|
Aunque se negó a discutir
políticas concretas sobre seguridad o los detalles de las propuestas de
Juan Carlos Blumberg, el ministro de la Corte Raúl Zaffaroni aceptó
desplegar sus ideas sobre la seguridad y el sistema penal en medio de la
discusión más aguda de los últimos años.
–¿La Argentina es hoy más insegura que hace seis
meses?
–No tenemos un monitoreo serio respecto de la situación criminal en la
Argentina. Toda afirmación que se haga surge de una sensación térmica.
–Pero la sensación térmica existe.
–Claro que existe. Sin embargo, no siempre responde a lo que pasa en la
realidad.
–¿Usted dice que la realidad marca una situación
de seguridad envidiable?
–No. Yo digo que hay que ser serios, sobre todo a nivel de las
instituciones. Aunque haya delito, el grado de sentimiento de inseguridad
no necesariamente es un reflejo mecánico de la frecuencia delictiva. O
sea que por un lado me parece que existe un mayor sentimiento de
inseguridad. Y por otro lado es poco lo que se puede decir si uno quiere
ser serio.
–¿A qué se debe el aumento del sentimiento de
inseguridad?
–Normalmente responde al tiempo que se dedica en televisión a la
noticia roja, de sangre, y en menor medida a los metros cuadrados de la
prensa gráfica. La velocidad reproductiva es tan vertiginosa que impide
los baches que antes daban espacio a los discursos críticos. Todo pasa
como si fuese necesario producir enemigos, descartarlos y reemplazarlos de
manera permanente.
–¿Usted dice que los medios de comunicación son
responsables de la percepción de inseguridad?
–Simplemente registro un hecho. Los medios transmiten noticias. Y como
ocurre con todas las noticias en todos los medios, los editores pueden
jerarquizar algo y darle menor extensión e importancia a otra cosa. Usted
lo sabe: se trata de más espacio o de menos espacio. Si ese mayor o menor
espacio está en relación con una mayor o menor frecuencia delictiva es
algo que no le puedo decir seriamente. Con lo cual estoy afirmando que me
gustaría que el Estado dispusiera de instrumentos de medición que hoy no
tiene. Pero vamos a una explicación que me parece más profunda. La
polarización de riqueza que provocó la economía globalizada deterioró
gravemente a las clases medias, volviéndolas anómicas. Por eso reclaman
normas, pero no saben qué normas. Son anómicos patéticos, que claman
por normas y en su desconcierto acaban encolumnándose detrás del
discurso autoritario simplista del modelo norteamericano, que viene con el
prestigio de una sociedad que envidian y admiran.
–¿De qué modelo norteamericano habla?
–Hay un discurso penal de los republicanos duros, desde 1980, con
Ronald Reagan de presidente. Y es bien simplista. Uno, más penas para
proveer más seguridad. Dos, los delincuentes no merecen garantías. Tres,
guerra a la criminalidad que, por supuesto, también es sucia. Cuatro, los
delincuentes violan derechos humanos. Cinco, buscar la reelección rodeándose
de fotografías de los ejecutados a quienes no se les conmutó la pena de
muerte. Seis, un exitoso candidato a presidente cierra su campaña
mostrando la placa de un policía muerto. Siete, un alcalde invirtió
grandes sumas en mejorar el servicio de seguridad, depuró buena parte de
la corrupción policial y actuó en tiempo de pleno empleo, pero pretende
que su éxito estriba en la tolerancia cero y explica simplezas a
ejecutivos latinoamericanos que le pagan millones.
–¿Ese discurso dice usted que impera también en
la Argentina?
–Cuando algunos políticos advierten que esa forma de ver las cosas
satisface a las clases medias en decadencia, no es raro que se apoderen de
ese discurso y hasta se lo disputen. Como el político que pretenda
confrontar con este discurso será descalificado y marginado, si no lo
asume por cálculo electoralista lo hará por temor. Así es como algunos
quieren imponer el discurso único del nuevo autoritarismo. Y apelan a
supuestos “especialistas” que, como le decía antes, no disponen de
datos empíricos serios. Son “opinadores libres” que reiteran el
discurso único. Se vende la ilusión de que sancionando leyes que
repriman desmesuradamente a los pocos vulnerables y marginados que se
individualizan y aumentando la arbitrariedad policial, legitimando directa
o indirectamente todo género de violencias incluso contra quienes objetan
el discurso publicitario, habrá mayor seguridad urbana contra el delito
común. Esto se hace magnificando la inseguridad, y le aclaro que no estoy
definiendo que no la haya.
