EL MILITANTE: LA VOZ DE LOS SIN VOZ

 

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Es larga y fructífera la historia del Movimiento Peronista, por definición un “movimiento” social antes y un “partido” después. El primero, disperso y multifacético, para convocar al pueblo a la defensa de sus derechos; el segundo, para constituirse en sujeto político legal y concurrir a las disputas electorales. Esto es, un tránsito organizativo idéntico en sus grandes rasgos que se repite a lo largo de la experiencia histórica de las clases populares en todos los tiempos.

 

Acudir a aquella experiencia histórica sirve entonces para iluminar la lectura de nuestra realidad. Una síntesis despojada de ideología permite exponer una praxis que deja múltiples lecciones a la militancia del presente.

 

Aquel “movimiento” se constituyó bajo formas organizativas de inspiración libertaria, no únicamente por fidelidad a la práctica anarquista de los orígenes de nuestra clase obrera sino por dar respuesta a las exigencias contingentes que demandaba la realidad política en cada ocasión. Las decisiones se adoptaban en asambleas, en una práctica democrática de fuerte rasgo plesbiscitario, porque de la madurez y conveniencia de las decisiones dependía la supervivencia de la organización. Las direcciones exponían su mandato a constantes pruebas revocatorias, ya que un error de conducción conllevaba un precio enorme que pagaba todo el colectivo. Además, la precariedad de los recursos de aquellas organizaciones sociales y la frecuente clandestinidad, las obligaba a asumir métodos de gestión sumamente eficaces y fluidos y a abominar toda burocracia. Por fin, el contacto cotidiano entre los asociados y el riesgo a que estaban siempre expuestos, generaban trasparencia e imponían indestructibles lealtades: la ética gobernaba las conductas individuales y asociativas. Y el fundamento último de esa asociatividad pivoteada sobre el eje que siempre caracteriza a las organizaciones del pueblo: la solidaridad. Por lo tanto, como hoy, sus fines disentían radicalmente con los proclamados por las doctrinas neoliberales.

 

Cuando el “movimiento”, hacia 1973, arrinconó al Partido Militar y a sus aliados políticos con huelgas, planes de lucha, insurrecciones y violencia popular organizada, arrancó la posibilidad de canalizar su energía renovadora a través del sistema representativo. Se constriñó hasta caber dentro del corset jurídico del Partido Justicialista y armó un vasto arco de alianzas: el Frente Justicialista de Liberación. El conflicto social por la apropiación del excedente económico socialmente generado había dado un salto en calidad: el pueblo superó la fragmentación de las luchas sectoriales reivindicativas y se erigió en sujeto de la lucha por el poder.

 

Esa práctica de construcción del “movimiento” había generado, naturalmente, militantes de probada lealtad y coraje, que constituían el eslabón entre “el pueblo” y las conducciones. Jóvenes o viejos cuadros que, desde una práctica política moderna y honrada, rompieron el cerco y penetraron la democracia hegemonizada por los políticos del enjuague, el clientelismo y la exclusión. Pero no fue fácil la convivencia entre los recién llegados - inexpertos y a menudo ingenuos en esas lides - y la vieja guardia politiquera cuyas fullerías venían a extirpar.

 

La nueva militancia política aprendió a convivir, pero defendiendo políticamente ideas y convicciones; a veces ganando y otras perdiendo, pero siempre disputando milímetro a milímetro cada espacio de poder. Aprendió entonces que en cada coyuntura histórica apenas si somos eslabones de una larga cadena siempre inconclusa; y que hay que saber avanzar concretando los sueños paso a paso, porque “la victoria final” es una zoncera.

 

En una democracia real, es decir en una democracia de iguales, la intermediación sociedad-estado la establecen los partidos políticos. El militante es el vínculo entre las clases dirigentes y la sociedad, y en ese diálogo expresa al pueblo: es la voz de los sin voz. El militante especifica la relación entre las necesidades y los derechos que las satisfacen; y en tal carácter es el generador de una demanda social organizada, que es la política. En esa mediación política, la militancia tiene a su cargo la elaboración orgánica de una discusión que permite discernir entre  lo deseable y lo posible, entre lo teórico y lo empírico, entre lo ético y lo pragmático, entre las intenciones y los resultados. Es la razón militante la que elabora lo espontáneo, lo intuitivo, el deseo y las ilusiones de los hombres y mujeres concretos que forman las multitudes anónimas, y quien resignifica lo histórico, dándole continuidad a la experiencia y sentido de futuro a las luchas por la justicia y la libertad.

 

El papel del militante es de la más alta importancia. En el militante se encarna el espíritu crítico de la política, tanto en lo que ésta tiene de discurso como de herramienta. Militante es aquel que con su ejemplo congrega solidaridades entre la gente del pueblo y el que convoca consensos con su trabajo político, siempre tras el objetivo de construir un poder colectivo para realizar la utopía.

