CARTA DE JAMAICA
Simón Bolívar
Este
documento expone las causas y razones que justifican la
independencia y es donde se establece la necesidad de la
unidad de los territorios emancipados. Por ello se
sostiene que aquí se encuentran las bases de la doctrina
bolivariana de “unidad e independencia” de Nuestra América
que hoy resurge. Es importante destacar que la doctrina
bolivariana es anterior a su opuesta, la doctrina Monroe
de “América para los Americanos”, expuesta en 1823.
La
Carta de Jamaica fue conocida originalmente como
“Contestación de un americano meridional a un caballero de
esta Isla” , fue escrito por Simón Bolívar en Kingston; al
ciudadano inglés Henry Cullen.
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Muy
señor mío: Me apresuro a contestar la carta de 29 del mes
pasado que usted me hizo el honor de dirigirme, y yo
recibí con la mayor satisfacción.
Sensible como debo, al interés que usted ha querido tomar
por la suerte de mi patria, afligiéndose con ella por los
tormentos que padece, desde su descubrimiento hasta estos
últimos períodos, por parte de sus destructores los
españoles, no siento menos el comprometimiento en que me
ponen las solícitas demandas que usted me hace, sobre los
objetos más importantes de la política americana. Así, me
encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder
a la confianza con que usted me favorece, y el impedimento
de satisfacerle, tanto por la falta de documentos y de
libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo
de un país tan inmenso, variado y desconocido como el
Nuevo Mundo.
En mi
opinión es imposible responder a las preguntas con que
usted me ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su
universalidad de conocimientos teóricos y prácticos,
apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de
la estadística y revolución de América es conocida, me
atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de tinieblas
y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer conjeturas más
o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte
futura, y a los verdaderos proyectos de los americanos;
pues cuantas combinaciones suministra la historia de las
naciones, de otras tantas es susceptible la nuestra por
sus posiciones físicas, por las vicisitudes de la guerra,
y por los cálculos de la política.
Como me
conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable
carta de usted, no menos que a sus filantrópicas miras, me
animo a dirigir estas líneas, en las cuales ciertamente no
hallará usted las ideas luminosas que desea, mas sí las
ingenuas expresiones de mis pensamientos.
«Tres
siglos ha —dice usted— que empezaron las barbaridades que
los españoles cometieron en el grande hemisferio de
Colón». Barbaridades que la presente edad ha rechazado
como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad
humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos,
si constantes y repetidos documentos no testificasen estas
infaustas verdades. El filantrópico obispo de Chiapa, el
apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la
posteridad una breve relación de ellas, extractada de las
sumarias que siguieron en Sevilla a los conquistadores,
con el testimonio de cuantas personas respetables había
entonces en el Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que
los tiranos se hicieron entre sí: como consta por los más
sublimes historiadores de aquel tiempo. Todos los
imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes
de aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y
firmeza denunció ante su gobierno y contemporáneos los
actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.
Con
cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de
usted en que me dice «que espera que los sucesos que
siguieron entonces a las armas españolas, acompañen ahora
a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos
meridionales». Yo tomo esta esperanza por una predicción,
si la justicia decide las contiendas de los hombres. El
suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino de
América se ha fijado irrevocablemente: el lazo que la unía
a España está cortado: la opinión era toda su fuerza; por
ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella in
mensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las divide;
más grande es el odio que nos ha inspirado la Península
que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir
los dos continentes, que reconciliar los espíritus de
ambos países. El hábito a la obediencia; un comercio de
intereses, de luces, de religión; una recíproca
benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria
de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra
esperanza nos venía de España. De aquí nacía un principio
de adhesión que parecía eterno; no obstante que la
inconducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía;
o, por mejor decir, este apego forzado por el imperio de
la dominación. Al presente sucede lo contrario; la muerte,
el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos: todo
lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se
ha rasgado y hemos visto la luz y se nos quiere volver a
las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos sido
libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo
esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho;
y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la
victoria.
Porque
los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos
desconfiar de la fortuna. En unas partes triunfan los in
dependientes, mientras que los tiranos en lugares
diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado
final? ¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado
para su defensa? Echemos una ojeada y observaremos una
lucha simultánea en la misma extensión de este hemisferio.
El
belicoso estado de las provincias del Río de la Plata ha
purgado su territorio y conducido sus armas vencedoras al
Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e inquietado a los
realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes
disfruta allí de su libertad.
El
reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas, está
lidiando contra sus enemigos que pretenden dominarlo;
pero en vano, porque los que antes pusieron un término a
sus conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus
vecinos y compatriotas; y su ejemplo sublime es suficiente
para probarles, que el pueblo que ama su independencia,
por fin la logra.
El
virreinato del Perú, cuya población asciende a millón y
medio de habitantes, es, sin duda, el más sumiso y al que
más sacrificios se le han arrancado para la causa del rey,
y bien que sean vanas las relaciones concernientes a
aquella porción de América, es indubitable que ni está
tranquila, ni es capaz de oponerse al torrente que amenaza
a las más de sus provincias.
