ERNESTO LACLAU, FILÓSOFO POLÍTICO

14/04/2008 Revista Debate                       Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular

El verdadero problema es que no hay una oposición responsable” De visita por Buenos Aires, donde dictará un curso de posgrado en la Universidad Nacional de San Martín y presentará su nuevo libro, Debates y combates, el célebre filósofo político, Ernesto Laclau, Ernesto Laclauanaliza con Debate el escenario que dejó el conflicto con el campo. Cuestiona la “naturaleza espontánea” de los cacerolazos, reflexiona sobre el papel de los medios y asegura que el principal problema que hoy tiene la política en el país es la ausencia de una oposición.

El conflicto con el campo dejó una polémica: ¿volvimos al viejo antagonismo gorilas vs. peronistas? No creo que sean ésos los términos para explicar el conflicto que se está dando. Creo que más bien tiene que ver con cierta continuidad en la tendencia de la vieja oligarquía terrateniente de tratar de monopolizar el conjunto de la renta agraria, que ahora se ve enfrentada a un gobierno más popular que intenta redistribuir el ingreso. Es una lucha constante en la historia argentina. A mí esto me hizo acordar a los años de Faustino Fano, el presidente de la Sociedad Rural durante los 60, que siempre solía repetir una frase. “Los productores rurales se sienten desalentados”, decía para llamar, en realidad, al gobierno de turno a que evaluara sus políticas. Y todo el mundo corría a cambiar dólares.

Ahora, cuando un gobierno se resistía, salían entonces los tanques. Fue lo que pasó con Frondizi, ¿cuántos intentos de golpe tuvo que enfrentar? La mentalidad de esta clase no ha cambiado demasiado. Ahora no salen los tanques, salen las cacerolas... Es cierto, por lo menos tenemos una manifestación más pacífica. Es importante que el Gobierno no dé marcha atrás con su decisión, porque si no entonces saldría enormemente debilitado. Esto no quiere decir que no haga concesiones a los medianos y pequeños productores. Lo tiene que hacer para que esas demandas se neutralicen y no terminen transfiriéndose a otros sectores.

Es esencial que la Argentina diversifique su renta agraria y no se transforme simplemente en un productor de soja, pero también es fundamental que el Gobierno comience a discriminar entre las distintas demandas que hay en juego. En el caso del cacerolazo las demandas eran muy dispersas. Sin embargo, se lo terminó reivindicando por cierto espontaneísmo, como si la organización en la política fuera negativa. Por supuesto que no es negativa. Sería malo si la movilización a la Plaza hubiese sido un acto forzado. Pero no vi ningún síntoma de que así fuera. El argumento apareció muy arraigado en los medios?

.Lo del cacerolazo fue una completa caricatura. Se trató de unas pocas señoras gordas que salieron a Santa Fe y Callao para tratar de revivir el 2001 y terminaron haciendo un carnaval. Acá hay que destacar dos cosas. Por un lado, que en toda movilización las organizaciones llevan a sus militantes y no está mal. Por el otro, yo fui al acto de Cristina en Plaza de Mayo y, por ejemplo, vi a mucha gente de la UBA que no había sido llevada por nadie. Estaba ahí por su propia voluntad

¿Qué opina acerca de la relación que tiene el Gobierno con los medios?

En los últimos días, se lo ha criticado duramente por mantener una posición muy confrontativa. Hay dos aspectos del discurso político de Cristina Fernández con los que no estoy de acuerdo y creo que tendría que introducir algunas modificaciones. En primer lugar, no creo que tenga que insistir tanto en la cuestión de género. Es verdad que las mujeres son discriminadas en algunas dimensiones, pero hay muchas interviniendo en la política y tomar este asunto como leiv motiv no ayuda en nada. La otra cosa sobre la que no insistiría es en sus críticas a los medios, por la sencilla razón de que realmente el hecho de que los mencione no modifica demasiado la actuación de ninguno de estos sectores. Sólo favorece la confrontación de la prensa.

En vez de tener ese latiguillo constante, el Gobierno debe garantizar que haya medios alternativos y muchas voces, que se dé la lucha hegemónica necesaria en cualquier sistema político. Acá, el verdadero problema es que no hay una oposición responsable. Lo único que tenemos es un montón de demandas, completamente disgregadas.

¿Y cuáles pueden ser las consecuencias de esta situación?

Este tipo de convocatoria que se pudo ver recientemente, usando mensajes de texto o mails, resulta interesante porque no las hacen organizaciones ya establecidas. Pero es algo peligroso. En un contexto donde hay tanta disgregación, cualquier brote en un punto exterior al sistema puede generar un tipo de reacción en cadena. Recientemente el periodista Joaquín Morales Solá, a quien no le tengo mucha simpatía, dijo, sin embargo, algo correcto. Planteó cómo en este momento los partidos como instituciones están declinando. Y es cierto. Hoy lo que vemos es una aglutinación de las fuerzas políticas alrededor de ciertos nombres, sea el caso de Macri, Carrió o Kirchner. El liderazgo como principio de aglutinación pasó a ser más importante que las formas partidarias institucionales tradicionales. Algunos reivindican la convocatoria a Plaza de Mayo como una interpelación al pueblo y, en tanto tal, como restitución de la escena política.

