La
obstinación de un boludo
Por
Rubén Humberto Famá
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Ajó (el diarito) Prensa Popular
Momentos antes
de su fusilamiento pudo escribir Dorrego
algunas cartas,
entre ellas ésta, dirigida al caudillo
santafecino López: “En
este momento me intiman a morir dentro de una hora.
Ignoro la causa de mi muerte,
pero de todos modos perdono a mis perseguidores.
Cese usted por mi parte todo
preparativo, y que mi nombre no sea causa
de derramamiento de sangre”.
La cuestión está en que no era
la muerte de Dorrego la causa;
la causa de Dorrego, como la de
San Martín, como la de Artigas,
era la causa del país, y la
posibilidad de aumentar o evitar el
derramamiento de sangre
estaba, como suele suceder, en manos
de los opresores y no de los
oprimidos.
Conrado Eggers Lan, “Violencia y
Estructuras”,
Ediciones Búsqueda – Noviembre de
1970 – p. 170.
La inquieta pluma del
“filósofo” José Pablo Feinmann se ha propuesto desde un
suplemento dominical de Página 12, ni más ni menos que –como él
mismo lo
afirma-
historiar e interpretar al peronismo…No podemos seguir sin
hacerlo. El peronismo sigue y hay que seguirlo de cerca.
Realmente
escribe con pasión este intelectual nacido en Buenos
Aires en 1943 y autor de una variada producción novelística, así
como ensayos, artículos periodísticos y guiones
cinematográficos. En uno de sus ensayos, Filosofía y Nación
(estudios sobre el peronismo elaborados desde 1970 hasta la
fecha de su publicación en 1982) afirma
“hay tantas
interpretaciones de nuestro pasado histórico como proyectos
políticos en vigencia coexisten en nuestro presente”.
Este Feimann de
Filosofía y Nación, parte de una especial atención por el
relato histórico. Historia y presente no son para él
compartimentos de tiempos estancos. De esta forma aquello
que hoy es relato del pasado contiene rasgos enunciativos de
aquello que queremos y hacemos ahora y explican en gran medida
los proyectos en disputa actuales. Filosofía y Nación
denuncia ese “sistema de ideas que las grandes potencias
hegemónicas han instaurado para justificar, expresar e impulsar
sus proyectos expansionistas.” Para Feimann ese sistema de
ideas alcanza su cumbre máxima con Hegel. La filosofía hegeliana
representa para Feimann la expresión de la cultura europea, como
pensamiento expresivo de la burguesía postulándose como clase
universal.
Continúa esta línea de reflexión en
La sangre derramada publicada en el año 1998, cuyo eje
central es la violencia política argentina con epicentro en los
años setenta. Feimann ausculta en el intento de interrumpir la
violencia generada por la confrontación política, de interrumpir
ese encadenamiento de cerradas oposiciones que en definitiva
remite a la intolerancia y al irrespeto de la vida humana. En
esta perspectiva reflexiona: Como vemos, uno de los carriles
centrales a través de los que se ha desarrollado nuestra
historia es el de la sangre derramada. Es decir, el de la
violencia. En los pasajes violentos de nuestra historia es donde
hemos encontrado los núcleos de incomprensión absoluta.
Deberíamos definir este concepto. Digámoslo así: la
incomprensión absoluta es el rechazo integral de las razones del
Otro.
En los últimos tiempos el autor
postula la muerte del sujeto europeo o su desplazamiento que
es como si hubiera muerto. Ahora viene el Imperio Bélico
Comunicacional. Es el saber absoluto Hegeliano. La Idea
Absoluta. El Sujeto Absoluto. El Sujeto Bélico Comunicacional.
El Sujeto del Imperio Global. De la guerra global preventiva. El
sujeto absoluto comunicacional del siglo XXI. (Suplemento
“La Filosofía y el Barro de la Historia” - Página 12 - “Los
versos satánicos de la filosofía europea” – Clase Nº 54 - 17 de
Mayo de 2007).
Ahora bien; vayamos al tema que ha
convocado desde el pasado domingo 27 de Noviembre de 2007 los
esfuerzos intelectuales de este prolífico autor y ensayista. Ni
más ni menos que: Historiar e interpretar al Peronismo.
El ensayo se titula “Peronismo – Filosofía política de una
obstinación argentina”. Feimann estructura este ensayo desde
distintos planos narrativos en los cuales -como él mismo diría
pidiendo prestado de Focault- desarrolla una miríada de
relatos que colisionan entre sí como espadas.
Sin embargo, en este ensayo
dosificado en 50 entregas dominicales, ya desde su primer
fascículo (Diario Página 12 - 27 de Noviembre de 2007) una de
aquellas espadas pareciera ser de madera, y colisiona
entre tantas otras desentonando con la sustancia del contexto
histórico que el ensayista propone deshistorizando
paradójicamente el relato que intenta.
El autor sin más y como un
desparramo arbitrario de hechos, nombres y adjetivaciones dice:
Hay grandezas y profundas miserias en el peronismo. Hay
demasiados muertos. Hay un plus de historicidad. Hay una
historia desbocada. Hay líderes (sobre todo uno), hay mártires
(sobre todo una), hay obsecuentes, alcahuetes, hay resistentes
sindicales, escritores combativos, está Walsh, Ortega Peña, está
Marechal, están Urondo y Gelman, están asesinos como Osinde y
Brito Lima, fierreros sin retorno como el Pepe Firmenich,
doble agente, traidor, jefe lejano del riesgo, del lugar de la
batalla, jefe que manda a los suyos a la muerte y él se queda
afuera entre uniformes patéticos y rangos militares copiados de
los milicos del genocidio con los que por fin se identificó, hay
pibes llenos de ideales, hay más de cien desaparecidos en el
Nacional de Buenos Aires, está Haroldo Conti, muerto, Héctor
Germán Oesterheld, muerto, Roberto Carri, muerto, y hasta
Aramburu muerto (el resaltado es propio).
¿Por qué iniciar este ensayo con
pretensiones desmedidas con un pensamiento tan débil,
tan efímero, tan hueco? ¿Por qué una historicidad sin
sustancia, sin densidad alguna? ¿Por qué tantos esfuerzos
por evitar la historia? Como sea; habrá que aceptar que es
el mismo autor que pretende historiar al peronismo el que
nos propone recortar hechos históricos para licuarlos de toda
densidad histórica. Por lo tanto el ensayista renuncia muy
tempranamente a su cometido de historiar, más bien y
haciendo gala de su capacidad archivística nos enunciará un sin
fin de relatos entrecruzados entre sí y desprovistos de
linealidad y densidad histórica.
