ALFREDO MOFFATT, DESDE LA COOPERANZA Y EL BANCADERO, HASTA LAS OLLITAS Y LA ESCUELA DE TERAPIA DE CRISIS

 “Si nos esperanzamos todos, a lo mejor cambiamos las cosas” Alfredo Moffatt

Aclara que se trata de una esperanza “no negadora”. Los chicos en la villa donde trabaja con las Ollitas le dicen “el abuelo cartonero”. Estuvo con docentes de Neuquén y Río Negro, donde surgió el tema de la violencia en la escuela. Fue un día antes de que un chico baleara a sus compañeros.

Por Luis Bruschtein           Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular

Alfredo Moffatt tiene una larga barba blanca que lleva como una especie de Papá Noel en desgracia. Ha sido discutido por el mundo psi que no concilia con sus irreverencias ante la academia y sin embargo todavía se sigue hablando de experiencias abiertas por él como la Cooperanza en el Borda o el Bancadero. Moffatt se toma el pelo a sí mismo, se acusa de estar “siempre creando escuelas”. “Mi opción por los pobres y los locos —explica– es mi opción por mí, porque me aburre la gente normal.” Y al mismo tiempo reflexiona que, a los 70 años, lo más importante es “crear vida” y que donde mejor se puede hacer es “entre la gente que está más hecha bolsa”.
–De chico quería saber qué había adentro de la cabeza de la gente. Creo que era como un detective, una especie de antropólogo. Cuando era chico, mi mamá se enfermó de artritis, muy grave, y yo quedé solo, de casa en casa. Mi viejo se fue a laburar, era maestro mayor de obras y de los tres a los siete años estuve en lugares absolutamente opuestos. Estuve en la casa de un trabajador que era amigo de mi padre. Estaba unos meses ahí y unos meses con una tía inglesa que había venido de Europa, que era una casa de clase media y también estuve en otras casas.
–De allí podría haber salido hasta un arquitecto de apellido inglés...
–Fueron cuatro años, entre los tres y los siete. Eso me marcó, porque me hizo una especie de antropólogo precoz. Porque ese chico, o se volvía autista, en el sentido de que se cerraba como un caracol, o se identificaba con los otros para que lo quieran. Y salió algo así como Zelig. Cuando voy a la villa, los pibes creen que soy el abuelo cartonero. Y después voy al centro de Arquitectos, estoy en el staff de la revista, y entonces comemos en un lugar así muy fino, se me transforma la voz y me convierto en un profesional fino, un arquitecto de origen inglés...
–¿Pero la arquitectura después quedó en el camino?
–Pero decidí ser adjunto de cátedra con 500 alumnos de Historia del Arte y también de Matemáticas, lo único que no me interesaba era hacer casas. Era mi viejo, que me obligó. Yo había comenzado medicina y tuve que dejar. ¿Qué les debo a esos años? Una capacidad de sentirme cómodo en una villa, en una casa de clase media, sentirme cómodo en una reunión de clase alta, una especie de Zelig. Eso me ha permitido cómo percibir la intimidad de mundos distintos. Después viajé mucho, estuve en Estados Unidos, donde trabajé en el manicomio de Brooklyn.
–¿Y cuándo se produjo su aproximación a la salud mental?
–Siempre estuvo, porque desde adolescente leía a Kafka, era un especialista en Kafka, se me metió de cabeza. Pero bueno, un poco por esa historia familiar quedé un poco encerrado, y para salvarme de esa soledad creo, me hice como especialista en grupos, en vínculos, que creo que es para no quedar solo. Siempre estoy rodeado de gente, y rehabilitando a gente que quedó encerrada. Y con eso salí, salí del problema con eso de entender qué es una persona que está muy introvertida, como diría Jung. Preocupándome por sacar a otros de eso, no quedé solo.
–En los ’70 empezó a trabajar en el Borda...
–Con veinte pacientes psicóticos organicé una empresa constructora, con la cual hice la plaza que hay en el Borda y pequeñas piecitas, en una de las cuales está actualmente La Colifata, soy el abuelo de La Colifata. Fue en el año ’67. En el hospicio entré estéticamente, como una especie de Lautreamont del subdesarrollo. Me interesaba ese mundo fantasmal, de Dostoievski criollo, como es el fondo del Borda. Mi opción por los pobres y los locos es mi opción por mí, porque me aburre la gente normal. Soy un psicólogo social que optó por los pobres y los locos desde hace muchos años y porque me parecen personas mucho más ricas existencialmente. Mi familia es clase media, alemanes e ingleses, así que mi vida era un opio. Son buenos administradores, pero un opio, y busqué una forma, creo, para rajarme de ese mundo.