¿Cuál es su opinión?

Cuando ocurrió el cacerolazo yo estaba en La Paz. Justo estaba conversando con el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera. Los dos coincidimos en que mandarlo a Luis D’Elía a la plaza fue una decisión desastrosa, porque terminó resultando una confrontación patoteril de los dos lados. Y recuerdo que los dos coincidimos en que lo que había que hacer era una gran marcha. El Gobierno tenía que convocar a la ciudadanía. Y eso fue lo que terminó haciendo. Y en términos simbólicos fue mucho más eficaz. El mensaje que logró fue otro. El Gobierno no puede cambiar un modelo sin cosechar una capacidad de movilización. Ningún gobierno lo puede hacer. Y eso es lo que está empezando a tener lugar. Se está entendiendo que a la ciudadanía hay que movilizarla en torno de un proyecto político.

¿El Gobierno de Cristina Kirchner es un gobierno populista?

En sus mejores momentos sí, lo es. Un gobierno populista es un gobierno que convoca a los de abajo frente al poder. Hay populismo siempre que la sociedad se divida dicotómicamente entre los de abajo y los de arriba. Eso es lo que pasó con el peronismo y el kirchenrismo está empezando a hacerlo. El kirchnerismo está comenzando a estructurarse como significante. Hoy estamos ante un posperonismo.

¿Y cómo caracteriza esta etapa?

Comparemos los escenarios. En la Argentina del 40 teníamos una sociedad sumamente homogénea, con una clase trabajadora proveniente de los tres centros industriales: Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Perón tenía un público mucho más homogéneo y claro para interpelar. Es así cómo se asume como líder de un movimiento unificado. En Brasil, dada la extrema regionalización del país, Getulio Vargas tuvo que ser articulador de intereses muy distintos. El contexto actual en nuestro país también es más complejo. Y es ahí donde aparece la idea de transversalidad, que en realidad es un principio básico de la política. Kirchner lo traduce en una alianza con los radicales, socialistas, es decir el armado de un espectro mucho más complejo.

Pero Néstor Kirchner ahora quiere volver a reorganizar el PJ?

No creo que eso signifique volver al folklore clásico del peronismo. Es cierto, ahora intenta reconstituir el justicialismo. Pero no creo que vaya a basarse en la simbología del peronismo tradicional. Si no miremos la escena del otro día, en Plaza de Mayo. Es verdad que hubo unos cuantos bombos en la Plaza. Pero también hubo mucha heterogeneidad. Muchas de esas personas no estaban gobernadas por ningún aparato. Fue un hecho de masas interesante, que hacía tiempo que no presenciaba.
 

De populismos e izquierdas Hace años que a Ernesto Laclau lo obsesiona una pregunta: ¿cómo romper con la estigmatización del pueblo y empezar a entenderlo como espacio de construcción de la política? Sobre esta cuestión giró su último libro, La razón populista, una de sus obras más leídas y debatidas entre políticos e intelectuales que, alentados por las experiencias que se están viviendo en América Latina, pusieron al populismo en el centro de sus críticas. Laclau responde algunas de estas lecturas en Debates y combates, su nuevo trabajo que editará el Fondo de Cultura Económica. Nicolás Casullo en Las cuestiones aborda el problema de los populismos desde una dimensión específicamente latinoamericana.

 ¿Es posible pensar este tipo de sistema político fuera de la realidad regional? Definitivamente podemos pensarlo en otras sociedades. La categoría de populismo se aplica perfectamente en Italia, porque es una sociedad que, desde un punto de vista institucional, está muy desarticulada. Allí, la apelación al pueblo desde distintos ángulos ocupa un lugar importante. En realidad, el “populismo” apunta a un carácter central de la política.

En Debates y combates usted vuelve a criticar a las izquierdas. ¿Puede aplicar eso al caso argentino?

Yo critico a la ultraizquierda porque permanece sobre la base de posiciones tan extremas que termina siempre planteando una oposición a los movimientos populares que intentan un proyecto de cambio. Y de esa forma sólo favorecen a la derecha. Veamos lo que pasó con el peronismo. O lo que vimos durante los últimos días. Ahí tenemos el mejor ejemplo con el Partido Obrero, que en estas movilizaciones terminó apoyando a las fuerzas de la oligarquía agraria. Igualmente hace años que aprendí lo que es la izquierda cipaya, así que no me presenta ningún tipo de novedad.

Además de Debates? está trabajando sobre otro libro, La universalidad elusiva.

