Cultura e historia Con el ánimo de rescatar los grandes pensadores nacionales y populares difundimos este texto

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Las civilizaciones nacen no por simple contacto con las condiciones óptimas del suelo- A. Toynbee, tan discutible en otras cosas, ha refutado con éxito este error-, sino fundamentalmente, por el impulso civilizador del hombre portador de un determinado tipo de cultura. Este ímpetu civilizador - en América, el conquistador español-, al transplantar sus instituciones al nuevo mundo, al mismo tiempo las modificó bajo las influencias plásticas del medio, de las nuevas condiciones materiales de existencia y por la oposición de las culturas aborígenes que movilizaron, en tanto desafío, la voluntad de poderío de la raza. En América se comprueba, una vez más, que la fusión de civilizaciones y razas es el fenómeno normal de la Historia. Nuestra actitud - en parte por este antecedente - es culturalmente bipolar. De un lado, el sentimiento de nuestra circulación con culturas inmóviles encostradas en el paisaje nos hace mirar al interior del continente en busca del protofondo originario de nuestra dimensión. Del otro, la conciencia de ser herederos de Europa, a través de España y Portugal y de los grandes núcleos migratorios posteriores, nos torna virtualmente abiertos hacia Occidente. Por eso somos y no somos los occidentales de América. Vale decir, hay en nosotros algo nuevo. Y en esas dos actitudes culturalmente antitéticas avizora el desasosiego presente del alma americana, pero también la enunciación de su futuro. El gradual crecimiento de nuestra conciencia cultural, fluctuante entre estas tensiones del espíritu, nos conducirá a sentirnos no extraños a Europa, pero en lo esencial, no europeos. El síntoma despunta en que nos reconocemos sin esfuerzo hispanoamericanos y sólo por abstracción mental - o por inferioridad emocional - europeos. El fortalecimiento progresivo en nuestros días de una política continental independiente de Europa, tiende a confirmar esta tendencia de la América Latina. Y al mismo tiempo la profecía de Ratsel.

Pero nuestra diferenciación - no separación-, o más bien, bifurcación de Occidente, tanto como el correlativo afirmamiento del ideal continental, deriva también de la lucha común de estos pueblos contra el poder disgregador de Europa que Hispanoamérica conoció durante los siglos XIX y XX. De ahí que ese pasado histórico, con sus agresiones sistemáticas y el recuerdo que han dejado, se refleje en el creciente fortalecimiento de los sentimientos nacionales. Y aquí nos encontramos con otro de los elementos definitorios de la Cultura: la voluntad defensiva contra lo extranjero. La certeza de de un drama histórico común ha creado una ética continental solidaria. En otra de sus raíces - la conducta cultural es muy compleja - esta defensa de lo nuestro, esta inquietud ante lo extraño, nos viene de España. Este elemento de nuestra cultura frente a Europa es un componente psicológico importante de la mentalidad hispanoamericana. Y no es ajeno a este sesgo tipificador de la mentalidad colectiva, el hecho que las diversas nacionalidades hayan sobrevivido a los sucesivos empujes exteriores o al encumbramiento sociológico de los grupos nativos aliados al interés extranjero. Esta cohesión refractaria de las naciones hispanoamericanas ha sido posible, fundamentalmente, por el carácter homogéneo de una Cultura vigorosamente consolidada en los países integrantes de la gran comunidad y fundada en una religión, creencias, instituciones, costumbres y lengua comunes, traídas y arraigadas en estas tierras por España. Este es el elemento hereditario - en el sentido espiritual- tan importante en la caracterización de las Culturas y del cual deriva nuestro sentimiento no europeo de hispanidad. Y es que España, como lo vio Unamuno, no es Europa. Pero ya se ha dicho anteriormente que la relativa estabilidad hereditaria de una Cultura, no desecha el cambio, la movilidad social. Hay que evitar el riesgo de caer en un "hispanismo" abstracto, intelectual, reaccionario. Puede aceptarse - de acuerdo a la tesis hispanista - el hecho altamente significativo de que, las influencias no españolas que han gravitado en Hispanoamérica, no han conseguido extirpar el estilo de vida hispánico de esas Culturas. Esto explica, por lo menos parcialmente, ya que toda interpretación psicológica de la Historia es asimismo insuficiente, la resistencia económica y cultural, aparentemente caótica, pero emocionalmente orgánica, opuesta durante el siglo XIX por las multitudes políticas continentales despojadas de sus artesanías e industrias locales, a la penetración extranjera, o mejor aún, al liberalismo económico y a otras técnicas no hispánicas de dominio, tanto como el nacimiento en  nuestro siglo, fundado en la misma disposición de los movimientos nacionales libertadores. Movimientos - y esto es revelador- de profunda raíz colectiva y en los que se funden la conciencia nacional heredada de España y las tendencias revolucionarias al cambio social, impuestas por la dinámica de la actual situación histórica, que se afirma, sí, en el pasado y en las tradiciones que merecen conservarse, pero que actúa - y esto es decisivo - en función de las ideas económicas, políticas y filosóficas, nacidas al contacto material de la realidad presente de América. El altivo individualismo, la pasión por la li9bertad, vinieron precisamente de Castilla, traídos por hombres que no veían contradicción entre la idea imperial y las autonomías municipales por las que lchaban. Y no es casual que esa idea se actualizase en América en el proyecto de una Confederación continental, en hombres como Bolívar, San Martín, Belgrano, Monteagudo o Iturbide. Más que por la resistencia de los pueblos, tal proyecto no prosperó debido a la intervención de las grandes potencias europeas enemigas de España.

"La expresión verbal de las ideas podrá ser francesa, las formas por las cuales se trata de convertir estas ideas en acción, podrá ser inglesa, pero las ideas mismas, su encubierto espíritu, todo lo que puede convertir las palabras en algo más que puro verbalismo y que da vitalidad a las formas que se estarías muertas, es español."

