En un país
donde el pasado estuvo por siglos vinculado al horario de
las batallas y al desinterés (palabra poco feliz, si lo
pensamos) y la abnegación de los llamados próceres, es un
gran avance que importantes sectores de la población de
diferentes edades y clases comiencen a interesarse por su
patrimonio más importante: su identidad.
Porque de esto se trata, la historia de un país es su
identidad, es todo lo que nos pasó como sociedad desde que
nacimos hasta el presente y allí están registrados nuestros
triunfos y derrotas, nuestras alegrías y tristezas, nuestras
glorias y nuestras miserias. Como en un gran álbum familiar,
allí nos enorgullecemos y nos avergonzamos de nuestro
pasado, pero nunca dejamos de tener en claro que se trata de
nosotros.
La supresión de identidad fue quizás una de las prácticas
más crueles de la dictadura militar; el desaparecido dejaba
de existir como un ser nominado, era un NN con un número
asignado por sus captores. A sus hijos se les daba un nuevo
nombre y un nuevo destino, en muchos casos antagónico al que
soñaban sus padres. La misma operación se ha hecho durante
décadas con nuestra historia patria.
Se nos ha intentado suprimir la identidad nacional. La
historia es por derecho natural de todos y la tarea es hace
la historia de todos, de todos aquellos que han sido y van a
ser dejados de lado por los seleccionadores de lo importante
y lo accesorio.
Quienes quedan fuera de la historia mueren para siempre, es
el último despojo al que nos somete el sistema, no dejar de
nosotros siquiera el recuerdo. Los desobedientes de la
obediencia debida a la traición, los honestos contra viento
y marea, los rebeldes aún en la derrota. Un Tupac Amaru que
mantiene su dignidad durante las más horrendas torturas y
sigue clamando por la libertad de sus hermanos, soñando con
la América libre.
Un Manuel Belgrano que no duerme escribiendo un proyecto de
país que sabe imposible pero justo, que dedica su vida a la
denuncia y persecución de “los partidarios de sí mismos”, de
los “que usan los privilegios del gobierno para sus usos
personales condenando al resto de los ciudadanos a la
miseria y la ignorancia”.
Un Castelli que sueña y hace la revolución en la zona más
injusta de América del Sur. Un Mariano Moreno que quema su
vida en seis meses de febril actividad, sabiendo que el
poder no da tregua y no perdona a los que se le atreven,
pero que si nadie se le atreve todo va a ser peor.
Aquel pasado debería ayudarnos a dejar de pensar que “en
este país siempre estuvo todo mal y por lo tanto nunca nada
estará bien”.
Nuestra historia, rica como pocas, desmiente
categóricamente esa frase funcional al no cambio, que no nos
deja ni la posibilidad de soñar con un país mejor para
todos.