Porque es realmente insustancial
simplificar infantilmente aspectos relevantes de los
acontecimientos que se pretende historiar -mediando
cientos de miles de sujetos involucrados- en el
acontecimiento “Firmenich traidor” – “conducción de
traidores”. Es patéticamente vulgar.
Efectivamente el autor (vaya a
saber uno por qué; quizá discusiones pasadas no resueltas, odios
inconfesables no muy bien procesados y mucho menos bien
dirigidos, protagonismos truncos, incomprensiones absolutas,
rechazo integral de las razones de los otros) pareciera caer
en lo que él mismo escribiera hace unos meses atrás en otra zaga
de fascículos dominicales (“La Filosofía y el Barro de la
Historia - Clase Nº 43 - “Totalizando a Foucault” - Página 12 -
Domingo 11 de Marzo de 2007). Desde allí Feimann de forma
implacable arremete contra aquellos que buscan una historicidad
sin sustancia: “…el acontecimiento no es explicable desde la
historia. Es un Afuera de la historia y es desde él que la
historia se explica…Hay un quiebre, un Afuera de la historia.
Ese Afuera sería el acontecimiento…El acontecimiento quiebra la
historia y se explica a partir de sí: hay que buscar desde el
acontecimiento hacia atrás. A la vez, el acontecimiento genera
una serie de persistencias hacia delante.
Nuestro ensayista propone a
“Firmenich traidor” (y a toda la conducción de Montoneros)
afuera de la historia como un acontecimiento. Otra explicación
no puede encerrar semejante estupidez. Feimann no propone, ni
siquiera intenta discutir con Firmenich ni con otros ex
montoneros sobrevivientes al genocidio, lo que sería realmente
necesario y enriquecedor para la ciclópea tarea que se ha
propuesto. No; Feimann los anula, los desaparece de su
relato como protagonistas insustituibles de lo que se propone
historiar. Para Feimann; Firmenich como miembro fundador de
Montoneros, como único sobreviviente del Aramburazo, como
militante popular, como último jefe en vida de Montoneros y por
lo tanto responsable político en el marco de los cuerpos
colegiados de conducción conjuntamente con otros militantes
montoneros, como cuadros políticos; no están, no tienen
entidad, no existen, están desaparecidos, porque como
Feimann sabe muy bien y le consta en la conducción de Montoneros
hubo un doble agente, un traidor. Si para Feimann,
Firmenich y el conjunto de la conducción y demás responsables de
cierto nivel con acceso a las estructuras de conducción, como
sujetos históricos, desde el vamos de su ensayo peronístico
están desinvolucrados de los oprimidos y habitan la dimensión de
los opresores; necesita continuar legitimando la dimensión de lo
desaparecido, esto es; aquella densa realidad histórica
no está, no tienen entidad, no existe. Allá, en aquel
lugar histórico pasó otra cosa. Ni más ni menos que lo que
ha venido haciendo la intelectualidad adicta de aquella
oligarquía triunfante en las últimas décadas y que con enjundia
profundizara el alfonsinismo; hacer desaparecer la
historia, para que tengamos que empezar todo de nuevo.
Propongamos un ejercicio;
intentemos otorgar sustancia y materialidad al relato de Feimann
aceptando el acontecimiento “Firmenich traidor, doble agente” –
“Conducción de traidores”. Donde dice: “fierreros sin
retorno como el Pepe Firmenich, doble agente, traidor”;
debió decir también “esos miles y miles de imbéciles,
estúpidos, cándidos bobalicones, idiotas útiles que no supieron
darse cuenta que tenían por Jefe a un doble agente, un traidor,
que nunca fue de los nuestros, que como un canalla coordinó con
premeditación con los genocidas y que ustedes, les recuerdo
estúpidos útiles!! No supieron ver…en fin eran tan ingenuos!! Si
yo les quise avisar, pero no me escucharon, se creían tan
organizados, tan decididos de su proyecto. Yo les avisé, otros
les avisaron, o no se acuerdan de “la JP lealtad” que tanto
costó construir. Pero con ustedes nunca se pudo discutir.
Ustedes en realidad nunca entendieron nada…y así les fué”. Y
donde dice: “jefe lejano del riesgo, del lugar de la
batalla, jefe que manda a los suyos a la muerte y él se queda
afuera entre uniformes patéticos y rangos militares copiados de
los milicos del genocidio con los que por fin se identificó;
nuestro ensayista debió agregar “como pudieron existir tantos
miles de estúpidos que no se dieran cuenta que estaban siendo
conducidos por un doble agente, cómo pudo Rodolfo no darse
cuenta y dedicar su tiempo y arriesgar su vida en hacer una
crítica desde adentro de la organización que conducía un doble
agente recluido en un exilio dorado de complicidades y
traiciones. ¿Qué se supone que discutían en sus ámbitos de
militancia estos auténticos estúpidos? ¿Cómo fue que Paco
aceptara su destino en Mendoza? ¿Cómo pudo ser posible que
nuestro distinguido y reconocido poeta Juan Gelman permaneciera
en una organización conducida por un doble agente hasta 1979?
¿Ese gran intelectual Rodolfo Puigross por qué no percibió el
huevo de la serpiente y participó como miembro de ese desenfreno
militarista que fue sin duda el lanzamiento del Movimiento
Peronista Montonero en Roma en 1977? ¿Y Bidegain y Obregón Cano,
y Martinez Vaca? ¿Sebastián Borro, Avelino Fernández, Andrés
Framini, Armando Cabo? ¿Y esa generación intermedia pre-setentista
colmada de verdaderos estadistas, calificados cuadros
profesionales, técnicos e intelectuales? Qué imbéciles!!! Todos
al servicio de un doble agente, de un mísero traidor. Y
siguieron así toda la dictadura. Si hasta convenció a todos los
miembros de los distintos cuerpos colegiados de conducción que
tenían que marchar si chistar hacia la muerte en las
contraofensivas de 1979 y 1980, si los siguió conduciendo hasta
bien entrado el gobierno de Alfonsín. Pero al fin y al cabo la
mayoría fueron chicos engañados que nunca entendieron nada, pero
que fueron brutalmente manipulados y sacrificados por el doble
agente. En rigor de verdad tendremos que concluir en que la
inmensa mayoría de nuestros desaparecidos y sobrevivientes
fueron y son unos imbéciles, idiotas útiles que se dejaron
llevar a la tortura, al exilio, a la muerte por un doble agente.
