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Las rotas cosas del pasado (Cuento corto)

Si usted quiere vivir con la plena conciencia del tiempo que ha pasado, deberá detenerse aquí, frente a esta puerta pequeña, llamar a ella, y cuando un hombre de mirada profunda como una nube cargada de lluvia lo atienda, pedir echar una mirada porque está buscando algo de esas cosas que ya no se fabrican.Entrará usted porque el hombre es amable, indicará con un gesto apenas perceptible que usted puede mirar todo lo que quiera, y se encontrará usted frente a una montaña de objetos que otra gente ha legado para este exclusivo momento de su vida. Hay allí motores eléctricos oxidados, máquinas de coser desarmadas, televisores de rayos catódicos, una cabeza de maniquí, una radio con válvulas que se enciende lentamente, una salamandra con olores de madera quemada el siglo pasado, un inútil almanaque de 1968 con una modelo en bikini posando en Mar del Plata, y un olor general incomprensible para su olfato del siglo XXI,

RotasCosasDelPasado

Un olor a margaritas vírgenes,

A sudor de insectos,

A lágrimas de muertos inocentes,

Y si usted es realmente valiente, si usted es, como creo, un tipo con agallas, se sentará a una silla de fórmica blanca y patas de metal, encenderá un cigarrillo después de preguntar si puede, y le dará charla al hombre de los ojos con nubes cargadas de lluvia, que responderá preguntas y empezará un largo soliloquio inolvidable, un repaso por siglos anteriores, y buscará en una repisa con polvos ancestrales un objeto, una pipa, un farolito deslucido, y le dirá esto lo trajeron de Italia cuando los gringos venían en barco y acá no había nada más que arena y espanto y esperanza y trabajo,

Y esto otro de España, mire qué lindo,

Mientras los ojos ya descargan la nube pesada y se hacen claros

como el sol de los amaneceres con helada y estrellas remolonas,

y al rato usted saldrá de esa cueva de la calle Fernández Oro, pondrá los dos pies en la vereda como descendiendo de un aeroplano, y se irá caminando con rumbo al nuevo mundo, mientras en Nueva York y en Tokio, y en Moscú, y en Pekín, y en la Roma legendaria, sus contemporáneos navegan por internet chequeando cotizaciones, comprando en Mercado Libre, haciendo transferencias para cubrir tarjetas, sin saber que hay

un agujero en la tierra,

un pozo de misterio que guarda para siempre o para ahora,

las rotas cosas de los muertos, de los desaparecidos, las rotas cosas del pasado.

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