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Pedido
de Mano
Cuento
Una cosa que ha ido
variando con el paso del tiempo, y recurro también a la memoria de los
mayores: el protocolo o la institución que fue alguna vez el noviazgo. Y
esto a los más chicos les va a resultar hasta risueño, gracioso tal vez,
porque yo voy a refrescarles la memoria a los mayores lo que era estar de
novio hace unos años: primero había que conseguir la dama, que ella
viera si el venía con buenas intenciones, le dedicara alguna sonrisa y se
encontraran a la salida del cine, a la salida de misa o en un baile. Pero
cuando ya se entablaba una relación, uno no podía llegar hasta la casa;
llegaba una cuadra antes, porque no estaba autorizado ya que no había
pedido la mano.
Y las madres de las
chicas se justificaban con las vecinas diciendo: es una "simpatía"
de la nena pero no hay nada serio todavía. Y cuando se establecía la
relación ya concreta y la cosa pintaba para casamiento, había que pedir
la mano y había que ir a la casa de la novia, y había un rito para esto.
Se elegía una noche, que podía ser jueves a la noche o sábado a la
noche, y se hacia cena con picada y todo, y los dueños de casa, o sea las
familiares de la novia, se vestían como para comunión, todos de negro o
azul oscuro; a veces hasta los abuelos estaban para conocer al candidato,
y los más chicos con un moño enorme, parecían gato de rico... Y venia
el novio y saludaba a todos, mano a mano, y se comía en un clima de
cierta rigidez protocolar: se agarraba el cubierto como nunca se agarraba
con el dedito para arriba, y no se volcaba vino para nada, y después de
la cena el padre y la madre de la muchacha lo invitaban a pasar a la sala
al candidato. La chica quedaba afuera y él exponía sus intenciones y sus
posibilidades en la vida. Y de acuerdo a si llenaba las
expectativas que tenían los padres para el futuro de su hija, le decían.
-Bueno, desde la
semana que viene puede considerarse como uno más de la casa, casa que
entendemos que usté va a respetar, respetando a nuestra hija. A partir
del jueves que viene, usté puede venir jueves y sábado de noche,
domingos a la tarde, porque el lunes se trabaja, y los jueves y sábado
incluye cena en la visita; usté va a ser bienvenido en nuestra mesa. Y
hay novios que han engordado con el sistema. Y eso no me pueden
negar que ha cambiado, porque hoy en día si los hijos te avisan que se
van a casar ya es un homenaje a los padres. Hay algunos que te avisan
después. Y bueno: éste es el caso de la historia que les voy a contar.
Una chica de este tiempo con un muchacho de aquel tiempo. Mejor dicho, el
padre de la chica, hombre de aquel tiempo; la parejita, de esta época,
modernos los dos.
El padre de la chica,
patriarca, conservador, tradicionalista, fiel a sus propios principios y
convicciones, llamó a su hija y le dijo:
- Dígale al mocito
ése que anda con usté que venga a hablar conmigo en relación a uste.
- Y la chica muy
moderna le dice:
- ¡Pero, papá! ¡Estas
cosas no se usan más ya!
- Le clavó los ojos
el viejo.
- Lo que se usa de
las puertas de casa afuera me tiene muy sin cuidado. A mí me importa
lo que se usa de las puertas de casa para adentro. Las leyes de la
casa las dicto yo, y usté es parte de mi casa. Y dígale al
caballerito ese, eh, que si quiere seguir viéndose con usté lo
espero hasta el jueves. Después del jueves que busque otra novia. Y
viá tener la delicadeza de esperarlo con una cena.
Y fue la chica a
hablar con el muchacho y le dijo:
- Mira que vas a
tener que hablar con papá.
- ¡Está loco tu
viejo!.
- Pero mirá que papá...
- ¡Pero esta loco!
¿Qué te pensás! ¡Qué me voy a vestir de D’Artágnan como en el
siglo pasado; voy a ir con la capa y la espada y el sombrero y le hago
la corte...? ¡Nooo!, ¡Eso es del siglo pasado! ¡Disculpame,
Carmencita!.
- Mirá que papá
dice que no nos vamos a ver más...
- Así que por cariño
a la chica al final fue. Jueves a la noche: picada y cena. En la
picada nomás va el padre vio mal parado al candidato. Así que lo
encaró antes, cosa de ahorrarse la cena. Lo hizo pasar para adentro;
se sentaron, se sentó, mejor dicho, el padre de la chica, a él lo
dejó parado; cerró la puerta; no había mas nádie; de hombre a
hombre: era la cosa. Un sillón de esos de gobernación de provincia,
bien afirmado. Lo miró a los ojos y dijo:
- Usté verá qué
es lo que me tiene que decir, mocito.
Y el otro, medio
desfachatadón dice:
- Bueno, yo le vengo
a avisar para que no se entere por boca de ganso, que ando enoviando con
su hija y quise avisarle algunas cosas de mi vida pa’ que no se las
tenga que averiguar por las chismosas de la zona. Soy bastante
trasnochador, fumo y chupo como loco, me doy vuelta p’afuera, soy muy
timbero, vivo en el hipódromo, me encanta la timba...
