El
porteñísimo orgullo de sentirnos una parte de Europa en América latina
disimula (mal) un pensamiento racista. Sentimos que lo indígena nos
es ajeno. En el mejor de los casos lo abordamos con una mirada antropológica
("descendemos" a su cultura y sus problemas como objeto de estudio
y curiosidad) o con un redescubrimiento cool en objetos de diseño.
En el peor de los casos, ejercemos la discriminación en sus más variadas
formas: por ejemplo, ser "cabecita negra" es una credencial que
cierra las discos de moda y facilita el maltrato policial. En definitiva,
nos cuesta reconocer lo indígena como parte de nuestra propia identidad. El
estudio genético de la UBA socava ese prejuicio, lo deja sin sustento.
"Ellos" son nosotros.