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Alfredo Moffatt tiene una larga barba blanca que lleva como una especie de
Papá Noel en desgracia. Ha sido discutido por el mundo psi que no
concilia con sus irreverencias ante la academia y sin embargo todavía se
sigue hablando de experiencias abiertas por él como la Cooperanza en el
Borda o el Bancadero. Moffatt se toma el pelo a sí mismo, se acusa de
estar “siempre creando escuelas”. “Mi opción por los pobres y los
locos —explica– es mi opción por mí, porque me aburre la gente
normal.” Y al mismo tiempo reflexiona que, a los 70 años, lo más
importante es “crear vida” y que donde mejor se puede hacer es
“entre la gente que está más hecha bolsa”.
–De chico quería saber qué había adentro de la cabeza de la gente.
Creo que era como un detective, una especie de antropólogo. Cuando era
chico, mi mamá se enfermó de artritis, muy grave, y yo quedé solo, de
casa en casa. Mi viejo se fue a laburar, era maestro mayor de obras y de
los tres a los siete años estuve en lugares absolutamente opuestos.
Estuve en la casa de un trabajador que era amigo de mi padre. Estaba unos
meses ahí y unos meses con una tía inglesa que había venido de Europa,
que era una casa de clase media y también estuve en otras casas.
–De allí podría haber salido hasta un arquitecto de apellido inglés...
–Fueron cuatro años, entre los tres y los siete. Eso me marcó, porque
me hizo una especie de antropólogo precoz. Porque ese chico, o se volvía
autista, en el sentido de que se cerraba como un caracol, o se
identificaba con los otros para que lo quieran. Y salió algo así como
Zelig. Cuando voy a la villa, los pibes creen que soy el abuelo cartonero.
Y después voy al centro de Arquitectos, estoy en el staff de la revista,
y entonces comemos en un lugar así muy fino, se me transforma la voz y me
convierto en un profesional fino, un arquitecto de origen inglés...
–¿Pero la arquitectura después quedó en el camino?
–Pero decidí ser adjunto de cátedra con 500 alumnos de Historia del
Arte y también de Matemáticas, lo único que no me interesaba era hacer
casas. Era mi viejo, que me obligó. Yo había comenzado medicina y tuve
que dejar. ¿Qué les debo a esos años? Una capacidad de sentirme cómodo
en una villa, en una casa de clase media, sentirme cómodo en una reunión
de clase alta, una especie de Zelig. Eso me ha permitido cómo percibir la
intimidad de mundos distintos. Después viajé mucho, estuve en Estados
Unidos, donde trabajé en el manicomio de Brooklyn.
–¿Y cuándo se produjo su aproximación a la salud mental?
–Siempre estuvo, porque desde adolescente leía a Kafka, era un
especialista en Kafka, se me metió de cabeza. Pero bueno, un poco por esa
historia familiar quedé un poco encerrado, y para salvarme de esa soledad
creo, me hice como especialista en grupos, en vínculos, que creo que es
para no quedar solo. Siempre estoy rodeado de gente, y rehabilitando a
gente que quedó encerrada. Y con eso salí, salí del problema con eso de
entender qué es una persona que está muy introvertida, como diría Jung.
Preocupándome por sacar a otros de eso, no quedé solo.
–En los ’70 empezó a trabajar en el Borda...
–Con veinte pacientes psicóticos organicé una empresa constructora,
con la cual hice la plaza que hay en el Borda y pequeñas piecitas, en una
de las cuales está actualmente La Colifata, soy el abuelo de La Colifata.
Fue en el año ’67. En el hospicio entré estéticamente, como una
especie de Lautreamont del subdesarrollo. Me interesaba ese mundo
fantasmal, de Dostoievski criollo, como es el fondo del Borda. Mi opción
por los pobres y los locos es mi opción por mí, porque me aburre la
gente normal. Soy un psicólogo social que optó por los pobres y los
locos desde hace muchos años y porque me parecen personas mucho más
ricas existencialmente. Mi familia es clase media, alemanes e ingleses, así
que mi vida era un opio. Son buenos administradores, pero un opio, y busqué
una forma, creo, para rajarme de ese mundo.
–La locura provoca reacciones contradictorias en las personas, rechazo y
atracción al mismo tiempo...
