Un gerente piensa
que el arte y la política pueden gerenciarse. Así como un
editor piensa que hasta cierto punto la vida puede editarse
como un diario o
un
noticiero de televisión. Un viejo editor me dijo alguna vez:
“El matrimonio es una larga crisis que se administra. Por más
que estemos en el peor momento, un beso antes de dormirse, un
beso al despertar y un ramo de flores los domingos. Si usted
sabe editar la realidad, puede también editar su matrimonio”.
Se refería a la posibilidad de manejar los tiempos y las
cosas, desechando lo inconveniente y resaltando lo necesario.
Ojalá fuera cierto, pero la verdad es que nadie puede editar
la vida, y que es infinitamente difícil gerenciar una pasión.
Se la puede administrar, no voy a negarlo. Se pueden hacer
negocios editoriales y pictóricos, pero esas operaciones del
mercado nada tienen que ver con gerenciar el arte, que está
hecho de la materia de los sueños y que es, por lo tanto,
ingobernable.
No digo que la política sea asimilable a la literatura o a la
pintura, pero les aseguro que también es un arte mayor y que
su praxis necesita una vocación tan profunda y absorbente como
la que se autoimpone cualquier artista verdadero.
En veinticinco años de periodismo no he conocido a un solo
dirigente de primer nivel que no fuera un animal político. Un
hombre sin tiempos libres, un enfermo de la materia que
domina. Como esos cracks futbolísticos que al evocar su
infancia solamente se recuerdan jugando a la pelota, día y
noche, con una de cuero, con un bollo de papel o con una
chapita, obsesionados gozosamente por desarrollar su vocación
profunda. O como esos adolescentes que, abstraídos, se
olvidaban de comer, de estudiar y hasta de dormir tocando como
posesos la guitarra o el piano, o dibujando o escribiendo en
cuadernos o en reveses de facturas contables. Las vocaciones
volcánicas borran al hombre del mundo, ponen en suspenso a sus
familias y a las necesidades mundanas, y, como todo acto de
amor torrencial, son un acto de obsesión. Nadie llega a la
primera fila de las butacas sin ese fuego sagrado.
Comparar la política real con la política corporativa de las
empresas es, por lo tanto, un malentendido amargo. La
política, por más gurúes y politicólogos que valgan, resiste
las reglas del management ortodoxo y de la ciencia pura. En el
mundo de los negocios, uno más uno es dos. En política, como
todo el mundo sabe, no necesariamente dos más dos son cuatro.
Toda esta introducción viene a cuento de un hecho
indiscutible: la actual oposición tiene entre sus filas a
muchos hombres de empresa. Muchachos por lo general
bienintencionados que se han pasado, no hace mucho, a la
política creyendo que ésta sólo necesita buenos gestores.
Los no políticos son hombres de ideología pasteurizada, que
igualmente merodean las posiciones de “centro” y el libre
mercado, y que han comenzado a meterse en el barro de la
historia.
A unos, los resultados electorales de octubre los dejaron
nocaut. A otros, los pusieron muy nerviosos: deben realizar
ahora lo que prometieron en la campaña. Sólo a Elisa Carrió,
para la cual hubiera sido una tragedia ganar y tener que
hacerse cargo del barco, abandonando los cómodos camarotes de
la indignación, este período de cristinismo se le presenta
plácido y apetitoso. Los demás, incluso los nuevos referentes
de ARI, tienen en la boca el regusto agrio de la decepción y
del miedo. No lo dirán nunca en público, pero así están los
opositores políticos en la Argentina de hoy.
Se sienten, en el fondo de sus corazones, injustamente
derrotados por “políticos mediocres” y “burócratas
clientelísticos”. Ellos, los príncipes de la nueva política,
eficientes y limpios, pasaron por la universidad y conocen el
mundo: son muy viajados. “¿Cómo puede ser que nos derroten
estos políticos de cabotaje, estos impresentables de
siempre?”, se preguntan.
Algunos de estos gerentes de la nueva política duermen con la
valija cerrada al lado de la cama. Están siempre listos para
volver al sector privado rumiando una queja: “Soy demasiado
bueno y honesto para la política”.
Olvidan que los verdaderos militantes políticos no tienen
dónde volver, porque pertenecen, en cuerpo y alma, a la lucha
política. Porque no podrían hacer otra cosa, porque nacieron
para eso, porque quemaron las naves. Un gerente es demasiado
cerebral y tiene demasiado “sentido común” para quemarlas.
Un militante se mide no por cómo reacciona ante una victoria,
sino por cómo se recupera de las derrotas. ¿Se recuperarán
estos muchachos o tomarán la valija y volverán, sanos y
salvos, a casita?
Necesitan un examen profundo para entender lo que les ocurre.
Son amateurs jugando a ser profesionales. No dominan del todo
la materia y, en el fondo, la desprecian un poco. Toda la
nueva oposición está llena de estos personajes tiernitos y
bienintencionados: aves de paso queriendo comerse crudas a las
fieras.
No se le puede enseñar política a un negado, así como no se le
puede enseñar música a quien no tiene oído. Entender la
política, entenderla de verdad, es un don: se tiene o no se
tiene. Es un saber que no se adquiere en los libros ni en los
claustros. Se adquiere en la calle y con las entrañas.
Pero el ser humano desarrolla las habilidades que necesita, de
manera que no todo está perdido. La nueva oposición está llena
de sordos y zoquetes. Hay muy pocos afinados y casi ningún
oído absoluto. Pero tiempo al tiempo.
Luego, por supuesto, está todo ese asunto de los
personalismos. En la Argentina, todo gira en torno de tres o
cuatro dirigentes que lucen bien en los programas del cable,
que suelen ser bastante autoritarios dentro de sus propios
partidos y que no saben adónde van. Quiero decir, parecen
poseer grandes convicciones y son buenos “tribuneros” (no
deberían quejarse tanto del atril, porque ellos lo llevan
incorporado), pero carecen de paciencia y flexibilidad para
armar partidos políticos consistentes, con alas izquierdas y
derechas, con democracia interna y participación.
Descaradamente personalistas, un día tienen tres millones de
votos y otro día no tienen nada. Poseen una extraña alergia,
que les contagiaron los encuestadores y la “opinión pública”
más ramplona de los contestadores automáticos de las radios,
que consiste en creer que toda alianza es la Alianza, o sea,
un rejunte invertebrado e incoherente que fracasa gobernando.
Y también que todo pacto político es el Pacto de Olivos, es
decir, un contubernio para repartir favores.
Pero hagamos nombres propios: si Carrió y Ricardo López Murphy
hubieran entendido de verdad la política, habrían recreado el
espacio histórico electoral de la Unión Cívica Radical. Pero
como no la entienden, terminaron en esta nada insípida,
inodora e incolora, oposición para la gilada televisiva, que
no puede juntar porotos y que no logrará ponerle freno a la
hegemonía.
La Alianza era una bolsa de voluntades dispersas y el Pacto de
Olivos era un contubernio, pero el peronismo es una bolsa del
mismo estilo, aunque verticalista cuando se juega en serio, y
el Pacto de la Moncloa era, al fin y al cabo, un acuerdo
político, aunque con buena prensa.
Algo tiene para enseñarle el oficialismo a la oposición. Para
empezar, su voluntad de poder. El peronismo no tiene un
puñadito de dirigentes destacados: tiene cien candidatos
potables en las gateras, con ganas de comerse la cancha. No es
dogmático y principista: acoge en su seno a hombres ubicados
en las antípodas ideológicas, aunque dispuestos, por las
buenas o por las malas, a aguardar su turno y a trabajar
coordinadamente cuando la tormenta arrecia y cuando el que
manda tiene claro el horizonte y buena sintonía con la mayoría
electoral. Casi nadie, por cuestiones del pasado, queda fuera
del colectivo, y nadie se rasga las vestiduras por hacerse
amigo de un enemigo de antes, o por codearse con un dirigente
que piensa el país desde la otra orilla.
El radicalismo posmoderno tuvo estómago delicado, y así lo
pagó. No pudo tolerar las diferencias internas y expulsó de
sus filas a los opuestos, que a su vez se transformaron en
estómagos delicados incapaces de digerir las mínimas
discrepancias. Y así hasta el infinito. Es decir, hasta la
atomización y la anécdota. Como la izquierda argentina, una
diáspora interminable y minoritaria con dirigentes inflexibles
que se pelean por palabras vacías.
Sin dominar la materia, sin vocación ni visión política, sin
sentido común, sin pragmatismo y sin humildad, sin capacidad
para acordar lo mínimo ni para construir una idea, la
oposición se juega en una comuna, es decir, en una baldosa.
Hasta Néstor Kirchner está decepcionado de la oposición.
Admite, a regañadientes, que ninguna democracia exitosa
económica e institucionalmente prospera con partido único y
sin alternancias ni bipartidismo. Sabe que, si no evoluciona
por afuera, una oposición de centroderecha surgirá tarde o
temprano del propio peronismo y que sobrevendrán como siempre
la crueldad, el destripamiento, la lucha sin cuartel y la
amnistía y, al final, la cohesión. La guerra peronista hace
temblar a los peronistas que detentan el poder, porque saben
que del otro lado no hay muchachos testimoniales con la valija
armada al lado de la cama, sino políticos con hambre que
quieren cambiar la historia.
Sólo se cambia la historia con ese apetito insaciable, con esa
pasión que un frío gerente no puede gerenciar. Tal vez ni
siquiera pueda comprender.
La nueva política no puede madurar en manos de los no
políticos.
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