Crecimiento espontáneo o crecimiento dirigido: el mirador de los años ‘40 la mayor parte de los errores básicos cometidos en el análisis se debe a la falta de experiencia histórica

Mario Rapoport             Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular

El gran economista Joseph Schumpeter decía que lo que distingue al economista “científico” del resto de la gente que piensa, habla y escribe de economía, es el dominio de técnicas que clasificamos bajo los tres títulos generales de Historia, Estadística y Teoría.

Pero, según su parecer, el más importante de estos tres campos es la Historia económica, que desemboca en los hechos de hoy día y los incluye. Decía Schumpeter que si debiera volver a empezar sus estudios y le dijeran que sólo sería posible ocuparse de una de aquellas tres grandes ramas, elegiría la Historia económica. Tres eran sus razones para hacerlo.

1) Que el tema de la economía es esencialmente un proceso único desplegado en el tiempo histórico. “Nadie puede tener la esperanza de entender los fenómenos económicos de ninguna época si no domina adecuadamente los hechos históricos o no tiene un sentido histórico suficiente, o lo que también se puede llamar experiencia histórica”.

2) Que el registro histórico no puede ser simplemente económico; debe incluir, inevitablemente, hechos “institucionales” que no son puramente económicos: de ese modo, se puede comprender mejor cómo están relacionados los hechos económicos con los no-económicos y cómo se deberían relacionar las ciencias sociales entre ellas.

3) Que la mayor parte de los errores básicos cometidos en el análisis se debe a la falta de experiencia histórica, con más frecuencia que cualquier otra insuficiencia del instrumental.
En el caso argentino, existen algunos velos que debemos levantar para entender mejor el presente.

En 1944, un argentino de origen judío alemán, Felix Weil, publicó Argentina Riddle (El enigma argentino), libro en que, luego de analizar la coyuntura de la época y la historia reciente, se interrogaba sobre lo que iba a pasar en la Argentina. Weil es una figura interesante; hijo del dueño de una de las exportadoras de cereales más importantes de la Argentina (que había hecho su riqueza gracias a la extraordinaria renta de la tierra), a diferencia de su padre no se interesaba por los negocios y tenía ideas izquierdistas. En los años ‘20 viaja a Alemania a estudiar, y es el principal financista de la escuela de Frankfurt, identificada con el marxismo. La escuela de Frankfurt se fundó, al menos en parte, con dinero proveniente de la Argentina. Recordemos algunos de sus nombres: Teodor Adorno, Karl Korch, Herbert Marcuse, lo que quiere decir de algún modo que Mayo del ‘68, cuando el pensamiento de esos filósofos tuvo influencia, contó con ayuda lejana de la renta argentina.

Weil planteaba que la Argentina estaba en una encrucijada histórica. Hablamos de 1944, un año después de la llegada de Perón al Departamento Nacional del Trabajo y del fin del desempeño como gerente del Banco Central del economista Raúl Prebisch, que se irá del país en 1948 para dirigir la CEPAL. Es un año crucial, el de una crisis política fenomenal, que quizás podríamos comparar con la que vivimos en 2001-2002. Y para enmarcar la coyuntura, debemos decir que la crisis mundial del ‘30 -nuestras referencias siempre deben hacerse en el marco de lo que pasa en el mundo para entender la propia historia- produce esa “desconexión” de la que nos habla hoy nuevamente, ante la crisis de la globalización, el economista egipcio Samir Amin, pero que existió en ese momento y permitió a la Argentina iniciar un sendero de industrialización inédito hasta entonces.
Sin embargo, como la Argentina es un país peculiar (a diferencia de Brasil, donde la industrialización fue impulsada por una coalición que dejó fuera a la oligarquía cafetalera), ese proceso se dio con gobiernos que implicaron el retorno de la vieja oligarquía conservadora. Esa elite oligárquica iniciará una política de cambios institucionales, fortaleciendo el rol del Estado con un marcado intervencionismo para hacer frente a la crisis aunque, en realidad, buscaba salvar su propio pellejo, sus propios negocios. Pero la oligarquía no tenía intención de realizar ningún cambio social o político ni convertirse en una burguesía industrial; y, mientras el país transforma su estructura productiva con el crecimiento industrial y la mayor participación de los trabajadores, nada de eso se acompaña con cambios de fondo. No hay ninguna política social ni proyecto claro de industrialización, y la oligarquía gobierna a través de una democracia ficticia que no deja margen a la oposición para revertir la situación social o ganar el gobierno.

