Esta paradoja se acentúa si observamos que, sobre el papel, no hay ninguna
guerra abierta. Se han alcanzado acuerdos de alto el fuego y de paz entre el
Norte y el Sur de Sudán; pero prevalece el conflicto en Darfur. En la República
Democrática de Congo se ha constituido un gobierno de transición, integrado
por el partido del presidente Joseph Kabila, los partidos de oposición y las
fuerzas rebeldes; pero siguen combates intermitentes en el noreste del país.
En Somalia se ha llegado a un acuerdo para elegir un Parlamento de 275
miembros y a un presidente interino, Abdullahi Yusuf; pero continúa la secesión
de Somaliland y Puntland.
El último ejemplo de esta saga de países en crisis es Costa de Marfil.
El 4 de noviembre aviones y helicópteros del ejército regular bombardearon
las ciudades de Buaké y de Korogho, plazas fuertes de las fuerzas rebeldes,
con el objetivo de reconquistar el norte y lograr la unificación de Costa
de Marfil. En el ataque murieron nueve soldados franceses, integrantes de
las fuerzas de interposición, y un civil norteamericano.
La respuesta del Ejército francés fue contundente: destruyó dos bombarderos
y tres helicópteros costamarfileños, ocupó el aeropuerto de Abiyán,
bombardeó el palacio presidencial de Yamusukro y disparó contra miles de
encolerizados manifestantes que asaltaron locales y oficinas de franceses.
Hubo 64 muertos muertos y más de 1.000 heridos civiles.
Choque Francia-Costa de Marfil
La cuestión de fondo es cómo se ha llegado a este desencuentro entre Costa
de Marfil y Francia, si tenemos en cuenta que el país africano ha sido,
hasta hace poco, la joya de las antiguas colonias francesas, un país rico,
modelo de desarrollo y de estabilidad en el África Occidental. La clave se
encuentra en estas declaraciones de Laurent De Bai, portavoz de la Embajada de
Costa de Marfil en Italia: «Costa de Marfil proclamó su
independencia el 7 de agosto de 1960, pero el 6 de noviembre se puede
considerar la fecha de la verdadera descolonización. El papel de los
militares franceses tenía que ser la defensa de Costa de Marfil, pero
no lo han hecho».
Estas palabras amargas han mostrado el sentir de muchísimos costamarfileños
que se han visto traicionados, una vez más por Francia, a la que se considera
responsable de armar a los rebeldes y de la división del país desde
septiembre de 2002.
Al día siguiente de las declaraciones de Laurent De Bai, los obispos de Costa
de Marfil publicaron una declaración no menos contundente. Después de
asegurar que «desde el sábado 6 de noviembre de 2004, nuestro país vive una
de las situaciones más dramáticas y trágicas de su historia, aluden a otra
declaración que hicieron el 21 de febrero, en la que -dicen textualmente- «nos
inquietábamos a propósito del papel ambiguo, zigzagueante y confuso de las
autoridades francesas y nos planteábamos la siguiente pregunta: ¿Por qué
Francia se presta a este doble juego? ¿Acaso para defender sus intereses? ¿Es
conveniente colocar el interés particular de las empresas multinacionales,
aunque dispongan de poderosos medios financieros, por encima del interés de
una nación, de un pueblo?» Y siguen diciendo: «Hoy, los hechos confirman lo
que entonces señalábamos. Si no, ¿cómo comprender que un desgraciado
incidente pueda incitar a una reacción de tal envergadura y tan
desproporcionada por parte de Francia?»
Según los obispos, esta reacción tan desproporcionada es «la destrucción
de todas las aeronaves costamarfileñas, la ocupación de los aeropuertos de
Abiyán y Yamusukro, el bombardeo del palacio presidencial de Yamusukro, el
despliegue de carros de combate en la ciudad de Abiyán, los disparos con
balas reales sobre niños, jóvenes y mujeres con las manos vacías que sólo
buscan la paz y la reunificación de su país; son numerosos los que han
encontrado la muerte o han sido heridos. Nuestros hospitales y nuestras
morgues se encuentran hoy desbordadas».
A la vista de estos hechos, los obispos se preguntan; «¿Debemos pensar hoy
que la intención no confesada no era más que la de desestabilizar Costa de
Marfil y reducir de nuevo este país a una colonia francesa?»
Éste es el verdadero trasfondo del conflicto en este país africano, que
empezó a gestarse en el año 2000, cuando finalizaron los acuerdos económicos
firmados en 1960 entre Francia y Costa de Marfil. El presidente costamarfileño
se propuso renovar las concesiones de explotación económica después de 40 años
de monopolio económico francés y abrir las inversiones a Estados Unidos,
China y otros países asiáticos. Esto enojó a Francia, porque, además, se
empezaban a descubrir yacimientos de petróleo en aguas jurisdiccionales
costamarfileñas, en pleno Golfo de Guinea, considerado con toda razón el «Golfo
Pérsico africano».
Lo sucedido en Costa de Marfil pone de manifiesto que ya nada va a ser igual
entre este país y Francia. Se acabó la luna de miel franco-costamarfileña,
por más que a Francia le cueste entenderlo, y puede ser el síntoma del fin
del imperio francés en el África centro-occidental.
