Lograr que el lugar más seguro para invertir los ahorros argentinos sea el país

Aldo Ferrer                                                                     Regresar a Prensa Alternativa diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular Aldo Ferrer

En la actualidad, la Argentina se permite mantener al día el cumplimiento de sus compromisos, cancelar deudas, acumular reservas internacionales y duplicar la tasa de inversión (del 12% del PBI en el 2002 al 24% en el 2008), todo con ahorro nacional. Es notable cuánto han cambiado las circunstancias actuales respecto de los tiempos, no lejanos,  en los cuales la Argentina era un suplicante de financiamiento internacional para seguir  funcionando y pagar deuda.

El país  ha recuperado viabilidad financiera por dos motivos principales. Por un lado, sostener durante la mayor parte del período recorrido desde la salida de la crisis del 2001/02 un tipo de cambio competitivo.

Por el otro, descansar en su propio ahorro para cumplir con los servicios de la deuda, acumular reservas internacionales y elevar la tasa de inversión. Lo ha logrado en los últimos cinco años y no existe evidencia alguna que no podrá seguir creciendo sobre las mismas bases. Antes bien, a juzgar por nuestra experiencia y la de las economías emergentes más exitosas, ésa es la única base realista para crecer, transformar la estructura productiva, elevar el empleo y el bienestar social y consolidar la soberanía, vale decir, mantener el comando del propio destino en el mundo global. Véanse, al respecto, estudios recientes, como los de Dani Rodrik y Luiz Carlos Bresser Pereira

Sólo es útil tener el acceso al mercado financiero internacional en la medida en que esos recursos sean complementarios y no sustitutivos de los propios. La mejor estrategia de acceso a los mercados financieros internacionales es no depender de ellos. Entonces, los mercados se abren solos en búsqueda de buenos negocios en los países soberanos, en crecimiento y en el comando de su propio destino. En cambio, las estrategias explícitas de dar satisfacción a los criterios de los mercados, concluyen en la subordinación a la especulación y el desorden, como lo demuestra, dramáticamente, el caso argentino.

Los países que más crecen son lo que generan más ahorro y lo canalizan hacia la ampliación de la capacidad productiva, la incorporación de tecnología  y la transformación productiva. Son aquellos que operan con superávit sustantivos en sus pagos internacionales y cuentan con sistemas financieros capaces de movilizar el ahorro nacional y, complementariamente., recursos, externos, a los fines del desarrollo. En sentido contrario, los países de menor crecimiento y más vulnerables son los que más dependen del financiamiento externo. En la primera categoría, están las economías emergentes de Asia y, en los últimos  años, la Argentina. En la segunda, la América Latina durante  la hegemonía del Consenso de Washington, incluyendo la Argentina bajo el programa económico del 2 de abril de 1976 y en la década de 1990.

Es imprescindible, por lo tanto, evitar que la atracción de recursos externos se constituya en el núcleo de la estrategia de financiamiento del desarrollo desplazando la prioridad, central y decisiva, de movilizar el ahorro interno. Esto es cierto para nuestro país y para cualquier otro que pretenda desplegar su potencial de recursos e impulsar su desarrollo nacional. Como hemos visto en columnas anteriores en este mismo espacio, el proceso de acumulación de capital y tecnología es un proceso esencialmente endógeno, abierto al mundo, pero apoyado, en primer lugar, en los recursos propios.

En tal sentido, la estrategia de financiamiento define el rumbo de toda la  estrategia de desarrollo y del ejercicio efectivo de la soberanía, es decir, de ejecutar la política económica sin condicionalidades impuestas por los mercados financieros internacionales. En la Argentina, actualmente, la tasa de ahorro se acerca  al 30% del PBI y es superior a cien mil millones de dólares. Nuestro problema fundamental es cómo canalizar ese ahorro hacia los fines del desarrollo, la transformación productiva y la inclusión social.

Las condiciones externas son hoy más propicias para consolidar las estrategias de desarrollo nacional en las economías emergentes que, en cualquier otro momento, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La evidencia empírica ya señalada y el tsunami financiero internacional que demuele los principios del fundamentalismo globalizador y la hegemonía neoliberal, aconseja la máxima prudencia en el acercamiento a los mercados, de los cuales, los países más prudentes quieren salir antes que quedar atrapados en el caos provocado por la especulación financiera transnacional.  

En la actualidad, para mantener al día el cumplimiento de sus compromisos de deuda, la Argentina no necesita de recursos externos. la Argentina se está financiando con recursos propios. Incluso destacados economistas ortodoxos reconocen que estamos viviendo con lo nuestro (ver el artículo en coautoría del Dr. Miguel Ángel Broda en La Nación, 14.09.08) y ésta es una de las causas principales, agregó, de la notable recuperación y crecimiento de la economía argentina en los últimos años.

