Política
Publicado en la ed. impresa: Política
Jueves 15 de mayo de 2003
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José Claudio
Escribano
El escenario Treinta y seis horas de un carnaval decadente
Han sido
treinta y seis horas lastimosas, pero no hay que dar por el pito más de lo que
el pito vale.
Lo decían nuestros padres. Lo podemos decir nosotros. El pito del justicialismo
vale bien poco en relación con el interés del país, que debe seguir adelante
merced al trabajo silencioso y esperanzado de sus gentes.
Han sido treinta y seis horas de un carnaval decadente, que entristeció, y hasta
enfureció, a muchos argentinos, tal vez porque creyeron que el haberlos privado
del ballottage comprometía la gobernabilidad. Grave error: la gobernabilidad
está comprometida desde antes de ahora, como se verá más adelante. Otro asunto,
aunque de menor cuantía, ha sido el agravio acusado por los ciudadanos cuando
percibieron que alguien les tomaba el pelo.
Debemos bajar el énfasis indiscriminado en cuanto a la importancia de los hechos
que producen los políticos argentinos. Y examinarlos de acuerdo con su real
importancia. Más significativo que la toalla arrojada sobre el ring por un
menemismo devastado por la catástrofe inminente e inevitable del domingo es el
pésimo discurso pronunciado por el ahora presidente electo.
Menem se ha ido de la peor de las maneras; Kirchner, llega. La primera medida de
gobierno del doctor Kirchner deberá ser la cesantía de quien ha escrito ese
discurso, y, si fue él mismo quien acometió su redacción, convendrá que ya mismo
derive en otro la delicada tarea de escribir si es que aspira a ser un verdadero
jefe de Estado.
Se sabe que Kirchner está hablando con muy poca gente, encerrado en un círculo
íntimo difícil de caracterizar, pero en el que es obvio que gravita su mujer,
Cristina, senadora nacional. Faltan apenas diez días para la asunción del mando
y, salvo la noticia en general alentadora, de que el doctor Roberto Lavagna
continuará en la cartera de Economía, es un misterio cómo se configurará el
nuevo gabinete nacional.
* * *
Perdió el presidente electo una oportunidad de excelencia para ponerse por
encima de las rencillas asombrosas del Partido Justicialista, tanto que
terminaron por involucrar al país todo. Gracias doctor Menem, al fin y al cabo,
por haber liberado a quienes jamás han votado por candidatos del PJ, pero
tampoco lo han hecho nunca con el signo negativo del voto en blanco o anulado,
de la encrucijada morbosa que acechaba en el cuarto oscuro del domingo próximo.
Ante una sociedad ansiosa por su destino, Kirchner cayó en la trampa tendida por
el rival: ahondó los odios y las diferencias con Menem y hasta se permitió la
temeridad de sembrar dudas sobre cuál será el tono de su relación con el
empresariado y con las Fuerzas Armadas. Se olvidó de que la razón de que hablara
ayer por la tarde era, justamente, que en ese momento dejaba de ser el candidato
que había competido por largos meses por la Presidencia de la Nación y se
convertía en el presidente electo de la Argentina.
En la penosa urdimbre de este final inesperado de la contienda electoral de
doble vuelta se observó un caos de fondo, como si el estreno de la obra hubiera
tomado por sorpresa no sólo a los actores, sino, cosa notable, al guionista, al
escenógrafo, al director y a los productores.
Aquí es cuando vuelven a resonar cuatro palabras en los oídos de quien quiera
hubiera puesto atención en el discurso de cierre de campaña del doctor Adolfo
Rodríguez Saá, el jueves previo a la primera vuelta: "Gozo de buena salud".
Fueron cuatro palabras herméticas, pero acaso las más insinuantes y reveladoras
de una campaña que movilizó de manera modesta a la opinión ciudadana. Cuando un
candidato dice que goza de buena salud lo natural es que impulse un interrogante
general sobre cómo andan los restantes competidores.
La lucha política exige algo más que un certificado de buena salud, si es que
éste fuera posible. Impone condiciones extremas de atención, de reflejos
psíquicos y de esfuerzos físicos severos, que se hacen sentir en vidas largas y
accidentadas. Ricardo López Murphy, uno de los candidatos que se supone entraron
más enteros a la liza, dice haber terminado exhausto.
¿Cómo quedaron los demás? ¿Cómo se sintió el doctor Menem, llamativamente
incapaz como estuvo, en la noche de la primera vuelta, de controlar el orden más
conveniente en ese hotel convertido en un pandemonium?
¿Cómo no reaccionó ante el escenario sorprendente, en el que se movían espectros
de una farándula que las pantallas inclementes de la televisión proyectaban como
artero envío del enemigo? ¿Por qué apadrinó, con vistas a los comicios que
restan para el año, candidaturas imposibles?
¿Por qué hubo tanto desorden en la campaña del ex presidente? ¿Por qué haber
dejado que su nombre se asociara a los peores nombres, en lugar de haber abierto
paso a quienes habían sido identificados como protagonistas de lo mejor de su
doble gestión presidencial o que podían ser el anticipo de la renovación
apropiada y por algún motivo esencial anunciada por Menem mismo más de una vez
en la campaña?
