Los Hombres Sensibles, los
Refutadores de Leyendas y los Reyes Magos
de Alejandro Dolina
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Todos conocen la
aguda polémica que suele encenderse en Flores cuando se acerca el seis de
enero.
Los Refutadores de Leyendas cumplen en esos días horarios especiales y desatan
una intensa campaña. Naturalmente, tratan de esclarecer a los chicos acerca de
la verdadera identidad de los Reyes Magos. Los más desaforados no vacilan en
afirmar que estos personajes no existen y que la eventual aparición de juguetes
sobre el calzado infantil es el resultado de sigilosas maniobras de los padres,
amparados en las sombras de la noche.
Sus argumentos –hay que decirlo- son bastante sólidos. El profesor Pedro del
Moro los ha reunido y codificado en su libro Los Reyes son los padres. Esa obra,
cuyo sólo título presagia revelaciones apocalípticas, comprende tres grandes
capítulos, cada uno de ellos con razonamientos de distinto color.
El primero se titula Testimonios. Cerca de doscientas personas cuentan
experiencias personales que abonan la tesis central del libro. Transcribimos
algunos fragmentos:
“... Me costó dormirme. Siempre me pasaba lo mismo en noches como aquélla.
Ese año mis pedidos habían sido bastante módicos. Un encendedor, una
afeitadora eléctrica y una caja de lápices. A medianoche me desperté
sobresaltado: ¿Había puesto mis zapatos en el pasillo? Me levanté para
comprobarlo. Y entonces, en la penumbra del pasillo, subrepticio como un ladrón,
hincado sobre mis viejos mocasines, vi a mi padre con los regalos. Se levantó
lentamente. Durante un largo nos miramos con encono.
–De modo que así son las cosas –le dije.
–Déjame que te explique...
–No papá –no me importó ser cínico-. Creo que ya es demasiado tarde para
explicaciones...
Es probable que los berretines novelísticos del profesor del Moro conspiren
contra el estilo expositivo que es deseable en toda obra de especulación científica.
Las otras historias del primer capítulo son –si bien se las mira- todas
iguales: sujetos que sorprenden a sus padres en situaciones comprometidas,
confesiones espontáneas de padres arrepentidos, trampas preparadas de antemano
y hasta fotografías reveladoras. El más impresionante es el caso de un
estudiante de farmacia que habiendo entrado en sospechas a causa del demasiado
trato con las ciencias, amenazó a su madre con un arma hasta que la pobre mujer
reconoció sus usurpaciones.
En el segundo capítulo, Del Moro apela al sentido común. Básicamente
sostiene:
a) Que es por lo menos improbable que tres personas visiten todas las casas del
mundo en una sola noche.
b) Que también resulta difícil admitir que puedan acarrear en sus bolsas
centenares de millones de juguetes.
c) Que los regalos que amanecen sobre los zapatos el 6 de enero parecen más
paternales que reales, sobre todo en el precio.
Sobre la alfalfa que algunos niños dejan en el patio, Del Moro opina que es
ingerida por los padres, quienes de este modo no solamente serían los Reyes
Magos, sino también los camellos.
El tercero y último capítulo es una larga serie de consejos sobre la
conveniencia de no fomentar ilusiones en los niños y de explicarles todo, en términos
amables pero rigurosamente exactos.
Los Hombres Sensibles de Flores, por el contrario, prefieren que los chicos
crean en los reyes, en las hadas y en el mundo de los sueños.
Por eso cada vez que se encuentran con un pibe le cuentan que hay ratones que
dejan dinero bajo las almohadas, si uno les pone un diente. O que el hombre de
la bolsa se lleva a quienes sienten repugnancia por la sopa. O que soplando
panaderos se consigue lo que uno quiere. O que pisando baldosas rojas se
ahuyentará al demonio. O que haciendo gancho con los dedos se impide a los
perros exonerar sus intestinos.
En la anual discusión de los Reyes Magos, los Hombres Sensibles acusan a los
Refutadores de Leyendas de obrar con el único propósito de ahorrarse el
regalo. A su turno, los Refutadores declaran que muchos pibes de Flores fingen
creer, aun siendo escépticos, al solo efecto de recibir un trencito o una
pelota. “Es una infame actitud –dice el profesor Del Moro en su libro-; es
propia de niños perversos y mezquinos. Qué se puede esperar de quienes venden
su inocencia por una bicicleta?”.
Los Hombres Sensibles tienen en esos asuntos algunos aliados indeseables.Muchas
personas que se jactan de su dulzura suelen cometer el desatino de intentar la
demostración racional del mundo mágico, para convencer del todo a los chicos.
Así, cada Navidad, docenas de pajarones se disfrazan de Papá Noel (una ilusión
gringa, les garanto). Otros hacen el Rey Mago y hasta llegan a saludar y besar a
sus sobrinos para que crean o revienten.