–¿Qué impacto tiene esa magnificación?
–Proclaman la existencia de una pretendida impunidad, de una lenidad
generalizada. Y el metamensaje es curioso: incita públicamente a los
excluidos a cometer delitos.
–Una paradoja.
–Sí. Algo así como “delincan que no pasa nada”. Al final, los
resultados terminan no importando. Se trata de enviar mensajes que se
toman como verdaderos sólo porque tienen éxito publicitario. Sirven para
transformar una convicción en un prejuicio: un mundo que se desordena se
puede ordenar con disciplina impuesta con represión.
–¿Usted carece de una sensación térmica propia?
–Sería irresponsable hablar de mí mismo. Equivaldría a contribuir a
un debate donde ninguno tiene una pauta objetiva sobre la cual opinar. Hay
un hecho cierto, una regla general de la que nuestro país no puede ser la
excepción. Con desempleo y recesión, y en la Argentina no hay recesión
pero la hubo durante cinco años y las consecuencias son millones de
excluidos, aumentan los delitos contra la propiedad y se potencia todo género
de conflictividad. Esa es una regla universal.
–¿Coincide con la respuesta del Gobierno de mayor
coordinación entre las fuerzas federales y la provincia de Buenos Aires?
–No me haga hablar de políticas concretas. Soy un ministro de la Corte.
Prefiero no opinar acerca de cuestiones que se convirtieron en
abiertamente políticas.
–En la primera marcha de Juan Carlos Blumberg
usted dijo que se compadecía de él pero que un enfermo sometido a una
mala operación no necesariamente sugiere una buena praxis médica.
–Le voy a decir exactamente lo que pienso, actualizado a los últimos días.
Nunca estuve enfermo de cáncer pero comprendo el dolor ajeno. Me
solidarizaría con cualquier enfermo de cáncer. Más aún. Si no le
diesen tratamiento, o si el tratamiento fuese inadecuado, saldría con él
a pedirlo. Pero si el enfermo me dice que el tratamiento adecuado es la
yerba de Doña María, y que por el solo hecho de sufrir, él sabe más
que el oncólogo, yo no lo seguiría. Porque la yerba de Doña María no
sirve, no salva.
–Piensa lo mismo que antes de la marcha de abril.
–Lo mismo. Es un criterio general que aplico.
–Doctor, ¿de qué se habla cuando se menciona el
crimen organizado?
–A mí no me gusta como categoría. Es muy abstracta. Abarca una serie
de fenómenos criminales dispersos, desde el lavado de dinero hasta la
actividad de una banda de secuestradores. No sirve para nada. Si soy el
Estado, tengo que prevenir el delito atendiendo a las particularidades. Y
una categoría inaplicable no sirve para la prevención. Ya que está de
moda comparar todo con la medicina, nunca buscaría una categoría que me
junte el SIDA con el cáncer. Solo conseguiría que fuese imposible tratar
nada.
–Pero hay un factor común: participa el Estado.
–Siempre que hay actividades de crimen como el lavado y el secuestro a
gran escala hay un fenómeno de corrupción en el Estado. Eso es cierto. Y
destruye las instituciones, incluso la policía, como pasó en los últimos
años en América latina.
–¿De qué manera?
–Se autonomizaron las cúpulas de las fuerzas de seguridad y se
profundizó su corrupción. Cuando a las instituciones armadas se les da más
ámbitos de arbitrariedad ganan poder político, o para dar un golpe de
Estado o para presionar a las autoridades democráticas. Es como enviciar
a las fuerzas de seguridad y destruirlas como instituciones. Los peores
costos los pagan con su integridad física los estamentos inferiores, con
salarios degradados, autoritarismo interno, riesgos altísimos, anomia
profesional, carencia de información, desprestigio público, aislamiento
social y falta de condiciones para debatir horizontalmente sus condiciones
laborales. Ese tipo de políticas fortalecen el Estado de policía y
debilitan el Estado de derecho.