Sí, allí voy a resumir toda mi obra. Entre otros puntos, abordaré el problema de la mediación hegemónica y cómo todas estas categorías se estructuraron en el movimiento socialista. Va a ser mi libro central y también mi último trabajo. “Carrió es un desastre políticamente”

¿Sigue sin haber oposición en la Argentina?

Yo creo que el escenario tiene que ir moviéndose hacia una polaridad. Por un lado, tiene que haber un espectro de centroizquierda, que es lo que está encarnado en el kirchnerismo, y por el otro, una centroderecha responsable. El principal problema es que todavía no la hay. Macri desapareció, se corrió prácticamente de la escena nacional, concentrándose en los problemas de la Capital. Lo único que tenemos entonces es a Elisa Carrió, que es un desastre políticamente.

¿A qué se refiere?

Es una completa irresponsable. Como aspiraba al espacio que terminó ocupando Kirchner, se lanzó a ocupar el otro espacio y terminó con una aglutinación de un conjunto de fuerzas conservadoras generando una política sin principios. Hoy no tiene discurso. Sólo plantea todo tipo de acusaciones sobre pequeños problemas. La tiene a Patricia Bullrich viajando todo el tiempo a Miami por el caso de la valija. Es un disparate. Lo que necesita es un programa político. La centroderecha tiene que ofrecer un discurso, una propuesta alternativa al kirchnerismo. Así la gente tiene la opción para elegir claramente entre dos proyectos políticos distintos. Sólo de esa forma vamos a poder llegar a una situación bipartidista, necesaria para tener un sistema político organizado.

OTRAS OPINIONES DE ERNESTO LACLAU

El hecho no es demasiado sorprendente. Laclau parte de una formación marxista en lo teórico y peronista en lo político ("a través del peronismo llegué a comprender a Gramsci", afirma con cierta ironía), pero esa combinación, de por sí explosiva, se ha ido haciendo más compleja por la influencia de la filosofia francesa, cuyo vocabulario no es el más adecuado para un marxista anglosajón, pese al desembarco en Yale de los seguidores de Derrida.

Más allá de las dificultades de comprensión, es preciso admitir que Laclau es un discípulo partícularmente díscolo del viejo Marx. Lo que el peronismo le llevó a buscar en Gramsci es una teoría de la política que supere el reduccionismo de clase propio del marxismo clásico.

Es decir, que Laclau niega que la lucha política sea lucha de clases en el sentido más inmediato del término. En un primer momento, el Gramsci del concepto de hegemonía, con su hincapié en las reivindicaciones nacional-populares frente al estrecho clasismo del tercer período de la Komintern, parece ser la respuesta.

Respuesta al fascismo

"El graniscismo fue, básicamente, una respuesta socialista a las ambigüedades del fascismo como un fenómeno no clasista". La idea no es que el fascismo no beneficie a una clase, sino que precisamente su funcionalidad en este sentido es consecuencia de que su discurso no representa las reivindicaciones de esa clase, sino reivindicaciones ambiguas, a la vez contrarias a lo establecido y al proletariado. El fascismo, según esto, es un populísmo de derechas, como también lo serían, aunque bajo formas políticas muy distintas, el thatcherismo o el reaganismo.

"Para construir un proyecto de centralidad obrera entonces, Gramsci ve la necesidad de moverse también en un terreno no clasista", como lo hace el fascismo.

Pero Laclau ha seguido evolucionando más allá de estas posiciones, y aunque mantiene la referencia al concepto de hegemonía de Gramsci, pone abiertamente en cuestión la idea de centralidad obrera. "La clase obrera no posee ningún privilegio ontológico" sostiene, en obvio paralelismo con teóricos de los nuevos movimientos sociales como Gorz o Touraine.

A un marxista tradicional le sería difícil seguir a Laclau en esta evolución, por supuesto. Pero aún le sería más difícil seguirle por escrito y en sus propias palabras.

Bajo la influencia del último Wittgenstein y del posestructuralismo francés (el desconstruccionismo de Derrida), Laclau ha ido evolucionando en sus formas de expresión hacia una creciente complejidad, o quizá oscuridad, que puede fácilmente desesperar al lector.

A quien persevere, sin embargo, los resultados pueden compensarle en buena medida. La línea de investigación que apuntaba en los dos últimos capítulos de su Política e ideología en la teoría marxista (Madrid, Siglo XXI, 1978) se ha venido profundizando a través de los meandros del lenguaje.

Laclau niega que la oposición burguesía-proletariado brinde un punto de anclaje para la fijación definitiva del sentido en la conflictividad social. Pero eso no implica que sea imposible toda fijación de sentido. "Un universo en que fuera imposible toda fijación de sentido sería un universo psicótico".

La solución la ofrece una vez más el viejo concepto de hegemonía, que ofrecería el punto de arranque "para una teoría de la fijación parcial del sentido en ciertos puntos nodales, a partir de los cuales se va construyendo un sistema de oposiciones e identidades".

 

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