- Al viejo se le iba
encrespado el cuero del cogote... como puma para saltar... Y el otro
sigue enumerando sus virtudes.
Dice
- Soy bastante
mujeriego, gracias a Dios...
No podía creerlo el
padre de la chica.
- jPero usté no
tiene vergüenza!
- Tampoco tengo vergüenza...
Eso sí: tengo tres estancias y una fábrica funcionando.
- Bueno -dice el
viejo- ¡Perfecto no hay nadie en la vida!.
De todo como en
galpón, Imaginador, Bs. As. 1994.
Selección: Antología
de Autores Chaqueños - María Azucena Villoldo - Obdulia García)
| Luis
Landriscina
MÉDICO Y CARPINTERO (CUENTO)
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A los pueblos del interior llegan de
tanto en tanto los visitadores médicos y les dejan a los médicos
las muestras de una nueva droga contra esto, o una nueva droga
contra aquello.
- Pruébela - le dice el visitador del
laboratorio al doctor -, porque esto ha superado totalmente la...
Entonces los médicos van almacenando
cantidades de estas muestras de remedios. Y éste del que les voy a
contar era uno de ésos que solía hacer lo que hacen casi todos los
médicos de pueblo : obra social con esas muestras gratis.
Pero si alguno de ustedes es médico o si
algún médico les ha dado alguna vez una de estas muestras, saben
que suelen tenerlas en una caja grande, y después, para encontrar
el específico que necesitan, tienen que revolver como a gallina
clueca.
- Pero si yo lo tenía, yo lo tenía... pero
si el otro día estaban atados con una gomita... yo lo tenía.
Y ustedes a esta altura se preguntarán : ¿
y el de la farmacia... ? No, no hay problema. Porque el médico no
hace siempre esto de entregar las muestras gratis, sino sólo cuando
lo exige la circunstancia.
Por ahí viene del campo una señora que tiene cuatro o cinco
chicos, y todos están con sarampión o con varicela. Y el doctor
sabe que la economía no le da para comprar remedios para los cinco.
Ahí es donde él mete la mano en la caja ésa.
En el caso del médico de nuestro cuento,
como cada vez le resultaba más engorroso encontrar cada
medicamento, le encargó al carpintero del pueblo que le hiciera una
suerte de vitrina, como para tener una pequeña farmacia, e ir
derecho a lo que buscaba y no perder tiempo en revolver.
Los carpinteros son iguales en todos lados.
Algunos demoran seis meses, otros ocho. Si tiene teléfono, vos los
llamas... y ellos te responden :
- Estoy en eso, ehhh...
Después te dicen :
- Estamo´ estacionando la madera...
Las carpinterías de pueblo son completas :
con sierra sinfín, cepilladores, tupí. Y suelen traer los troncos,
porque ellos mismos hacen las tablas. Entonces se junta aserrín, se
junta viruta, y van haciendo las pilas, casi siempre en grandes
tinglados abiertos. Y vos ves las pilas de madera acá y más allá
las pilas de los recortes, que es lo que les va quedando, las
costaneras, los pedacitos ésos que después les pedís pa´l fuego,
porque total pa´ qué los quieren...
Como ya había pasado de castaño oscuro la
demora, nuestro médico de la vitrina arrancó para lo del
carpintero, que se llamaba Ledesma.
Y llega el doctor y se para sobre una montañita
de aserrín apelmazado en el piso por la lluvia. Como estaban
pasando la cepilladora en un tablón, primero de un lado, después
del otro y enseguida de cada uno de los cantos, el ruido era
impresionante. Por lo que, al no poder decir ni una sola palabra, el
médico se dedicó a observar.
Ahí cerca, el carpintero estaba trabajando con un formón la
vitrina que él le había encargado. De pronto se le escapa el formón
y le hace toda una zanja a la tapa del mueble.
Entonces, con total naturalidad el
carpintero agarró un poquito de cola, un puñadito de aserrín,
mezcló todo haciendo como una masilla, la aplicó sobre el surco,
con la espátula sacó el sobrante, pinceló con aceite de lino y
siguió trabajando.
El médico siguió toda la operación.
Cuando paran de hacer ruido los otros con los tablones, le dice :
- ¿ Qué tal, Ledesma ?
- Ehh, doctor, no lo había visto. No me
diga que estuvo hace rato.
- Si. - Pero no me di cuenta.
- Si, me di cuenta yo también de que no te
diste cuenta. Y entonces comenta el doctor, irónicamente :
- Vos sabés que, parado acá, viéndote
trabajar, te tengo que decir que sinceramente te envidié, che.
Porque vi que fácil es el oficio de carpintero. Cualquier
macanazo..., un poco de masilla, aserrín, cola, aceite de lino... y
arreglao el macanazo.
- Y al escuchar esto, el carpintero se sintió
agredido en lo más intimo. Por lo que lo mira y le dice :
- Más o menos como el oficio de usted,
doctor. Nada más que los macanazos de ustedes los tapan con
bastante tierra.
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