No dudo que usted, señor
Presidente del Senado, tuvo
que asumir una
responsabilidad enorme para
optar en la encrucijada del
camino. El dilema: de un
lado, aprobar la Resolución
125 que imponía retenciones
móviles a las exportaciones
de soja y girasol y
ratificaba las facultades
delegadas del Legislativo al
Ejecutivo de imponer esos
tributos; en la otra mano,
su rechazo. Hasta aquí todo
parece una simple opción,
una sencilla elección sin
asimetrías de valor.
Sin embargo, detrás de esa
'nimiedad' de la macro
economía, sabíamos que en su
voto subyacía una opción
profundamente ética,
profundamente moral que
tiene que ver con la vida
digna de miles de
argentinos, muy
especialmente de los menos
visibles, menos 'valiosos',
menos 'iguales ante la ley':
los pobres, los excluídos,
los desprotegidos, los
viejos, los jóvenes
humildes, los que sólo salen
en los medios cuando
participan de una tragedia,
los que nunca comen lomo al
precio que sea, en suma, los
que importan poco, los que
siempre han importado poco o
nada a los poderosos de
nuestra Patria y no
conduelen a una amplia
franja de sectores medios
ilusionados con el oasis de
la abundancia de los ricos.
Esas capas medias que suelen
olvidar que siempre han
terminado sometidos a la
avaricia de las clases
dominantes.
Permítame que le cuente cómo
vivimos esas largas horas en
la calle, en la Plaza , los
que asistimos con nuestros
hijos, nuestros compañeros,
nuestros amigos, aun los que
no pertenecemos a partido
político alguno que no sea
el de la esperanza, los que
sentimos un profundo
compromiso con nuestra
historia, con nuestro
pueblo, con los 30.000
compatriotas que dieron su
vida para que hoy no debamos
temer a cada paso por
nuestro destino individual y
colectivo.
No voy a fatigarlo con
razones que usted sabe de
sobra.
Pero vale recordar que no
estaba en juego la reforma
agraria, la confiscación de
latifundios, la prohibición
de uso de glifosato para el
cultivo de la soja
transgénica que envenena
aguas y suelos, y mata a
nuestra gente humilde del
campo.
No estaba en juego la
devolución, aunque sea
tardía, de las inmensas
superficies de tierra de la
que fueron arrebatados los
campesinos ancestrales en
Formosa, Santiago del
Estero, Chaco, Jujuy,
Córdoba, Misiones o los
pueblos originarios de
nuestra Patagonia.
No estaba en juego la
declaración por el Congreso
del carácter social de las
tierras cultivables del país
y, por ende, la recuperación
plena de los excendentes
extraordinarios de renta
como sucede con el petróleo,
hasta de un 100 % por encima
de un valor razonable.
No estaba en juego la
reduccción significativa del
IVA y su reemplazo, como
generación de recursos
fiscales, por un impuesto a
las transacciones
financieras, al patrimonio
neto, a las ganancias
desmesuradas.
Sencillamente el H. Senado
de la Nación procuraba
legislar una módica
contribución de los que
ganan enormes fortunas
explotando suelos con la
generosa devolución de parte
del tributo a aquellos
que exportan hasta cierta
cantidad de toneladas o
deben afrontar mayores
costos por fletes,
reembolsos excesivos si nos
adentráramos en la fina
letra del proyecto que venía
con media sanción de la
Cámara de Diputados.
Los supuestos 'afectados'
que nunca dejaron de
incrementar sus ganancias,
aun con la Resolución 125,
pidieron debate y tuvieron
debate que respetamos,
aunque los 'señores' de la
tierra no respetaron con sus
gritos, descalificaciones y
amenazas, como cuando me
cupo el honor de acompañar a
los integrantes del Frente
Nacional Campesino a las
Comisiones de Presupuesto y
Agricultura en la Cámara
Baja.
Sobre el final de las
larguísimas jornadas
parlamentarias todos
sabíamos que no se debatía
una medida económica sino el
poder mismo, el carácter
inamovible de Estado sólo en
provecho de los grupos
históricos del poder: la
democracia de los ricos o la
democracia del pueblo.
No es necesario que deba
recordarle, señor
Vicepresidente, que la
democracia muy pocas veces
sirvió a los intereses
populares. Las pocas veces
que tímidamente apareció
como herramienta de
construcción de una sociedad
módicamente menos injusta,
ese 'establishment' golpeó
con violencia. Así en 1930,
1955, en 1966, en 1976.
Otras veces condicionando
fuertemente el gobierno que
postulaba una pequeña parte
de las aspiraciones
democráticas, como en Semana
Santa de 1987. Para
diciembre del 2001 el pueblo
se hartó y pasó lo que tenía
que pasar: desenmascaró lo
más envilecido de la
política y descubrió que hay
una otra política, la que no
espera prebendas, la que no
reconoce extorsiones, la que
toma la función pública como
un verdadero acto de
servicio.