La locura provoca reacciones contradictorias en las personas, rechazo y atracción al mismo tiempo...
–En la locura veo como una creatividad dramática, porque el arte y la locura están muy juntos. Entonces me iba al fondo del Borda y hacía como cuentos, imágenes, recogía inscripciones. De la arquitectura me quedó la fotografía, entonces tengo unas fotos fuertes, que Salgado quedaría como un bebé. Hice la peña Carlos Gardel, en la que intervinieron casi 500 pacientes. Habíamos declarado territorio liberado de la acción manicomial, era la época de Cámpora, estábamos dentro del movimiento popular. Los psiquiatras tenían que hacer un rodeo para evitarnos, porque allí había que probar si uno era loco o sano, no valía el uniforme blanco. Teníamos un mástil, subíamos la bandera en ese territorio liberado, qué delirio, pero duró dos años y pico y dio lugar al libro Psicoterapia del oprimido. Ese libro tuvo seis ediciones, la traducción portuguesa tuvo hasta diez ediciones. Es un libro que se estudia en toda Latinoamérica, menos aquí en la Argentina. Como no fue escrito en París...
–¿Por qué se fue del Borda si se sentía tan bien y había puesto en marcha tantas cosas?
–Yo estaba cómodo en el manicomio, porque era una fuente de creatividad estética, digamos, en un estilo del expresionismo alemán. Pero tuve que salir de esa especie de edén escatológico, porque afuera están más locos que adentro. Y tuve que salir porque tuve que darles auxilio psicológico a las maestras. Y después fundé el Bancadero, porque la gente estaba muy hecha mierda por la dictadura militar. La dictadura fue una aventura muy loca, siniestra.
–¿Durante la dictadura estaba en el país o tuvo que salir?
–Yo estaba acá y no hacía absolutamente nada y trabajaba en Brasil. Yo no sé, se llevaban a gente por haber leído Psicoterapia del oprimido, que era una especie de libro montonero. Y yo estaba quietito, descolgado, de chico solo, no estaba en ningún racimo, y así sobreviví.
–¿Sin plata, sin permiso, sin casa, el Bancadero fue magia?
–Fue una cosa loca, porque era una casa en la calle Gascón, destruida, de quince habitaciones, que primero había sido prostíbulo y después depósito de un almacén, estaba totalmente destruida, con los yuyos a la altura de una persona. Entonces lo alquilaban por 40 pesos, para que no lo intrusaran. Entré con gente que había formado en terapia de crisis. Me decían que estaba loco, tenía los 40 pesos para alquilar, pero ni un peso más para arreglar el lugar. Tampoco tenía permiso municipal. Lo que tenía era la necesidad de la gente que estaba hecha mierda, era el año ’82. María Esther Gilio me hizo un reportaje para Clarín y salió un domingo a doble página. El lunes habías unas 80 personas dispuestas a entrar. Mis colaboradores me decían “¿qué hacemos, Alfredo? Están golpeando”, “dejalas entrar”. Arreglamos una habitación que estaba más o menos bien. Hicimos una reunión: “¿Ustedes quieren tratarse?” “Sí”. En el hospicio había trabajado mucho con laborterapia, entonces propuse que cada grupo con su asistente terapéutico arreglara su lugar. La gente se enganchó. La primera etapa eran dos o tres horas que traían cemento, pintura, cables. Cuando terminábamos cada pieza hacíamos una gran fiesta. Los neuróticos, que creen que no pueden mover un ladrillo, cuando lo hacen descubren que pueden: La reparación psicológica fue bárbara y nosotros arreglamos la casa. Cuando la reparación terminó, disminuyó el potencial terapéutico. Quería destruir todo de nuevo.
–¿La figura de Enrique Pichon Rivière fue inspiradora?
