Carlos Fuentes: Ellos no nos hacen caso: yo no sé si eso es una bendición disfrazada, que no se ocupen mucho de nosotros (Refiriendose a EEUU)
Por Angel Berlanga
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“Lo único que me deprime es
pensar que voy a cumplir 80 años con Bush en la Casa Blanca”, dice Carlos
Fuentes, y enseguida bromea sobre un hipotético costado positivo: tendrá tema
para la continuación de Contra Bush, el volumen de artículos que publicó este
año. A esta altura, Fuentes perdió la cuenta exacta de la cantidad de libros
que escribió y del número de idiomas a los que fue traducido: más de treinta
en cada caso, calcula. Junto a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario
Vargas Llosa compone el cuarteto de punta del boom y acaso esa tarjetita de
acreditación, sumada a que este hombre tiene bastante para decir, sean buenas
razones para no extenderse demasiado en presentaciones. Candidato al Nobel desde
hace rato, será uno de los oradores en la apertura, el miércoles en Rosario,
del III Congreso de la Lengua. Antes, el lunes, participará de un coloquio
sobre Cortázar y de un homenaje a Alfonso Reyes. Ahora, mientras transcurre la
entrevista y va tomándose el segundo jugo de naranja de la mañana, Fuentes
cumple 76 años.
–¿Por qué cree que Bush fue reelegido con tantos
votos?
–Creo que se debe a la habilidad política de su asesor, Karl Rove. En
Estados Unidos hay unos tres millones y medio de personas que generalmente no
votan, pero esta vez sí lo hicieron. Y fue a favor de los “valores morales”
que planteó la campaña republicana: votaron contra el matrimonio gay, el
aborto, las células madres. Se olvidaron de Irak, del desempleo, de la crisis
financiera que provocó Bush, del desastre de la economía estadounidense. Con
eso ganó por primera vez la presidencia, porque la otra quién sabe si fue
electo.
–¿Qué intuye que vendrá?
–Si con una presidencia de origen turbio y quizás ilegítimo hizo lo
que ha hecho, ahora, con plena legitimación, ¿qué no va a hacer? ¿Qué
horrores nos esperan? Una reafirmación de sus peores políticas, tanto dentro
como afuera. Van a ser cuatro años desastrosos. Si quiere llevar adelante sus
planes para Irán y Corea del Sur no va a tener recursos ni fuerzas militares
suficientes: ya en Irak está empantanado, no sabemos cómo va a salir. Va a
caer Faluja, pero a los cabecillas de la resistencia no los capturaron y van a
crear nuevos focos, como sucedió en Vietnam. Ese va a ser un dolor de cabeza
fundamental. La distancia entre Estados Unidos y Europa no ha hecho más que
crecer: hay dos concepciones completamente distintas del mundo y de la función
social del Estado. Internamente, por otra parte, antes de que termine su mandato
Bush habrá duplicado la deuda pública. Aumenta los gastos militares y también
el desempleo: va a tener crisis internas que ni siquiera sospechamos.
–En algún momento usted advirtió sobre la posibilidad
de ataques nucleares.
–Bueno, desde el momento en que Donald Rumsfeld tomó a su cargo, junto
al presidente, todas las decisiones respecto de la energía y armas nucleares
estamos también ante esa posibilidad. Tengo la esperanza de que por lo menos un
hombre tan catastrófico como Rumsfeld salga del Departamento de Defensa y haya
un poco de racionalidad: se juega el destino del mundo. A ese nivel. Hay que
tener cuidado con quién es el que puede apretar el botón.
–También dijo usted que, frente a la reelección,
Latinoamérica tiene un papel muy importante que jugar. ¿Cuál sería?
–Ellos no nos hacen caso: yo no sé si eso es una bendición
disfrazada, que no se ocupen mucho de nosotros. Pero quizá nos dé la
oportunidad de pensar por nuestra cuenta qué lugar ocupamos en el mundo, qué
capacidad diplomática tenemos para defender lo que siempre hemos defendido:
juridicidad internacional, vigencia de tratados, multilateralismo, oposición a
la guerra preventiva. Sobre todo porque se está formando unaconstelación de
gobiernos que piensan en ese sentido: Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, en el
Cono Sur, y México, por una tradición diplomática muy antigua. Aunque
nosotros tenemos un problema muy humano, una realidad muy especial, que es
compartir tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos. La relación
comercial, de trabajo, diplomática, es inevitable: hay 350 millones de cruces
de frontera anuales. El problema es qué puede hacer América latina en el plano
internacional. Tenemos que trabajar con los europeos e intensificar lazos de
cooperación para defender valores que con toda seguridad Bush va a atacar.
