En algún lugar de nosotros todos somos paraguayos (Juan Domingo Perón)

por Jorge Giles

 14 de agosto de 2008                                    Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular            

 

Fernando Lugo Fernando Lugo cierra un ciclo histórico y abre otro a partir de su asunción como Presidente del Paraguay. Al momento de vestir la banda presidencial su mirada seguramente se llenará de imágenes contrapuestas mientras los hombres y las mujeres de su patria, con sus trajes coloridos, danzarán y cantarán en medio de la algarabía por este recambio de mando que augura un nuevo tiempo para  el pueblo paraguayo.

Rodeado de los mandatarios de nuestra región, el ex obispo Lugo jurará en nombre del Paraguay que supo ser hasta apenas un siglo y medio atrás y éste otro que busca reencontrarse con su propio destino.

Es que esa tierra que recibe hoy a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y a muchos otros presidentes, supo constituir hacia la mitad del siglo 19 el país más poderoso, en términos de desarrollo económico y el país más justo socialmente, en todo el continente americano. ¿Y qué pasó después? Sencilla y dramáticamente, los intereses entonces llamados “librecambistas”, lo masacraron. Quisieron borrar del mapa un modelo de desarrollo autónomo e independiente de cualquier potencia imperialista de la época pero particularmente de la vieja Inglaterra y de las oligarquías nativas que en nuestros países no podían permitir que se expanda el mal ejemplo. En el Paraguay todos los habitantes tenían asegurados los derechos más elementales para una vida digna y laboriosa: la tierra para trabajar, la educación gratuita y obligatoria, la vivienda y el pan de cada día. Había un Estado, una nación y un pueblo en paz.

Ese pueblo no se rindió nunca. Resistió durante cinco años el ataque de los ejércitos más poderosos de esta parte del mundo. Finalmente, malheridos y hambrientos, marcharon hacia el norte en su retirada final, siguiendo como sólo se puede seguir a un jefe como Solano López, dando batalla en Peribebuy y Acostañu, escribiendo heroicamente la que fue la mayor tragedia de una nación digna. El 1 de marzo de 1870 fue el vergonzoso y triste final de la guerra de “la Triple alianza” (o triple infamia como la llama Norberto Galasso), cuando ya al borde del exterminio, el último batallón paraguayo caería abatido en Cerro Corá.

Paraguay ya era entonces un fantasma del país que supo ser. Quedaban en pie un poco más de 350.000 personas, la mayoría mujeres, ancianos y los niños que habían sobrevivido a la matanza de los “civilizados” libertadores. Mataron aproximadamente un millón de paraguayos para poder arrasar con las fábricas metalúrgicas, los astilleros, los barcos de la marina mercante, el ferrocarril nacional, el ganado, las fábricas de papel, las minas de hierro.

Cuando jure el Presidente Lugo, recordará seguramente que esa no fue una guerra entre países hermanos sino entre aquellos que buscaban ser parte de una América unida y soberana de un lado y los que sólo lucraban con el sacrificio ajeno sin importar tanto la bandera a la que servían, del otro. ¿Cómo se explican sino los levantamientos masivos en la Banda Oriental primero y en nuestro territorio argentino después contra la guerra y a favor del Paraguay? La historia da cuenta que en el Paraguay se pretendió hacer sucumbir para siempre cualquier idea de unión americana que se asiente sobre la soberanía y la libertad de nuestros pueblos. Por eso y con razón histórica, se dice que todos caímos en esa guerra. O como diría aquel Presidente argentino que fuera también un General paraguayo: “en algún lugar de nosotros todos somos paraguayos”

Quien lo dijo devolvió los trofeos de esa guerra indigna al Paraguay y se llamó Juan Domingo Perón.

Por eso, cuando hoy asuma el Presidente Lugo estaremos asistiendo a un momento que es histórico para nuestra suerte y destino como americanos. Ni él ni nosotros podremos olvidar el pasado. No lo debemos hacer. Mucho menos en esta circunstancia en que la historia vuelve a darnos la oportunidad de consolidar la región, particularmente el sur del continente, para la prosperidad de nuestros pueblos, para el desarrollo autónomo de nuestras economías, para integrarnos al mundo desde el fortalecimiento de nuestra singularidad y nuestra unidad, para aportar a la humanidad la riqueza de nuestra propia cultura, para defender conjuntamente el uso sustentable de nuestros recursos naturales y el cuidado sin dobleces del ambiente de mayor diversidad  que aún queda en el planeta tierra.

Es la hora de construir un continente de paz en esta América del Sur. Tenemos todo para hacerlo porque no somos subdesarrollados como algunos pretenden sino devastados por los mismos intereses que hace un siglo y medio hicieron decir al poeta Guido y Spano: “llora, llora urutaú en las ramas del yatay , ya no existe el Paraguay, donde nací como tú”.

 

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