Esta es la triste realidad. Con lo cual por una necesidad
imperiosa aquí concluye este ensayo. No sin antes advertir que
el peronismo fue un gran mal entendido histórico que todavía
continúa y que definitivamente nunca lo he entendido”.
Es que sólo la ironía como
herramienta discursiva permite dialogar con el acontecimiento
“Firmenich traidor” – “conducción de traidores” que propone
Feimann. Pero no nos apresuremos. En fascículos siguientes
Feimann compara a Firmenich con al Capitan Ahab (aquel personaje
creado por Herman Melville en el marco de su obra máxima; “Moby
Dick o la ballena blanca”) y a militantes combatientes como
Urondo y Walsh los trata de absortos fascinados por la locura
del jefe.
Asombrosamente el relato propuesto
se automutila de materialidad, eludiendo auscultar en la
marca profunda de la memoria en lo que hace a una época que
expuso lo nacional indeleble; una especie de viga maestra que
explicaría nuestras claves históricas, entonces y ahora.
Un relato que por la dramaticidad del
fracaso “de la liberación” expuso luego los mayores disfraces,
eufemismos, hipocresías y máscaras linguísticas en cuanto a de
qué se trataron y tratan las cosas nacionales, la violencia y
las calidades institucionales.
Feimann renuncia a penetrar en los
por qué, los cómo y los para qué del congestionamiento de ideas,
discusiones, elaboraciones, producciones intelectuales,
culturales, periodísticas, historiográficas, ideológicas,
organizativas, sociales; en fin en el congestionamiento de la
mas incisiva discusión del ser nacional que se diera durante
décadas, y que quedara aprisionada en la implosión del desenlace
de la disputa; y que por la brutalidad y deshumanización de la
represión ha quedado en el terreno de lo indecible, desprovista
de la materialidad concreta del discurso.
Por el contrario el relato de
Feimann, aún desde su ensayístico punto de vista se inscribe así
como un subproducto de la demonización de
aquellas posiciones
irreconciliables, y arremete
con esta estupidez mayúscula, insustancial y hasta canallesca.
Enluta su intento de
comprensión histórica con este insulto
desmedido, fatuo e
inconsistente. Insulto
abyecto por sobre todo para miles de víctimas del terrorismo de
estado; al ubicarlos arbitrariamente en el lugar de la idiocia,
en la cortedad de entendimiento, al que claro está él no
pertenece, pues nos habla desde la “altitud” inalcanzable de sus
saberes archivísticos o bien directamente solaperos.
Del "Tercer Movimiento Histórico de
Alfonsín" (al cual nuestro ensayista adhiriera fervorosamente)
pasando por la “Revolución Productiva y el Salariazo de Menem”
por el "Somos Mas con De la Rua y Alvarez" de la Alianza y
llegando al “Cambio que recién empieza” después de cuatro años
de gobierno en los que no cambió casi nada; nada ni nadie ha
podido siquiera escribir el título de una posible
interpretación que cierre con un imaginario social consensuado y
discutido a la vez; es decir el qué y el para qué de una
discusión política nacional. Es como una especie de cárcel de la
historia, cuyo carcelero es el sistema político heredado de la
dictadura, el cual no ha hecho más que generar momentos
políticos episódicos desbordantes de propuestas pretendidamente
superadoras, pero que en definitiva terminaron estrellándose a
caballo de sus propias limitaciones, ignorancias, transfugadas y
traiciones.
En el fascículo del Domingo 9 de
Diciembre de 2007, Feimann continúa eludiendo la historia
con su fatuidad solapera. Allí vuelve a vomitar sus venenos
contenidos, sus resentimientos atragantados: “…La estética
del deguello. La mazorca federal. Los unitarios de Estomba y de
Rauch atando a los enemigos a los cañones y ordenando disparar.
La “guerra de policía” de Mitre. La semana trágica. La Patagonia
Trágica. La Triple A: capucha y zanja. La ESMA: la tortura en
tanto “tarea de inteligencia”. Las contraofensivas montoneras
que arrojaron a la muerte fácil pero infinitamente despiadada a
tantos combatientes que debieron haber hecho otra cosa, ésa que
decía Walsh: acompañar el reflujo de masas…” (el
resaltado es propio).
Feimann es un narrador omnisciente,
es decir; sabe todo acerca de los personajes de su relato y
juzga sus acciones y hasta sus intenciones. Para él no hubo
lucha, no hubo resistencia, no hay historicidad que pueda
arrancar a aquellos militantes combatientes de su cortedad de
comprensión. ¡Es todo tan claro para Feimann! ¡tan lineal!
¡tan monocolor! que obligatoriamente necesita para su relato de
sujetos desprovistos de intención y voluntad. Si hasta lo ha
descerebrado a Walsh, presentándolo en su relato como un
protagonista que se confundió de lugar para su militancia.
En rigor
de verdad, habrá que decirlo; Feimann dirige selectivamente sus
odios. Odió a Montoneros, odió a sus militantes, odió su intento
revolucionario, odió la lucha de sus caídos y a sus caídos, los
despreció con inusitada ferocidad, y odia a sus sobrevivientes,
más aún que a los genocidas. No repara Feimann en aquello tan
básico y elemental que mencionara Eggers Lan (si, el mismo con
el que compartió alguna cátedra en la Facultad de Filosofía y
Letras de la UBA en el edificio de la calle Viamonte en sus
tempranos 23 años); la
posibilidad de aumentar o evitar el derramamiento de sangre
estaba, como suele suceder, en manos de los opresores y no de
los oprimidos. A
esta altura no importan los motivos; pero es indudable que en
este aspecto de su relato, Feimann se transforma en un escriba
eunuco al servicio de un relato histórico demonizante, quiere
eliminar todo sentido interno de la historia. En su relato
no existe una serie de hechos históricos con una finalidad
interna.
Sin
embargo sucede que los distintos planos narrativos en que
estructura el relato nuestro ensayista, son historias
múltiples, que se cruzan, chocan. Recordemos las espadas.