Esta tesis psicologista del inglés Cecil Jane es valedera en tanto rasgo general del alma hispanoamericana. Pero es falsa si con ella se quiere explicar la historia y la Cultura hispanoamericanas en la totalidad de sus caracteres, en la poliédrica  complejidad de sus diversos elementos. Olvida Cecil Jane - y los que piensan como él- que el espíritu hispánico, sin perder sus defectos y virtudes esenciales, se adaptó a estas tierras en un ensayo inédito y colosal. Los movimientos emancipadores de principios del siglo XIX fueron en verdad fomentados por potencias extracontinentales como Inglaterra, interesadas en la desintegración del Imperio Español. Pero en mayor medida aún, fueron reacciones autóctonas, de contenido y dirección radicalmente americanos, aunque la política internacional europea del siglo XIX las desvirtuase o sacase de su cauce inicial. Estos movimientos se adaptaron al universo intacto, a la policromía deslumbrante de un mundo primigenio, ávido de encontrar su sino, favorecido todo ello por las particulares circunstancias geográficas, económicas, políticas, internacionales, que posibilitaron la emancipación de estas naciones iniciales, nacidas a la libertad en medio de pequeñas potencias económicas - de ahí su posterior drama político - pero al mismo tiempo indemnes a todo contagio cultural espontáneo.

Fue precisamente esta voluntad histórica de ser, esta predisposición estructural de América, la que rompió, no con la España eterna, sino con la España de su siglo. De una España que en medio del siglo. De una España que en medio del siglo XIX y en el cruce de las potencias dinámicas y destructoras de la próxima era imperialista, yacía aletargada en la autocontemplación de su sino, en la tragedia petrificada de su grandeza.

España - y esto es lo que los hispanistas olvidan a menudo - introdujo en América, junto con el inicial impulso capitalista, formas feudales de explotación en una época en que el feudalismo aceleraba su decadencia histórica. El resultado fue sorprendente. Esas formas semifeudales prendieron fuertemente en América, en parte, por la conveniencia de los grupos españoles, y posteriormente criollos, sociológicamente elevados sobre las masas nativas, pero también, porque esas formas se adaptaron a las técnicas indígenas de cultivo anteriores a la conquista. Del interés económico de los conquistadores, aliado a las tradiciones agrario-culturales de las poblaciones autóctonas, derivó una enérgica resistencia, de parte de blancos dominadores e indios y mestizos subyugados, a la penetración de técnicas productivas capitalistas no españolas. De este modo, el sistema español, sin proponérselo, apuntaló las culturas amerindias originarias y, por una derivación histórica imprevisible, las tendencias emancipadoras de las clases superiores como resultante indirecta de este conjunto de causas y concausas. En efecto, el impacto cultural anglosajón, se estrelló con la resistencia pasiva, enorme del sistema económico hispanoamericano. Pero al mismo tiempo cuando España intentó tardíamente introducir los métodos liberales - particularmente en las relaciones mercantiles de las colonias con el mundo europeo - a fin de conservarlas bajo la corona, la estructura antigua reaccionó y la consecuencia fue inversa al propósito buscado. Al flexibilizar el rígido sistema del monopolio, España precipitó la muerte de su imperio. ya que, las clases sociales de su conjunto, más o menos estabilizadas dentro de las condiciones generales del sistema económico colonial, no tenían interés en modificar aquellas estructuras consolidadas. Sólo les interesaba, a estas clases dominantes, lucrar por el comercio, el aumento del lujo. España, que languidecía económicamente, no podía satisfacer esta aspiración. Esta posibilidad, en cambio, era ofrecida por Inglaterra, primera potencia liberal y manufacturera del mundo, y que además, luego del fracaso de algunas intentonas militares, no amenazaba el estilo de vida colonial asentado sobre el antiguo sistema de explotaciòn del indio y de la tierra. Así el monopolio español, ruina de la metrópoli, apuntaló a las aristocracias españolas y nativas, y el tratado de Utrecht no es más que el reflejo diplomático del eclipse económico de España y el ascenso de las aristocracias coloniales. América Española fue incorporada por eso, sin resistencia, al mercado internacional como factoría económica. Por otra parte, la superviviencia de formas atrasadas de la economía, con las consecuentes relaciones jurídicas de la propiedad territorial, base del poderío de las clases superiores en América, convenía a Inglaterra, pues mediante su desarrollo técnico superior, se aseguraba el dominio de estos grandes mercados potenciales productores de materias primas y consumidores de artículos manufacturados. No es casual que movimientos separatistas como el de Miranda, fomentados por Inglaterra, no encontrasen auspicio popular. Pero tampoco es casual que Inglaterra triunfase finalmente por otros medios que no lesionaban las formas arraigadas de vida ya señaladas. Canning lo expresó claramente: " Si llevamos las cosas con la suficiente habilidad la América española emancipada será nuestra". De este modo, la idea de una confederación hispanoamericana sustentada por Bolívar y San Martín estaba condenada al fracaso por la presión de Inglaterra y EEUU, en complicidad con las nacientes aristocracias nacionales terratenientes interesadas en intensificar el intercambio comercial sin modificar el antiguo sistema productivo heredado de España. Las formas precapitalistas de producción propias del período hispánico, la difusa distribución demográfica, fueron los escollos para la unificación continental. En adelante, esta debilidad de una economía subdesarrollada desbarataría todo intento de unión, mediante la intervención diplomática, financiera o militar, de las superpotencias mundiales, Inglaterra, Francia y Estados Unidos.

 

Extracto de "Imperialismo y Cultura" de Juan José Hernández Arregui

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