–¿Qué es el Estado de Derecho?
–El Estado de Derecho ideal es en el que todos estamos sometidos por
igual ante la ley.
–¿Y el Estado de policía?
–Aquel donde nos sometemos a la voluntad del que manda. Invariablemente
dentro de todo Estado de Derecho queda siempre un Estado de policía que
pugna por romper el Estado de Derecho. Es una dialéctica permanente. Una
lucha que no tiene fin.
–Usted habló antes de la búsqueda de enemigos.
¿Quién es el enemigo?
–Va cambiando. Un día son los secuestradores. Otro día los violadores.
Después los asaltantes. Siempre hubo enemigos. Pero duraron más. Las
brujas fueron un enemigo durante 300 años. Acá cambian una vez por
semana.
–Pero, ¿qué es el enemigo?
–Planteado así, una construcción. La sucesión de enemigos aumenta la
angustia y reclama nuevos enemigos para calmarla, porque nunca termina de
conseguirse el chivo expiatorio adecuado.
–¿Es un círculo vicioso?
–Algo así. Todo se potencia de forma circular. Se impone una propaganda
puramente emocional que prohíbe denunciar.
–¿El que critica es como un enemigo?
–Sí. Mire, a mí se me ocurre caracterizar este autoritarismo con la
palabra que usan los jóvenes para señalar lo superficial, lo que está
de moda, lo que se usa distraídamente: cool. Nació un autoritarismo cool,
fashion. Y no me gusta. A veces ni se lo asume como una convicción
profunda. Es una moda a la que es necesario plegarse sólo para no pasar
por anticuado o desubicado. Cuidado con el autoritarismo fashion.
–¿La construcción del enemigo es irreal?
–Bueno, toda construcción tiene algún dato de realidad.
–¿Está mal que la sociedad se plantee la
existencia de enemigos a combatir?
–Sí.
–¿Acaso no hay enemigos?
–Hay infractores. Y no le estoy sacando gravedad a cosas tan tremendas
como el secuestro y la violación. Solo digo que no se puede pensar que el
delincuente es como un soldado enemigo en la guerra.
–¿Y por qué estaría mal pensar eso?
–Por una razón práctica: porque no solucionaremos nada. La idea del
enemigo es la idea de alguien que está afuera de la sociedad. Alguien que
agrede a la sociedad desde afuera de ella. Así se quiere sacar un sector
desde dentro de la sociedad y quitarle su condición de persona. El tema
tiene dos costados. Uno es que se busca habilitar al Estado para hacerle
cualquier cosa al que está “afuera”. El otro es que no se resuelve
ningún problema. El poder ilimitado nunca soluciona nada. Y además, ¿quién
define al enemigo? El Estado de policía habla de enemigos, y esa definición
suele cambiar arbitrariamente. El Estado de Derecho tiene en cuenta
infractores a la ley, no enemigos. Lo contrario sería caer en los
extremos tremendos del siglo XX.
–¿El nazismo?
–No solamente. Los soviéticos consideraban “parásitos” a los tipos
peligrosos. Los nazis, “subhumanos”. Los fascistas, “enemigos del
Estado”. Y todos crearon un verdadero sistema penal paralelo con
tribunales inquisitoriales/policiales. Los nazis fueron más crueles, pero
eso no excluye otras atrocidades ni obsta a que en el fondo hubiese una
base ideológica común en lo penal.
–¿Cuál era?
–Se la defino inventando una palabra: “peligrosismo”. Era el
peligrosismo médico/policial, una forma de racismo que venía del siglo
XIX. Los autoritarismos ejercieron su poder represivo en forma genocida.
Crearon sistemas penales subterráneos, con desapariciones, torturas y
ejecuciones policiales, individuales y masivas, sin base legal alguna. El
Holocausto no tuvo base legal ni siquiera en el nazismo, como no fuera el
bochornoso Führerprinzip. La eliminación de los prisioneros polacos por
el stalinismo tampoco la tuvo. La famosa noche de los cuchillos largos no
fue más que un asesinato selectivo de disidentes.