Pero también sucede que su objeto a historiar no está
exento de una densidad histórica cuyas espadas ya han
chocado en un sentido y siguen chocando. Porque antes del relato
que enuncian esas espadas la historia está impregnada de
cuerpos, de memorias, de dolor, de ausencias que desgarran el
alma, de prácticas históricas sin mácula. Feimann lejos está de
encontrar aquella materialidad, sencillamente choca con ella y
con él su acontecimiento “Firmenich traidor” se hace
trizas, estalla en pedazos desparramando esquirlas de confusión
y demonización. De allí en más no le queda otra
alternativa al autor que traicionase a sí mismo como
narrador de la historia, por carácter transitivo traicionar a
sus lectores; y empacarse como mula en la reiteración cada vez
más patética de persistencias hacia adelante que genera
el acontecimiento por él mismo engendrado.
En
el fascículo número 4 del Domingo 16 de Diciembre de 2007,
Feimann se estrella con la más cruda densidad histórica. ¿Y qué
hace el ensayista? Literalmente se hace el boludo.
Abandona el plano narrativo de un pretérito perfecto simple. En
esta ocasión su relato no nos transporta al pasado, sino a
nuestro presente. Desde este otro plano dice: Aquí está lleno
de socialistas o de trostkistas o de socialistas o de ex
alfonsinistas que se desgarran las vestiduras por los treinta
mil desaparecidos pero odian a la generación del setenta…De
acuerdo, son ustedes buenas personas, son humanitarios y están
contra el horroroso terrorismo de Estado. Pero ¡qué equivocada
estaba esa generación! Y no se engañen, eh. Fueron ellos los
masacrados. Los pibes de la Juventud Peronista. Los del Nacional
Buenos Aires. Los que trabajaban en las villas. Los que
alfabetizaban. Y si no, vayan al Parque de la Memoria. Miren los
nombres uno por uno. Miren las edades. Producen escalofríos…Pero
¡tan equivocados! Y sobre todo: tan ingenuos. Tan víctimas del
malentendido.
¿Qué le pasa a Feimann? Parece que algunas de sus espadas
se han extraviado. No se acuerda del recorrido de su pluma en el
primer fascículo de esta saga. No recuerda nuestro distinguido
ensayista que para él una mayoría ostensible de esos
masacrados fueron miembros de una organización conducida por
un doble agente, por un traidor ¡y que no se dieron
cuenta! ¿O quizá al fin de cuentas nuestro narrador pensó
antes de la masacre –y aún piensa- que todos los masacrados
eran fierreros sin retorno con los cuales toda
discusión era una pérdida de tiempo? (incluido su tan admirado
Walsh, que algo de fierros entendía) Si así fuera, no tiene
valor ni pelotas suficientes para enunciarlo claramente. Por el
contrario, es notable el esfuerzo de Feimann por estereotipar
homogéneamente a los militantes combatientes caídos, sólo como
pibes, perejiles, chicos y chicas misericordiosos
alfabetizadores que trabajaban en las villas; para
desinvolucrarlos de su cometido político transformador, es decir
de su historicidad.. Para Feimann los desaparecidos
-puesto que así cosifica en su relato a aquellos militantes
populares- fueron y continúan huérfanos de todo proyecto
político. No hubo militancia organizada, no hubo banderas
enarboladas, ni proyectos sostenidos con la palabra y con el
cuerpo. A lo sumo una orgita con fierros de 30 ó 40 extraviados
encabezados por el doble agente y traidor Firmenich que
por casualidad lograron engañar a miles de jóvenes y no tan
jóvenes cuadros militantes de la izquierda peronista. Para
Feimann se trata de chicos y chicas aprisionados
entre las pinzas mortales de un traidor, doble agente y
la maquinaria infernal de muerte desplegada por los genocidas.
Allí los ubica a todos. Los militantes combatientes, los
revolucionarios, los que confrontaron en acción directa en el
marco de una militancia organizada ante una de las más
sanguinarias reacciones oligárquicas de nuestra historia;
sencillamente molestan en el relato de Feimann, son habitantes
indeseados del tiempo que pretende narrar, o por lo menos no los
entiende, y por eso lo enfurecen, al extremo de hacerlos
desaparecer –otra vez- pero ahora de su relato.
Efectivamente; en su relato Feimann se nos presenta como una
especie de genocida retórico, un desaparecedor de los sujetos
protagonistas de los hechos que intenta historiar.
Al
fin y al cabo como el mismo Feimann dice, citando a Nietzsche:
no hay hechos, hay interpretaciones.
Pasa que Feimann no interpreta hechos, interpreta cualquier otra
cosa. Nunca entendió Feimann desde su cenáculo universitario la
maduración de aquel tiempo histórico, nunca entendió que los
intentos de “integración” del país en el cuadro de países de
“desarrollo medio”, así como el proceso de “integración” de los
argentinos en la capital-puerto, violentaron profundamente no
sólo la naturaleza geográfico-económica del país y su tradición
histórica, sino que imponían sobre el libre desarrollo de las
personas el peso demoledor de estructuras cosificantes: ésa era
(y es) la violencia mayor. Sólo la supresión y sustitución de
esas estructuras, o sea, su subversión integral podía darnos la
liberación. Era cuestión de elegir: la persona humana libre y
plena, o la cosa ciega y opresora.
Sin embargo es notorio cómo el
ensayista necesita imperiosamente capturar los hechos a su
antojo y modelar a sus protagonistas psicológicamente para
conformar su relato; como una especie de terapia ante lo
angustiante de la disgregación de su conciencia. Por momentos
pareciera que Feimann arrastra una neurosis no resuelta y que la
vuelca sin más en el texto de su narración.