Sudán Meridional y Darfur
En rigor y a tenor de los acuerdos firmados, ni en Sudán ni en los Grandes
Lagos hay guerras abiertas. Pero la realidad va por otros derroteros. En la
ciudad keniana de Naivasha se firmó el pasado 26 de mayo el acuerdo de paz
entre el Norte y el Sur de Sudán, después de 21 años de guerra civil. En
los acuerdos de paz se perfila la creación de un Gobierno compartido entre el
Norte y el Sur durante seis años y medio, aunque el sur gozará de amplia
autonomía. Durante los años de transición no habrá un ejército
unificado;habrá despliegue militar de ambos ejércitos en todo el país,
aunque no se descarta que haya algunas fuerzas unificadas.
El nuevo Gobierno deberá preparar la redacción de la nueva Constitución
para un período transitorio. El Sur tendrá una autonomía durante seis años
y posteriormente habrá un referéndum para determinar el futuro político de
la región: secesión o integración en un Sudán único.
Mientras se cocinaban estos acuerdos estalló el conflicto de Darfur, una región
del oeste sudanés, colindante con Chad. La guerra en Darfur ha causado ya
miles de muertos, un millón de desplazados internos, 150.000 refugiados en
Chad, casas y campos incendiados y robo de ganado. En esta región convivían
desde hace varios siglos pueblos africanos sedentarios dedicados a la
agricultura y tribus nómadas arabizadas dedicadas al pastoreo.
Hubo siempre tensiones entre ambos grupos por los pastos, el cultivo de la
tierra y los pozos de agua; pero los pactos entre los jefes tradicionales
lograron mantener cierto entendimiento, para evitar inútiles enfrentamientos
y derramamiento de sangre. Este pacto de no agresión se mantuvo hasta los años
ochenta. Con las armas conseguidas durante el conflicto entre Chad y Libia,
las tribus nómadas arabizadas se dieron al saqueo de los bienes de los
pueblos negroafricanos con el consentimiento y el apoyo logístico del
gobierno sudanés. La región quedó arruinada económicamente.
Los Grandes Lagos
También en la región de los Grandes Lagos se han alcanzado acuerdos de paz,
después de varios años de inestabilidad, guerras horrorosas, como la de
Ruanda en 1994 -con más de medio millón de muertos-, conflictos como el de
Burundi desde 1993 -con más de 300.000 muertos- y el caso singular de la República
Democrática de Congo, el antiguo Zaire. Formalmente, Ruanda es un país
estabilizado bajo el mando la minoría tutsi, que ha hecho del holocausto
ruandés la razón de su hegemonía política y económica. En Burundi se ha
logrado mantener un gobierno de transición primero presidido por un tutsi, el
general Pierre Buyoya. y después por el hutu Domitien Ndayizeye.
El proceso de paz en Burundi lleva en marcha tres años, y no está siendo
nada fácil llegar al sosegado puerto de la estabilidad democrática. Hay dos
factores que lo impiden, uno de orden interno y otro de orden externo. Por lo
que respecta al de orden interno, no se ha conseguido meter en este proceso a
todos los movimientos rebeldes; el más violento de ellos, las Fuerzas
Nacionales de Liberación, está integrado por hutus radicales, y se ha negado
a participar en lo que ellos consideran una traición a la mayoría hutu. El
factor de orden externo, está relacionado con lo que sucede en la Región de
los Grandes Lagos, sobre todo en la República Democrática de Congo, un país
en el que deberá haber elecciones democráticas el próximo año.
En la República Democrática de Congo existe, como en Burundi, un gobierno de
transición que preside Joseph Kabila, que ascendió al poder después del
asesinato de su padre, Laurent Desiré Kabila, el 16 de enero de 2001. En este
gobierno de transición figuran miembros de los partidos de oposición y
dirigentes de antiguos movimientos rebeldes congoleños.
También desde un punto de vista formal, hay paz en Congo desde el verano del
año pasado, después de cinco años de una guerra promovida desde Uganda y
desde Ruanda, con el objetivo de apropiarse de los inmensos recursos mineros
congoleños. Nunca en África se había producido un expolio de recursos de
esa magnitud, y menos todavía por obra de otros países africanos, en
connivencia con las multinacionales.
Petróleo y diamantes
En un informe de expertos de la ONU en el año 2001 sobre lo que sucedía en
la República Democrática de Congo, se acusó sin ambages, principalmente a
Uganda y Ruanda, de «un expolio a gran escala de recursos naturales y su
explotación sistemática».
Como sucedió en Angola con el petróleo y los diamantes, la invasión congoleña
se prolongó debido a sus recursos. Y de esta prolongación son responsables a
partes iguales las multinacionales, Ruanda y Uganda y los llamados rebeldes.
Lo trágico del asunto es que en la República Democrática de Congo han
muerto más de cuatro millones de personas.
Estos son los países africanos más inestables. Existen otras zonas
conflictivas, como el norte de Uganda, donde el grupo guerrillero Movimiento
de Resistencia del Señor asalta, secuestra y asesina a personas civiles desde
hace casi dos décadas, lo que ha causado más de medio millón de
desplazados.
Hay problemas de inseguridad en Sierra Leona, Liberia, Guinea-Bissau, Somalia,
Etiopía, República Centroafricana, norte y sur de Nigeria, Zimbabue y norte
de Chad. Se ha extendido el tráfico de armas, excedentes de las largas y
atroces guerras civiles como las de Angola, Sierra Leona y Liberia, por hablar
sólo del África Occidental.
Muchos ex soldados y ex guerrilleros son reclutados en algunos países por
mafias organizadas, que se convierten en auténticos bandoleros y
contrabandistas de oro y diamantes o -algo cada vez más frecuente-, en
traficantes de personas y asesinos para extraer órganos humanos.
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