–En la locura veo como una creatividad dramática, porque el arte y la
locura están muy juntos. Entonces me iba al fondo del Borda y hacía como
cuentos, imágenes, recogía inscripciones. De la arquitectura me quedó
la fotografía, entonces tengo unas fotos fuertes, que Salgado quedaría
como un bebé. Hice la peña Carlos Gardel, en la que intervinieron casi
500 pacientes. Habíamos declarado territorio liberado de la acción
manicomial, era la época de Cámpora, estábamos dentro del movimiento
popular. Los psiquiatras tenían que hacer un rodeo para evitarnos, porque
allí había que probar si uno era loco o sano, no valía el uniforme
blanco. Teníamos un mástil, subíamos la bandera en ese territorio
liberado, qué delirio, pero duró dos años y pico y dio lugar al libro
Psicoterapia del oprimido. Ese libro tuvo seis ediciones, la traducción
portuguesa tuvo hasta diez ediciones. Es un libro que se estudia en toda
Latinoamérica, menos aquí en la Argentina. Como no fue escrito en París...
–¿Por qué se fue del Borda si se sentía tan bien y había puesto en
marcha tantas cosas?
–Yo estaba cómodo en el manicomio, porque era una fuente de creatividad
estética, digamos, en un estilo del expresionismo alemán. Pero tuve que
salir de esa especie de edén escatológico, porque afuera están más
locos que adentro. Y tuve que salir porque tuve que darles auxilio psicológico
a las maestras. Y después fundé el Bancadero, porque la gente estaba muy
hecha mierda por la dictadura militar. La dictadura fue una aventura muy
loca, siniestra.
–¿Durante la dictadura estaba en el país o tuvo que salir?
–Yo estaba acá y no hacía absolutamente nada y trabajaba en Brasil. Yo
no sé, se llevaban a gente por haber leído Psicoterapia del oprimido,
que era una especie de libro montonero. Y yo estaba quietito, descolgado,
de chico solo, no estaba en ningún racimo, y así sobreviví.
–¿Sin plata, sin permiso, sin casa, el Bancadero fue magia?
–Fue una cosa loca, porque era una casa en la calle Gascón, destruida,
de quince habitaciones, que primero había sido prostíbulo y después depósito
de un almacén, estaba totalmente destruida, con los yuyos a la altura de
una persona. Entonces lo alquilaban por 40 pesos, para que no lo
intrusaran. Entré con gente que había formado en terapia de crisis. Me
decían que estaba loco, tenía los 40 pesos para alquilar, pero ni un
peso más para arreglar el lugar. Tampoco tenía permiso municipal. Lo que
tenía era la necesidad de la gente que estaba hecha mierda, era el año
’82. María Esther Gilio me hizo un reportaje para Clarín y salió un
domingo a doble página. El lunes habías unas 80 personas dispuestas a
entrar. Mis colaboradores me decían “¿qué hacemos, Alfredo? Están
golpeando”, “dejalas entrar”. Arreglamos una habitación que estaba
más o menos bien. Hicimos una reunión: “¿Ustedes quieren tratarse?”
“Sí”. En el hospicio había trabajado mucho con laborterapia,
entonces propuse que cada grupo con su asistente terapéutico arreglara su
lugar. La gente se enganchó. La primera etapa eran dos o tres horas que
traían cemento, pintura, cables. Cuando terminábamos cada pieza hacíamos
una gran fiesta. Los neuróticos, que creen que no pueden mover un
ladrillo, cuando lo hacen descubren que pueden: La reparación psicológica
fue bárbara y nosotros arreglamos la casa. Cuando la reparación terminó,
disminuyó el potencial terapéutico. Quería destruir todo de nuevo.
–¿La figura de Enrique Pichon Rivière fue inspiradora?
–Todo eso era Pichon Rivière detrás. Justo se había muerto, pero había
trabajado diez años con él. Me llamaba su hijo putativo. Por el
Bancadero han pasado cerca de 35 mil personas, en 20 años. Es un tocazo.
Era una clase media en desgracia, gente asustada, que había tenido algún
contacto con las represión. Se trabajaba con terapia grupal y mucha técnica
de psicodrama. La gente que venía y nos asesoraba eran Fernando Ulloa,
Tato Pavlovsky, Bauleo, y muchos más, teníamos la crema. Teníamos entre
250 y 300 personas por semana.
–¿Después les quitaron la casa?
–Sí, y justo en ese momento teníamos también el Bancapibes, toda la
guachada de Once, pibes bravos, estaban en el Bancadero, con algunos
conflictos, empezaban a putear, en fin, pero sin demasiados problemas.
Pero nos sacaron la casa para construir una torre de departamentos.
Entonces nos alojó Adolfo Pérez Esquivel en la calle México. Y después
compramos un departamentito y ahora estamos frente al Shopping Abasto.
Pero aquel Bancadero fue un despelote. Los carnavales que hacíamos eran
un psicodrama, con más de 300 personas. Hicimos experiencias
interesantes, como la Sudestada, un poco tomando la película Hombre
mirando al Sudeste. Eran cien que hacían de locos, cien de psiquiatras y
cien de visitantes y todos empezaban a interactuar. El loco tenía que
hacer de loco, pero sin hablar, y el otro tenía que contenerlo. Todo al
mismo tiempo, cien veces se repetía, con luces de colores y al final se
ponía la Novena Sinfonía a todo volumen y todos empezaban a unirse. Era
una época especial, con Teatro Abierto, la salida de la dictadura, había
mucha efervescencia.
–Del Bancadero pasó a una experiencia más de tipo social, como son las
Ollitas...
–Esta experiencia está más lejos del manicomio y más cerca de la
pobreza. Las Ollitas son más o menos entre 200 y 300 chiquitos que
alimentamos con autogestión de los padres y de las madres en La Matanza,
en tres villas. Yo hablo esquizofrenés, que lo usé en Estados Unidos, es
un lenguaje de gestos y actitudes del cuerpo. Y hablo el villarés ¿no?,
que es el idioma de la villa. Ellos ven que no sos evangelista ni cana ni
político y cuando te junan, se entregan, y organizás. Es una organización
de mucha solidaridad. Abajo no está podrido. Las madres hacen una
organización sin corrupción, fideo que entra a las Ollitas, va a la
panza de un pibe, no se pierde nada. Son tres Ollitas y se multiplicaron,
ahora en Mar del Plata hay tres más, hay una en La Plata. Se demuestra
que es posible, que en el lugar de la muerte se puede generar la vida, con
la misma gente. Hace tres años que empezamos. Soy una especie de médico
frustrado, tengo la necesidad de ponerme al servicio de lo más necesario,
como un médico de emergencia, voy donde hay más dolor. Cuando se arregle
un poco la cosa quiero volver al manicomio. Yo soy el abuelo de La
Colifata, voy a visitarlos, me saludan, me abrazan...
–¿Quedan todavía pacientes de aquella época?
–Y sí, no sale nadie, es la máquina de picar carne, es terrible. Además,
con la desocupación que hay afuera, como para salir. La represión paró
bastante en el manicomio, lo que pasa es que la terapia es un poco
farmacológica, no hay comunidad terapéutica. Salí primero al Bancadero,
y después a las Ollitas, porque los pibes están hechos mierda. Nosotros
decimos que si trabajamos con los pibes antes del terremoto hormonal de la
pubertad, están plásticos todavía, y les damos elementos de vinculación
hacia la vida, vamos a disminuir la cantidad de adolescentes que van a la
bala policial o que van a la prostitución. Los dos oficios de la
desesperación, que son el afano y la prostitución.
–¿La escuela se llama ahora de terapias de crisis...?
–Es terapia de crisis, no es psicoanalítica, es más una filosofía
existencial, donde la conciencia es una historia, no hay un aparato psíquico.
Yo les digo a mis alumnos: cada uno de ustedes está en una película de
la que no pueden salir, a menos que se peguen un tiro, no se pueden
escapar. Y más vale que esa película tenga argumento, si es un bodrio
estás jodido, es una película que la tenés que ver, la tenés que
actuar y la tenés que dirigir. Trabajamos con la historia de vida, con el
sentido de la vida. Nos vamos del Edipo y toda esa concepción que es muy
útil en la burguesía, pero para las clases populares, desesperadas en la
marginación, el tema es sobrevivir, no es cogerse a la vieja, sino comer
y sobrevivir, que es distinto. Trabajamos con una estructura criolla.
–¿Cuántas personas colaboran con usted?
–Qué sé yo, si juntaría de todos los lados, son cientos. Por ejemplo
Carlos Cica, que se formó conmigo, organiza Emergencia Psicosocial, y
trabajó en la AMIA, en el avión caído de Aeroparque, en Río Tercero, y
va como con 40 psicólogos sociales que trabajan en catástrofes a bancar
en esos momentos, con abrazos de contención, una técnica que se llama maternaje. Después está la Casa Teresa para chicos de la calle, los más
bravos, de la que yo soy el presidente. Después la Cooperanza sigue, y
con La Colifata. Después está el Bancadero.
–De todos los trabajos que ha realizado y que todavía están
funcionando, ¿cuál le pareció más importante?
–Todos, porque cuando uno llega a los 70 años uno se pregunta qué es
lo más importante. Y cuando uno está cerca de la muerte, lo más
importante siempre es generar vida. ¿Dónde se genera vida con mayor
intensidad? Entre los que están más hechos bolsa. Hay teorías de la
marginalidad, teorías evolutivas sobre todo esto. Tengo tres páginas web
con estas cosas: www.ollytas.org.ar donde está todo lo que hay que saber
para hacer una organización popular autogestiva en lugares de mucha
marginación. Y después está otra que la hice porque me dio miedo de que
se pierda todo: www.moffatt.com.ar, que tiene mil páginas, donde puse
todo, porque quiero que toda esa experiencia sirva. Hay como 300 fotografías
que se pueden copiar bien grandes. También tengo un programita en Radio
Nacional, me lo dio Mona Moncalvillo. Es todos los martes de 11 a 12 de la
noche. Se llama Fogoneando la esperanza y le puse también Universidad
Criolla del Aire.
–¿La escuela tiene filiales en el interior del país?
–Hay en Chacabuco, en La Plata, en Neuquén y Río Negro. Allí son 300
alumnos. Dos días antes de que se produjera el episodio en la escuela de
Carmen de Patagones estuve en Río Negro y en Neuquén para dar un
seminario para ATEN, que es el sindicato de docentes. Había 400 docentes.
Trabajamos la problemática de cómo manejarnos con la violencia en
primario y secundario. El episodio se produjo al día siguiente y después
tuve que trabajar en escuelas.
–¿El problema de la violencia en las escuelas surgió como el más
acuciante?
–El tema salió como emergente. Hicimos un taller: la mitad de los 400
hacían de chicos violentos y la otra mitad de docentes. Tenían que
expresar la violencia con el cuerpo, a través de tensión muscular. Y
después entraban los docentes. Eso servía para que los docentes pudieran
involucrar el cuerpo, porque la violencia no tiene significación verbal,
la violencia es un hecho físico, de contracción muscular. Después se
hacía el cambio de roles. Aparecía el docente que quedaba paralizado, el
que devolvía la agresión, el que se descomponía, el que trataba de
seducir, de abrazar amorosamente, el que de pronto lo veía como una película
y no podía hacer nada. Hubo otros que se ponían a llorar. Acercaba la
acción y el símbolo. Que el mundo del símbolo, que de alguna manera es
el del docente, entre en el de la acción violenta es casi imposible,
porque no tienen conexión. Pero de esa forma podían cruzar esas
situaciones. Eso se llama resonancia emocional del docente. Porque el
docente ahora es otro grupo de riesgo.
–La falta de trabajo no solamente es un problema económico, una cuestión
material para el adolescente...
–En nuestra concepción, pensamos que el adolescente que no entra a
trabajar queda fuera del mundo. Cuando deja el juego infantil porque las
hormonas lo arrojan a la realidad, a la búsqueda del otro, se le
genitaliza la libido, y si del otro lado no hay un trabajo que lo haga
salir de la casa, queda en el vacío. Porque a través del trabajo que
no consigue, él conseguiría a la pareja. Si no tiene trabajo todo se le
complica. El chico queda en un espacio de vacío existencial que es
insoportable porque no entra en la realidad. Si les cerramos las puertas
porque no les damos trabajo a los adolescentes, ¿qué van a hacer?. Van a
romper la pared, tienen mucha necesidad. Y ahí aparecen las cosas, feas,
el afano y la prostitución. Hay tantas nenas en la prostitución como
chicos en el afano, pero no aparece en los medios porque no pone en
peligro a la sociedad.
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