Y sino detengámonos en otro tramo
de sus persistencias hacia adelante. El domingo 30 de
Diciembre de 2007, el autor directamente confiesa sus odios mal
procesados y más aún mal dirigidos. La cita es extensa pero no
tiene desperdicio. En esta ocasión su vómito retórico pareciera
que no tiene límites, está totalmente desbocado: “…Tampoco
Perón ni la ciudadanía argentina (que acababa de elegirlo
democráticamente con el 62 % de los votos y esperaba un futuro
menos macabro) se merecían el alevoso asesinato de José Ignacio
Rucci con veinticuatro balazos, en el perfecto estilo de la
Triple A. “Fuimos nosotros”. “Fue la orga”. “Fue la M”. “Fue una
apretada al viejo”. “Hay que poner el mejor fiambre en la mesa
de negociaciones” ¡Cuánta locura!...luego del asesinato de Rucci,
quienes tenían acceso a la conducción de Montoneros, ¿no
sospecharon en manos de quién estaban? Porque nosotros –los
tipos de superficie- no le habíamos visto la cara a esa
conducción. En el caso de Atlanta lo vimos a Firmenich dar un
discurso. Pero de lo de Rucci nos enteramos por la increíble
frase: “Fuimos nosotros”. Recuerdo mi estupor: “¿Nosotros?”. Y
el de un par de compañeros. Uno sobre todo. Dijo lo que todos
queríamos decir: “Disculpen, pero yo no maté a Rucci. Así que
ese “Fuimos nosotros” que la Orga se lo meta en el culo. Yo no
fui. Bonasso cuenta que Firmenich explica: “Oficialmente que
Rucci fue ejecutado por la Organización. Lo explica en términos
estratégicos: la lucha contra el vandorismo como aliado del
imperialismo en el movimiento obrero y su responsabilidad
personal en la masacre de Ezeiza. No estoy de acuerdo y lo digo.
Rucci era un burócrata fascista y su gente torturó compañeros en
Ezeiza, pero su asesinato es una abierta provocación a Juan
Perón”. Debió agregar: y a todos los que fueron a votar por un
país que en medio de ese desastre trataba de buscar un camino
democrático y acababa de lograrlo. Sigue Bonasso: “El Pepe se
impacienta cuando argumento que una organización revolucionaria
no puede producir un ajusticiamiento sin asumirlo públicamente,
porque si no, equipara sus acciones a las de un servicio de
inteligencia. La frase, me parece, conspira contra mis
posibilidades de ascenso”. (Miguel Bonasso, Diario de un
clandestino, Planeta, Buenos Aires, 2000, pp. 141/142). Se trata
de un texto notable. Bonasso ve todo con claridad: La Orga actúa
como un servicio de inteligencia. Sin embargo, ¡decide seguir en
ella y lamenta que ése señalamiento fundamental que hizo
conspire contra sus posibilidades de ascenso! A ver, ensayemos
una expresividad inusual. Bonasso, yo te conozco, vos me
conocés. Sos un tipo bárbaro. Seguís peleando, no te quebraste,
estás en causas valiosas para el país. Escribiste libros
importantes. Con perdón, seré franco…: ¿tanto te sedujo, te
engañó, te encegueció ése conductor de esa Orga que, según vos
decías con claridad, actuaba como un servicio de inteligencia?
¿Por qué mierda tantos tipos valiosos como vos, Gelman, Urondo,
¡¡¡Walsh!!!, se comieron la conducción de Firmenich? Ahí hay un
punto negro…Pero ustedes, que los veían ¿estaban ciegos? ¿No les
bastó con el asesinato de Rucci? ¿No advirtieron el delirio?
¿Quiénes eran? ¿Los marineros del capitán Ahab, fascinados, como
ellos, por la locura del jefe?
Sus odios son tan vulgares, tan
cómodos, tan maniqueos, tan cobardes que por momentos su
narrativa parece extractada de algún parte informativo de la
dictadura. En realidad no queda claro si Feimann forma parte de
aquellos estúpidos que se la creen o de aquellos canallas que
fingen creérsela. Lo que sí es indudable que a alguno de los dos
grupos pertenece.
Entre sus relatos entrecruzados,
Feimann de forma retóricamente canallesca se pregunta y pregunta
a sus interlocutores ¿Por qué mierda tantos tipos valiosos…Gelman,
Urondo, ¡¡¡Walsh!!!, se comieron la conducción de
Firmenich?…¿estaban ciegos? ¿No les bastó con el asesinato de
Rucci? ¿No advirtieron el delirio? ¿Quiénes eran? ¿Los marineros
del capitán Ahab, fascinados, como ellos, por la locura del
jefe?
¿Desde qué lugar habla Feimann?
Porque realmente no queda claro. Dice que fue al acto realizado
en Atlanta el 22 de Agosto de 1973 y en el cual hiciera uso de
la palabra Firmenich: “…Porque nosotros –los tipos de
superficie- no le habíamos visto la cara a esa conducción. En el
caso de Atlanta lo vimos a Firmenich dar un discurso. Pero
no dice en carácter de qué fue y el lector no puede entender qué
hacía allí ese día, en ese acto y con ese orador. Feimann se
autodefine como “nosotros, los tipos de superficie”. No
queda para nada claro superficie de qué cosa era Feimann, porque
de Montoneros seguro que no. Se desconoce hasta estos días si lo
era de otra organización. Como tampoco queda claro qué era
superficie para el autor. En esta perspectiva el lector
desprevenido no puede explicarse qué habrá hecho Feimann cuando
la multitud reunida, estimada en más de 50.000 personas, explotó
en la consigna: ¡Rucci traidor a vos te va a pasar lo que le
pasó a Vandor! ¿Habrá salido a trompada limpia contra los
que lo rodeaban al grito de ¡todos ustedes actúan como
servicios de inteligencia!? Realmente es curioso lo de
Feimann; como un fino cultor de la escuadra y el tiralíneas de
la historia política recorta hechos y situaciones y los modela a
su antojo, pero eso sí; siempre con el diario del lunes debajo
del brazo se esmera en buscar a los culpables de la tragedia
entre las víctimas agredidas.
Feimann llega al atentado contra
Rucci descontextualizándolo de la secuencia histórica en el que
se inscribe. Más allá de la valoración que nos merezca el
acontecimiento y los protagonistas involucrados (Solo una
sugerencia: no estaría de más que el autor investigara algunos
pormenores de la pesada interna que atravesaba la UOM por
aquellos días y las críticas cada vez más elevadas de tono que
el petiso venía arrastrando desde los principales niveles
de conducción de la UOM y de la CGT. Otra sugerencia: no habría
que descartar por completo una operación “conjunta” llevada a
cabo por sectores “operativamente autónomos” de sus respectiva
fuerzas); nuestro ensayista no repara en otros episodios
y hechos históricos pergeñados y ejecutados con abierta
premeditación por parte de la denominada derecha peronista,
en connivencia con la derecha no peronista y la inteligencia
norteamericana que sí tuvieron una incidencia definitivamente
determinante para el fracaso del proyecto de Liberación y que
preanunciara el genocidio.
