandes metrópolis coloniales concebían preferible la tutela extranjera a tolerar la participación de las masas nativas en las decisiones políticas y el reparto económico.

En este orden, Artigas, hombre instruido, influenciado por la ilustración española, la revolución francesa y el republicanismo norteamericano era, sobre todo, un profundo conocedor del alma criolla y la geografía de su tierra. El maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, para quien “La América no debe imitar servilmente, sino ser original… originales han de ser sus instituciones y su gobierno; y originales los medios de fundar uno y otro. O inventamos o erramos: en lugar de pensar en medos, en persas, en egipcios, pensemos en los indios… más cuenta nos tiene entender a un indio que a Ovidio”, parece haber dictado su credo político. No lo sabemos. Pero, ¿podía, en todo caso, desconocer Artigas la obra y el pensamiento del Libertador Simón Bolívar y su “Carta de Jamaica” del 6 de septiembre de 1815?

EL REVOLUCIONARIO

Artigas nunca ceja en su empeño por dignificar a las clases bajas en sus proyectos de reforma social; en ellos basa su poder y su liderazgo. Y en estos asuntos es enérgico y hasta intemperante. “Es de necesidad que salgan de esa plaza todos aquellos europeos que en tiempos de nuestros afanes manifestaron dentro de ella su obstinada resistencia”, ordena al Cabildo de Gobierno de Montevideo en 1815. “Igualmente, remítame vuestra señoría cualquier americano que por su comportación se haya hecho indigno de nuestra confianza”, y agrega: “Tome vuestra señoría las mejores providencias para que marchen a mi cuartel con la distinción que no debe guardarse consideración alguna con aquellos que por su influjo y poder conservan cierto predominio en el pueblo”. Pero también le dice: “Absuelva más bien nuestra señoría de esa pena a los infelices artesanos y labradores que pueden fomentar el país y perjudicarnos muy poco con su dureza”. Ni pizca del maniqueísmo que en otras latitudes de las Provincias Unidas condujeron a cepos, degüellos y fusilamientos.

Las minorías querían conservar sus privilegios y las masas populares pujaban por tener un lugar mejor en el sistema que a sangre y fuego se estaba conquistando contra los privilegios y por una identidad nacional.

En ese escenario surgieron proyectos nacionales antagónicos, producto de los diferentes intereses sociales representados y de los valores y principios que cada cual consideraba fundamentales. Colisionarán, así, la mezquina perspectiva de la burguesía comercial porteña (frecuentemente aliada a la de Montevideo), que buscaba prolongar la primacía que Buenos Aires había tenido como capital y puerto del virreinato y mantener los privilegios de las clases poseedoras, y la política de masas del caudillo oriental que hacía pie en los desposeídos de la campaña litoraleña proponiendo el respeto a las autonomías regionales bajo un régimen federal y la distribución de la riqueza a través de la

reforma agraria, basada en las suertes de estancia para los que trabajasen la tierra.

Del mismo modo que no claudica ante la adversidad, Artigas rechaza todo intento de cooptación. A la oferta de Carlos María de Alvear, con su política de falsedad y seducción, de cederle el territorio oriental para independizarlo de las Provincias Unidas y hacer allí lo que se le antoje, responde con indignación: su patria no es la Banda Oriental; es América. A la hora del exilio, cuando se le da a conocer la creación de la República Oriental del Uruguay, expresa con amargura: “No tengo Patria”.

Los porteños propusieron dirigir el Ejército de los Andes contra la Liga de los Pueblos Libres. ¡Cómo no vamos los actuales argentinos a reivindicar al hombre que dio motivo a la célebre respuesta sanmartiniana!: “Compatriotas: yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la perspectiva de vuestra desgracia; vosotros me habéis acriminado aún de no haber contribuido a aumentarla, porque éste habría sido el resultado si yo hubiese tomado parte activa en la guerra contra los federalistas… No, el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Suramérica”.