–Los pronunciamientos en torno de lo latinoamericano son
tan antiguos como la falta de hechos concretos; pasa casi lo mismo que con las
declaraciones en torno de lo prioritario de la salud y la educación. ¿Por qué?
–Porque no hay, todavía, una cultura de la supervisión, como existe
en Europa, respecto de las acciones del Ejecutivo. Nuestras administraciones
tienen un margen de irresponsabilidad demasiado grande. Los poderes judiciales
no son todo lo efectivos que quisiéramos. La vigilancia de la opinión pública
tiene que ser mayor. No vivimos plenamente en estado de derecho, en ningún país
de América latina.
–Los cruces de frontera a los que aludía también son
significativos de un fenómeno creciente: las interrelaciones entre inglés y
castellano. ¿Imagina, a futuro, una nueva lengua?
–Es cierto que hay una mutua invasión, lo que llaman spanglish: yo lo llamo
angloñol. Las lenguas se han formado a base de contaminación, de mestizaje,
con otras lenguas: si no estaríamos hablando usted y yo en latín antiguo. ¿Es
una traición que estemos hablando en castellano? No, verdad. Yo creo que son
muy buenos los contactos, las fecundaciones: una lengua pura, aislada, puede
morirse fácilmente. El francés, por ejemplo, que llegó a ser una lengua
universal, hoy es muy rígido y lo habla muy poca gente. En cambio el español y
el inglés están en expansión, son las dos grandes lenguas de Occidente, en
gran medida debido a su capacidad de absorción de otras. Las dos derivan, en un
sesenta por ciento, de otras. No hay que temerles a esos procesos.
–¿Qué buenos ejemplos de mestizaje encuentra en la
narrativa?
–Diablo guardián, de Xavier Velasco, es un buen ejemplo. Cuando
publiqué La región más transparente, donde había muchísimo anglicismo, fui
muy criticado: la lengua tenía que ser pura, castiza y virginal. No: la lengua
jode, y es jodida todo el tiempo por los escritores y por el habla popular. Diablo
guardián es un ejemplo de cómo se contaminan mutuamente el inglés y el
español en México hoy. Es un hecho. Pero mantiene un sabor popular mexicano.
Yo creo que Violeta, la protagonista, sólo en español puede decir: “Yo
quiero ser una putilla de cierto pelo”.
–¿Por qué cree que hay tanto temor a eso?
–Porque siempre ha habido mentes conservadoras, puristas.
–¿Qué expectativas tiene para el Congreso de la
Lengua?
–Muy grandes. Siempre he sostenido que aunque la lengua castellana es
una gran unidad, una gran esponja que absorbe muchas cosas y forma un conjunto,
lo que yo llamo “El territorio de la mancha”: una lengua mestiza, manchada,
manchega, que cruza el océano, pertenece al Atlántico. Pero ninguna literatura
nacional es tan rica como la argentina, y por eso es magnífico que se haga aquí.
En el siglo XIX hay dos grandes libros, y sucede que son argentinos: el Facundo
y el Martín Fierro. Y en el siglo XX no hay otra literatura con una constelación
tan grande de buenos autores como la argentina, desde Lugones y Cortázar hasta
los escritores actuales. Mi aprendizaje literario es argentino: yo pasé aquí
un año de chino libre en Buenos Aires, en 1944.
–¿Y eso cómo fue?
–Mi padre era consejero de la embajada de México. A poco de empezar la
escuela, le dije: “Mira, yo vengo de los Estados Unidos de Roosevelt, del México
de Lázaro Cárdenas, del Chile del Frente Popular, y me metes a una escuela
donde lo que rige es el pensamiento de Hugo Wast. No soporto esto, me están
haciendo el elogio del fascismo, la educación es antisemita, antidemocrática...
Mándame a México o a otro lugar”. Total, que me quedé de chino un año aquí,
paseando, viendo todo el cine argentino en la calle Lavalle, siguiendo a la
orquesta de Aníbal Troilo por donde iba e iniciándome sexualmente. Le debo a
Buenos Aires ese año maravilloso, de cuando tenía quince.
–¿Y cómo se vinculó con la literatura?
–Como no iba a la escuela tenía mucho tiempo para leer: desde niño
soy muy lector. “Como estoy aquí, voy a leer literatura argentina”, me
dije. Iba mucho a la librería El Ateneo: ahí leí a Sarmiento, a José Hernández,
a Güiraldes, a Enrique Molina, a Borges y Bioy, a Roberto Arlt, a Macedonio
Fernández. Hasta a Fray Mocho. Mis inicios como escritor tienen mucho que ver
con lo que me enseñó Buenos Aires.
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