La
Nueva Granada que es, por decirlo así, el corazón de la
América, obedece a un gobierno general, exceptuando el
reino de Quito que con la mayor dificultad contienen sus
enemigos, por ser fuertemente adicto a la causa de su
patria; y las provincias de Panamá y Santa Marta que
sufren, no sin dolor, la tiranía de sus señores. Dos
millones y medio de habitantes están esparcidos en aquel
territorio que actualmente defienden contra el ejército
español bajo el general Morillo, que es verosímil sucumba
delante de la inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si la
tomare será a costa de grandes pérdidas, y desde luego
carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los
morigeros y bravos moradores del interior.
En
cuanto a la heroica y desdichada Venezuela sus
acontecimientos han sido tan rápidos y sus devastaciones
tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia
a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los
más bellos países de cuantos hacían el orgullo de América.
Sus tiranos gobiernan un desierto, y sólo oprimen a
tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una
precaria existencia; algunas mujeres, niños y ancianos son
los que quedan. Los más de los hombres han perecido por no
ser esclavos, y los que viven, combaten con furor, en los
campos y en los pueblos internos hasta expirar o arrojar
al mar a los que insaciables de sangre y de crímenes,
rivalizan con los primeros monstruos que hicieron
desaparecer de la América a su raza primitiva. Cerca de un
millón de habitantes se contaba en Venezuela y sin
exageración se puede conjeturar que una cuarta parte ha
sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre, la
peste, las peregrinaciones; excepto el terremoto, todos
resultados de la guerra.
En
Nueva España había en 1808, según nos refiere el barón de
Humboldt, siete millones ochocientas mil almas con
inclusión de Guatemala. Desde aquella época, la
insurrección que ha agitado a casi todas sus provincias,
ha hecho disminuir sensiblemente aquel cómputo que parece
exacto; pues más de un millón de hombres han perecido,
como lo podrá usted ver en la exposición de Mr. Walton que
describe con fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos
en aquel opulento imperio. Allí la lucha se mantiene a
fuerza de sacrificios humanos y de todas especies, pues
nada ahorran los españoles con tal que logren someter a
los que han tenido la desgracia de nacer en este suelo,
que parece destinado a empaparse con la sangre de sus
hijos. A pesar de todo, los mejicanos serán libres, porque
han abrazado el Partido de la patria, con la resolución
de vengar a sus pasados, o seguirlos al sepulcro. Ya ellos
dicen con Reynal: llegó el tiempo en fin, de pagar a los
españoles suplicios con suplicios y de ahogar a esa raza
de exterminadores en su sangre o en el mar.
Las
islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar
una población de setecientas a ochocientas mil almas, son
las que más tranquilamente poseen los españoles, porque
están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no
son americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No
desearán su bienestar?
Este
cuadro representa una escala militar de dos mil leguas de
longitud y novecientas de latitud en su mayor extensión en
que dieciséis millones de americanos defienden sus
derechos, o están comprimidos por la nación española que
aunque fue en algún tiempo el más vasto imperio del mundo,
sus restos son ahora impotentes para dominar el nuevo
hemisferio y hasta para mantenerse en el antiguo. ¿Y~~ y
amante de la libertad permite que una vieja serpiente por
sólo satisfacer su saña envenenada, devore ta más bella
parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está Europa sorda al clamor
de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la
justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este modo
insensible? Estas cuestiones cuanto más las medito, más me
confunden; llego a pensar que s e aspira a que desaparezca
la América, pero es imposible porque toda Europa no es
España. ¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender
reconquistar América, sin marina, sin tesoros y casi sin
soldados! Pues los que tiene, apenas son bastantes para
retener a su propio pueblo en una violenta obediencia, y
defenderse de sus vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta
nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del mundo
sin manufacturas. Sin producciones territoriales, sin
artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta
loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la
pacificación, los hijos de los actuales americanos únicos
con los de los europeos reconquistadores, ¿no volverían a
formar dentro de veinte años los mismos patrióticos
designios que ahora se están combatiendo?
Europa
haría un bien a España en disuadirla de su obstinada
temeridad, porque a lo menos le ahorrará los gastos que
expende, y la sangre que derrama; a fin de que fijando su
atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y
poder sobre bases más sólidas que las de inciertas
conquistas, un comercio precario y exacciones violentas en
pueblos remotos, enemigos y poderosos. Europa misma por
miras de sana política debería haber preparado y ejecutado
el proyecto de la independencia americana, no sólo porque
el equilibrio del mundo así lo exige, sino porque éste es
el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos
ultramarinos de comercio. Europa que no se halla agitada
por las violentas pasiones de la venganza, ambición y
codicia, como España, parece que estaba autorizada por
todas las leyes de la equidad a ilustrarla sobre sus bien
entendidos intereses.
Cuantos
escritores han tratado la materia se acordaban en esta
parte. En consecuencia, nosotros esperábamos con razón que
todas las naciones cultas se apresurarían a auxiliarnos,
para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son
recíprocas a entrambos hemisferios. Sin embargo, ¡cuán
frustradas esperanzas! No sólo los europeos. pero hasta
nuestros hermanas del Norte se han mantenido inmóviles
espectadores de esta contienda, que por su esencia es la
más justa, y por sus resultados la más bella e importante
de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y
modernos, ¿porque hasta dónde se puede calcular la
trascendencia de la libertad en el hemisferio de Colón?
«La
felonía con que Bonaparte —dice usted— prendió a Carlos IV
y a Fernando VII, reyes de esta nación, que tres siglos la
aprisionó con traición a dos monarcas de la América
meridional, es un acto manifiesto de retribución divina y,
al mismo tiempo, una prueba de que Dios sostiene la justa
causa de los americanos, y les concederá su
independencia».
Parece
que usted quiere aludir al monarca de Méjico Moctezuma,
preso por Cortés y muerto, según Herrera, por el mismo,
aunque Solís dice que por el pueblo, y a Atahualpa, inca
del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego Almagro.
Existe tal diferencia entre la suerte de los reyes
españoles y los reyes americanos, que no admiten
comparación; los primeros son tratados con dignidad,
conservados, y al fin recobran su libertad y trono;
mientras que los últimos sufren tormentos inauditos y los
vilipendios más vergonzosos. Si a Guatimozín sucesor de
Moctezuma, se le trata como emperador, y le ponen la
corona, fue por irrisión y no por respeto, para que
experimentase este escarnio antes que las torturas.
Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey de
Michoacán, Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuanto s
Toquis, Imas, Zipas, Ulmenes, Caciques y demás dignidades
indianas sucumbieron al poder español. El suceso de
Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile
en 1535 con el Ulmén de Copiapó, entonces reinante en
aquella comarca. El español Almagro pretextó, como
Bonaparte, tomar partido por la causa del legítimo
soberano y, en consecuencia, llama al usurpador, como
Fernando lo era en España; aparenta restituir al legítimo
a sus estados y termina por encadenar X echar a las llamas
al infeliz Ulmén, sin querer ni aún oír su defensa. Este
es el ejemplo de Fernando VII con su usurpador; los reyes
europeos sólo padecen destierros, el Ulmén de Chile
termina su vida de un modo atroz.
«Después de algunos meses —añade usted— he hecho muchas
reflexiones sobre la situación de los americanos y sus
esperanzas futuras; tomo grande interés en sus sucesos;
pero me faltan muchos informes relativos a su estado
actual y a lo que ellos aspiran; deseo infinitamente saber
la política de cada provincia como también su población;
si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran
república o una gran monarquía. Toda noticia de esta
especie que usted pueda darme o indicarme las fuentes a
que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy
particular».
Siempre
las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo
que se esmera por recobrar los derechos con que el Creador
y la naturaleza le han dotado; y es necesario estar bien
fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar
esta noble sensación; usted ha pensado en mi país, y se
interesa por él, este acto de benevolencia me inspira el
más vivo reconocimiento.
He
dicho la población que se calcula por datos más o menos
exactos, que mil circunstancias hacen fallidos, sin que
sea fácil remediar esta inexactitud, porque los más de los
moradores tienen habitaciones campestres, y muchas veces
errantes; siendo labradores, pastores, nómadas, perdidos
en medio de espesos e inmensos bosques, llanuras
solitarias, y aislados entre lagos y ríos caudalosos.
¿Quién será capaz de formar una estadística completa de
semejantes comarcas? Además, los tributos que pagan los
indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias,
diezmos y derechos que pesan sobre los labradores, y otros
accidentes alejan de sus hogares a los pobres americanos.
Esto sin hacer mención de la guerra de exterminio que ya
ha segado cerca de un octavo de la población, y ha
ahuyentado una gran parte ; pues entonces las dificultades
son insuperables y el empadronamiento vendrá a reducirse a
la mitad del verdadero censo.
Todavía
es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo,
establecer principios sobre su política, y casi profetizar
la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda
idea relativa al porvenir de este país me parece
aventurada. ¿Se puede prever cuando el género humano se
hallaba en su infancia rodeado de tanta incertidumbre,
ignorancia y error, cuál seria el régimen que abrazaría
para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir
tal nación será república o monarquía, ésta será pequeña,
aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de
nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género
humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados
mares; nuevos en casi todas las artes y ciencias, aunque
en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil. Yo
considero el estado actual de América, como cuando
desplomado el imperio romano cada desmembración formó un
sistema político, conforme a sus intereses y situación, o
siguiendo la ambición particular de algunos jefes,
familias o corporaciones, con esta notable diferencia, que
aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus
antiguas naciones con las alteraciones que exigían las
cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos
vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra
parte no somos indios, ni europeos, sino una especie
mezcla entre los legítimos propietarios del país y los
usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos
por nacimiento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos
que disputar a éstos a los del país, y que mantenernos en
él contra la invasión! de los invasores; así nos hallemos
en el caso más extraordinario y complicado. No obstante
que es una especie de adivinación indicar cuál será el
resultado de la línea de política que América siga, me
atrevo aventurar algunas conjeturas que, desde luego,
caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo
racional, y no por un raciocinio probable.
La
posición de los moradores del hemisferio americano, ha
sido por siglos puramente pasiva; su existencia política
era nula. Nosotros estábamos en un grado todavía más abajo
de la servidumbre y, por lo mismo, con más dificultad para
elevarnos al goce de la libertad. Permítame usted estas
consideraciones para elevar la cuestión. Los Estados son
esclavos por la naturaleza de su constitución o por el
abuso de ella; luego un pueblo es esclavo, cuando el
gobierno por su esencia o por sus vicios, holla y usurpa
los derechos del ciudadano o súbdito. Aplicando estos
principios, hallaremos que América no solamente estaba
privada de su libertad, sino también de la tiranía activa
y dominante. Me explicaré. En las administraciones
absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las
facultades gubernativas: la voluntad del gran sultán,
Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la ley suprema,
y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada por los bajáes,
kanes y sátrapas subalternos de Turquía y Persia, que
tienen organizada una opresión de que participan los
súbditos en razón de la autoridad que se les confía. A
ellos está encargada la administración civil, militar,
política, de rentas, y la religión. Pero al fin son persas
los jefes de Ispahán, son turcos los visires del gran
señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no
envía a buscar mandarines, militares y letrados al país de
Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los actuales
chinos son descendientes directos de los subyugados por
los ascendientes de los presentes tártaros.
¡Cuán
diferente entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta
que, además de privarnos de los derechos que nos
correspondían, nos dejaba en una especie de infancia
permanente, con respecto a las transacciones públicas. Si
hubiésemos siquiera manejado nuestros asuntos domésticos
en nuestra administración interior, conoceríamos el curso
de los negocios públicos y su mecanismo, moraríamos
también de la consideración personal que impone a los ojos
del pueblo cierto respeto maquinal que es tan necesario
conservar en las revoluciones. He aquí por qué he dicho
que estábamos privados hasta de la tiranía activa, pues
que no nos está permitido ejercer sus funciones.
Los
americanos en el sistema español que está en vigor, y
quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en
la sociedad que el de siervos propios para el trabajo y,
cuando más, el de simples consumidores; y aun esta parte
coartada con restricciones chocantes; tales son las
prohibiciones del cultivo de frutos de Europa, el estanco
de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento
de las fábricas que la misma Península no posee, los
privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos
de primera necesidad; las trabas entre provincias y
provincias americanas para que no se traten, entiendan, ni
negocien; en fin, ¿quiere usted saber cuál era nuestro
destino? Los campos para cultivar el añil, la grana, el
café, la caña, el cacao y el algodón; las llanuras
solitarias para criar ganados, los desiertos para cazar
las bestias feroces, las entrañas de la tierra para
excavar el oro que no puede saciar a esa nación avarienta.
Tan
negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en
ninguna otra asociación civilizada, por más que recorro la
serie de las edades y la política de todas las naciones.
Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso,
rico y populoso sea meramente pasivo, ¿no es un ultraje y
una violación de los derechos de la humanidad?
Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo
así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la
ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás
éramos virreyes ni gobernadores sino por causas muy
extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces;
diplomáticos nunca; militares sólo en calidad de
subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en
fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aun
comerciantes; todo en contravención directa de nuestras
instituciones.
El
emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores,
conquistadores y pobladores de América que, como dice
Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España
convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por
su cuenta y riesgo, prohibiéndoles hacerlo a costa de la
real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen
señores de la tierra, que organizasen la administración y
ejerciesen la judicatura en apelación; con otras muchas
exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El
rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias
americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción que
la del alto dominio, siendo una especie de propiedad
feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y sus
descendientes. Al mismo tiempo existen leyes expresas que
favorecen casi exclusivamente a los naturales del país,
originarios de España, en cuanto a los empleos civiles,
eclesiásticos y de rentas. Por manera que con una
violación manifiesta de las leyes y de los pactos
subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de
la autoridad constitucional que les daba su código.
De
cuanto he referido, será fácil colegir que América no
estaba preparada, para desprenderse de la metrópoli, como
súbitamente sucedió por el efecto de las ilegítimas
cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la regencia
nos declaró sin derecho alguno para ello no sólo por la
falta de justicia, sino también de legitimidad. Sobre la
naturaleza de los gobiernos españoles, sus decretos
conminatorios y hostiles, y el curso entero de su
desesperada conducta, hay escritos del mayor mérito en el
periódico El Español , cuyo autor es el señor
Blanco; y estando allí esta parte de nuestra historia muy
bien tratada, me limito a indicarlo.
Los
americanos han subido de repente y sin los conocimientos
previos y, lo que es más sensible, sin la práctica de los
negocios públicos a representar en la escena del mundo las
eminentes dignidades de legisladores, magistrados,
administradores del erario, diplomáticos, generales, y
cuantas autoridades supremas y subalternas forman la
jerarquía de un Estado organizado con regularidad.
Cuando
las águilas francesas sólo respetaron los muros de la
ciudad de Cádiz, y con su vuelo arrollaron a los frágiles
gobiernos de la Península, entonces quedamos en la
orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de
un usurpador extranjero. Después, lisonjeados con la
justicia que se nos debía, con esperanzas halagüeñas
siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro
destino futuro, y amenazados por la anarquía, a causa de
la falta de un gobierno legítimo, justo y liberal, nos
precipitamos en el caos de la revolución. En el primer
momento sólo se cuidó de proveer a la seguridad interior,
contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se
extendió a la seguridad exterior; se establecieron
autoridades que sustituimos a las que acabábamos de
deponer encargadas de dirigir el curso de nuestra
revolución y de aprovechar la coyuntura feliz en que nos
fuese posible fundar un gobierno constitucional digno del
presente siglo y adecuado a nuestra situación.
Todos
los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el
establecimiento de juntas populares. Estas formaron en
seguida reglamentos para la convocación de congresos que
produjeron alteraciones importantes. Venezuela erigió un
gobierno democrático y federal, declarando previamente los
derechos del hombre, manteniendo el equilibrio de los
poderes y estatuyendo leyes generales en favor de la
libertad civil, de imprenta y otras; finalmente, se
constituyó un gobierno independiente. La Nueva Granada
siguió con uniformidad los establecimientos políticos y
cuantas reformas hizo Venezuela, poniendo por base
fundamental de su Constitución el sistema federal más
exagerado que jamás existió; recientemente se ha mejorado
con respecto al poder ejecutivo general, que ha obtenido
cuantas atribuciones le corresponden. Según entiendo,
Buenos Aires y Chile han seguido esta misma línea de
operaciones; pero como nos hallamos a tanta distancia, los
documentos son tan raros, y las noticias tan inexactas, no
me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus
transacciones.
Los
sucesos de México han sido demasiado varios, complicados,
rápidos y desgraciados para que se puedan seguir en el
curso de la revolución. Carecemos, además, de documentos
bastante instructivos, que nos hagan capaces de juzgarlos.
Los independientes de México, por lo que sabemos, dieron
principio a su insurrección en septiembre de 1810, y un
año después, ya tenían centralizado su gobierno en
Zitácuaro, instalado allí una junta nacional bajo los
auspicios de Fernando VII, en cuyo nombre se ejercían las
funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la
guerra, esta junta se trasladó a diferentes lugares, y es
verosímil que se haya conservado hasta estos últimos
momentos, con las modificaciones que los sucesos hayan
exigido. Se dice que ha creado un generalísimo o dictador
que lo es e l ilustre general Morelos; otros hablan del
célebre general Rayón; lo cierto es que uno de estos dos
grandes hombres o ambos separadamente ejercen la autoridad
suprema en aquel país; y recientemente ha aparecido una
constitución para el régimen del Estado. En marzo de 1812
el gobierno residente en Zultepec, presentó un plan de paz
y guerra al virrey de México concebido con la más profunda
sabiduría. En él se reclamó el derecho de gentes
estableciendo principios de una exactitud incontestable.
Propuso la junta que la guerra se hiciese como entre
hermanos y conciudadanos; pues que no debía ser más cruel
que entre naciones extranjeras; que los derechos de gentes
y de guerra, inviolables para los mismos infieles y
bárbaros, debían serlo más para cristianos, sujetos a un
soberano y a unas mismas leyes; que los prisioneros no
fuesen tratados como reos de lesa majestad, n! i se
degollasen los que rendían las armas, sino que se
mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase
a sangre y fuego en las poblaciones pacíficas, no las
diezmasen ni quitasen para sacrificarlas y, concluye, que
en caso de no admitirse este plan, se observarían
rigurosamente las represalias. Esta negociación se trató
con el más alto desprecio; no se dio respuesta a la junta
nacional; las comunicaciones originales se quemaron
públicamente en la plaza de México, por mano del verdugo;
y la guerra de exterminio continuó por parte de los
españoles con su furor acostumbrado, mientras que los
mexicanos y las otras naciones americanas no la hacían, ni
aun a muerte con los prisioneros de guerra que fuesen
españoles. Aquí se observa que por causas de conveniencia
se conservó la apariencia de sumisión al rey y aun a la
constitución de la monarquía. Parece! que la junta
nacional es absoluta en el ejercicio de las funciones legislativa, ejecutiva y judicial, y el número de sus
miembros muy limitado.
Los
acontecimientos de la tierra firme nos han probado que las
instituciones perfectamente representativas no son
adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales.
En Caracas el espíritu de partido tomó su origen en las
sociedades, asambleas y elecciones populares; y estos
partidos nos tornaron a la esclavitud. Y así como
Venezuela ha sido la república americana que más se ha
adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido
el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma
demócrata y federal para nuestros nacientes Estados. En
Nueva Granada las excesivas facultades de los gobiernos
provinciales y la falta de centralización en el general
han conducido aquel precioso país al estado a que se ve
reducido en el día. Por esta razón sus débiles enemigos se
han conservado contra todas las probabilidades. En tanto
que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las
virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del
Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos
favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina.
Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy
distantes de nosotros en el grado que se requiere; y por
el contrario, estamos dominados de los vicios que se
contraen bajo la dirección de una nación como la española
que sólo ha sobresal ido en fiereza, ambición, venganza y
codicia.
Es más
difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la
servidumbre, que subyugar uno libre. Esta verdad está
comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos
muestran las más de las naciones libres, sometidas al
yugo, y muy pocas de las esclavas recobrar su libertad. A
pesar de este convencimiento, los meridionales de este
continente han manifestado el conato de conseguir
instituciones liberales, y aun perfectas; sin duda, por
efecto del instinto que tienen todos los hombres de
aspirar a su mejor felicidad posible; la que se alcanza
infaliblemente en las sociedades civiles, cuando ellas
están fundadas sobre las bases de la justicia, de la
libertad y de la igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces
de mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de
una República? ¿Se puede concebir que un pueblo
recientemente desencadenado , se lance a la esfera de la
libertad, sin que, como a Ícaro, se le deshagan las alas,
y recaiga en el abismo? Tal prodigio es inconcebible,
nunca visto. Por consiguiente, no hay un raciocinio
verosímil, que nos halague con esta esperanza.
Yo
deseo más que otro alguno ver formar en América la más
grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas
que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la
perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme
que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran
república; como es imposible, no me atrevo a desearlo; y
menos deseo aún una monarquía universal de América, porque
este proyecto sin ser útil, es también imposible. Los
abusos que actualmente existen no se reformarían, y
nuestra regeneración sería infructuosa. Los Estados
americanos han menester de los cuidados de gobiernos
paternales que curen las llagas y las heridas del
despotismo y la guerra. La metrópoli, por ejemplo, sería
México, que es la única que puede serlo por su poder
, sin el cual no hay metrópoli.
Supongamos que fuese el istmo de Panamá punto céntrico
para todos los extremos de este vasto continente, ¿no
continuarían éstos en la languidez, y aún en el desorden
actual? Para que un solo gobierno dé vida, anime, ponga en
acción todos los resortes de la prosperidad pública,
corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo sería
necesario que tuviese las facultades de un Dios y, cuando
menos, las luces y virtudes de todos los hombres.
El
espíritu de partido que al presente agita a nuestros
Estados, se encendería entonces con mayor encono,
hallándose ausente la fuente del poder, que únicamente
puede reprimirlo. Además, los magnates de las capitales no
sufrirían la preponderancia de los metropolitanos, a
quienes considerarían como a otros tantos tiranos; sus
celos llegarían hasta el punto de comparar a éstos con los
odiosos españoles. En fin, una monarquía semejante sería
un coloso deforme, que su propio peso desplomaría a la
menor convulsión.
Mr. de
Pradt ha dividido sabiamente a la América en quince o
diecisiete Estados independientes entre sí, gobernados por
otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo en cuanto a lo
primero, pues la América comporta la creación de
diecisiete naciones; en cuanto a lo segundo, aunque es más
fácil conseguirla, es menos útil; y así no soy de la
opinión de las monarquías americanas. He aquí mis razones.
El interés bien entendido de una república se circunscribe
en la esfera de su conservación, prosperidad y gloria. No
ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente su
opuesto, ningún estímulo excita a los republicanos a
extender los términos de su nación, en detrimento de sus
propios medios, con el único objeto de hacer participar a
sus vecinos de una Constitución liberal. Ningún derecho
adquieren, ninguna ventaja sacan venciéndolos, a menos que
los reduzcan a colonias, conquistas o aliados, siguiendo
el ejemplo de Roma. Máximas y ejemplos tales están en
oposición directa con los principios de justicia de los
sistemas republicanos, y aún diré más, en oposición
manifiesta con los intereses de sus ciudadanos; porque un
Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus
dependencias, al cabo viene en decadencia, y convierte su
forma libre en otra tiránica; relaja los principios que
deben conservarla, y ocurre por último al despotismo. El
distintivo de las pequeñas repúblicas es la permanencia;
el de las grandes es vario, pero siempre se inclina al
imperio. Casi todas las primeras han tenido una larga
duración; de las segundas sólo Roma se mantuvo algunos
siglos, pero fue porque era república la capital y no lo
era el resto ! de sus dominios que se gobernaban por leyes
e instituciones diferentes.
Muy
contraria es la política de un rey, cuya inclinación
constan te se dirige al aumento de sus posesiones,
riquezas y facultades; con razón, porque su autoridad
crece con estas adquisiciones, tanto con respecto a sus
vecinos, como a sus propios vasallos que temen en él un
poder tan formidable cuanto es su imperio que se conserva
por medio de la guerra y de las conquistas. Por estas
razones pienso que los americanos ansiosos de paz,
ciencias, artes, comercio y agricultura, preferirían las
repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se
conforman con las miras de Europa.
No
convengo en el sistema federal entre los populares y
representativos, por ser demasiado perfecto y exigir
virtudes y talentos políticos muy superiores a los
nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de
aristocracia y democracia que tanta fortuna y esplendor ha
procurado a Inglaterra. No siéndonos posible lograr entre
las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado,
evitemos caer en anarquías demagógicas, o en tiranías
monócratas. Busquemos un medio entre extremos opuestos que
nos conducirán a los mismos escollos, a la infelicidad y
al deshonor. Voy a arriesgar el resultado de mis
cavilaciones sobre la suerte futura de América; no la
mejor, sino la que sea más asequible.
Por la
naturaleza de las localidades, riquezas, población y
carácter de los mexicanos, imagino que intentarán al
principio establecer una república representativa, en la
cual tenga grandes atribuciones el poder Ejecutivo,
concentrándolo en un individuo que, si desempeña sus
funciones con acierto y justicia, casi naturalmente vendrá
a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o
violenta administración excita una conmoción popular que
triunfe, ese mismo poder ejecutivo quizás se difundirá en
una asamblea. Si el partido preponderante es militar o
aristocrático, exigirá probablemente una monarquía que al
principio será limitada y constitucional, y después
inevitablemente declinará en absoluta; pues debemos
convenir en que nada hay más difícil en el orden pol&i
acute;tico que la conservación de una monarquía mixta; y
también es preciso convenir en que sólo un pueblo tan
patriota como el inglés es capaz de contener la autoridad
de un rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un
cetro y una corona.
Los
Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán
quizás una asociación. Esta magnífica posición entre los
dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el emporio del
universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo:
estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y
Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las
cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse
algún día la capital de la tierra! Como pretendió
Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio.
Nueva
Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en
formar una república central, cuya capital sea Maracaibo o
una nueva ciudad que con el nombre de Las Casas (en honor
de este héroe de la filantropía), se funde entre los
confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía
Honda. Esta posición aunque desconocida, es más ventajosa
por todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan
fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima
puro y saludable, un territorio tan propio para la
agricultura como para la cría de ganados, y una gran de
abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la
habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se
aumentarían con la adquisición de la Guajira. Esta nación
se llamaría Colombia como tributo de justicia y gratitud
al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar
al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey
habrá un poder ejecutivo, electivo, cuando más vitalicio,
y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o
senado legislativo hereditario, que en las tempestades
políticas se interponga entre las olas populares y los
rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre
elección, sin otras restricciones que las de la Cámara
Baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de
todas las formas y yo deseo que no participe de todos los
vicios. Como esta es mi patria, tengo un derecho
incontestable para desearla lo que en mi opinión es mejor.
Es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el
reconocimiento de un gobierno central, porque es en
extremo adicta a la federación; y entonces formará por sí
sola un Estado que, si subsiste; ser muy
dichoso por sus grandes recursos de todos géneros.
Poco
sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires,
Chile y el Perú; juzgando por lo que se trasluce y por las
apariencias, en Buenos Aires habrá un gobierno central en
que los militares se lleven la primacía por consecuencia
de sus divisiones intestinas y guerras externas. Esta
constitución degenerará necesariamente en una oligarquía,
o una monocracia, con más o menos restricciones, y cuya
denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal
caso sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores
a la más espléndida gloria.
El
reino de Chile está llamado por la naturaleza de su
situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus
moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros
republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que
derraman las justas y dulces leyes de una república. Si
alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a
pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el
espíritu de libertad; los vicios de Europa y Asia llegarán
tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo
del universo. Su territorio es limitado; estará siempre
fuera del contacto inficionado del resto de los hombres;
no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su
uniformidad en opiniones políticas y religiosas; en una
palabra, Chile puede ser libre.
El
Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de
todo régimen justo y liberal; oro y esclavos. El primero
lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo.
El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana
libertad; se enfurece en los tumultos, o se humilla en las
cadenas. Aunque estas reglas serían aplicables a toda la
América, creo que con más justicia las merece Lima por los
conceptos que he expuesto, y por la cooperación que ha
prestado a sus señores contra sus propios hermanos los
ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es
constante que el que aspira a obtener la libertad, a lo
menos lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los
ricos la democracia, ni los esclavos y pardos libertos la
aristocracia; los primeros preferirán la tiranía de uno
solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias, y
por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si
concibe recobrar su independencia.
De todo
lo expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las
provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse,
al fin obtendrán el suceso; algunas se constituirán de un
modo regular en repúblicas federales y centrales; se
fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes
secciones, y algunas serán tan infelices que devorarán sus
elementos, ya en la actual, ya en las futuras
revoluciones, que una gran monarquía no será fácil
consolidar; una gran república imposible.