Esas jornadas
asamblearias del 2001
posibilitaron la elección de
Néstor Kirchner y, luego, la
sucesión de Cristina
Fernández y usted, Ingª
Cobos.
Ese voto popular aspiraba y
aún aspira a modestos actos
de justicia social, muy
distante de los sueños
inacabados, legítimos y
enteramente vigentes de una
sociedad de nuevo tipo,
donde la lógica de la
ganancia, de la riqueza
individual, sea reemplazada
por la lógica de una vida
digna y justa para todos,
una sociedad por la que
soñamos, luchamos y
pervivimos miles de
argentinos y que aún no
resignamos ni vamos a
resignar.
Nadie duda que usted estuvo
ante un dilema extremo para
los tiempos históricos que
corren.
Nadie duda que hacía falta
una buena dosis de coraje,
nadie duda que su decisión
no podía satisfacer a todos
los argentinos, nadie duda
que el camino difícil era
optar contra el poder
concentrado, nadie duda que
en su lugar uno debería
tener temores muy fundados
por la seguridad personal y
de su familia.
Más calmo ya que en esa
madrugada me detengo en una
parte de su exposición donde
usted hace referencia a su
familia. No hace falta
acudir al saber
especializado para encontrar
en la profundidad de esa
alusión a los miedos humanos
por la represalia. No a una
ilusoria represalia, sino al
riesgo real y presente sobre
usted y su familia.
Porque en estos ciento y
pico de días vimos quemar
campos, desabastecer de
alimentos por la fuerza a
nuestro pueblo, amenazar a
diestra y siniestra a
quienes se opusieron a los
intereses despiadados de los
poderosos de la SOCIEDAD
RURAL ARGENTINA, CONINAGRO,
CARBAP, FEDERACIÓN AGRARIA
ARGENTINA.
A
pesar de los esfuerzos de
ciertos medios de difusión,
socios de esa 'patriada', no
se nos escapa que 'grupos de
tarea' anidan ahí nomás por
debajo de los reclamos de
los 'pequeños y medianos'
productores del campo: los
cortes de Tucumán estaban
dirigidos por las patotas de
Bussi, el terrorista de
estado, no de Buzzi de la
FAA. Los genocidas sueltos
aun estaban y están
incondicionalmente alineados
con el 'campo'.
Usted, señor Vicepresidente
no podía no saber.
Usted, Ingeniero Cobos, pudo
denunciar en su mensaje esta
planificada organización de
actos criminales que
extorsionan las
instituciones de la Patria
en una velada analogía a los
señores de la cara
embetunada de Semana Santa
del '87.
Usted pudo reclamar el
esfuerzo compartido de todos
los argentinos de bien para
asegurar su vida y la de su
familia y allí íbamos a
estar.
Usted señor Cobos pudo
respetar el mandato que le
otorgamos con nuestro voto,
pudo denunciar que la demora
por el Gobierno en cumplir
con los objetivos mínimos de
distribución equitativa de
la renta se debe
exclusivamente a la
empecinada tarea de esos
grupos sediciosos, de los
medios de prensa que lo
sostienen: no podían
callarlo ni ocultarlo ni
tergiversarlo, porque todo
el país estaba atento.
Usted pudo ser la voz de los
sin voz.
Nadie le pedía un sacrificio
extremo, un combate desigual
como el que debió afrontar
Salvador Allende el 11 de
septiembre de 1973 en la
Casa de la Moneda.
No voy a conjeturar qué
otras ventajas personales
habrían podido encaminar su
opción: no suelo hablar de
lo que no se pudo probar
aún, pero en la íntima
convicción de muchos
argentinos quedó claro qué
clase de democracia funcionó
en el momento de su voto, y
qué clase de democracia
aspira nuestro pueblo.
Qué clases de instituciones
envilecidas y añosas
prevalecieron y qué clase de
instituciones de hombres
probos y dignos soñamos
miles de argentinos.
Qué clase de palabras
empeñamos cuando firmamos un
acuerdo de cualquier tipo y
qué clase de palabra se
empeña cuando prevalece el
temor, la mezquinadad y el
oportunismo.
Usted, señor Vicepresidente
de la Nación , sabe o debe
saber que nos condenó con su
voto. Nos condenó al peligro
del hambre, al riesgo
cierto de no poder
abastecernos de alimentos a
precios razonables a una
amplia franja social que
sencillamente podría dejar
de alimentase.
Usted nos condenó a volver a
descreer de la política.
Pero sepa que de la otra
mano, en la calle, hubo
hombres y mujeres,
organizaciones sociales y
políticas que construyen día
a día la otra política, la
del compromiso, la de la
entrega desinteresada, la
del porvenir.
Mis dos hijos adolescentes
lloraron como tantos otros,
sufrieron por su opción,
como tantos miles de
argentinos, la amplia
mayoría que votó la fórmula
presidencial que usted
integra. Ellos son muy
jóvenes, sólo saben de
mientas de la historia de
muerte y opresión que
nosotros vivimos en carne
propia. Pero tuvieron la
mejor lección de lo que debe
ser un patriota
comprometiendo hasta su vida
por la dignidad de su pueblo
al que pertenecen. También
lloramos con ellos, pero la
contención de una
organización que no funda su
construcción en la prebenda
ni el ascenso personal fue
la otra cara de su voto.
