La
historia es bizarra, demostrativa de
la catadura moral del genocida
Antonio Domingo Bussi, y me la
relató alguien que la sufrió en su
propia sangre.

A
fines de febrero de 1976, el general
retirado Julio Alsogaray, ex
comandante del Ejército durante la
dictadura de Onganía y hermano de
Álvaro Alsogaray, viajó a la ciudad
de Tucumán acompañado por su esposa
Zulema Legorburo. Marcharon como
quien avanza hacia el patíbulo,
tratando de negar lo que les
esperaba: la certidumbre de que su
hijo menor Juan Carlos había sido
desaparecido y asesinado por los
militares en el monte tucumano, en
el marco de lo que llamaron el
“Operativo Independencia”.
Amaban
a ese hijo de 29 años, a pesar de
las diferencias abismales que los
separaban de él: Juan Carlos, “el
Hippie” Alsogaray, ex estudiante de
sociología en el mayo francés, era
un cuadro importante de la
organización Montoneros.
El
general, su hermano Álvaro y su
sobrina María Julia Alsogaray eran
figuras emblemáticas de la
ultraderecha “liberal” argentina. En
1964, unos pocos años antes de
comandar el Ejército durante la
penúltima dictadura militar, el
general Alsogaray había dirigido la
Gendarmería y conducido
personalmente la cacería de los
guerrilleros que seguían al
Comandante Segundo, el célebre
periodista Jorge Ricardo Masetti.
Sin
embargo, a pesar de su anticomunismo
y antiperonismo viscerales, mantenía
una relación entrañable con sus
hijos Juan Carlos y Julio, enrolados
ambos en el peronismo
revolucionario. Pocos meses antes
del vía crucis a Tucumán, en
diciembre de 1975, el matrimonio
Alsogaray había pasado la Navidad
con sus hijos. El “Hippie” había
violado una ley de la clandestinidad
para encontrarse con sus padres y su
hermano. En un momento de la extraña
fiesta, intuyendo que podía ser su
última Navidad, el guerrillero
abrazó al general y le confesó: “Te
quiero mucho”. El general balbuceó:
“Decímelo de nuevo”. Y se abrazaron,
llorando.
Dos
meses más tarde, a fines de febrero,
los Alsogaray recibieron un
telegrama en clave de Adriana
Barcia, la compañera de Juan Carlos,
donde les daba a entender que el
Hippie había faltado a una cita de
control y podía haber caído en manos
del Ejército. De inmediato
decidieron viajar a Tucumán.
Llegaron de madrugada y Bussi, que
en ese momento conducía la Quinta
Brigada y el “Operativo
Independencia”, los recibió en su
domicilio particular. Fue la última
deferencia para con un “camarada de
armas”, que había sido su comandante
en jefe en el Ejército.
El
general, que poco después del golpe
sería nombrado gobernador de
Tucumán, mandó a pedir unos
documentos al Comando de la Brigada
y se los trajeron a toda velocidad.
Los Alsogaray, sin quererlo y sin
saberlo, resultaron ser testigos de
aquello que los familiares de los
desaparecidos sostendrían durante
décadas: que los jefes de la
represión clandestina llevaban un
registro minucioso de todos los
prisioneros desaparecidos y
asesinados, incluyendo sus
fotografías, vivos o muertos.
Zulema
Legorburo de Alsogaray, que había
llegado en estado de shock a San
Miguel de Tucumán, largó un sollozo
cuando encontró en una de esas
carpetas la foto de su hijo menor,
con el rostro cosido a bayonetazos.
Bussi
se indignó y le advirtió con
vozarrón cuartelero:
Señora, no le voy a permitir que
llore en mi presencia. Si va a
llorar, retírese. Porque si usted ha
perdido un hijo yo todos los días
pierdo hijos en esta guerra.
Pasaron los años y una democracia
desmemoriada hizo a Bussi diputado y
gobernador. El 13 de febrero de
1998, en el marco del célebre
proceso a los represores argentinos
que llevaba adelante el juez español
Baltasar Garzón, la fiscal suiza
Carla del Ponte remitió información
irrefutable sobre una misteriosa
cuenta en Suiza del represor
devenido gobernador. Bussi, acosado
por el escándalo y la presión de la
oposición, tuvo que recibir a la
prensa nacional y contestar la
incómoda pregunta.
“Ni lo
niego ni lo afirmo”, dijo el dios
implacable del “Operativo
Independencia”. Y ante el asombro de
los periodistas, la voz se le
estranguló y se largó a llorar. Al
día siguiente la legislatura
tucumana aprobó la formación de una
comisión investigadora. El 18 de
febrero la Cámara de Diputados de la
Nación abrió la declaración jurada
que hizo Bussi al asumir su banca en
1993. No figuraba la cuenta suiza.
El 19
de febrero Bussi volvió a llorar
ante los periodistas y dijo que
había omitido “sin intencionalidad”
la existencia de la cuenta
helvética. “Sin intencionalidad” el
represor seguiría “omitiendo” los
datos que irían saltando en los
meses siguientes: siete cuentas en
bancos extranjeros, 18 en diversas
entidades nacionales y una larga
colección de inmuebles, en Tucumán,
Buenos Aires y Punta del Este.
Solamente su departamento en Avenida
del Libertador 2237 fue valuado por
la legislatura tucumana en 413 mil
pesos-dólares.
Ni
Zulema Legorburo, ni el general
Julio Alsogaray, alcanzaron a ver
cómo el señor de la guerra que no
lloraba “por sus hijos” lloraba por
sus cuentas bancarias. Zulema
Legorburo murió en 1992 y su esposo
dos años más tarde. Ambos
sobrevivieron al Hippie, soportando
en silencio nuevos agravios y
renovados temores. En 1980, el hijo
mayor Julio estaba exiliado en
Uruguay y su padre le advirtió: “Ni
se te ocurra regresar, porque el
canalla de Bussi te haría asesinar
solamente porque sos el hermano de
un montonero”. Más tarde, en una
charla con el hijo sobreviviente,
afirmaría que el teniente coronel
Albino Mario Alberto Zimmerman, que
había sido jefe de policía en
tiempos de Bussi, era “el Himler de
Tucumán”.
Una
idea terrible, que cuestionaba toda
su vida, asomaba a veces en la
conciencia atribulada del general
Alsogaray: que la doctrina
pentagonista en la que habían sido
formados los jefes del Ejército,
había procreado monstruos como Bussi.
O mentirosos, como el general Héctor
Ríos Ereñú (jefe del Ejército
durante el gobierno de Alfonsín),
que le inventó al difunto Juan
Carlos Alsogaray un supuesto plan
para asesinar a su propio padre.
Quien
sobrevivió, para declarar contra
Bussi cuando la Cámara de Diputados
le rechazó el diploma en el año
2000, fue Julio Alsogaray. Que sigue
imaginando, en el sin fin del
cerebro, la escena de la madre a la
que le prohíben llorar.
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