 

Es el militante quien interpela al ciudadano en su aspecto humano, despierta su voluntad de emancipación, le habla de sus libertades conculcadas y, al nutrirlo de argumentos y recursos para luchar por el poder, otorga la carta de su ciudadanía al hombre y a la mujer del pueblo. Convierte en un lazo noble el vínculo entre las bases y sus conducciones, al cuestionar la bastarda relación entre el cliente y su patrón. Y así dignifica la política, en tanto la remite a su real definición: relación entre individuos que poseen idénticos derechos y obligaciones.

 

El militante enaltece la política al racionalizar el conflicto social de intereses, en dos sentidos: a partir de una labor de esclarecimiento sobre la justicia ejerce su docencia en el seno del pueblo, despierta su conciencia, y luego, con la acción, otorga confianza en los medios para lograr el cometido con la mayor economía de esfuerzos y el respeto a los principios éticos. El militante es quien abate con su práctica los resentimientos y construye con su prédica la esperanza.

 

El militante construye su espacio social desde una perspectiva clara y convocante que dice: “la victoria de todos es mi victoria”, principio liminar desde el que perfeccionamos la democracia. Porque la política es una gesta y como nos enseñó Oesterheld: el héroe siempre es colectivo.

 

Hoy, el proceso de reconquista de espacios por parte de un joven movimiento social está en marcha: avanza en la construcción de organizaciones económicas, sociales y culturales y mejora la calidad de su participación en el cambio de rumbo que Kirchner ha impuesto a la política.

 

Concurre hacia una nueva democracia, donde el pueblo no sólo espera ser emplazado cada cuatro años a votar, sino que cotidianamente cuestiona a sus dirigentes políticos, se mantiene activo frente a las amenazas del poder financiero y el capital concentrado y alerta ante el mensaje de los medios masivos de comunicación, y se organiza para expresar y defender sus intereses.

 

No es posible que haya cambios de un día para el otro. Seguro. Las relaciones económicas, sociales y políticas forjadas en décadas de dominio reaccionario no serán fácilmente superadas, tanto por la resistencia que ofrece la matriz de poder que va siendo desplazada como porque ha faltado tiempo para cambiar la cultura heredada, la conformación de la sociedad y la estructura productiva del país. Pero además es preciso tener presente que los intereses del privilegio, aunque privados de la más alta potestad del Estado, continuarán siendo por un tiempo más o menos largo más fuertes que la impronta de cambios que en tiempos históricos apenas acaba de nacer.

 

Por otro lado, una fuerza nueva se constituye también con los viejos cuadros de los viejos partidos, y esos nuevos partidos, condicionados por normas y prácticas viejas, seguirán siendo los mismos o muy parecidos, aunque se trasviertan bajo nuevos rótulos. Las nuevas generaciones de cuadros en formación van a convivir muchos años con las viejas prácticas y los viejos dirigentes: hasta que lo último de lo viejo deje su lugar a lo nuevo. Los que “aman al país”, mezclados pero no revueltos con “los que quieren volver atrás”, se debatirán en una realidad práctica que desmerece todo idealismo, cualquier limpieza de procederes, toda honradez.

 

Es bien claro entonces que, para los nuevos dirigentes que suman su energía en procura del plebiscito que reclama la continuidad de la política del gobierno que apoyamos, no vale todo. Uno de los mayores peligros del proceso actual es caer en combinaciones oportunistas en torno de objetivos subalternos. Los márgenes políticos los dictan las posibilidades de llevar hasta sus límites la respuesta a la demanda social; el marco ético lo pone nuestro respeto a las formas participativas, solidarias y honestas de la práctica política.

 

El abandono de estos principios puede arrojar a la nueva militancia hacia el mismo desprestigio de la clase dirigente de los viejos partidos, y alimentar el desinterés, la indiferencia o el rechazo de la ciudadanía. Las fuerzas nuevas –minoritarias y débiles aún- tienen que superar la tentación de llevar a cabo una labor política vertical e inimaginativa que recorte las instancias espontáneas de la creatividad popular y les impida diferenciarse; la militancia popular debe asumir el riesgo de impulsar cambios de fondo en las listas, en las formas de construcción política y en la relación de la política con la ciudadanía, llevando sus propuestas hasta los extremos.

 

Sin romper huevos no se hace una tortilla ni se resulta consecuente con la demanda de reconstituir una fuerza política a la medida de nuestra historia: con compañeros que piensen, que digan la verdad, que tengan capacidad transgresora, que conserven su espíritu crítico más allá de las disciplinas organizativas.

 

Es preciso trabajar durante este proceso electoral poniendo las bases de un nuevo sistema político, que sea expresión de los intereses y necesidades del pueblo. No únicamente para dar satisfacción a la demanda social emergente sino para salvar históricamente a la democracia argentina.

 

Ernesto Jauretche

8 de mayo de 2007

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