–Todo eso era Pichon Rivière detrás. Justo se había muerto, pero había trabajado diez años con él. Me llamaba su hijo putativo. Por el Bancadero han pasado cerca de 35 mil personas, en 20 años. Es un tocazo. Era una clase media en desgracia, gente asustada, que había tenido algún contacto con las represión. Se trabajaba con terapia grupal y mucha técnica de psicodrama. La gente que venía y nos asesoraba eran Fernando Ulloa, Tato Pavlovsky, Bauleo, y muchos más, teníamos la crema. Teníamos entre 250 y 300 personas por semana.
–¿Después les quitaron la casa?
–Sí, y justo en ese momento teníamos también el Bancapibes, toda la guachada de Once, pibes bravos, estaban en el Bancadero, con algunos conflictos, empezaban a putear, en fin, pero sin demasiados problemas. Pero nos sacaron la casa para construir una torre de departamentos. Entonces nos alojó Adolfo Pérez Esquivel en la calle México. Y después compramos un departamentito y ahora estamos frente al Shopping Abasto. Pero aquel Bancadero fue un despelote. Los carnavales que hacíamos eran un psicodrama, con más de 300 personas. Hicimos experiencias interesantes, como la Sudestada, un poco tomando la película Hombre mirando al Sudeste. Eran cien que hacían de locos, cien de psiquiatras y cien de visitantes y todos empezaban a interactuar. El loco tenía que hacer de loco, pero sin hablar, y el otro tenía que contenerlo. Todo al mismo tiempo, cien veces se repetía, con luces de colores y al final se ponía la Novena Sinfonía a todo volumen y todos empezaban a unirse. Era una época especial, con Teatro Abierto, la salida de la dictadura, había mucha efervescencia.
–Del Bancadero pasó a una experiencia más de tipo social, como son las Ollitas...
–Esta experiencia está más lejos del manicomio y más cerca de la pobreza. Las Ollitas son más o menos entre 200 y 300 chiquitos que alimentamos con autogestión de los padres y de las madres en La Matanza, en tres villas. Yo hablo esquizofrenés, que lo usé en Estados Unidos, es un lenguaje de gestos y actitudes del cuerpo. Y hablo el villarés ¿no?, que es el idioma de la villa. Ellos ven que no sos evangelista ni cana ni político y cuando te junan, se entregan, y organizás. Es una organización de mucha solidaridad. Abajo no está podrido. Las madres hacen una organización sin corrupción, fideo que entra a las Ollitas, va a la panza de un pibe, no se pierde nada. Son tres Ollitas y se multiplicaron, ahora en Mar del Plata hay tres más, hay una en La Plata. Se demuestra que es posible, que en el lugar de la muerte se puede generar la vida, con la misma gente. Hace tres años que empezamos. Soy una especie de médico frustrado, tengo la necesidad de ponerme al servicio de lo más necesario, como un médico de emergencia, voy donde hay más dolor. Cuando se arregle un poco la cosa quiero volver al manicomio. Yo soy el abuelo de La Colifata, voy a visitarlos, me saludan, me abrazan...
–¿Quedan todavía pacientes de aquella época?
–Y sí, no sale nadie, es la máquina de picar carne, es terrible. Además, con la desocupación que hay afuera, como para salir. La represión paró bastante en el manicomio, lo que pasa es que la terapia es un poco farmacológica, no hay comunidad terapéutica. Salí primero al Bancadero, y después a las Ollitas, porque los pibes están hechos mierda. Nosotros decimos que si trabajamos con los pibes antes del terremoto hormonal de la pubertad, están plásticos todavía, y les damos elementos de vinculación hacia la vida, vamos a disminuir la cantidad de adolescentes que van a la bala policial o que van a la prostitución. Los dos oficios de la desesperación, que son el afano y la prostitución.
–¿La escuela se llama ahora de terapias de crisis...?
–Es terapia de crisis, no es psicoanalítica, es más una filosofía existencial, donde la conciencia es una historia, no hay un aparato psíquico. Yo les digo a mis alumnos: cada uno de ustedes está en una película de la que no pueden salir, a menos que se peguen un tiro, no se pueden escapar. Y más vale que esa película tenga argumento, si es un bodrio estás jodido, es una película que la tenés que ver, la tenés que actuar y la tenés que dirigir. Trabajamos con la historia de vida, con el sentido de la vida. Nos vamos del Edipo y toda esa concepción que es muy útil en la burguesía, pero para las clases populares, desesperadas en la marginación, el tema es sobrevivir, no es cogerse a la vieja, sino comer y sobrevivir, que es distinto. Trabajamos con una estructura criolla.