En este sentido no le ha dedicado a
López Rega, Osinde, Rucci, Ciro Ahumada, Villar, Margaride,
Almirón, Iñiguez, Lastiri, la burocracia sindical, Anchorena,
López Aufranc, Cáceres Monié, Lacavane, Navarro, la CNU, el C de
O, las tres AAA y demás lacras, ni un uno por ciento de las
líneas y la saña que a esta altura de su pretendido ensayo le ha
dedicado a Montoneros, a sus primeras líneas de conducción y al
conjunto de sus militantes. Confunde premeditadamente y con
alevosía desde su fatuo y desordenado relato víctimas y
victimarios, oprimidos y opresores; haciendo recaer todo el peso
de la responsabilidad en los primeros.
Feimann escribe como si lo supiera
todo, no discute ni ofrece discutir política con nadie. Desde
ésta soberbia y haciendo gala de su talante histérico feminoide
autoritario (idéntico en este aspecto a su primo Eduardo) tilda
de dementes a Walsh y a Urondo, y por carácter transitivo a
otros tantos miles que dedicaron su vida a la implementación de
un proyecto político de Liberación y por ende por sobre todo de
Poder.
Nunca se trató de “ir a la
muerte”, ni mucho menos por la orden de un doble agente,
traidor. Se trató –como siempre- de luchar con
convencimiento en un proyecto de Liberación, con la alegría y
felicidad que ello implica. Pero Feimann ello no le importa, no
le interesa. Su relato transforma a aquellos militantes
combatientes en autómatas manipulables insensibles a todo. Es
decir; los vuelve a desaparecer haciéndolos pasar
previamente por la picana de su pluma enfermiza.
A Feimann directamente no le
importa dónde estaban los agredidos y dónde los agresores. Ello
es notable cuando paralelamente a la condena a la conducción de
Montoneros, indulta a Rucci presentándolo como un líder
representativo de los trabajadores (eso si, algo fascista) pero
también como pieza fundamental en el proyecto de Perón (¿?).
El narrador no recuerda a
sus lectores quién era El Petiso, quien dirá en una
entrevista en la revista Primera Plana: “¿La campera? Me
costó 25 lucas. Un lujo de Secretario General”. Mientras que
cambiaba su viejo auto por un Chevy último modelo y se jactaba
de manejar a 140 km por hora. Declara que sus hijos estudian en
colegios privados y que el mayor será abogado. Algunos fines de
semana va a cabalgar al campo “La Carona” del hacendado Manuel
de Anchorena, un nacionalista de derecha que penetra entonces en
el permeable movimiento peronista. El Comité Central Confederal
de la CGT le encomienda reclamar al gobierno la libertad de
Raimundo Ongaro y Agustín Tosco. Su interpretación de ese
mandato es elástica: se queja ante el Ministro del Interior de
la dictadura porque el gobierno “fabrica mártires”. Con él se
instala el macartismo como práctica diaria y decisiva en la
conducción sindical. Ongaro y Tosco le parecen “provocadores” o
“bolches”, Walsh “un sucio marxista”. Se rodeó de militantes
fascistas y empleados menores de los servicios militares de
información e hizo construir un polígono de tiro en la CGT para
que practicaran. Organizó grupos de choque y se atrajo a los
preexistentes, de los que luego se sirvió Osinde para la masacre
de Ezeiza el 20 de Junio de 1973: el Movimiento Federal, la
Confederación Nacional Universitaria, la Agrupación 20 de
Noviembre del Partido de San Martín, la Alianza Libertadora, los
Halcones. En Mar del Plata se fotografió sonriente con Juan
Carlos Gómez, asesino de la estudiante Silvia Filler con un arma
de la marina. Del Paraguay repatrió al antiguo jefe de la
Alianza, el nazi Juan Queraltó. En desacuerdo con la
distribución de cargos en el nuevo Consejo Superior, sus
guardaespaldas colocaron una pistola 45 en la cabeza de Cámpora.
Con cien activistas de cien sindicatos, concibió poner en pie de
guerra e institucionalizar una policía interna del Movimiento
Peronista. Había apostado a que la contradictoria unidad
peronista se rompería violentamente. Cuando se produjo la
masacre de Ezeiza la justificó con osadía. “Si había armas
era para usarlas”, dijo José Ignacio Rucci.
Y si de historiar peronismo
se trata no se explica cómo a esta altura de desarrollo de su
narrativa Feimann no haya mencionado siquiera la masacre de
Ezeiza como aquel hecho que prefiguró los años por venir, como
una fase esencial en la puesta en práctica de crecientes dosis
de terror contra la movilización popular. Feiman olímpicamente
ignora lo esencial.
Los informes y conclusiones del
área de inteligencia de Montoneros coordinada por Walsh y
traducidos por la elegante y sofisticada pluma del escritor y
periodista Horacio Verbistky, en el libro de “su autoría”
Ezeiza publicado hace más de veinte años, nos informa
claramente acerca de los objetivos, la preparación y la
ejecución de esta operación inteligente y osada al mismo tiempo
y destinada a herir de muerte al proyecto de Liberación Nacional
y Social en marcha.
Feimann busca traidores y dobles
agentes donde no los hubo y como decía alguien; quien ve
fantasmas que no existen por todos lados, deja de ver los
enemigos reales que sí existen delante de sus narices.
Las tomas impulsadas por la derecha
peronista procuraban mejorar sus posiciones en cargos públicos
frente al otro sector. Pero junto con los cementerios, las
dependencias administrativas, los colegios, las fábricas, las
universidades, las cooperativas, las colonias turísticas, los
organismos científicos, los clubes, un reducido número de
ocupaciones obedecía al propósito de asegurarse el control de
todo tipo de comunicaciones…
Los representantes de los
sindicatos AATRA y FOECYT que tomaron la Secretaría de
Comunicaciones notificaron que los respaldaba el Secretario
General de la CGT José Rucci, de lo cual dio fe el Diputado
Nacional Carlos Gallo, un ex dirigente telefónico separado de su
gremio y convertido en asesor político de la UOM.
Las radios fueron uno de los
objetivos predilectos. En Córdoba la Juventud Sindical y el
Centro de Acción y Adoctrinamiento adujeron la “infiltración
marxista” para tomar LV3 y LW1. La Alianza Libertadora ocupó el
canal 8 y las 62 Organizaciones LRA7 y el edifico central de
correos, siempre contra “los infiltrados”. En la Capital Federal
una agrupación creada por el fotógrafo Manuel Damiano, quien
había dirigido el Sindicato de Prensa antes de 1955, tomó LS6,
LR2 y LR3, con diez filiales en el interior. En Rosario la UOM,
la UOCRA y la Alianza Restauradora se apoderaron de LT2, LT3 y
LT6 y prohibieron la difusión de discos de Horacio Guarany,
Osvaldo Pugliese y Mercedes Sosa. En Olavaria, las 62
Organizaciones controlaron LU32. En Bahía Blanca, LU7.
Los ocupantes de Canal
7 de televisión, en la Capital Federal, ordenaron en nombre del
Teniente Coronel Jorge Osinde y de Rucci que sólo debían verse
en la transmisión los carteles de los sindicatos y que no se
realizarían encuadres del presidente Cámpora…La agencia oficial
de noticias TELAM no hizo falta ocuparla, porque sus directivos
eran Jorge Napp y el Teniente Coronel Jorge Obón, dos
integrantes del COR del General Iñiguez. Lo único que faltaba
era una centras de comunicaciones moderna con puestos móviles.
La proveerá el Automóvil Club...
(“Ezeiza”, 2º Edición 15 de Diciembre de 1985, páginas 20, 21,
22).
El relato de Feimann obvia datos
históricos de interés obligatorio. No repara en la figura de
Robert Hill, embajador estadounidense en España durante los
últimos años de exilio de Perón en Madrid y el rol que asumiera
en los años posteriores en nuestro país. Robert Hill era
accionista de la United Fruit y funcionario de la Central de
Inteligencia de su país, y en 1954 había estado relacionado con
la invasión a Guatemala y el derrocamiento del Coronel Jacobo
Arbenz. Fue el hombre designado por la CIA para penetrar la
intimidad de Perón. Además de López, Hill tenía contacto con
Milosz Bogetic, un coronel croata ustachi, prófugo al terminar
la segunda guerra mundial, refugiado primero en la Argentina y
luego colaborador del Dictador Dominicano Rafael Trujillo. En
1973, cuando López Rega se instaló cerca del poder en Buenos
Aires, el Departamento de Estado trasladó a Hill de España a la
Argentina para continuar la relación. Una de sus primeras
actividades fue la firma de un convenio con López Rega para la
represión del tráfico de drogas, cobertura que la CIA comenzaba
a utilizar por entonces. López Rega reveló ante la prensa lo que
debería haber guardado en reserva. En su discurso dijo que el
combate contra las drogas formaba parte de un plan político, de
lucha contra la subversión. Hill asintió en incómodo silencio.
Con asistencia técnica y financiera de Estados Unidos comenzaba
a organizarse la AAA, reedición del Plan Phoenix, aplicado en
Vietman para suprimir a diez mil opositores. Su ensayo general
se había escenificado el 20 de Junio, en Ezeiza. (ob. cit.
páginas 27/28).
Igualmente esta historia de Feimann
y Cia. (porque Feimann no está solo en esto de desparramar toda
esta mierda desde el lugar de esa falsa progresía peronística)
comienza mucho antes de la aparición de la triple A y las
diferencias con el General Perón. Su relato no es fruto de una
confusión ni un encadenamiento arbitrario de exabruptos.
Cuando surgió Montoneros más las FAR, más Descamisados y
producto del alza en los niveles de confrontación con la
dictadura a partir del Cordobazo se estructuró una movilización
gigantesca que desemboco en el retorno de Perón y la asunción de
Campora el 25 de Mayo de 1973. No estuvo ni estará exenta de
debate esta etapa pero sí se configuró la tendencia
revolucionaria que fue liderada por Montoneros con Firmenich
como jefatura máxima en el marco de cuerpos colegiados de
conducción. Quienes quedaron fuera fueron diversos sectores,
entre ellos algunos de las FAP que se dividieron en cuatro y
demás grupos menores que aislados continuaron referenciándose
como peronismo de izquierda. Algunos apostaron al "alternativismo"
independiente, mas cercano al PRT que al Peronismo que luego
reivindican como su faro. Es decir, se fueron por ultraizquierda
y desde mediados de los 70 se dedicaron a tirar mierda contra
Montoneros desde una posición de puro peronismo. Otros ni
siquiera se internaron en ese embrollo jamás descifrado del
“alternativismo” y sin más corrieron el cuerpo cuando las papas
quemaban y juramentaron lealtad a Perón, obviamente con López
Rega, Osinde, Villar y la Triple A incluidos. Algo de esto hay
en el relato de Feimann.
Cómo se entiende que pasan las decadas y Feimann habla, exponga
o escriba sobre filosofía, historia, Hegel, Heidegger, cine,
etc., y siempre termina hablando de lo mismo: desde su
"peronismo filosófico" junta bosta en pala y tira contra todo lo
que huela a Montoneros, Firmenich, setentismo. Su soberbia
neurótica nunca pudo soportar que “pendejos” de 22 – 24 años
hayan construido confluyendo con los viejos de la resistencia y
otros escalones generacionales un punto de aglutinación
organizativo de todo el inmenso océano de la izquierda
peronista. Odió y odia ese intento revolucionario. El espectro
de aquellos miles de militantes combatientes Montoneros lo
persiguen hasta la eternidad.
No
caben dudas que es un provocador, con un resentimiento
inabarcable. Por suerte no hay otro palco de Ezeiza sino,
terminaría apuntando –con su pluma claro está- sabemos para
donde. Hoy se conforma con las publicaciones de sus vómitos
narrativos en Página 12 los domingos en un suplemento especial y
en ofrecer insumos gratis para las páginas de los servicios. Lo
que se dice realmente: La obstinación de un boludo.
Sin
embargo parece que su talante histérico feminoide lo conserva
intacto en todos los aspectos de su vida.
Dicen fuentes bastante verosímiles que hace unos meses Feimann
tuvo el siguiente diálogo:
-
Mirá, Jose Pablo,
pensamos que sería bueno que empezaras de columnista en Los
siete locos,
le dijeron hace un tiempo desde el despacho de algún directivo
de ATC y pensando en que Cristina Mucci la conductora del
programa de libros que se emite por dicho canal, sería la
partenaire de Feiman en un futuro programa de cine. Una especie
de versión televisiva de “El cine por asalto”. Unas notas
publicadas en el suplemento “Radar” de Página 12 y que las
editara en forma de libro hacia mediados del año 2006.