–¿No exagera al comparar la discusión actual con
regímenes autoritarios?
–No la comparo. Explico el caso extremo de la búsqueda de enemigos.
–¿Siempre existió la búsqueda de enemigos?
–Como discurso se impuso en el siglo XIX, con Rafael Garofalo, y en el
XX con Carl Schmitt, pero buscar e identificar enemigos fue una tarea
permanente del poder punitivo en los últimos ocho siglos. El soldado de
otro país es el enemigo externo. El delincuente es el enemigo interno.
Por eso suele ser visto como una especie de “quinta columna” que
quiebra la homogeneidad. Si uno define, como Schmitt, el poder como la
capacidad de identificar al enemigo, entonces no habrá ninguna
posibilidad de utilizar el poder para dar vigencia a los derechos humanos.
–¿Por qué no?
–Porque los derechos humanos no tienen “enemigos”. Abarcan a toda la
humanidad. El poder ni siquiera puede ser utilizado para dejar fuera de la
humanidad a quienes violen los derechos humanos.
–Blumberg dijo en el acto de Congreso que los
organismos de derechos humanos defendían los derechos humanos de los
delincuentes.
–No quiero centrarme en el señor Blumberg. Estoy hablando
conceptualmente.
–¿Cuál es su concepto?
–Que efectivamente los derechos humanos son de todos los ciudadanos.
–¿Robar es violar los derechos humanos?
–No, es cometer un delito. Para hablar de los derechos humanos el único
sujeto activo es el Estado.
–¿No hay relación entre violación de derechos
humanos y delito?
–Sí que hay. Cuando el Estado no hace nada.
–Uno podría decir: “Hay muchos robos. Ergo, hay
violación de los derechos humanos porque el Estado no se preocupó de
evitar los robos”.
–Eso no significa que el Estado no hace nada, que disolvió las policías
como si ante una epidemia cerrara los hospitales. Se puede discutir cómo
lo hace, pero claramente hay una preocupación por resolver el delito. No
escuché a ningún funcionario decir: “Si te roban, embromate”. Eso
sería violar los derechos humanos por omisión. No sucede.
–¿Y usted cree que el Estado hace todo lo que
puede?
–Nunca se hace todo lo que se puede. Pero veo policías funcionando. Y
veo preocupación por cómo prevenir. Igual, no me haga hablar de políticas
concretas. No quiero ser imprudente.
–Su imprudencia llega solo a hablar del
autoritarismo cool.
–No, no es imprudencia. Es una lucha por sostener con firmeza los
principios del derecho penal liberal y oponerlos al derecho penal cool.
Quiero el fortalecimiento de la independencia judicial y el respeto a los
jueces y sus decisiones. Exijamos responsabilidad institucional a nuestros
políticos. Y no censuremos a nadie, pero ampliemos la libertad de expresión
y de comunicación hasta poder confrontar públicamente por los mismos
medios el actual discurso único del autoritarismo cool.
–¿Lo suyo es la guerra?
–No. Ya le dije que la guerra pone el problema afuera. Lo mío es una
lucha contra la injusticia. En el sentido en que estuvimos hablando, no
tengo miedo de mostrarme “anticuado” o “impopular” para no ser
cool. Yo critico a los políticos que se montan en el aparato autista que
le describí y sancionan leyes penales y procesales autoritarias y
violatorias de principios y garantías constitucionales. O prevén penas
desproporcionadas, que a veces no pueden cumplirse porque exceden la vida
humana. O reiteran tipificaciones y agravantes en marañas antojadizas. O
desarticulan los códigos penales, convierten la prisión preventiva en
una pena y terminan desconcertando a los tribunales. Si los políticos de
América latina se dejan llevar por la amenaza de una publicidad negativa,
van a provocar el mayor caos legal autoritario de la historia penal desde
la independencia.
Regresar
a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular |