Carta al Señor Vicepresidente de la Nación, Ing. Julio Cleto Cobos:

 
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El 16 y 17 de julio de 2008, probablemente, quede en la memoria de los argentinos como una de las jornadas más importantes de experiencia democrática. Mejor dicho de las democracias.

No dudo que usted, señor Presidente del Senado, tuvo que asumir una responsabilidad enorme para optar en la encrucijada del camino. El dilema: de un lado, aprobar la Resolución 125 que imponía retenciones móviles a las exportaciones de soja y girasol y ratificaba las facultades delegadas del Legislativo al Ejecutivo de imponer esos tributos; en la otra mano, su rechazo. Hasta aquí todo parece una simple opción, una sencilla elección sin asimetrías de valor.

Sin embargo, detrás de esa 'nimiedad' de la macro economía, sabíamos que en su voto subyacía una opción profundamente ética, profundamente moral que tiene que ver con la vida digna de miles de argentinos, muy especialmente de los menos visibles, menos 'valiosos', menos 'iguales ante la ley': los pobres, los excluídos, los desprotegidos, los viejos, los jóvenes humildes, los que sólo salen en los medios cuando participan de una tragedia, los que nunca comen lomo al precio que sea, en suma, los que importan poco, los que siempre han importado poco o nada a los poderosos de nuestra Patria y no conduelen a una amplia franja de sectores medios ilusionados con el oasis de la abundancia de los ricos. Esas capas medias que suelen olvidar que siempre han terminado sometidos a la avaricia de las clases dominantes.

Permítame que le cuente cómo vivimos esas largas horas en la calle, en la Plaza , los que asistimos con nuestros hijos, nuestros compañeros, nuestros amigos, aun los que no pertenecemos a partido político alguno que no sea el de la esperanza, los que sentimos un profundo compromiso con nuestra historia, con nuestro pueblo, con los 30.000 compatriotas que dieron su vida para que hoy no debamos temer a cada paso por nuestro destino individual y colectivo.

No voy a fatigarlo con razones que usted sabe de sobra.

Pero vale recordar que no estaba en juego la reforma agraria, la confiscación de latifundios, la prohibición de uso de glifosato para el cultivo de la soja transgénica que envenena aguas y suelos, y mata a nuestra gente humilde del campo.

No estaba en juego la devolución, aunque sea tardía, de las inmensas superficies de tierra de la que fueron arrebatados los campesinos ancestrales en Formosa, Santiago del Estero, Chaco, Jujuy, Córdoba, Misiones o los pueblos originarios de nuestra Patagonia.

No estaba en juego la declaración por el Congreso del carácter social de las tierras cultivables del país y, por ende, la recuperación plena de los excendentes extraordinarios de renta como sucede con el petróleo, hasta de un 100 % por encima de un valor razonable.

No estaba en juego la reduccción significativa del IVA y su reemplazo, como generación de recursos fiscales, por un impuesto a las transacciones financieras, al patrimonio neto, a las ganancias desmesuradas.

Sencillamente el H. Senado de la Nación procuraba legislar una módica contribución de los que ganan enormes fortunas explotando suelos con la generosa devolución de parte del tributo a aquellos que exportan hasta cierta cantidad de toneladas o deben afrontar mayores costos por fletes, reembolsos excesivos si nos adentráramos en la fina letra del proyecto que venía con media sanción de la Cámara de Diputados.

Los supuestos 'afectados' que nunca dejaron de incrementar sus ganancias, aun con la Resolución 125, pidieron debate y tuvieron debate que respetamos, aunque los 'señores' de la tierra no respetaron con sus gritos, descalificaciones y amenazas, como cuando me cupo el honor de acompañar a los integrantes del Frente Nacional Campesino a las Comisiones de Presupuesto y Agricultura en la Cámara Baja.

Sobre el final de las larguísimas jornadas parlamentarias todos sabíamos que no se debatía una medida económica sino el poder mismo, el carácter inamovible de Estado sólo en provecho de los grupos históricos del poder:  la democracia de los ricos o la democracia del pueblo.

No es necesario que deba recordarle, señor Vicepresidente, que la democracia muy pocas veces sirvió a los intereses populares. Las pocas veces que tímidamente apareció como herramienta de construcción de una sociedad módicamente menos injusta, ese 'establishment' golpeó con violencia. Así en 1930, 1955, en 1966, en 1976.

Otras veces condicionando fuertemente el gobierno que postulaba una pequeña parte de las aspiraciones democráticas, como en Semana Santa de 1987. Para diciembre del 2001 el pueblo se hartó y pasó lo que tenía que pasar: desenmascaró lo más envilecido de la política y descubrió que hay una otra política, la que no espera prebendas, la que no reconoce extorsiones, la que toma la función pública como un verdadero acto de servicio.

Esas jornadas asamblearias del 2001 posibilitaron la elección de Néstor Kirchner y, luego, la sucesión de Cristina Fernández y usted, Ingª Cobos.

Ese voto popular aspiraba y aún aspira a modestos actos de justicia social, muy distante de los sueños inacabados, legítimos y enteramente vigentes de una sociedad de nuevo tipo, donde la lógica de la ganancia, de la riqueza individual, sea reemplazada por la lógica de una vida digna y justa para todos, una sociedad por la que soñamos, luchamos y pervivimos miles de argentinos y que aún no resignamos ni vamos a resignar.

Nadie duda que usted estuvo ante un dilema extremo para los tiempos históricos que corren.

Nadie duda que hacía falta una buena dosis de coraje, nadie duda que su decisión no podía satisfacer a todos los argentinos, nadie duda que el camino difícil era optar contra el poder concentrado, nadie duda que en su lugar uno debería tener temores muy fundados por la seguridad personal y de su familia.

Más calmo ya que en esa madrugada me detengo en una parte de su exposición donde usted hace referencia a su familia. No hace falta acudir al saber especializado para encontrar en la profundidad de esa alusión a los miedos humanos por la represalia. No a una ilusoria represalia, sino al riesgo real y presente sobre usted y su familia. 

Porque en estos ciento y pico de días vimos quemar campos, desabastecer de alimentos por la fuerza a nuestro pueblo, amenazar a diestra y siniestra a quienes se opusieron a los intereses despiadados de los poderosos de la SOCIEDAD RURAL ARGENTINA, CONINAGRO, CARBAP, FEDERACIÓN AGRARIA ARGENTINA.

A pesar de los esfuerzos de ciertos medios de difusión, socios de esa 'patriada', no se nos escapa que 'grupos de tarea' anidan ahí nomás por debajo de los reclamos de los 'pequeños y medianos' productores del campo: los cortes de Tucumán estaban dirigidos por las patotas de Bussi, el terrorista de estado, no de Buzzi de la FAA. Los genocidas sueltos aun estaban y están incondicionalmente alineados con el 'campo'.

Usted, señor Vicepresidente no podía no saber.

Usted, Ingeniero Cobos, pudo denunciar en su mensaje esta planificada organización de actos criminales que extorsionan las instituciones de la Patria en una velada analogía a los señores de la cara embetunada de Semana Santa del '87.

Usted pudo reclamar el esfuerzo compartido de todos los argentinos de bien para asegurar su vida y la de su familia y allí íbamos a estar.

Usted señor Cobos pudo respetar el mandato que le otorgamos con nuestro voto, pudo denunciar que la demora por el Gobierno en cumplir con los objetivos mínimos de distribución equitativa de la renta se debe exclusivamente a la empecinada tarea de esos grupos sediciosos, de los medios de prensa que lo sostienen: no podían callarlo ni ocultarlo ni tergiversarlo, porque todo el país estaba atento.

Usted pudo ser la voz de los sin voz.

Nadie le pedía un sacrificio extremo, un combate desigual como el que debió afrontar Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973 en la Casa de la Moneda.

No voy a conjeturar qué otras ventajas personales habrían podido encaminar su opción: no suelo hablar de lo que no se pudo probar aún, pero en la íntima convicción de muchos argentinos quedó claro qué clase de democracia funcionó en el momento de su voto, y qué clase de democracia aspira nuestro pueblo.

Qué clases de instituciones envilecidas y añosas prevalecieron y qué clase de instituciones de hombres probos y dignos soñamos miles de argentinos.

Qué clase de palabras empeñamos cuando firmamos un acuerdo de cualquier tipo y qué clase de palabra se empeña cuando prevalece el temor, la mezquinadad y el oportunismo.

Usted, señor Vicepresidente de la Nación , sabe o debe saber que nos condenó con su voto. Nos condenó al peligro del hambre, al riesgo cierto de no poder abastecernos de alimentos a precios razonables a una amplia franja social que sencillamente podría dejar de alimentase.

Usted nos condenó a volver a descreer de la política. Pero sepa que de la otra mano, en la calle, hubo hombres y mujeres, organizaciones sociales y políticas que construyen día a día la otra política, la del compromiso, la de la entrega desinteresada, la del porvenir.

Mis dos hijos adolescentes lloraron como tantos otros, sufrieron por su opción, como tantos miles de argentinos, la amplia mayoría que votó la fórmula presidencial que usted integra. Ellos son muy jóvenes, sólo saben de mientas de la historia de muerte y opresión que nosotros vivimos en carne propia. Pero tuvieron la mejor lección de lo que debe ser un patriota comprometiendo hasta su vida por la dignidad de su pueblo al que pertenecen. También lloramos con ellos, pero la contención de una organización que no funda su construcción en la prebenda ni el ascenso personal fue la otra cara de su voto.

Ni la bronca ni el dolor los llevaron a la respuesta posible, porque con una dignidad y responsabilidad encomiables organizaron a sus jóvenes militantes, los contuvieron y los prepararon para una larga lucha en la que usted hubiera podido participar para quedar alguna vez en el reconocimiento de la historia. No voy a dar nombres porque no es gente que se sentiría cómoda con el elogio.

Pero de esas filas pude ver en estos días con mis propios ojos una Diputada de la Nación y un funcionario de jararquía de su Gobierno viajando en tren como cualquier ciudadano, un día que deberían descansar, después de cumplir sus tareas militantes con entrega, formando a decenas de jóvenes en la lucha protagónica por los derechos humanos, empeñando el dinero del Estado del modo más provechoso para el destino que seguramente ellos protagonizarán. Esa gente también está en su Gobierno, señor Cobos.

Y ellos no hubieran optado como usted.

Es también cierto que usted, por estas horas, recoge la gloria de otra gente que lo compara en coraje con el General San Martín.

Tal vez haya un equívoco generalizado, porque el General San Martín optó por su Patria, por su pueblo, por la emancipación de nuestra América, luchó con su tropa 'hasta en pelotas' y murió pobre y olvidado por los antecesores directos de los que usted apoyó con su voto de desempate en la madrugada del 17 de julio.

Para mis hijos, ya serenos, podrán transformar el dolor en esperanza y dedicación a una labor que lleva cinco siglos por liberarnos como pueblo.

En ese sentido, usted dio una lección ejemplar y, sin sarcasmo se lo agradezco.

Ellos aprendieron lo que no debe hacer jamás un hombre de bien, ellos aprendieron que hay momentos en la vida en que el coraje se pone a prueba, en que la lealtad se pone a prueba, en que la opción por los débiles se pone a prueba.

Muchos años estudié y trabajé, pero ningún patrimonio les voy a dejar, salvo el saber que ayudo a construir día a día y un legado de ética que aspiro a constituir con la fuerza del algarrobo. El algarrobo, ese añoso árbol sagrado de los campesinos del campo profundo de nuestro norte, de esos hombres y mujeres que se doblan todos los días ante la tierra, que no cortan rutas ni desabastecen, ni envenenan la tierra ni se enriquecen con la renta de la soja, y que con sus manos nos van dando el fruto de su esfuerzo como nutriente día a día en la esperanza de una gran Patria Liberada por la que intentamos luchar con firmeza y coherencia, a pesar de las voces 'únicas' de los operativos de prensa que los silencian, de la zoncera y de la tilinguería de los que sólo ven en su ombligo el mezquino porvenir de sus fortunas.

Tal vez un día, señor Vicepresidente de la Nación , pueda enmendar su yerro y caminar la historia con los jóvenes, denunciando la conspiración que lo condicionó y que lo tomó de sorpresa a favor de una humana debilidad que todos podemos padecer en ciertas circunstancias.

En el silencio de la noche se escucha la voz de la conciencia y todos tienen el derecho a entender, en el tiempo que sea, cuál es el camino que conduce a la justicia y apartarse del oprobio de lo peor de nuestra sociedad fastuosa y vacua.

Ese cuarteto rústico que lo encarna y que festejó su 'gol' como habrán festejado los colonizadores, los ocupantes ilegítimos de la tierra de nuestros pueblos orginarios en las Campañas del Desierto exterminándolos.

Estos señores por los que ud., Ingeniero Cobos, optó son los protagonistas de una nueva 'campaña' que amenaza esta América mestiza que recupera en su identidad día a día las mejores tradiciones de lucha por la justicia, encaminándose inexorablemente hacia la emancipación y la Segunda y Definitiva Independencia.

Tarde o temprano nuestros pueblos vencerán, sencillamente porque tienen razón.

Usted, señor Vicepresidente de la Nación , tal vez, tenga la virtud de reconocer sus propios límites en el empeño por la lucha justa y, entonces, al menos ejercite el decoro derecho de renunciar a su eminente cargo que los ciudadanos le encomendamos para alinearse sinceramente con los eternos 'dueños' de la Patria.

Un respetuoso saludo

Buenos Aires, julio 18 de 2008. 

 

RAÚL ALBERTO SCHNABEL

D.N.I. 10.373.164

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