José Hernández y su Martín Fierro

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El 12 de enero de 1873 comenzó a distribuirse en las pulperías el máximo poema nacional, conjugación épica y lírica del gran mito gaucho. Ese día, un aviso publicitario en el diario porteño La Pampa informaba que “se comenzó a repartir un folleto titulado El gaucho Martín Fierro, escrito en 395 versos de estilo gauchesco por José Hernández, ex redactor del diario El Río de la Plata y ex ministro de Gobierno de Corrientes”.

Otros avisos similares le siguieron en días posteriores en La Nación y en La Prensa. Era la primera parte del poema, escrita por Hernández entre marzo y octubre de 1872 -el mismo año que los malones de Calfulcurá asolaron con más de 6.000 guerreros los pueblos de la provincia, y también cuando Hilario Ascasubi publicó su Santos Vega-.

El autor lo había empezado a escribir durante su exilio brasileño y lo había terminado en una pieza del Gran Hotel Argentino, en la esquina de las actuales calles Rivadavia y 25 de Mayo, frente a la Plaza de Mayo de Buenos Aires.

La segunda parte, La vuelta de Martín Fierro (798 versos), aparecerá en 1879, el mismo año en que Eduardo Gutiérrez publica el folletín Juan Moreira. Ambas partes del poema de Hernández se unirán recién en 1910 en forma de libro, como lo conocemos ahora, hasta ser un clásico vendido de a millones de ejemplares en más de 1.300 ediciones, traducido a 40 idiomas, incluido el ruso, el chino, el japonés, el quechua, el indostano y el bantú.

Entre los años 1873 y 1883, cuando Hernández lanzó su 12ª edición del poema -la última que corrigió en vida- se vendieron 58.000 ejemplares. Fue un éxito fenomenal, “un hecho nuevo y sin precedentes en el comercio de libros de esta ciudad”.

Años más tarde el ya ex presidente Nicolás Avellaneda escribirá: “uno de mis clientes, almacenero por mayor, me mostraba ayer en sus libros los encargos de los pulperos de la campaña, 12 gruesas de fósforos, una barrica de cerveza, 12 Vueltas de Martín Fierro y 100 cajas de sardinas”.

Pero todo empezó con aquel folleto de 78 páginas y tapas azules, que se vendía a 10 pesos y se agotó en dos meses. Impreso en papel de diario, lo acompañaba otro escrito del mismo autor, Memoria sobre el camino trasandino, donde se hablaba de un ferrocarril que uniría a Chile y la Argentina, símbolo de los cambios del país. Veterano periodista y militante político raigal, Hernández entendía el poder de la publicidad. Anticipó el texto a los diarios del interior y sabía muy bien lo que hacía al lanzar su poema como folleto.

Así circuló la literatura gauchesca desde la época de Bartolomé Hidalgo y Estanislao del Campo. Había escasas librerías en Buenos Aires, pero muchas pulperías y almacenes de campo en las provincias del litoral, donde encontraría a su público. El sueldo de un peón rural rondaba entonces los 150 pesos y muy pocos sabían leer. Pero en las pulperías siempre había una copia del folleto y un lector, quien lo cantaba a los demás. Pronto se impuso la figura del recitador y cantante profesional, un payador que declamaba el poema acompañándose con su guitarra.

José Hernández había nacido el 10 de noviembre de 1834 a la sombra de un esplendoroso ombú, acunado por el paisaje bonaerense, en la famosa chacra del caserío de Perdriel, partido de San Martín, de su tío Juan Martín de Pueyrredón (por lo que fue primo del pintor Prilidiano Pueyrredón), donde en 1806 se había desarrollado el primer hecho de sangre y guerra de soldados nativos contra los invasores ingleses. Hijo de una unitaria y de un federal, conoció el drama de la política desde chico.

Demostró ambición por el estudio en la instrucción primaria, pero tuvo que abandonar a causa de una enfermedad repentina y se marchó al campo en busca de salud. Desde entonces todo lo aprendió por esfuerzo personal. Observador entusiasta de los rudos trabajos de ganadería que dirigía el padre y desempeñaban los gauchos, desde joven entró en contacto con el estilo de vida, la lengua y los códigos de honor de los paisanos.