- Yo no soy columnista
de nadie, no voy dejar que un pendejo me diga cual es mi lugar.
No viste lo que dije en TVR!
Tenemos mucho para decir sobre esta televisión...
- Me extraña que
reacciones así, esa forma de hablar es mas propia de un
columnista de espectáculos que de un filósofo como vos.
Ese día la sangre no llegó al río pero el siguiente encuentro
teléfonico no fue tan leve.
- Soy José Pablo
Feimann,
escuchó el directivo a través de su celular.
- Si Jose Pablo que tal?
- Mal, estuve
evaluando la oferta y yo sé lo que ganan las figuras del canal y
no pienso ganar menos que ellas, no voy a cobrar menos de lo que
cobra Badía.
- Mirá Jose Pablo, si yo le pidiera
un libro a Badía no le pagaría lo mismo que recibís vos por tus
escritos así que aplicando esa lógica no te voy a pagar a vos
por hacer televisión lo mismo que gana Juan Alberto que es un
hombre de trayectoria.
Finalmente el domingo 17 de Junio
de 2007 a las 0.30 horas Feimann y Mucci comenzaban el ciclo “El
cine por asalto” por ATC. El día anterior, en la sección de
cultura del diario La Nación, Feimann declaraba: “Es que no
hay debates de ideas. La política perdió las ideas, es todo un
aparatismo de negocios”.
Al fin y al cabo como dijo el
propio Feimann “nunca sabremos para quien escribe un
periodista. Para quién habla un locutor. En qué medio actúa el
más progresista de los escritores”. (Suplemento del Diario
Página 12 “La Filosofía y el Barro de la Historia” – Clase Nº 55
– Conclusiones – José Pablo Feimann – Domingo 3 de Junio de
2007).
A modo de conclusión parcial
-puesto que seguramente será necesario ir dejando testimonios a
medida que continúe la psicopatía narrativa de Feimann y Cia.-
sencillamente decir que los proyectos y los sueños se
desvanecieron mucho más temprano que tarde, que miles de
ausencias nos seguirán desgarrando el alma a cada instante por
el resto de nuestras vidas; pero también decir que el esfuerzo
no ha sido en vano, y que todavía vale la pena continuarlo con
el mismo convencimiento en éstos tiempos de crecimientos
económicos donde un nuevo genocidio captura y devora
a millones en ése no-lugar de la exclusión, donde nuestros ríos,
nuestras montañas, nuestros mares, nuestros bosques, nuestra
tierra son entregados a cambio de estúpidas prebendas por
oficialistas y opositores de una sistema político
opresor y caduco al altar de la renta oligárquica -
multinacional, en estos tiempos en que los continuadores de los
Osinde, Villar, Rucci, López Rega, etc., se llevaron con vida a
Jorge Julio López y nos privaron de la condena al hijo de puta
de Febres y de los secretos que se llevó a su merecida aunque
inoportuna tumba. En estos tiempos y con muchos más motivos que
en aquellos otros; todavía vale la pena dedicar nuestra
existencia a un compromiso de vida con nuestro prójimo en los
marcos de un Proyecto de Liberación. Otro destino no nos
interesa.
Es que más que le pese a Feimann;
como dice Sartre en el prólogo a “Los condenados de la Tierra”
de Frantz Fanon: “No nos convertimos en lo que somos sino
mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de
nosotros”.
Aquella vez sencillamente no
pudimos. Pudo más la infamia, la mentira, la codicia, el
egoísmo, el terror, el oportunismo, la injusticia, la
indeferencia, los arrepentimientos, la muerte, la tristeza, la
opresión. Hoy a pesar de todo, sencillamente continuamos;
volviendo a empezar todos los días nuestra convocatoria.
Para finalizar, nada mejor para
esta ocasión que aquellas líneas que a modo de poema escribiera
Eduardo “Carlón” Pereira Rossi, miembro de la conducción
nacional de Montoneros y asesinado por la patota de Patti el 14
de Mayo de 1983 mientras confrontaba contra la dictadura y
caminaba el país reorganizando y reuniendo a las fuerzas de la
Juventud Peronista Regionales convocando a las nuevas
generaciones que se sumaban sin dudar. (seguramente para Feimann
uno estúpido más o quizá un cómplice de algún doble
agente):
Convocatoria:
Convoco a los
que todos los días
se levantan y salen a yugarla
por migajas que no alcanzan,
a que se rebelen.
Convoco a los que todos los días
vacilan en ir o no ir
al templo que envejece los corazones.
Convoco a los que caminan sin rumbo
en una tarde cualquiera
buscando encontrar una razón
Convoco a los pacíficos
que no están cumpliendo con su deber
a pesar de sus buenas intenciones.
Convoco a los que no comen lo suficiente
ni se abrigan lo necesario
y tienen sed torrencial.
Convoco a los pequeños de ambiciones
que dejan a los demás
ambicionar más de la cuenta.
Los convoco a dar vuelta al pulóver
a pegarle al prepotente y a escupir
en la cara a los que no han sido Convocados.
Los convoco a romper lo que no sirve
a perpetrar los robos necesarios
y recuperar lo perdido.
Los convoco a cagarse en el miedo
y patear las puertas donde
encerrados están los condenados.
Los convoco a abrir las cárceles,
a ventilar las tumbas y a levantar
las calaveras de los hermanos
heridos de muerte.
Los convoco a abrazarse en
las plazas del país, a escribir los muros
y a fusilar a los fusiladores.
Los convoco a no atar nada
sino a despertar cadenas.
Los convoco a agitar banderas y colores
y correr liberados por las calles
y por los campos húmedos de rocío.
Los convoco a ser sinceros
a putear a los hijos de puta
a desobedecer al tirano,
a amar sin límites y a odiar.
Y si a esta
convocatoria
Por impolítica no concurre nadie
¡Mala leche!
Quedan entonces convocados
al entierro de la vida
del que tuvo ésta pésima idea.
Si a esta
convocatoria vienen algunos
pero no todos los convocados
no importa
en la próxima seremos más.
Y si a esta
convocatoria
vienen todos los convocados
la cordura habrá invadido en revolución
nuestro país para siempre.
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