EL ECONOMISTA

Mientras los gobiernos porteños abjuraban de la rebelión popular que se había iniciado con la Reconquista y Defensa de la Ciudad de Buenos Aires cuando fue invadida por los ejércitos británicos, la demanda de autonomía de las provincias litoraleñas -que se adelanta a las montoneras que luego animarán el interior mediterráneo- traducía la necesidad de defender las economías regionales agrarias y artesanales de la competencia planteada por la penetración comercial británica; apoyada en políticas de libre cambio que subsisten hasta nuestros días. Los gobiernos porteños asistieron con normas y leyes de alcance nacional ese dominio foráneo, sin jamás proponerse organizar, secundar o simplemente favorecer políticas de Estado tendientes a la integración productiva del interior argentino.

Frente a ello, en abono de la trascendencia estratégica y geopolítica que habitaba la inspiración revolucionaria de los actos de Artigas allá lejos y hace tiempo, el historiador Washington Reyes Abadie afirma: “La visión integradora de Artigas abarcaba dos regiones de rasgos propios y definidos: la mediterránea, de economía minera, agrícola y artesanal, articulada en el Paraná por el puerto fluvial de Santa Fe; y la del litoral, agrícola y ganadera, desde los yerbatales y estancias paraguayas y misioneras hasta la mesopotamia y la campaña oriental; y un puerto transatlántico: Montevideo”.

Para Artigas, geopolíticamente, la promoción de la región de Misiones era punto central de la conexión con el Paraguay y freno a la expansión imperial portuguesa; del mismo modo, política y económicamente, en su correspondencia con Güemes y en alianza con Bustos, busca librar a las provincias del interior del monopolio de Buenos Aires a través de otras salidas

para sus intercambios: los puertos de Maldonado, Colonia y Montevideo. Tal sería su más grave pecado, a la luz de los intereses hegemónicos del puerto de Buenos Aires, que prefirió la alianza con el imperio esclavista del Brasil, la demandad de asistencia política y militar y aún el sometimiento al floreciente imperio británico, antes que conceder privilegios que había heredado de la creación borbónica del virreinato.

Artigas, en cambio, ofrecía la primera, práctica y básica forma de integración económica, asegurando a los pueblos y gobiernos de este extremo del Continente el directo ejercicio de sus soberanías, sin desmedro de las identidades nacionales: el federalismo y la confederación no eran otra cosa. Y la creación de un mercado unificado a nivel suramericano, con sus órganos auxiliares de gobierno y finanzas, eran una consecuencia natural y lógica de aquella aspiración de unidad en la diversidad.

ARTIGAS: EL NECESARIO

Miramos en ese espejo histórico multifacético del ideario y la acción artiguista nuestra participación en el actual proceso de construcción de la Nación Latinoamericana. Por eso, más allá de mezquindades propias de la competencia electoral de ciertos políticos conservadores de ambas márgenes, la reivindicación histórica que los argentinos debemos al caudillo oriental es un tributo a la unidad de los pueblos del Continente, ya que la cofradía de Argentina y Uruguay es un hecho histórico efectivo e irreversible. Si existe lo más difícil, que es la hermandad política, ¿porqué no va a ser posible lo más fácil, que es la instrumentación de la unidad económica?

No es por casualidad. José Artigas es nuestro patriota más tergiversado y olvidado, pese a la enorme influencia de su pensamiento y acción en las luchas por la independencia y la organización nacional. Al habérselo definido como un héroe exclusivamente uruguayo, se ha privado a varias generaciones de la reflexión histórica rioplatense sobre uno de sus líderes más lúcidos y valientes. Sus ideales políticos y sociales pertenecen a ambas orillas; su acción, su doctrina y su temple, pertenecen a la entera América del Sur.

Carlos Quijano, benemérito periodista uruguayo, reflejó hace años esta realidad de nuestro tiempo: “Ser oriental es ser artiguista. Ser artiguista es ser rioplatense. Ser rioplatense es ser hispanoamericano. Si hay leyes naturales, esa es nuestra ley natural. Nuestro carácter y nuestro destino… Artigas no es nuestro y la reivindicación provinciana lo empequeñece. Es de todos los de estas tierras de la patria grande”.

Mucho antes, había sentenciado Juan Zorrilla de San Martín: “Algún día los argentinos todos reclamarán a Artigas como la más alta de sus glorias”.

Ese día ha llegado.

Ernesto Jauretche

La Plata, 17 de octubre de 2011

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