Ni la bronca ni el dolor los
llevaron a la respuesta
posible, porque con una
dignidad y responsabilidad
encomiables organizaron a
sus jóvenes militantes, los
contuvieron y los prepararon
para una larga lucha en la
que usted hubiera
podido participar para
quedar alguna vez en el
reconocimiento de la
historia. No voy a dar
nombres porque no es gente
que se sentiría cómoda con
el elogio.
Pero de esas filas pude ver
en estos días con mis
propios ojos una Diputada de
la Nación y un funcionario
de jararquía de su Gobierno
viajando en tren como
cualquier ciudadano, un día
que deberían descansar,
después de cumplir sus
tareas militantes con
entrega, formando a decenas
de jóvenes en la lucha
protagónica por los derechos
humanos, empeñando el dinero
del Estado del modo más
provechoso para el destino
que seguramente ellos
protagonizarán. Esa gente
también está en su Gobierno,
señor Cobos.
Y
ellos no hubieran optado
como usted.
Es también cierto que usted,
por estas horas, recoge la
gloria de otra gente que lo
compara en coraje con el
General San Martín.
Tal vez haya un equívoco
generalizado, porque el
General San Martín optó por
su Patria, por su pueblo,
por la emancipación de
nuestra América, luchó con
su tropa 'hasta en pelotas'
y murió pobre y olvidado por
los antecesores directos de
los que usted apoyó con su
voto de desempate en la
madrugada del 17 de julio.
Para mis hijos, ya serenos,
podrán transformar el dolor
en esperanza y dedicación a
una labor que lleva cinco
siglos por liberarnos como
pueblo.
En ese sentido, usted dio
una lección ejemplar y, sin
sarcasmo se lo agradezco.
Ellos aprendieron lo que no
debe hacer jamás un hombre
de bien, ellos aprendieron
que hay momentos en la vida
en que el coraje se pone a
prueba, en que la lealtad se
pone a prueba, en que la
opción por los débiles se
pone a prueba.
Muchos años estudié y
trabajé, pero ningún
patrimonio les voy a dejar,
salvo el saber que ayudo a
construir día a día y un
legado de ética que aspiro a
constituir con la fuerza del
algarrobo. El algarrobo, ese
añoso árbol sagrado de los
campesinos del campo
profundo de nuestro norte,
de esos hombres y
mujeres que se doblan todos
los días ante la tierra, que
no cortan rutas ni
desabastecen, ni envenenan
la tierra ni se enriquecen
con la renta de la soja, y
que con sus manos nos van
dando el fruto de su
esfuerzo como nutriente día
a día en la esperanza de una
gran Patria Liberada por la
que intentamos luchar con
firmeza y coherencia, a
pesar de las voces 'únicas'
de los operativos de prensa
que los silencian, de la
zoncera y de la tilinguería
de los que sólo ven en su
ombligo el mezquino porvenir
de sus fortunas.
Tal vez un día, señor
Vicepresidente de la Nación
, pueda enmendar su yerro y
caminar la historia con los
jóvenes, denunciando la
conspiración que lo
condicionó y que lo tomó de
sorpresa a favor de una
humana debilidad que todos
podemos padecer en ciertas
circunstancias.
En el silencio de la noche
se escucha la voz de la
conciencia y todos tienen el
derecho a entender, en el
tiempo que sea, cuál es el
camino que conduce a la
justicia y apartarse del
oprobio de lo peor de
nuestra sociedad fastuosa y
vacua.
Ese cuarteto rústico que lo
encarna y que festejó su
'gol' como habrán festejado
los colonizadores, los
ocupantes ilegítimos de la
tierra de nuestros pueblos
orginarios en las Campañas
del Desierto
exterminándolos.
Estos señores por los que ud.,
Ingeniero Cobos, optó son
los protagonistas de una
nueva 'campaña' que amenaza
esta América mestiza que
recupera en su identidad día
a día las mejores
tradiciones de lucha por la
justicia, encaminándose
inexorablemente hacia la
emancipación y la Segunda y
Definitiva Independencia.
Tarde o temprano nuestros
pueblos vencerán,
sencillamente porque tienen
razón.
Usted, señor Vicepresidente
de la Nación , tal vez,
tenga la virtud de reconocer
sus propios límites en el
empeño por la lucha justa y,
entonces, al menos ejercite
el decoro derecho
de renunciar a su eminente
cargo que los ciudadanos le
encomendamos para alinearse
sinceramente con los eternos
'dueños' de la Patria.
Un respetuoso saludo
Buenos Aires, julio 18 de
2008.
RAÚL ALBERTO SCHNABEL
D.N.I. 10.373.164
Balcarce 1369, Depto. 43, C
.A.B.A.
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15-53364565.