Es en este escenario internacional y en el nacional que debe evaluarse la oferta realizada por tres bancos sobre los tenedores de títulos de deuda argentina que no entraron en el exitoso canje del 2005, comúnmente conocidos, como los holdouts. Esta operación, aun si produce los efectos deseados, incluyendo la obtención de nuevos fondos, no es indispensable para mantener el cumplimiento de los compromisos del país. En cualquier caso, el tema de los holdouts estaba hibernado,  no fue obstáculo para la exitosa operación de canje del 2005 ni para el notable comportamiento de la economía argentina de los últimos años, que la Presidenta justificadamente ha destacado en su visita a los Estados Unidos.

Desde la perspectiva neoliberal se sugiere que, frente a las calamidades inevitables que se le vienen encima a la economía argentina, como consecuencia del caos financiero internacional, es urgente curarse en salud y abandonar la exitosa estrategia de autofinanciamiento y desendeudamiento de los últimos años. Se trataría, ahora, de volver a los mercados internacionales, para lo cual, el arreglo con los holdouts sería indispensable. Cuál es la magnitud de las calamidades que nos espera está por verse, como está por verse cuál es el grado de contagio que la crisis financiera internacional provocará en la economía mundial real, vale decir, la producción y el comercio internacionales.

En columnas anteriores en este mismo espacio sugiero que ese contagio probablemente será moderado porque los países centrales operan a fondo (como lo demuestra, por ejemplo, la propuesta del Presidente Bush) para preservar las reglas del juego del sistema y el funcionamiento del orden global. Al mismo tiempo, el dinamismo no interrumpido de las naciones emergentes de Asia, contribuye a mantener un impulso de crecimiento de la economía mundial, aunque,  probablemente, a tasas menores que en el pasado. 

La verdad es que, hasta ahora, los problemas que tenemos los argentinos los hemos fabricado en casa, como el conflicto del campo y el tema del INDEC. Otras supuestas crisis, como la energética o la aceleración inflacionaria, no se verificaron en la realidad. La convulsión financiera internacional, por lo menos hasta ahora, nos ha pasado de largo. No tiene porque ser distinto en el futuro previsible si mantenemos la casa en orden, la competitividad de la producción nacional y los sólidos superávits en las finanzas públicas y los pagos internacionales.

Todo esto depende de la calidad de nuestras propias políticas, no de acceder a los mercados internacionales. Al fin y al cabo, en los mercados internacionales ya estuvimos después del golpe de Estado de 1976 y en la década del noventa y conservamos aún la memoria de las consecuencias. No se trata de estar  o no en los mercados internacionales sino de cómo se está en ellos.

En todo caso, en la negociación sobre esta cuestión, como en cualquier otra, es imprescindible que los negociadores argentinos partan de la base de que el acuerdo no es indispensable, sólo conveniente si sus términos son consistentes con el interés propio y, naturalmente, aceptable para la  contraparte. Porque si un acuerdo es concebido como indispensable para el país, como sucedió en las tratativas de la deuda en el pasado, no hay negociación alguna.  Simplemente hay que firmar donde dicen  los  acreedores.

En tales condiciones, la política económica queda reducida a “transmitir señales amistosas a los mercados” para atraer préstamos e inversiones externas tras la vana ilusión que así se abre la senda del desarrollo. En la realidad, por esa vía, la Argentina desembocó en el default y la extranjerización del control de los sectores fundamentales de su economía. Con semejantes antecedentes, debería evitarse volver a caer atrapados en la irracionalidad de los mercados y en el juego de los intereses privados incompatibles con los del país.  

Si se configurara, nuevamente, como en la década de 1990, un imaginario colectivo y una política económica en el sentido de que el problema del financiamiento del desarrollo radica esencialmente en la atracción de recursos externos y, además, esto sucediera en un escenario de apreciación del tipo de cambio, se estarían frustrando los logros que el país y su gobierno han logrado en años recientes, precisamente, por vivir con lo nuestro y ejercer, dentro de la ley,  la soberanía en apoyo de la producción y el trabajo argentinos.

El problema principal no radica, entonces, en recoger apoyo de los operadores del mercado financiero, cuya racionalidad quedó revelada en la crisis argentina del 2001/02 y en el actual tsunami financiero internacional, sino en consolidar los equilibrios macroeconómicos, lograr que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro argentino sea la Argentina  e insertarnos en los mercados globales manteniendo el comando de nuestro propio destino, 

Es alentador que la Presidenta, al hacer el anuncio sobre esta materia, haya enfatizado el imprescindible respaldo del Congreso para viabilizar la operación, lo cual es indispensable, por razones legales y, sobre todo, por la imprescindible necesidad de que ésta, como todas las medidas importantes referidas a la economía, se debatan con la máxima amplitud en el espacio supremo de la representación política del pueblo.

Aldo Ferrer

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