–¿Cuántas personas colaboran con usted?
–Qué sé yo, si juntaría de todos los lados, son cientos. Por ejemplo Carlos Cica, que se formó conmigo, organiza Emergencia Psicosocial, y trabajó en la AMIA, en el avión caído de Aeroparque, en Río Tercero, y va como con 40 psicólogos sociales que trabajan en catástrofes a bancar en esos momentos, con abrazos de contención, una técnica que se llama maternaje. Después está la Casa Teresa para chicos de la calle, los más bravos, de la que yo soy el presidente. Después la Cooperanza sigue, y con La Colifata. Después está el Bancadero.
–De todos los trabajos que ha realizado y que todavía están funcionando, ¿cuál le pareció más importante?
–Todos, porque cuando uno llega a los 70 años uno se pregunta qué es lo más importante. Y cuando uno está cerca de la muerte, lo más importante siempre es generar vida. ¿Dónde se genera vida con mayor intensidad? Entre los que están más hechos bolsa. Hay teorías de la marginalidad, teorías evolutivas sobre todo esto. Tengo tres páginas web con estas cosas: www.ollytas.org.ar donde está todo lo que hay que saber para hacer una organización popular autogestiva en lugares de mucha marginación. Y después está otra que la hice porque me dio miedo de que se pierda todo: www.moffatt.com.ar, que tiene mil páginas, donde puse todo, porque quiero que toda esa experiencia sirva. Hay como 300 fotografías que se pueden copiar bien grandes. También tengo un programita en Radio Nacional, me lo dio Mona Moncalvillo. Es todos los martes de 11 a 12 de la noche. Se llama Fogoneando la esperanza y le puse también Universidad Criolla del Aire.
–¿La escuela tiene filiales en el interior del país?
–Hay en Chacabuco, en La Plata, en Neuquén y Río Negro. Allí son 300 alumnos. Dos días antes de que se produjera el episodio en la escuela de Carmen de Patagones estuve en Río Negro y en Neuquén para dar un seminario para ATEN, que es el sindicato de docentes. Había 400 docentes. Trabajamos la problemática de cómo manejarnos con la violencia en primario y secundario. El episodio se produjo al día siguiente y después tuve que trabajar en escuelas.
–¿El problema de la violencia en las escuelas surgió como el más acuciante?
–El tema salió como emergente. Hicimos un taller: la mitad de los 400 hacían de chicos violentos y la otra mitad de docentes. Tenían que expresar la violencia con el cuerpo, a través de tensión muscular. Y después entraban los docentes. Eso servía para que los docentes pudieran involucrar el cuerpo, porque la violencia no tiene significación verbal, la violencia es un hecho físico, de contracción muscular. Después se hacía el cambio de roles. Aparecía el docente que quedaba paralizado, el que devolvía la agresión, el que se descomponía, el que trataba de seducir, de abrazar amorosamente, el que de pronto lo veía como una película y no podía hacer nada. Hubo otros que se ponían a llorar. Acercaba la acción y el símbolo. Que el mundo del símbolo, que de alguna manera es el del docente, entre en el de la acción violenta es casi imposible, porque no tienen conexión. Pero de esa forma podían cruzar esas situaciones. Eso se llama resonancia emocional del docente. Porque el docente ahora es otro grupo de riesgo.
–La falta de trabajo no solamente es un problema económico, una cuestión material para el adolescente...
–En nuestra concepción, pensamos que el adolescente que no entra a trabajar queda fuera del mundo. Cuando deja el juego infantil porque las hormonas lo arrojan a la realidad, a la búsqueda del otro, se le genitaliza la libido, y si del otro lado no hay un trabajo que lo haga salir de la casa, queda en el vacío. Porque a través del trabajo que no consigue, él conseguiría a la pareja. Si no tiene trabajo todo se le complica. El chico queda en un espacio de vacío existencial que es insoportable porque no entra en la realidad. Si les cerramos las puertas porque no les damos trabajo a los adolescentes, ¿qué van a hacer?. Van a romper la pared, tienen mucha necesidad. Y ahí aparecen las cosas, feas, el afano y la prostitución. Hay tantas nenas en la prostitución como chicos en el afano, pero no aparece en los medios porque no pone en peligro a la sociedad.

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