¡Peliá limpio negro de mierda!
Por Enrique Oliva Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular
Se cuenta como
exagerada pero ilustrativa parábola, que en la antigua Roma, en época de la
república, un poderoso terrateniente y senador sorprendió a uno de sus
numerosos esclavos comiéndose un par de ciruelas de su huerto. Por ese delito,
y queriendo ejemplarizar, mandó al pobre africano al circo. Allí, para darle
una chance de salir con vida y en libertad, lo condenaron a pelear con un
león hambriento. Para ese combate enterraron al pobre negro hasta el
cuello, dejándole solo la cabeza afuera para respirar y defenderse. Luego
lanzaron a la bestia al ruedo. El león, ansioso de comida, corrió hasta el
esclavo, pero por la velocidad de su arranque, saltó con demasiada fuerza y no
tocó la testa del esclavo, pasando de largo.
Ante
ese error de cálculo del peligroso felino, el condenado, en su desesperación,
aprovechó para morderle y desgarrarle así sus testículos. El león cayó
en aullidos de dolor y comenzó a desangrarse, muriendo rápidamente. Tal
situación motivó al populacho de las tribunas a gritar a coro: "¡Peliá
limpio negro de mierda!". Y como la palabra del pueblo era ley,
encargaron finalizar la tarea de verdugos a otros dos leones. Y todos
contentos... Se hizo justicia.
Algo parecido ocurrió repetidamente en la historia, cuando pueblos
oprimidos por invasores o tiranos apelaban a cualquier recurso de combate no
convencional para defenderse, tal como lo aconsejaba el propio general San Martín.
También
hay ejemplos en los Santos Evangelios. En el libro de los Macabeos (Macabeo
quiere decir “martillo”). Allí leímos: “martillo para machacar a los
enemigos”. Y Judas Macabeo ben Matatias, líder de una familia
tradicionalmente luchadora por su independencia, castigaba como podía a todos
los pueblos paganos que vejaban a los judíos, llevando esta inscripción en su
estandarte: “La mejor forma de bendecir a Dios es combatiendo al tirano”.
Y luego dice: “Aparejados estamos a morir antes que violar las leyes
patrias que Dios nos ha dado”.
Podríamos recordar infinidad de ejemplos, pero vayan unos pocos, tales
como la defensa de Buenos Aires de las Invasiones Inglesas, el levantamiento del
pueblo español contra la dominación napoleónica, la lucha del criollaje
contra el bloqueo colonialista del Río de la Plata por la flotas francesas e
inglesas en época de Rosas, etc.
etc.
En todas las ocasiones citadas, los pueblos oprimidos tampoco podían
aceptar las reglas de juego de las
guerras clásicas, donde se enfrentan cara a cara dos ejércitos. Apelaron, eso
si, a recursos como los usados por el general Martín Güemes, entre otros
patriotas. Es decir, frecuentemente las retaguardias, a los rezagados o grupos
dispersos de tropas realistas españolas y huían rápido a las selvas o las
montañas.
La guerra no convencional
En el Siglo XIX Napoleón, al frente de un poderosísimo ejército, entró
en territorio ruso pero solo encontró tierra arrasada, casi sin habitantes y
ninguna fuerza que le diera batalla; sólo
acciones de guerrillas para dañar material y moralmente al enemigo.
Llegó a Moscú, bastante desgastado y
lejos de sus fuentes de
abastecimientos galas, con el Kremlin en ruinas y humeante. Calificó entonces
de “cobardes” a los militares zaristas por no combatir. Pero falto de
alimentos y pertrechos de guerra, debió desandar su camino para volver a París
derrotado por los generales espacio y clima, con pocos soldados sobrevivientes y
desmoralizados, continuamente hostigados por guerrilleros patriotas.
Casi exactamente lo mismo le ocurrió a Hitler, cuyas fuerzas en el siglo
pasado estuvieron a 18 kilómetros de Moscú. Tampoco le dieron muchas grandes
batallas al alemán, salvo las definitorias de Stalingrado (hoy Volvogrado) y
Leningrado (ahora San Petersburgo), donde a costa de mucha sangre y hambrunas,
esas ciudades largamente sitiadas no salieron a campo abierto a dar combate. Y
también los nazis debieron retirarse de suelo soviético, permanentemente
atacados por grupos guerrilleros y sufriendo los horrores de un invierno
implacable. Entonces si apareció el ejército rojo, no parando su marcha, de
victoria en victoria, hasta ocupar Berlín y algo más de Alemania. El Furer se
justificaría cuando comparaba su
caso con el de Napoleón. “No hay similitud –decía- el corso soportó una
temperatura mínima de 23 grados bajo cero y nosotros llegamos a padecer casi 50
grados bajo cero”.
Esos pretextos llevaron después
a bestializar diversas guerras no convencionales de liberación, utilizando los
colonialistas imperdonables recursos masivos reñidos con los más elementales
derechos humanos. Así ocurrió y quedó probado, entre otros casos, en Vietnam
y Argelia, repitiéndose esos horrores nada cristianos ni democráticos en
Afganistán e Iraq.
Hoy vemos como los pueblos ocupados de Medio Oriente, sin reparar en
nada, como pueden, hasta el sacrificio voluntario de sus vidas, combaten al
infernal poder de fuego de las armas más sofisticadas creadas por el hombre.
Los “suicidas” contraatacan ante situaciones desesperantes venidas de
occidente cristiano. ¿O no?
La mayoría del pueblo afgano se alegró con el fin de los fanáticos
talibanes, así como los iraquíes con la caída de Saddam Hussein, pero los
graves y torpes errores cometidos por los norteamericanos, que desaprovecharon
ese momento de mínimas coincidencias, ha llevado a una gravísima situación de
muy difícil retorno a la paz y la reconstrucción. Ahora, de no haber cambios
inteligentes de la política en Oriente Medio, los estadounidenses no pueden
quejarse diciendo “¡Peliá limpio...!”. Tampoco podrán utilizar de leones
hambrientos a otros pueblos también sometidos.
¡No demonisemos indiscriminadamente a la guerrilla y al terrorismo,
pues en todos los países de nuestro continente y muchos otros del mundo, nos
quedaríamos sin próceres libertadores de sus propias patrias!
Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular