La noche que la Esma fue peronista y revolucionaria

Juan Perón volvía por primera vez a la Argentina después de 18 AÑOS de exilio forzado. Julio César Urien era un joven oficial de la Armada, una fuerza tradicionalmente gorila.  Cumplía funciones en la ESMA en noviembre de 1972, mucho antes de que se convirtiera en el trágico campo de concentración. Lideró un grupo de suboficiales y oficiales que tomó sus dependencias a pocas horas de la llegada del líder. 

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Juan Perón volvía por primera vez a la Argentina después de 18 años de exilio forzado. Julio César Urien era un joven oficial de la Armada, Julio César Urien, infante de Marinaun arma tradicionalmente gorila. Cumplía funciones en la ESMA en noviembre de 1972, mucho antes de que se convirtiera en el trágico campo de concentración. Había tomado contacto con el peronismo revolucionario, como muchos jóvenes de la época, a través de los curas tercermundistas. Lideró un grupo de suboficiales y oficiales que tomó las dependencias de la ESMA, pero el grupo estaba infiltrado por un agente de inteligencia, eso permitió que Urien fuera detenido y que el resto de los sublevados, unas horas después y ya lejos de la Esma, depusiera las armas. Todos fueron presos pero el dictador Lanusse acusó recibo de la rebeldía que crecía aun dentro de las filas militares.

Faltaban apenas cuatro días para la llegada de Perón y las cosas se complicaban. En la compañía de Julio César Urien hubo cambios. Sus jefes incorporaron a varios oficiales y reubicaron a algunos suboficiales. Por momentos, Julio atribuía esos movimientos a la orden de formar grupos contrainsurgentes; después suponía que alguna información debía haberse filtrado.

La idea del levantamiento lo llenaba de dudas. Pero, al final, suspiraba y suponía que ninguna duda era lo bastante importante como para desalentarse. En uno de sus últimos encuentros con Orueta, los dos evaluaron las diversas hipótesis:

–Mirá, yo creo que nuestra detención es inminente. Anteayer metieron en los calabozos a unos soldados peronistas, les hicieron preguntas sobre si sabían algo de un levantamiento. Los colimbas no sabían nada, no les pudieron decir nada, pero los tipos tienen indicios por todos lados... Así que antes de que nos detengan vamos a tomar la Esma, pero sólo con nuestra compañía: el resto de la oficialidad y la suboficialidad no tiene que quedar comprometido con esto. Yo creo que va a ser un hecho político que va a golpear duro en los mandos de las Fuerzas Armadas. En cambio si nos agarran sin hacer nada es un fracaso.

Para Orueta también había llegado el momento de actuar. Era un agente encubierto de la Fuerza Aérea: por un lado, tenía que informar algunas imprecisiones a la conducción de Montoneros y, por otro, otras imprecisiones a la Fuerza Aérea, para que los militantes se comieran la carnada y los militares no lo mandaran al frente como carne de cañón.
Orueta fue a lo suyo:

–Comodoro, le habla el Tero. Tenemos que vernos urgente.

Faltaban dos días para el levantamiento.
El 15 de noviembre, un pelotón de oficiales y suboficiales se presentó en la cuadra de la compañía donde estaba Urien, que tenía a su cargo ese turno de la guardia de la Esma. Hablaron con el jefe y, en pocos minutos, les sacaron todas las armas portátiles sin dar explicaciones.

–Orden de la superioridad.

Las camas de la compañía estaban en la planta baja del edificio: los que vinieron con la orden las cargaron con fusiles y pistolas y se las llevaron al piso de arriba. Las dejaron bajo llave, con una guardia de suboficiales de mucha antigüedad, que tenían toda la confianza de los mandos. Al mismo tiempo, otro grupo tomaba prisioneros a dos cabos segundos del estado mayor de Urien. Dos horas después, el capitán Iribarne llamó a los oficiales del batallón al casino y les pasó las novedades:

–Tenemos la versión de que hay problemas dentro del batallón. Se habla de una sublevación. Señores, quiero que ustedes me digan qué pasa en cada compañía, en cada sección.

Todos los jefes pusieron las manos en el fuego por sus hombres, con las reservas que la situación imponía: que el momento que se estaba viviendo, que la incertidumbre por la llegada de Perón, que el clima general, pero todos aseguraron que no podía haber levantamiento alguno.
En la madrugada del 16, mientras desayunaba, Urien pensó que había llegado al día D con muchas más contras que las que había previsto. Al rato, se reunió con sus suboficiales de confianza y, tanteándolos, confirmó que estaban completamente decididos a seguir adelante.

–Bueno, entonces que el cabo segundo Esteban pida parte de enfermo; una vez que salga tiene que ir a una cita con un compañero. Que le confirme que en menos de veinticuatro horas vamos a sublevarnos porque empezaron con las detenciones y desarmaron a la compañía, así que vamos a encarar para Lomas como habíamos quedado, salvo que ellos le den una indicación en contrario. Deciles que manden alguna información a los diarios y pongan que los cuatro mil fusiles y pistolas entregados al pueblo son para defender la soberanía popular y para respaldar el regreso definitivo de Perón a la Argentina. Y que aclaren que en la Argentina hay militares que están del lado del pueblo y contra la oligarquía. ¿Comprendido?

A las dos de la tarde, el cabo Esteban fue a la cita, y a las cuatro horas volvió a la Esma con la excusa de que se había olvidado unas cosas. Adentro habló con Julio para decirle que se había encontrado con Orueta y que estaba todo en orden.

La suerte estaba echada. Eran casi las ocho de la noche. Urien fue a la cuadra de la compañía y llamó a los trece suboficiales que componían su estado mayor, más los dragoneantes que estaban a cargo de los pelotones y que ya sabían lo que estaba pasando:

–Nos quedan dos alternativas: o nos dejamos agarrar sin hacer nada o demostramos que también hay militares del lado del pueblo.

Urien recorrió con su mirada las caras de los treinta hombres. Tras un breve silencio, empezaron los apoyos.

–¡Vamos a buscar a Perón, carajo!

Todos asintieron, salvo uno.

–Yo tengo miedo, oficial. No me pliego.

–Bueno, dejen al cabo maniatado en el baño para que no lo incriminen. El resto, nos ponemos uniforme de combate y nos reunimos en cinco minutos de nuevo acá.

Poco después, todos los conjurados estaban listos, pero sin armas, salvo Urien que, como oficial, había conservado su pistola personal.

–Nuestra identificación va a ser esta vincha celeste y blanca.

Urien sacó de un bolso un puñado de cintas argentinas y las fue entregando una por una. Era una ceremonia tensa y silenciosa. Todos se daban cuenta de la gravedad del paso que estaban dando. Como Urien era uno de los instructores y todos lo conocían, él pasaría por los puestos de guardia, se pondría a conversar e inmediatamente irían llegando los pelotones leales para desarmarlos y tomarlos prisioneros.

–Mientras yo voy al casino de oficiales a ver cómo están las cosas, los pelotones A y B tienen que subir y reducir a los suboficiales que tienen en custodia el armamento de la compañía. Una vez que estén todos pertrechados, se ajustan las vinchas y me esperan listos. Cuando yo vuelva entramos en operaciones. ¿Comprendido?

Un cabo levantó el brazo, hizo la ve y gritó:

–¡Viva la patria!

–¡Vivaaa!

Urien iba al casino de oficiales para averiguar qué había pasado con los dos suboficiales detenidos. Si alguno de ellos había cantado, todo estaba perdido. Antes de salir, llamó aparte a los dos suboficiales que lo secundaban en el mando.

–Si en una hora no estoy de vuelta, sigan con el plan.

Antes de ir al casino, Julio hizo una recorrida a pie por el cuartel. A los diez minutos se encontró con otro oficial de su compañía, un año más antiguo y muy gorila:

–Tengo un mal presentimiento. Algo está pasando, Urien. Vení, acompañame a la cuadra.
Urien lo siguió y fueron a paso rápido. Al entrar a la cuadra, todo estaba oscuro. De pronto, dos cabos y dos soldados con vinchas argentinas encañonaron al oficial con sus fusiles:

–¡Entréguese! ¡En nombre de la revolución y el pueblo, entréguese!

Julio volvió a salir, esta vez acompañado por uno de sus soldados, hacia la guardia central.
En ese momento, en el casino de oficiales estaban interrogando a un cabo segundo que había confesado el complot y que aguantó un rato sin decir quién era el jefe. Mientras Julio recorría las tres cuadras que separaban la sede de la compañía sublevada del casino, el cabo segundo terminó de hablar:

–El que dirige el complot es el guardiamarina Urien y se va a sublevar esta noche. Van a tomar la guardia central.

Afuera, Julio seguía caminando. Había caído la noche. Todo estaba muy tranquilo y vio que una camioneta paraba al lado de la guardia. No le dio importancia: pensó que sería un vehículo más para la retirada.