Fue un autodidacta y pronto adquirió firmes ideas políticas. En una época de gran agitación, defendió la postura de que las provincias no debían permanecer ligadas a las autoridades centrales de Buenos Aires. Periodista, maestro, escritor, político y militar, sus grandes pasiones fueron la causa federal y la dignificación del criollo.

Participó en la última rebelión gaucha, la del caudillo entrerriano López Jordán contra Urquiza, un desdichado movimiento que finalizó en 1871 con la derrota y el exilio. A su regreso continuó su lucha por otros medios tales como el periodismo y el desempeño de varios cargos políticos, como presidente de la Cámara de Diputados de la Provincia y luego senador por dos períodos.

El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano próximo a cumplir 52 años.

Modelo de resistencia en la desesperación, drama inmenso de la resignación, el Martín Fierro sigue siendo un clásico porque siempre le dice algo nuevo a cada generación. Todos los que alguna vez se sintieron exiliados en su propia patria y víctimas de la injusticia, sintieron que ese canto inmortal hablaba por ellos.

Es que la poesía vive en las capas más profundas del ser, en tanto que las ideologías, las ideas y las opiniones constituyen los estratos más superficiales de la conciencia. El poema se nutre del lenguaje vivo de una comunidad, de sus mitos, sus sueños y sus pasiones, esto es, de sus tendencias más secretas y poderosas.

El poema funda al pueblo porque el poeta remonta la corriente del lenguaje y bebe en la fuente original. En el poema la sociedad se enfrenta con los fundamentos de su ser, con su palabra primera. Al proferir esa palabra original, el hombre se creó, después que Dios lo hizo.

Aquiles y Ulises son algo más que dos figuras heroicas: son el destino griego creándose a sí mismo. El Martín Fierro es también la construcción del destino del hombre argentino. El poema es mediación entre la sociedad y aquello que la funda. Sin Homero, el pueblo griego no sería lo que fue. Del mismo modo, Hernández nos revela lo que somos y nos invita a ser en plenitud eso que somos.

Intentemos buscar en la poesía. Es que entre el discurso político y su auditorio se establece hoy un doble equívoco: el discurso cree que habla el lenguaje del pueblo; y el pueblo que escucha el de la política. La soledad gesticulante de la tribuna es, entonces, total e irrevocable. Es una soledad todavía sin salida y sin porvenir. Tal vez debamos inspirarnos primero en la poesía, para recién entonces encarar con ese espíritu la política.

Atención pido al silencio

Y silencio a la atención,

Que voy en esta ocasión,

Si me ayuda la memoria,

A mostrarles que a mi historia

Le faltaba lo mejor.

Viene uno como dormido

Cuando vuelve del desierto;

Veré si a esplicarme acierto

Entre gente tan bizzarra

Y si al sentir la guitarra

De mi sueño me despierto.

Siento que mi pecho tiembla,

Que se turba mi razón,

Y de la vigüela al son

Imploro a la alma de un sabio

Que venga a mover mi labio

Y alentar mi corazón.

Si no llego a treinta y una

De fijo en treinta me planto,

Y esta confianza adelanto

Porque recibí en mí mismo,

Con el agua del bautismo,

La facultá para el canto.

Tanto el pobre como el rico

La razón me la han de dar;

Y si llegan a escuchar

Lo que esplicaré a mi modo,

Digo que no han de reír todos:

Algunos han de llorar.

Mucho tiene que contar

El que tuvo que sufrir,

Y empezaré por pedir

No duden de cuanto digo;

Pues debe creerse al testigo

Si no pagan por mentir.

Gracias le doy a la virgen,

Gracias le doy al señor,

Porque entre tanto rigor

Y habiendo perdido tanto,

No perdí mi amor al canto

Ni mi voz como cantor.

[Investigación periodística de Eduardo Pogoriles]

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