¿Por qué, en fin, transfiguró Menem, en la noche del 27 de abril, lo que debió
ser un discurso chispeante de victoria al fin, en una pobre y agria arenga que
alertó al país sobre una incalculada derrota?
Kirchner admite en la intimidad -en el ámbito reducido en el que el visitante
registra en él la voluntad de escuchar, de aprender- que contó con la ventaja
del handicap inesperado recibido de parte de quien ha sido su adversario
principal.
* * *
El temor colectivo que se percibe como saldo principal de la fuga de Menem es
que éste haya herido la gobernabilidad del país. Para ser justos, habría que
preguntarse, también, en cuánto ha contribuido a esa desazón el inoportuno
discurso de Kirchner.
Convendrá decir, ante todo, que el problema de la gobernabilidad es preexistente
al de la decisión de Menem, un político, además, que se encuentra al final de
una larga carrera, no en el apogeo.
Es más: ninguno de los candidatos que se presentaron en la primera vuelta -ni
siquiera quien fue su principal revelación, reafirmada con las palabras que
eligió ayer, López Murphy- era por sí mismo garantía de estabilidad
institucional en el período por abrirse en días más.
La política argentina se encuentra gravemente fragmentada. El Congreso, en ambas
cámaras, es un reflejo de esa crisis. El Poder Judicial se arroga facultades
propias de la administración como no ocurre en ningún país serio, desde las
finanzas a la determinación de cuáles deben ser las tarifas de los servicios
públicos, y se abstiene de actuar, por añadidura, precisamente donde debería
hacerlo. Los sindicatos y las entidades representativas de las empresas no
cumplen un papel más lucido que aquellos otros de los que reclaman un mejor
ejemplo.
Ese es el país con el que los argentinos se han abierto al siglo XXI.
El hecho de que Kirchner se instale en la Casa Rosada con sólo el 22 por ciento
de los sufragios acentúa, en principio, el problema de la gobernabilidad, pero
está lejos de crearlo. Kirchner llega precedido, y no lo ignora, por una
cuestión institucional que se manifestaba con claridad en los días en que Menem
proclamaba que vencería con sólo una vuelta electoral.
El Consejo para las Américas estaba reunido en
Washington cuando el lunes 28 se hacían los últimos cómputos provisionales de
las elecciones. Es un cuerpo que congrega a cuantos tienen en los Estados Unidos
una opinión de peso que elaborar, tanto en el campo político como empresarial,
sobre los temas continentales. Desde Colin Powell a David Rockefeller.
¿Qué pudieron esos hombres haberse dicho sobre la Argentina, después de conocer
los resultados del escrutinio y, sobre todo, los ecos de la infortunada noche de
Menem en el hotel Presidente?
Primero, se dijeron que Kirchner sería el próximo presidente. Segundo, que los
argentinos habían resuelto darse un gobierno débil.
Podríamos pasar por alto una tercera conclusión, porque las fuentes consultadas
en los Estados Unidos por quien esto escribe difieren de si se trata de la
opinión personal de uno de los asistentes o de un juicio suficientemente
compartido por el resto. Sin embargo, la situación es tal que vale la pena
registrarla: la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año.
* * *
Esto demuestra que el problema de la gobernabilidad argentina es anterior al
espectáculo ofrecido por el doctor Menem. El país suscitaba preocupación en
Washington respecto de su futuro con prescindencia de la pirotecnia de última
hora.
Ninguna de las conclusiones que dejamos expuestas, y menos la tercera -a la que
debe interpretarse como una metáfora de la segunda-, merece otro valor que el de
un balance informal, casi académico, entre personalidades con la responsabilidad
de prefigurarse el horizonte que el mundo tendrá ante sí. Pero interesa
conocerlas por exponer la gravedad de las reflexiones en Washington sobre el
futuro posible de la Argentina.
Kirchner conoce esa información desde el lunes 5. Y su respuesta fue que él está
de acuerdo en que el principal asunto por resolver en el país es el de su
gobernabilidad.
No debería, por lo tanto, el presidente electo desaprovechar lo mejor del
discurso de Menem al abandonar la lucha sin que hubiera una sola denuncia
judicial de fraude electoral o una sola mesa de votación impugnada en el país.
Fue cuando Menem predicó sobre la necesidad de construir consensos y anunció que
se contaría con su contribución a la gobernabilidad. La gravedad del tema hace
deseable que esa contribución sea una realidad, al menos, a partir de hoy.
Ha caído, al fin, el telón sobre una decepcionante obra de treinta y seis horas.
No demos por el pito más de lo que el pito vale, como decían nuestros padres.
Dejemos atrás este nuevo papelón de la política argentina.
Pensemos entre todos cómo remontar con el trabajo y el estudio una crisis
extenuante, de no menos de cinco años seguidos a estas alturas, y estimulemos al
nuevo presidente a que traduzca en los hechos lo que promete con entusiasmo en
la conversación privada: "Hay que mejorar la calidad de las instituciones, hay
que gerenciar la administración del país".
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