Es una
idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una
sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre
sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas
costumbres y una religión debería, por consiguiente, tener
un solo gobierno que confederase los diferentes Estados
que hayan de formarse; mas no es posible porque climas
remotos, situaciones diversas, intereses opuestos,
caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello
sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el
de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos
la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los
representantes de las repúblicas, reinos e imperios a
tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de
la guerra, con las naciones de las otr as tres partes del
mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en
alguna época dichosa de nuestra regeneración, otra
esperanza es infundada, semejante a la del abate St.
Pierre que concibió el laudable delirio de reunir un
Congreso europeo, para decidir de la suerte de los
intereses de aquellas naciones.
«Mutuaciones importantes y felices, continuas pueden ser
frecuentemente producidas por efectos individuales». Los
americanos meridionales tienen una tradición que dice: que
cuando Quetzalcoatl, el Hermes, o Buda de la América del
Sur resignó su administración y los abandonó, les prometió
que volvería después que los siglos designados hubiesen
pasado, y que él restablecería su gobierno, y renovaría su
felicidad. ¿Esta tradición, no opera y excita una
convicción de que muy pronto debe volver? ¡Concibe usted
cuál será el efecto que producirá, si un individuo
apareciendo entre ellos demostrase los caracteres de
Quetzalcoatl, el Buda de bosque, o Mercurio, del cual han
hablado tanto las otras naciones? ¿No cree usted que esto
inclinaría todas las partes? ¿No es la unión todo lo que
se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los
españoles, sus tropas, y los partidarios de la corrompida
España, para hacerlos capaces de establecer un imperio
poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?
Pienso
como usted que causas individuales pueden producir
resultados generales, sobre todo en las revoluciones. Pero
no es el héroe, gran profeta, o dios del Anáhuac,
Quetzalcoatl, el que es capaz de operar los prodigiosos
beneficios que usted propone. Este personaje es apenas
conocido del pueblo mexicano y no ventajosamente; porque
tal es la suerte de los vencidos aunque sean dioses. Sólo
los historiadores y literatos se han ocupado
cuidadosamente en investigar su origen, verdadera o falsa
misión, sus profecías y el término de su carrera. Se
disputa si fue un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos
suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que
Culebra Emplumajada; y otros dicen que es el famoso
profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más
de los autores mexicanos, polémicos e historiadores
profano s, han tratado con más o menos extensión la
cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcoatl. El
hecho es, según dice Acosta, que él establece una
religión, cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una
admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás es la más
semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores
católicos han procurado alejar la idea de que este profeta
fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo
Tomás como lo afirman otros célebres autores. La opinión
general es que Quetzalcoatl es un legislador divino entre
los pueblos paganos de Anáhuac, del cual era lugarteniente
el gran Moctezuma, derivando de él su autoridad. De aquí
que se infiere que nuestros mexicanos no seguirían al
gentil Quetzalcoatl, aunque apareciese bajo las formas más
idénticas y favorables, pues que profesan una religió! n
la más intolerante y exclusiva de las otras.
Felizmente los directores de la independencia de México se
han aprovechado del fanatismo con el mejor acierto
proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe por reina de
los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y
llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo
político ha formado una mezcla con la religión que ha
producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la
libertad. La veneración de esta imagen en México es
superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más
diestro profeta.
Seguramente la unión es la que nos falta para completar la
obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra
división no es extraña, porque tal es el distintivo de las
guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos:
conservadores y reformadores . Los primeros
son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la
costumbre produce el efecto de la obediencia a las
potestades establecidas; los últimos son siempre menos
numerosos aunque más vehementes e ilustrados. De este modo
la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la
contienda se prolonga, siendo sus resultados muy
inciertos. Por fortuna entre nosotros, la masa ha seguido
a la inteligencia.
Yo diré
a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los
españoles, y de fundar un gobierno libre. Es la unión
, ciertamente; mas esta unión no nos vendrá por
prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos
bien dirigidos. América está encontrada entre sí, porque
se halla abandonada de todas las naciones, aislada en
medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni
auxilios militares y combatida por España que posee más
elementos para la guerra, que cuantos furtivamente podemos
adquirir.
Cuando
los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es
débil, y cuando las empresas son remotas, todos los
hombres vacilan; las opiniones se dividen, las pasiones
las agitan y los enemigos las animan para triunfar por
este fácil medio. Luego que seamos fuertes, bajo los
auspicios de una nación liberal que nos preste su
protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y
los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos
la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que
está destinada la América meridional; entonces las
ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han
ilustrado a Europa, volarán a Colombia libre que las
convidará con un asilo.
Tales
son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el
honor de someter a usted para que los rectifique o deseche
según su mérito; suplicándole se persuada que me he
atrevido a exponerlos, más por no ser descortés, que
porque me crea capaz de ilustrar a usted en la materia.
Soy de
usted, etc., etc.
Kingston, 6 de septiembre de 1815
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