De inmediato, apuntaron a Urien.

–Si se mueve lo mato!

–Entrégueme su arma.

Urien pensó qué hacer. Le quedaba una esperanza: era probable que el grupo que lo secundaba llegara a la guardia antes de que lo llevasen detenido. En ese caso, la situación se daría vuelta y podrían seguir adelante.

–¿Así que vos sos el jefe de una sublevación?

Mientras tanto, el levantamiento no se detenía. Dos pelotones llegaron a la guardia central y, sin despertar mayores sospechas, tomaron posiciones.

–Práctica. Estamos controlando la seguridad –dijo uno de los cabos sublevados mientras otros dos
irrumpían por la puerta trasera, gritando:

-¡Entréguense en nombre de la revolución!

Una vez tomada la guardia, la sublevación fue un hecho. Un grupo de cabos fue hasta los calabozos y liberó a unos marineros. El mando operativo del levantamiento había recaído sobre los suboficiales que constituían el estado mayor de Urien. Cuando escucharon el último tiroteo, los oficiales del casino se dieron cuenta de que el levantamiento iba en serio. Se apostaron en las ventanas con las pocas armas que tenían. Uno agarró el teléfono:

–¿Con el comando en jefe? Tenemos una sublevación...

–¿Con la policía? Lo llamo de la Escuela de Mecánica de la Armada. Es una emergencia, hubo un ataque...

Mientras tanto, los rebeldes seguían cumpliendo sus objetivos: tomaban las guardias, las cuadras, los depósitos de armas, los garajes de vehículos de transporte y las puertas de acceso al cuartel.
A esa altura los sublevados eran alrededor de trescientos.

Los fogonazos y ruidos de disparos no alertaron en lo más mínimo a los vecinos de Núñez. Era normal en un cuartel. El primer Torino de la Policía Federal se presentó en la puerta del cuartel:

–Tuvimos un llamado. ¿Hay irregularidades?

–Pasen por acá.

Los policías fueron recibidos por cuatro hombres con FAL que tenían cara de pocos amigos:

–Quedan detenidos en nombre de la revolución....

Lo único que les faltaba era liberar al jefe.

–¡No tiren, traigo un mensaje! Si no lo largan a Urien en cinco minutos, van a empezar a fusilar a los prisioneros.

El capitán de navío Fernando Romero, director de la Esma, que ya había recibido instrucciones del almirantazgo, reunió a los oficiales jefes y les dijo que la Armada no iba a ceder:

–A Urien no lo damos. Díganles a los sublevados que fue trasladado al Comando en jefe de la Armada.

Los suboficiales sublevados no podían saber si era un truco. Tenían a su mando trescientos hombres, miles de fusiles, armas pesadas y vehículos.

–Encolumnen los vehículos en la puerta. Dejen a los prisioneros, salvo al comandante del batallón y al segundo; a esos los llevamos con nosotros. Y que todos nuestros hombres estén preparados para el combate. ¡Viva Perón!

-Vamos a Lomas de Zamora y nos atrincheramos allá.

Se daban valor cantando la Marcha Peronista. Sobre el Atlántico ya estaba volando el avión que traía al General.

Eran las dos de la madrugada del viernes 17 de noviembre. Los sublevados confiaban en encontrarse con los Montoneros. No sabían que Orueta los había entregado.

Llegaron a la plaza de Lomas de Zamora al cabo de una hora y media. La policía provincial había seguido al convoy a distancia, sólo para informar el rumbo.

Poco después de las tres de la mañana los sublevados tenían los camiones colocados en formación defensiva y estaban dispuestos a instalar sus ametralladoras, armas antitanque y morteros. La noche era oscura, miraron alrededor y quedaron desolados: nadie los esperaba. Se atrincheraron pero al cabo de un rato empezaron a llegar tanques y tropas de infantería del Ejército que les cortaban las vías de salida y, a través de altoparlantes, les ordenaban deponer su actitud.

A las cuatro de la madrugada negociaron una rendición sin represalias. Los llevaron de vuelta a la Esma. Allí, en el casino de oficiales, Urien seguía atado a su silla, sin ninguna información sobre el destino de sus hombres. Le hubiera gustado saber si habían ganado o perdido, aunque no tenía muy claro qué habría sido ganar, y qué perder. Pero de una cosa estaba seguro aquel 17 de noviembre: la historia no les había pasado por el costado. Regresar a Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular



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