Desde luego, esto no debe extrañarnos en un mundo en que la gente cree
solamente en lo que se ve y se toca. No comprenden estas personas que es cien
veces más verosímil un personaje que no se ve jamás y tiene la apariencia de
nuestros sueños, que el chitrulo pintado de negro, que se ha puesto el batón
de nuestra abuela, se parece al tío Raúl y huele a cerveza.
Yo no creo que los chicos se traguen esos disfraces. En los tiempos de mi
infancia, la tienda Gath &Chaves solía exhibir en sus salones a los Reyes
Magos. Yo tenía 5 años, y aunque era bastante pavote, razonaba que se trataba
de tres impostores pagados por la tienda. No era posible que quienes provenían
del Barrio Celeste anduvieran tomando partido por la prosperidad de una casa de
comercio.
Manuel Mandeb en su estudio Ilusiones eran las de antes se queja de esa
tendencia a la garantía visual. Veamos:
“... En estos asuntos el exceso de pruebas es más sospechoso que la ausencia
de ellas. Muchos niños han creído en los Reyes hasta que los vieron. Lo único
que hay que hacer es sembrar la ilusión. Después ésta crecerá sola. Nada de
disfraces ni payasadas. Si insistimos en mostrar al niño todo aquello cuya
existencia postulamos, llegará un día en que el pequeño sabandija nos exigirá
que le mostremos el desengaño o un átomo o una esperanza. Y como no podremos
hacerlo, el tipo reputará inexistentes a esperanzas, desengaños y átomos...”.
No andaba desacertado Mandeb. Cuando uno ve películas de terror cree firmemente
en el monstruo hasta que lo ve. Entonces descubre que no se trata del verdadero
horror (que existe positivamente dentro de nosotros) sino de un truco
lamentable. Pero algunos párrafos más adelante, el pensador árabe vuelve a
caer –como tantas veces- en el desafortunado rumbo de los tomates. Siguiendo
con el criterio de no aportar pruebas concretas, Mandeb llega a insinuar la
conveniencia de suprimir el regalo de Reyes por considerarlo una concesión
improcedente.
“... Así todo sería ilusión: los Reyes, su visita y aun el regalo, del que
podría hablarse, pero que sería imposible de ver y tocar. Los niños correrían
en monopatines imaginarios, shotearían pelotas soñadas, que son las mejores
porque nunca se pinchan ni se pierden ni son cortadas en pedazos por los vecinos
intolerantes”.
Mandeb pensaba, además, que la abolición de la recompensa ennoblecía la
creencia y –por otra parte- eliminaba injusticias.
“Los chicos pobres son capaces de sueños tan rumbosos como los de los príncipes”.
Manuel Mandeb, como tantos Hombres Sensibles, creía realmente en los Reyes
Magos. Todos los cinco de enero ponía sus zapatones en la ventana de la pieza
de la calle Artigas donde vivió muchos años. Jamás le dejaron nada, es
cierto. Pero el hombre suponía que esto obedecía a su conducta, no siempre
intachable. En los días previos, las viejas del barrio creían notarlo amable y
compuesto. Quizás no eran suficientes esos méritos de compromiso. No es fácil
engañar a los Reyes.
Muchos de sus amigos sintieron alguna vez la tentación de dejarle algún
regalito. Pero no quisieron engañarlo. Ellos también esperaban con él. Y hacían
fuerza para que alguna vez apareciera aunque más no fuera un calzoncillo.
Nunca ocurrió nada, pero la fe de los Hombres Sensibles de Flores no se quiebra
fácilmente.
¿Qué virtud encierra creer en lo evidente? Cualquier papanatas es capaz de
suscribir que existen las licuadoras y los adoquines. En cambio se necesita
cierta estatura para atreverse a creer en lo que no es demostrable y –más
aun- en aquello que parece oponerse a nuestro juicio. Para lograrlo hay que
aprender –como quería Descartes- a desconfiar del propio razonamiento. Por
supuesto, en nuestro tiempo cualquier imbécil tiene una confianza en sus
opiniones que ya quisiera para sí el filósofo más pintado.
La incredulidad es –según parece- la sabiduría que se permiten los hombres
vulgares.
Nosotros resolvimos apostar una vez más por las ilusiones.
Por eso hicimos nuestras cartitas, pusimos nuestros enormes y pringosos zapatos
en las ventanas, en los patios y aun en los jardines.
Y el seis de enero recogimos nuestros sencillos regalos y se los mostramos a los
vecinos.
–Mire lo que nos trajeron los Reyes.
Algunos Refutadores de Leyendas nos miraban con envidia, silenciosamente.
Alejandro Dolina, Crónicas del Angel Gris, Ediciones de la Urraca, Buenos
Aires, 1988