¿A qué nos lleva esto? Evidentemente, el país había sufrido transformaciones, pero Weil estaba preocupado. Él tenía dos miradas, una mirada crítica, por un lado, y una mirada de la elite, por otro, porque era un hombre de la elite argentina, incluso había colaborado con los gobiernos conservadores. Weil decía: ¿a dónde va la Argentina? Porque sigue siendo la tierra del estanciero, una gran estancia, donde predomina el latifundio rural; es necesario realizar algún tipo de reforma agraria, impulsar la industrialización de manera dirigida, planificada, y no abandonarla como aparentemente querían hacer los sectores oligárquicos, pensando que el mundo retornaría a la normalidad de la pre-guerra, de la pre-crisis, y que la “rueda maestra” de la economía volvería a ser el sector agroexportador. Weil planteaba que lo que había predominado hasta entonces era una cultura rentística, porque la apropiación fundamental del plusvalor se había hecho a partir de la renta de la tierra. En segundo lugar, señalaba que había prevalecido, incluso con gobiernos constitucionales, una cultura antidemocrática. Lo que era absolutamente cierto; la oligarquía conservadora gobierna el país desde 1880 a 1916 a través de una democracia apañada, totalmente ficticia. Hacia principios de siglo, sobre un millón de habitantes, sólo votaban diez mil, y muchos estaban muertos; en los años ‘30, golpe de Estado mediante, volvía a repetirse esa situación. Por otra parte, predominaba una cultura dependiente.

Aquí entra este otro actor en escena, Raúl Prebisch, que colaboró con los gobiernos oligárquicos. En realidad fue el cerebro gris de las políticas económicas de esos gobiernos, aunque después hizo alguna autocrítica. Pero lo interesante es que antes había escrito una serie de artículos y trabajos sobre historia económica argentina, donde señalaba que uno de los grandes problemas del país era justamente el problema del endeudamiento externo y el de la dependencia de los mercados internacionales. Señalaba algo que hoy nos parece muy común, la dependencia de los ciclos de los centros capitalistas mundiales, fundamentalmente de Gran Bretaña. Cuando Gran Bretaña necesitaba exportar capitales, porque bajaba la rentabilidad de sus empresas, nos inundaba de capitales, iniciando un ciclo de endeudamiento externo; y cuando necesitaba capitales hacía subir sus tasas de interés, para atraerlos, y nos dejaba con un alto endeudamiento que no podía financiarse. El endeudamiento externo era así una característica clave del modelo agroexportador.

Obsérvese cómo va apareciendo una serie de ideas sobre qué es lo que hay que hacer con el país. La política va más rápido que las ideas, y aparece un líder, Juan Domingo Perón, con otra visión de la realidad, y capta rápidamente los cambios sociales producidos. A partir de 1943, desde el Departamento Nacional del Trabajo, comienza a realizar, por un lado, una serie de políticas sociales, que van cautivando no sólo a la masa trabajadora sino a una parte de la dirigencia sindical, incluso de origen socialista; y, por otro, a impulsar, con aciertos y errores, como presidente desde 1946, el proceso de industrialización que se había iniciado en la época conservadora.

La industrialización y la mayor inclusión social se frustraron y experimentaron un amplio retroceso con la dictadura de 1976; el país volvió a caer en la trampa del endeudamiento externo en las últimas décadas. La formidable crisis que vivimos en 2001-2002, de la que aún no nos recuperamos totalmente, vuelve a situarnos, salvando el tiempo y las estructuras económicas e institucionales diferentes, en el mirador que Weil y Prebisch tenían en los años ‘40. ¿Adónde vamos? Es la pregunta que nos volvemos a hacer. Los actuales signos de recuperación económica y social deben acompañarse, para persistir, de un proyecto estratégico a largo plazo, que impida nuevos retrocesos formidables como en el pasado y nos ofrezca definitivamente un futuro mejor.

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